Una pintura familiar

Iván de la Nuez

 

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Borges no veía la crucifixión de Cristo como un hecho irrepetible, sino como un drama diario que ocurre cada día, en cualquier parte, a cualquier hombre.

Algo de esa trascendencia cotidiana alienta la pintura de Gino Rubert (mexicano-catalán nacido en el DF. 1969). Una pintura que parece concebirse a sí misma como el destino final de una tradición que enlaza a Salvador Dalí con Frida Kahlo y Julio Galán.

El suyo es un surrealismo contemporáneo, ya descrito otras veces por otros críticos. Pero también algo más que eso: Rubert es el autor, con todas las consecuencias, de lo que podríamos llamar, con Freud, una pintura familiar. Por el valor concedido a lo siniestro, esa situación que nos resulta cotidiana y extraña al mismo tiempo.

 

 

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Con su repertorio de sueños y pesadillas. Con la desproporción emanada de esa imposibilidad de deshacernos de una infancia que se resiste a abandonarnos.

Hay rupturas y mujeres –varias mujeres-; y unas escenas mórbidas con una violencia siempre a punto de asomar del todo.

Hay, casi siempre, una identidad doble que puede llamarse “nacional” (mexicana y catalana), pero que sobre todo se refiere a la dualidad no siempre resuelta de ese campo minado que solemos llamar “la vida en pareja”.

Y hay, finalmente, el retrato continuo de unas mujeres. Y el autorretrato persistente de un hombre.

Esas mujeres nos desafían, y ese hombre nos interroga.

 

 Los periodistas-Gino Rubert

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