La extrañeza de los lugares comunes

Iván de la Nuez

  

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Mundos deshumanizados, paraísos falsos, vidas regidas por los cánones del parque temático, arquitecturas vacías… Desde siempre, un recorrido por la atopía ha alentado la obra fotográfica de Sergio Belinchón (Valencia, 1971). Capaz de captar la avalancha del turismo y, al mismo tiempo, los espacios desangelados de ese mismo turismo fuera de temporada. Mundos que ya han dejado de ser naturales, pero que no resultan ser del todo urbanos. 

Sus vídeos, por otra parte, nos descubren a esos habitantes que parecen crear una especie de loop humano sobre la ciudad. Podemos localizarlos en Nueva York, pero también son visibles desde cualquier ciudad. Como de paso, dominados por una situación transitoria: seres extraños en lugares comunes. Y al revés: gente común en lugares que se les hacen extraños. Fugitivos y subrepticios, dispuestos a pasar inadvertidos, casi a punto de desaparecer.

 

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No están escondidos, aunque no resultan del todo visibles. Se trata de gente que camina. Que va a hurtadillas por la ciudad.  Como si oscilaran entre una fotografía de Andreas Gurski y una escena de Sergio Leone; por lo que significa esa experiencia apabullada por el no-lugar.

No son masa, pero tampoco individuos. No se muestran demasiado activos ni demasiado expeditivos: no se muestran demasiado. Es obvio que van al encuentro de algo. Nosotros, algunas veces, vamos a su encuentro. Aunque, verbigracia de esta experiencia desdibujada, no sepamos muy bien qué es ese “algo”, quiénes son “ellos”, quiénes somos “nosotros”.

 

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