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Buenas noticias para el ensayo

Iván de la Nuez

 

Buenas noticias para el ensayo en España. Eloy Fernández Porta (1974) acaba de ganar el Anagrama con Eros. La superproducción de los afectos. La finalista resultó ser Beatriz Preciado (1970) con Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría.

Anoche lo celebramos, en breve lo reseñaremos. Refresco la crítica que en su momento le dedicamos a Afterpop.

 

El laberinto de la promiscuidad

Lo primero es la fauna: Jeff Koons y Mike Kelly, Mauro Entrialgo y Gabriel Ferrater, los heavy metals (eso sí, reconducidos por la industria discográfica) y Robert Juan-Cantavella, Ignacio Vidal Folch y Julián Ríos, Isaac Rosa y Mondo Brutto. William Burroughs y Hernán Migoya, Witold Gombrowicz y Félix Romeo, Kiko Amat y Britney Spears.

Lo segundo es la selva: El programa de David Letterman, El Yankee Stadium de Don Delillo, el aeropuerto como un espacio “vaciado, transicional y  asocial”, el teatro hermético de John Zorn, las geologías de Daniel Canogar, la página pantalla, los emplazamientos propios del ambient

Ya en un tercer momento, hay que lidiar con los problemas. ¿Cómo navegar por todo esto y entre todos estos? ¿De que manera traficar con el desequilibrio ecológico que propone este libro y encuadrarlo en alguna normativa crítica? ¿Cómo deslindar en este inmenso name-dropping que es  todo un discurso y asimismo una cortina de humo capaz de nublar su primera lectura?

Si conseguimos avanzar, comprendemos que la estrategia de Eloy Fernández Porta es más directa de lo que parece. Esto es: redefinir las ideas literarias sobre el pop a partir de los propios conceptos emanados de esa cultura. Ensayar desde y no sobre el fenómeno. El pop, aquí, es ubicuo: está, como Dios, en todas partes. Aunque no es en esa ubicuidad donde alcanza su mejor definición, sino en su capacidad subversiva; en la actitud cultural que despliega. “El pop es lo que le gusta a la generación inmediatamente posterior a aquella que acaba de ocupar el poder; lo demás, media mediante, es alta cultura”. No se trata, pues, de un compartimento estanco y escolar en la historia de la cultura (entre los sesenta y los ochenta, o entre Andy Warhol y los postmodernistas).

Afterpop es, también, una crítica a los opositores de la cultura mediática. Cada uno de sus capítulos esgrime un contrapunto con aquellos que se toman demasiado en serio la alta cultura (y a sí mismos como sus pretendidos garantes). Contra una intelectualidad bienpensante y sesentayochesca, solazada en lo culturalmente correcto, que se ha enterado poco de los aportes de la cultura visual, y se ha consolado colocando contenidos progresistas en formas de la alta cultura. Una élite en cuya resistencia a la cultura pop lo que verdaderamente se esconde, según Fernández Porta, es un terror reaccionario a la teoría.

En cualquier caso, el camino hacia Afterpop cuenta con ilustres antecedentes, autores que han ensanchado sin complejos el campo de la literatura gracias a la “implosión mediática” de sus respectivas circunstancias. Así Guillermo Cabrera Infante con el cine y el cabaret (Tres tristes tigres), Robert Venturi con el neón y la arquitectura popular (Aprendiendo de Las Vegas), Greil Marcus con el punk (Rastros de carmín), Paul Auster con las video instalaciones (Leviatán), Carlos Monsiváis con las telenovelas (Aires de familia), Peter Slotedijk con la música electrónica (Esferas).

Afterpop apuesta por una narrativa en la que la gente postea, hace zapping, ve cómics, atraviesa la cultura basura, se detiene en el realismo capitalista de Sigmar Polke y Gerhard Richter o trasiega con naturalidad entre William Burroughs y Padre de familia.

Ahora bien, incluso en la más orgiástica de las promiscuidades, hay tácticas para transitar el laberinto. Y es aquí donde Afterpop tiene algún problema, en ese punto académico que contradice por momentos el argumento que defiende, en cierta tendencia a calibrar por igual autores de calidades muy diversas y, tal vez, en la falta de un epílogo a la altura de su introducción.

