Carlos Monsiváis: Aires de familia

Iván de la Nuez

 

Con Aires de familia, Carlos Monsiváis ganó el Premio Anagrama de Ensayo, en el año 2000. Entonces, escribí esta crítica que ahora comparto, un minúsculo homenaje al enterarme de su muerte.

 

Monsiváis

 

El reciente Premio Anagrama obtenido por Carlos Monsiváis hace justicia a este autor mexicano, que ha sido tratado con particular indiferencia en la edición española. Un acto de justicia que se extiende, quizá, al ensayo latinoamericano en su conjunto, género que ha permanecido en la sombra desde los éxitos del boom, en los años sesenta, hasta nuestros días, en los que afortunadamente un grupo de autores no se dedica a traficar con el exotismo como seña invariable de identidad. El premio coincide, además, con el 50 aniversario de El laberinto de la soledad, esa pieza fundadora publicada por Octavio Paz, y compensa, si cabe, la trayectoria de uno de esos pocos intelectuales laterales que ha tenido América Latina. Porque, si bien es cierto que Monsiváis siempre se ha comprometido con diversas causas -minorías, movimientos indígenas, reivindicaciones gays, defensa de la cultura popular, exigencia de transparencia democrática para el México gobernado por el PRI-, también es verdad que ha escapado de ese vicio nefasto que ha convertido a muchos escritores -de Paz a Carlos Fuentes, de Alejo Carpentier a Mario Vargas Llosa- en una estirpe de garantes y legisladores de esa invención que conocemos como América Latina. Reconocidos estos puntos, vale señalar asimismo que Aires de familia no refleja al mejor Monsiváis, un autor puente entre el arquetipo antes apuntado de intelectual total -al estilo de Jean-Paul Sartre, digamos- y las nuevas interpretaciones que han ensayado escritores como Roger Bartra –La jaula de la melancolía– o Antonio Benítez Rojo –La isla que se repite-, por mencionar dos de los más agudos ensayos que hemos leído en España en los últimos diez años. En una cuerda deudora del Severo Sarduy de Barroco, Monsiváis defiende la persistencia de la cultura latinoamericana a través de iconos y arquetipos que se reiteran en el cine de Hollywood y en las telenovelas, en el caudillismo continuo y en los intentos de modernización, en las migraciones y en la globalización. Monsiváis suele nadar con soltura en estas aguas, en las que conecta con pericia la literatura con la cultura popular, la reivindicación de los sujetos marginados con las incursiones literario-musicales de Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy o Luis Rafael Sánchez, quienes han hecho del carnaval, el bolero o la vida nocturna un paisaje literario de indudable fuerza. Al mismo tiempo, hay territorios que se le vuelven hostiles y son resueltos con un exceso de didactismo, una reiteración innecesaria de lugares comunes, y una idea algo vencida de América Latina. Pese a tratarse de un libro irregular, es posible todavía aquilatar en él el pulso de un autor que ha sabido granjearse un merecido respeto y que, en sus mejores momentos, aún conserva su audacia para borrar las fronteras entre la escritura y la vida.

(*) Publicado originalmente en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya, y recogido en Postcapital. (Crítica del futuro), Linkgua, Barcelona, 2006.

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