Los desechos son tozudos

Iván de la Nuez

    

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 Si los hechos son tozudos, como le gustaba afirmar a Lenin para, acto seguido, apuntalar algún criterio infalible, los «des-hechos” no lo son menos.

Detritos humanos y tecnológicos. Escombros de vidas y de ciudades. Pasados y ruinas de “lo que fue” y que reparten sus nuevas “funciones” entre la impudicia y el orgullo. Entre la decrepitud del ahora y el abolengo de unos tiempos de esplendor.

Daniel Canogar ha perseguido a conciencia esta forma de producir la excrecencia: rastros de tragaperras o de cables, de ordenadores u otros deterioros. Es su manera de representar, en parte, la muerte urbana -la nueva condición de la ciudad-zombie. 

 

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La ciudad, hay que decirlo, tiene una parte productiva en la excrecencia, allí donde genera sus propias sobras, la contraparte de la opulencia urbana. Lo curioso es que su riqueza pasa por estos desechos. (Es sabido que la basura y la codicia forman un buen tándem: pocas actividades más lucrativas que los vertederos).

Las piezas de Canogar, algunas veces, sólo se pueden utilizar una vez. Como si apuntalara así el momento efímero de su condición, construye la imagen con el mismo contenido que esta describe. 

Es ahí donde se nos recuerda la mortalidad de la ciudad, y donde la pieza adquiere la dimensión de una necrológica. ¿Cómo olvidar que la ciudad tiene también su síndrome de Diógenes? ¿O que en el reciclaje del pasado en el presente ya encontramos la premonición de unas urbes medio muertas?

Como barcos varados que tuvieron prevista una estancia transitoria en el puerto y ahora persisten en la eternidad del naufragio: piezas arqueológicas para saber de otro tiempo –la basura no deja de ser “propiedad”, prueba criminal, arcano de lo que somos y escondemos-; fantasmas que se van oxidando ante nuestra mirada…

Vestigios, en fin, de una ciudad que ha hecho de la erosión uno de sus principales motivos de malestar y, al mismo tiempo, uno de sus más irrenunciables estandartes.

 

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