Autobiografía sin vida, de Félix de Azúa

Iván de la Nuez

 

Desde el nacimiento de la imagen -adjudicada muchos años más tarde a una figura llamada “artista”-, los seres humanos quedaron, por así decirlo, sin vida propia. Justo a partir de ese momento, cuando el mamut devino en la representación de un mamut, comenzó para ellos una vida “apropiada” por las imágenes. El tiempo del hombre se corresponde, pues, con las distintas fases de esa usurpación: la suya –bien por exceso, bien por defecto- será, ya para siempre, una vida sin edad “humana”.

En Autobiografía sin vida, Félix de Azúa atisba en las épocas de la experiencia humana, una saga en cuya dimensión temporal, su vida o la nuestra -la de cualquier gran prohombre de la historia o la del mayor de los tiranos-, apenas ocupan una magnitud microscópica y, a fin de cuentas, insignificante. Así, una de esas eras, a la que llamamos “nuestra”, se desliza, para Azúa, entre la desaparición del cuerpo de Cristo y su desaparición posterior como imagen en los crucifijos actuales. Una cronología que transcurre entre dos sustracciones; el tiempo entre la desaparición del hombre y la muerte del mito.

En otro de sus avatares, Autobiografía sin vida tiene su, digamos, momento “español”. El lapso de una memoria singular de la generación del autor. ¿Qué entiende Félix de Azúa por generación? Ni más ni menos, que un grupo de humanos que se reconocen entre sí por el hecho de que “cantan la misma canción”. Es por eso que su memoria en clave ibérica desentraña el avatar de las tres “C” que conformaron la experiencia reprimida del franquismo: Crucifijo, Caudillo, Cristo.

Félix de Azúa consigue trenzar, con eficacia y originalidad, La Historia con su historia. Una biografía en la que, por ejemplo, Hitler es un capítulo (más bien un epílogo) de los griegos, como los rusos lo son de Bizancio.

Una de las atenciones centrales de este ensayo, deriva de su reacción ante el arte, al que Azúa había dedicado un muy personal diccionario. Autobiografía sin vida se deja leer, en ese sentido, como una confirmación del desvelo de las vanguardias por devolvernos la vida secuestrada por el arte. Y es, asimismo, una confirmación del fracaso de esta trágica empresa.

Es así como Autobiografía sin vida se erige como un libro reaccionario… Con la singularidad de que, sin embargo, no resulta un libro conservador. Viene a decir a los defensores a ultranza del arte, tanto como a sus enterradores profesionales, que no pierdan el tiempo. Ningún decreto hará desaparecer el arte; ninguno conseguirá sellarlo con el marchamo de la inmortalidad. Si continuara, no parece posible que pueda hacerlo desde una perspectiva distinta, capaz de eludir la representación. De desaparecer, lo haría por obra y gracia de la desidia de los hombres, en este correr de su tiempo fuera de sí mismos.

Como centenares de otros oficios que en el mundo han sido.

A diferencia de la biografía confesa de Borges, aquí hay vida y hay muerte (también la premonición siniestra de ambas). Pero no sería recomendable confundir en Autobiografía sin vida lo biográfico con la narración pueril del “Érase una vez”. Este libro no es el relato de lo que ha influido el arte en nuestras vidas. Muy al contrario, es la biografía de aquello que el arte nos ha arrebatado.

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