Con pelos y señales

Iván de la Nuez

 

 

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Aquí hay músculos y cabellos, hay miradas y gestos; hay asombro y algún terror. Hay melenas y cabezas totalmente rapadas. Hay carne de presidio y gente confundida, que puede ser de tamaño natural o exagerada.

Son reales, incluso hiperreales,  hasta la obscenidad. 

  

 

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Las obras que son muy realistas, de tan perfectas que parecen, acarrean un problema: cuesta creerlas. Las de Evan Penny (nacido en 1953, en Sudáfrica, y que ahora vive en Canadá) son, sin embargo, una excepción. Cuando sus esculturas son desmesuradas, no es su desproporción evidente lo que nos resulta extraño y turbador –muy poco gente se sobrecoge ante una escultura de Botero, por grande que esta sea-, sino el punto de partida de ese desfase. Su origen oscuro en algún lugar interior, que no podemos ver, pero que sí podemos intuir.

Estos seres humanos nos muestran, sin concesiones, la arcilla de la que están hechos. Aunque su humanidad no proviene tanto de la manera en que están reproducidos, sino de su familiaridad: nos resultan conocidos y eso nos inquieta.

 Su dilema, como el nuestro, no es necesariamente estético. Y no es, precisamente, con el realismo, sino con la realidad misma.

 

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