Caos e indolencia

Iván de la Nuez

  

 

En el punto exacto entre la catástrofe y la indolencia. Ahí se sitúa el núcleo del relato que nos propone David Lachapelle (Connecticut, 1963).

Esa indiferencia tiene lugar en el caos, donde todo (el asesinato, la enfermedad, la hecatombe) es aceptado sin sobresaltos. En alguna ocasión, la masa acepta de buen grado un Mesías. Pero no lo hace para redimirse, sino porque su advenimiento le permite colocar fuera de sí cualquier solución.

Todos esperan algo y todos, asimismo, suelen mirar para otro lado cuando suceden los acontecimientos. Todos saben lo que ocurre, pero no sienten la menor necesidad de responsabilizarse por ello. El orden y el caos, la redención y el crimen, la enfermedad y su tratamiento, siempre vendrá de un ente externo.

O no, da lo mismo. 

 

Los sets de Lachapelle son teatrales, y contienen esa frivolidad cotidiana que lo acepta todo: el consumo y la mística, las bandas juveniles y Cristo, la opulencia y la desesperación. Los personajes de ese teatro son atópicos, pero no porque reflejen una tensión subversiva con el orden urbano: ellos son el orden urbano, de manera que se niegan a una disensión que sería, en primer término, contra sí mismos.

Todo está provisto, aquí, de un componente accidental, puesto que el accidente es nuestra primera coartada, el primer indicio de que no somos culpables.

 

 

 

  

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