La urbe prometida

Iván de la Nuez

  

 

APOSTOL 2 

    

Pocos mundos, como la ciudad, para comprobar la desmesura de las oligarquías latinoamericanas. Y pocas esferas, como la arquitectura, para entender las ínfulas de unas élites que, a la hora de vanagloriarse, no se han privado de nada. Ni de nadie.  

Basta con que repasemos la relación de los grandes arquitectos europeos –de Le Corbusier a GioPonti- con la grandilocuencia latinoamericana; esa hermandad en el delirio. Alexander Apóstol (Barquisimeto, 1969) estuvo interesado durante un largo tiempo en estos intercambios, así como en sus resultados –muchas veces nefastos- en la definición de las urbes de América Latina, en particular Caracas.

Con el kitsch abundante rondando el asunto, el autoritarismo de los emplazamientos urbanos, el hacinamiento como contrapunto a la grandeza prometida. Con las fisuras, en fin, de una tradición megalómana que nos ha legado el triunfo de la modernización sobre la modernidad, la urbe sobre la ciudad, la tecnología sobre la libertad, el urbanita sobre el ciudadano, la telenovela sobre la novela.  

 

 

 

¿Qué esperaba un latinoamericano de un europeo? Esta era la pregunta de Apóstol para manejarse en aquellos tiempos de construcción de la ciudad.

¿Qué espera un europeo de un latinoamericano? Y esta es la pregunta complementaria que marca sus indagaciones actuales. Una pregunta colgada sobre las ruinas.

Es ahí donde aparecen los clisés, entre ellos los eróticos. Y los dos planos de una polis que parece levantada para El Otro, una ciudad de servicios, en el que uno no va a descubrir sino a confirmar. Y no va ser descubierto, sino confirmado. En esa postal turística en la que colonialista y colonizado han comprendido sus papeles en esta historia. Y parecen –o así lo simulan- sentirse a gusto con ellos.

  

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