Entries from junio 2010 ↓

Un arte fuera de sí

Iván de la Nuez

(Texto para el catálogo de la exposición Everything is out there, que se inaugura hoy en La Casa Encendida.)

    

  

 Christodoulos Panayiotou, Wonderland, 2008

  

Uno

Si “todo está ahí fuera”, entonces ya no quedan outsiders.

Dos

No es suficiente con salir a ese “afuera”, como quien arma una expedición hacia otros mundos -lo social, la contestación, la publicidad, la aventura, la política, la cartografía, la verdad- y se va haciendo con nuevas vituallas para las obras. No basta, siquiera, con salir  del museo. Es pertinente intentar la posibilidad de salir del arte.

Tres

El “afuera” no es, aquí, una panacea. Salir implica acometer un vaciamiento del interior. Cortar, por así decirlo, las cuerdas de seguridad. Sólo entonces, valen las evocaciones. Estas, por ejemplo: La verdad está ahí fuera como leit motiv de una popular serie de ciencia ficción. Ante ese afuera sideral, todo resulta pequeño, pues, a fin de cuentas, ¿cómo enfrentar lo ínfimo con lo infinito; la verdad con La Verdad? Barthes clamó una vez por buscar lo verdadero en la epidermis. Se desligaba así de asumir como cierto y “auténtico” el interior y la sangre; la víscera y el tuétano. Foucault prefirió reivindicar el pensamiento del afuera, una estratosfera soñada por Blanchot en la que las palabras volverían a designar las cosas. Kundera lo dejó claro, desde el título mismo de una novela: La vida está en otra parte. Lo externo es también la marca de las utopías: allá –Allá- hay una isla remota que opera como un contenedor de alternativas a nuestro mundo. Sólo que es tan perfecta (y tan siniestra) que es mejor mantenerla a lo lejos -como el lugar que no existe.

Cuatro

Pocas veces, como ahora, el arte se había abismado tanto a otros mundos. Y pocas veces, como hoy, ha regresado tan maltrecho de ese viaje. Como arrastrando el peso de una desproporción. Entre una ida plena de posibilidades y una vuelta tan previsible a ese museo que sigue siendo la Ítaca a la que todo artista regresa para dar fe del mundo. En todo caso, lo reprochable del arte actual no está en el hecho de expandirse, sino en no hacerlo suficientemente.

Cinco

A este itinerario hay quien le sigue llamando “utopía”. Aunque también podríamos llamarle “turismo”.

Seis

Es loable la ilusión de un museo imaginario. Pero es más fructífera la idea de un arte imaginario. Se sabe de una esquina de ese afuera –la literatura- donde esto ha sucedido con eficacia. Ahí estuvieron, una vez, Wilde y Chesterton. Y Balzac-Poe-Chéjov-Rilke-D´Annunzio-Wharton… Aquí están, ahora, Auster y Delillo. Y Michel Houellebecq-Ignacio Vidal Folch-Julián Rodríguez-David Markson-Javier Calvo-Álvaro Enrigue-Julián Ríos-Roberto Bolaño-PatrickMcGrath… Ellos convierten al arte contemporáneo en una especie de “género” literario, un territorio de la novela. Y apuntan a la necesidad de una narrativa antes que a una teoría del arte. 

Siete

En ese cruce, hay una creadora –Sophie Calle- que ha pasado de artista a personaje, y de personaje a Musa. Paul Auster, Grégoire Bouilliere o Enrique Vila-Matas han estado ahí fuera, esperando. Esperándola. En el punto exacto en que la muerte del autor –que desde Barthes y Foucault no cesan de repetir creadores de todo tipo- debería evocar también, no sin fatalidad, el fin del artista.

Ocho

Pese a su pretenciosa cartografía –que impera incluso más allá del afuera, en el espacio ubicuo del éter- eso que seguimos llamando “arte contemporáneo” no puede ser visto como un arte “mundial”, sino “mundano”. Worldly más que World. Y no es global, como grita a los cuatro vientos, sino local. Y es local, pero no porque tenga una escasa expansión geográfica, sino por la claque inamovible que lo gobierna, por ese carácter de secta que lo ha dotado en las dos últimas décadas de una fantasía de perpetuidad.

