Regresa el barroco: ¿alguna línea de fuga?

Iván de la Nuez

 

En los últimos días, varias noticias lo han confirmado. Vuelve el barroco. Primero, claro, por Nápoles, donde ya se ha inaugurado Barock. Arte, Ciencia, Fe y Tecnología en la Edad Contemporánea, curada por Eduardo Cicelyn y Mario Codognato (con Damien Hirst, Orlan, Maurizio Cattelan, Cindy Sherman o los hermanos Chapman); y Retorno al Barroco. De Caravaggio a Vanvittelli, a cargo de Nicola Spinosa. La primera puede verse en el Museo d´Arte Contemporanea Donna Regina (MADRE), hasta el 5 de abril. La segunda, hasta el 11 del mismo mes, consta de diversas sedes en esa ciudad italiana. No serán las únicas. Hoy mismo, en el suplemento Babelia, de El País, Roberta Bosco aborda hasta seis exposiciones que confirman esta eclosión. Pero hay más: hace unas semanas, los diarios españoles anunciaban El (d)efecto barroco para finales de este 2010 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Curada por Jorge Luis Marzo y Tere Badia, se trata, a grandes trazos, de un proyecto sobre las políticas culturales de la hispanidad hacia América Latina.

El barroco como esplendor, el barroco como una manera de actuar en la contemporaneidad (no tan sólo como el estilo de un momento histórico concreto), el barroco como política cultural, incluso el barroco como ejercicio postcolonial…

Claro que las noticias no indican a qué debemos este retorno. Puede tratarse de una moda más: el típico reciclaje de un momento de la cultura para remover el mercado. Pero, también, dada la época de claroscuros que vivimos, tal vez se busque en el barroco una forma de responder al abigarramiento. (No es ningún secreto que la abundancia de signos de estos tiempos desborda por los cuatro costados la estrechez cultural con la que los juzgamos).

Leo estas informaciones el mismo día del año que dedico a la limpieza de viejos papeles. Entre ellos, uno de 1997, “Sobrevolando el canon”, aparecido en Lápiz, con una versión posterior en La balsa perpetua, como parte del debate sobre el canon occidental y sus lecturas en América Latina. Recupero para el blog la alusión referida al barroco, no sin antes compartir una salvedad. Ser anti-barroco, en América Latina, llegó a ser mucho más que una simple elección estética. Fue, sobre todo, una manera de cortar –de Aira a Bolaño, de Meireles a Dittborn- con el asfixiante mundo de los maestros, una vía de escape ante el hecho, desmesurado, de tener que representar siempre a un continente en cada obra; un terco ejercicio de individualidad. (Por eso, pongamos por caso, El arte de la fuga, de Sergio Pitol, es mucho más que el título de una novela).

Y es que en América Latina, que forma parte de Occidente de una manera extrema y excéntrica -podríamos decir que extravagante-, probablemente lo más próximo a un canon latinoamericano es el que identifica a esta cultura con el barroco. Sus representantes más ilustres son Octavio Paz, Alejo Carpentier y Severo Sarduy, con Lezama Lima basculando entre los dos últimos. Podría decirse que Paz quiere la modernidad sin sus turbulencias, a Carpentier le interesan las turbulencias sin las instituciones y a Sarduy le fascina ese caos en el que el barroco aparece como un mundo sin jerarquías y, por eso mismo, sin canon posible. Estos cuatro escritores vieron la necesidad de enfrentar lo latinoamericano como esa paradoja de vivir en las afueras de la modernidad y al interior del barroco.

La trayectoria dibujada por Paz, se debate intensamente en esa ambigüedad. América Latina, en su opinión, nace con la Contrarreforma y con la escolástica: contra la modernidad. No así la  América del Norte, que nace con la modernidad y la Reforma. Ahí estaría, para él, la raíz de «la tradición antimoderna». Desde El laberinto de la soledad, su hermenéutica de lo mexicano aparecida en 1950, hasta su ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, esta ha sido la tensión que Paz ha intentado resolver. Incluso en Postdata, escrita para explicar los acontecimientos de Tlatelolco, Paz no puede prescindir de comprender esa permanente contradicción entre una pulsión hacia lo moderno y el subsuelo originario y sacrificial del mundo precolombino que subyace bajo el iceberg del México tecnológico, al que logra arbitrar y, en ocasiones, gobernar su destino.

Carpentier no parece demasiado angustiado por la institucionalización de la modernidad. Y aunque era un revolucionario (muy singular, por cierto) comparte con Paz, implícitamente, que esa modernidad es, acaso, un imposible para cualquier sociedad periférica. Él prefiere la revuelta, la revolución y el terror -los ritos modernos- antes que sus instituciones. Para Carpentier, lo latinoamericano es lo barroco (un sustancialismo que nos recuerda a Eugeni D’ Ors) y es allí, en la anarquía y el poderío de su dinámica, donde se dan todas las posibilidades de subversión para los latinoamericanos.

Severo Sarduy fue el primero que tendió un puente –precisamente en Barroco– entre el barroco y la posmodernidad, acaso porque le interesaba reafirmar una posibilidad sin jerarquías para la cultura latinoamericana. Su literatura aparece en esa franja que hay entre la alta cultura y el carnaval, la ópera y el prostíbulo, la literatura y la orgía. El suyo es siempre un  mundo exterior, casi epidérmico, alejado de cualquier esencia o alma interior -opresiva o revolucionaria- escondida tras la máscara barroca. Su sentido de la música, por ejemplo, es siempre carnavalesco y externo, muy al contrario de Alejo Carpentier, del que siempre percibimos una imagen enclaustrada (y pautada). Sarduy es exhibicionista y, esta vez con Carpentier, conjuga el concepto con el estilo: hablan en barroco sobre el barroco. Si el tiempo de Carpentier es el tiempo de las eras, el de Sarduy es, a la vez, el instante y, como en la Biblia, muchos tiempos:

-Un tiempo de plenitud, un tiempo de decrepitud, de afinamiento, de espesamiento, de vida, de muerte, de derrumbe, de erección.

No es mucho pedir que esos tiempos aparezcan en el horizonte de los proyectos desde, sobre y contra el barroco que se nos avecinan. Como sus imprescindibles líneas de fuga, sus instantes de libertad.

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