Tres respuestas rápidas a una muerte lenta

Iván de la Nuez

A propósito de la muerte, por los efectos directos de una huelga de hambre, de Orlando Zapata Tamayo, he recibido un cuestionario que tiene como destinatarios a “un amplio grupo de figuras públicas cubanas, también a bloggers y activistas políticos”.

Aquí las preguntas:

Quisiéramos conocer cómo caracterizaría usted la muerte de Orlando Zapata Tamayo. ¿Qué opinión le merece el hecho de que el gobierno cubano no reconozca ni un solo opositor legítimo y tenga actualmente más de doscientos prisioneros de conciencia en sus cárceles? Si tiene algún mensaje para esos presos, para el pueblo cubano, para el gobierno de Raúl Castro o la comunidad internacional, por favor hágalo saber. Le rogamos sintetizar su opinión en uno o dos párrafos (menos de 150 palabras, de 1000 caracteres).

Aquí las respuestas:

1. Desde que entró en huelga de hambre, Orlando Zapata Tamayo avanzó hacia un nuevo capítulo de la pena capital cubana: la muerte por extinción.

2. Sobre la existencia de presos de conciencia, mi opinión, pública y publicada, ha variado poco desde 1991. En un ensayo de ese año, escrito en Cuba, describí lo que entonces entendí como “el efecto del émbolo”: la lógica de poder de un Estado que basa su dominación –hacia fuera- en el derecho de los pequeños a validar su proyecto en el mundo, al mismo tiempo que reprime –hacia dentro- su propia diversidad y las minorías que la expresan. Cuando la llamada Primavera del 2003, me reafirmé en esta idea, aunque con el siguiente matiz: lo que antes había sido un signo de fuerza pasaba a convertirse en un signo de debilidad. Resultaba alarmante que un estado, con tal concentración de poder, no fuera capaz de soportar a doscientas, quinientas, mil voces disidentes. Hoy, esa situación de dominación, que había pasado de la fuerza a la debilidad, parece haber sufrido una tercera mutación y otro paso hacia el límite: no puede hacer creíble o efectivo el modelo hacia fuera –apenas le quedan espacios externos de legitimidad-; y no tiene otra que redoblar su compresión desnuda hacia dentro. Esto es, a todos los efectos, una crisis de dominación, pues el gobierno ya ni siquiera puede actuar según su propia lógica. Está, por así decirlo, “fuera de sí”.

3. En cuanto al pueblo, el gobierno o la comunidad internacional, no tengo ningún mensaje para ellos. Pueblo es la principal figura retórica de la peor política cubana –desde el gobierno hasta los oportunistas del suyo y otros bandos. De hecho, cuando escucho la palabra Pueblo intento ponerme a resguardo. Creo que, obviando todo mesianismo, cada cual puede influir –en su escala y con sus ideas- en su radio de acción. Debo decir, además, que en estos días no me he encontrado una sola persona de cualquier tendencia ideológica –amigo, conocido o desconocido (como escucho a algunos ahora mismo en un tren)- que no se sintiera sinceramente indignado por esta muerte.

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