Nueve

La definición “arte contemporáneo”, no deja de ser perezosa y algo falaz. Parte de dos eternidades falsas: la de Historia Contemporánea, apuntada por Lenin validar la eternidad del comunismo. Y la del Fin de la Historia, apuntada por Fukuyama para validar la eternidad del capitalismo. Pero mientras lo contemporáneo apunte al infinito, no hay alternativa en el tiempo, sino en el espacio: en una búsqueda agónica en el afuera. Por eso no es ya una estética, sino una estática del arte, lo que menor define el actual estado de cosas.

Diez

El afuera no es obligatoriamente una entidad abstracta. Y allí el artista no es, necesariamente, una bala perdida. Es, más bien, una especie de argonauta en otro sistema cultural. Un sujeto en diáspora que engrosa la cultura maltrecha y distinta de esos hombres que Hugo de Saint-Victor previó que rozaban la perfección: aquellos “para los que el mundo entero es como una tierra extranjera”.

Once

El arte es un oficio remoto. Una dedicación rupestre que lleva un siglo despidiéndose, pero no ha aprendido a marcharse.

(*) Everything is out there es un proyecto de Rosa Lleó y Zaida Trallero, premiado en el certamen Inéditos 2010, de Casa Encendida. Cuenta con obras de Haris Epaminonda, Hans-Peter Feldmann, David Ferrando, Jorge Macchi, Fran Meana, Christodoulos Panayiotou, Oriol Vilanova y Javier Álvarez (Néboa). Inéditos 2010 puede verse en la sede de La Casa Encendida, Madrid, desde el 29 de junio hasta el 29 de agosto.

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Carlos Monsiváis: Aires de familia

Iván de la Nuez

 

Con Aires de familia, Carlos Monsiváis ganó el Premio Anagrama de Ensayo, en el año 2000. Entonces, escribí esta crítica que ahora comparto, un minúsculo homenaje al enterarme de su muerte.

 

Monsiváis

 

El reciente Premio Anagrama obtenido por Carlos Monsiváis hace justicia a este autor mexicano, que ha sido tratado con particular indiferencia en la edición española. Un acto de justicia que se extiende, quizá, al ensayo latinoamericano en su conjunto, género que ha permanecido en la sombra desde los éxitos del boom, en los años sesenta, hasta nuestros días, en los que afortunadamente un grupo de autores no se dedica a traficar con el exotismo como seña invariable de identidad. El premio coincide, además, con el 50 aniversario de El laberinto de la soledad, esa pieza fundadora publicada por Octavio Paz, y compensa, si cabe, la trayectoria de uno de esos pocos intelectuales laterales que ha tenido América Latina. Porque, si bien es cierto que Monsiváis siempre se ha comprometido con diversas causas -minorías, movimientos indígenas, reivindicaciones gays, defensa de la cultura popular, exigencia de transparencia democrática para el México gobernado por el PRI-, también es verdad que ha escapado de ese vicio nefasto que ha convertido a muchos escritores -de Paz a Carlos Fuentes, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa- en una estirpe de garantes y legisladores de esa invención que conocemos como América Latina. Reconocidos estos puntos, vale señalar asimismo que Aires de familia no refleja al mejor Monsiváis, un autor puente entre el arquetipo antes apuntado de intelectual total -al estilo de Jean-Paul Sartre, digamos- y las nuevas interpretaciones que han ensayado escritores como Roger Bartra –La jaula de la melancolía– o Antonio Benítez Rojo –La isla que se repite-, por mencionar dos de los más agudos ensayos que hemos leído en España en los últimos diez años. En una cuerda deudora del Severo Sarduy de Barroco, Monsiváis defiende la persistencia de la cultura latinoamericana a través de iconos y arquetipos que se reiteran en el cine de Hollywood y en las telenovelas, en el caudillismo continuo y en los intentos de modernización, en las migraciones y en la globalización. Monsiváis suele nadar con soltura en estas aguas, en las que conecta con pericia la literatura con la cultura popular, la reivindicación de los sujetos marginados con las incursiones literario-musicales de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Luis Rafael Sánchez, quienes han hecho del carnaval, el bolero o la vida nocturna un paisaje literario de indudable fuerza. Al mismo tiempo, hay territorios que se le vuelven hostiles y son resueltos con un exceso de didactismo, una reiteración innecesaria de lugares comunes, y una idea algo vencida de América Latina. Pese a tratarse de un libro irregular, es posible todavía aquilatar en él el pulso de un autor que ha sabido granjearse un merecido respeto y que, en sus mejores momentos, aún conserva su audacia para borrar las fronteras entre la escritura y la vida.

(*) Publicado originalmente en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya, y recogido en Postcapital. (Crítica del futuro), Linkgua, Barcelona, 2006.