En todo caso, convendría despojar a Afterpop de cualquier paternalismo al uso en nuestras parcelas críticas. Aquí hay un libro sólido y lo mas recomendable sería combatirlo o aplaudirlo sin miramientos generacionales. Su autor ya ha demostrado suficiente solvencia crítica para hacer lo mismo con cualquiera de nosotros.

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Herzog, conquistador de lo inútil

Iván de la Nuez

 

HERZOG

 

Conquista de lo inútil es, en principio, el diario de Werner Herzog sobre la filmación de Fitzcarraldo. También, el revés de la trama de esa película. Y un recordatorio acerca de lo “inútil” que resulta, a veces, la interpretación. El libro –editado por Blackie Books- ilumina una nueva mirada hacia Fitzcarraldo como película y hacia Fitzcarraldo como personaje: ese mosaico humano encarnado por Klaus Kinski. Un outsider cuyo nombre proviene de un error fonético (el modo en que los indígenas del Perú pronunciaron “Fitzgerald”).

Fitzcarraldo tiene una obsesión: llevar la Ópera, Caruso incluido, al lugar más lejano de la selva. Quiere conjuntar el orden “clásico” de la naturaleza con la arista clásica de la cultura. Fitzcarraldo es un hombre desesperado por fundar y nombrar. Y es asimismo un retrato robot de una subjetividad transcultural, empecinado en concluir el mundo no terminado por Dios. Así las cosas, “Fitz” es un conservador que busca equilibrar las contradicciones culturales en un haz místico. Es un colonialista que puede engañar y explotar a los nativos para conseguir su empresa. Es un emigrante, un sujeto desplazado de su matriz cultural que se abre paso hasta el último confín del mundo. Y es también un personaje utópico que ha localizado en otro lugar su emancipación cultural. Por todo ello “deconstruye” la geografía (la deja sin fronteras), al mismo tiempo que se siente un elegido por Caruso, que era como una manifestación del mismo Dios (era un Divo), para llevar a buen puerto su singular misión. Fitzcarraldo cincela su cartografía definitiva cuando confunde el medio acuático y el terrestre. Cuando su barco surca -y nunca mejor dicho- a través de la tierra una parte de la travesía.

Para escribir cosas como estas, basta con ver la película. Cuando leemos Conquista de lo inútil (título envidiable, dicho sea de paso), el asunto adquiere otros matices que apuntan, directamente, a Herzog.

Para empezar, allí donde antes he escrito “Fitzcarraldo” puedo ahora poner “Herzog” y no tendría que cambiar ni una coma. Entre otras cosas, porque el Herzog mesiánico de los últimos documentales ya estaba agazapado en aquellas jornadas de la selva; escondido hábilmente detrás de la presencia, siempre culpable, de Klaus Kinski. En la perspectiva que ofrece ahora el libro, Fitzcarraldo no es más que la puesta en marcha de una obsesión del director. Con su origen en una iluminación: se le apareció de repente la visión de un barco varado en la cima de una montaña. Desde ese relámpago, Herzog no escatimará nada con tal de hacer realidad su delirio. El diario empieza en la casa de Francis Ford Coppolla y queda claro, desde el primer momento, que Herzog acometerá sin contemplaciones su particular Corazón de las tinieblas. En cualquier caso, a Fitzcarraldo se le pueden encontrar otras parentelas ilustres. Me vienen dos, en apariencia descabelladas, a la mente: Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, terminada en 1952; y el Diario en Bolivia, del Che Guevara, interrumpido en 1967.

Conquista de lo inútil enfoca el resplandor de la obra toda de Herzog, aunque su grandeza se completa, sobre todo, porque abre asimismo la puerta de su tiniebla particular. Todo ello, con el apuntalamiento de su idea del cine como una navegación contra los elementos. Un desafío brutal para cuyo fin están justificados todos los medios.

 La frase más repetida en Conquista de lo inútil es “río arriba”…