Barcelona-Sahara. Ciudad-Desierto

Iván de la Nuez

 

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Si hay que entrar en la ciudad, ya estoy en la ciudad. Es, claro está, una paráfrasis de Borges, y puede ayudarnos a entender esta serie de Rogelio López Cuenca Y Elo Vega. Donde otros han visto a la ciudad como jungla, ellos nos proponen la ciudad como desierto. Y el desierto como ciudad, con los rituales y hacinamientos propios de lo urbano. Si hay que entrar en el desierto, ya estoy en el desierto.

Ahí está el sky line de los dos mundos, Barcelona y el Sahara, frente a frente. El plano del metro sobre el desierto, o la arena ante un edificio de Jean Nouvel –nada menos que la torre de la empresa de Aguas de Barcelona-, que aparece como un oasis en medio de una ciudad que adquiere trazados desérticos.

Aquí interesa, más que el territorio, la extraterritorialidad. Más que la identidad, la extrañeza.  Más que la patria, la condición expatriada: tanto de los que han dejado de tenerla como de esos que no han llegado a tenerla. En su nostalgia por la ausencia y en su nostalgia por la carencia. Esas dos situaciones históricas tan distintas, expresadas sin embargo con síntomas tan parecidos.  

 

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-Buscamos un mapa alter-geográfico esbozado desde las historias particulares de unos individuos en cuya vida diaria la excepcionalidad se ha hecho rutina.

Así lo definen López Cuenca y Vega. Y bajo este precepto recogen los contenidos visuales y textuales que han marcado la circunstancias de los saharauies, un pueblo desplazado al mismo tiempo por árabes y occidentales (y de las relaciones y fantasías montadas, como las tiendas, a su alrededor). Así intentan “orientarse” en la ciudad como se orienta uno en un desierto, donde lo normal es, en realidad, una emergencia que erosiona hasta tal punto la cotidianidad que la excepción es la vida misma.

No falta alguna mirada a la solidaridad como performance, o al poder de la televisión como gran homogeneizador de la vida diaria: en una tienda perdida que simula una casa, una aldea que quiere parecer una ciudad, un desierto que se asume como país.

 

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López Cuenca y Vega captan lo transnacional como un “estar sin ser”, un morar sin vivir. En el límite mismo de la mirada demonizadora o encandilada de las guerras o alianzas de civilizaciones (siempre en el extremo), incapaces de notar algo que no sea general, definitivo, doctrinario.

Ante un Sahara que adquiere –qué remedio- los rasgos de “ciudad” precaria en medio de la arena, no es descabellada la ironía de sobreponer –Borges otra vez- el mapa sobre el territorio: como en la pieza del plano del metro de Barcelona sobre el desierto. Dándole sentido a una orientación, un norte, una posibilidad. Algo capaz de plantearse, de otro modo, el (des)encuentro entre uno y otro mundo.

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