La película «cubana» de Richard Lester

Iván de la Nuez

 

 

 

 

 

El cineasta Richard Lester vuelve a ser noticia. A sus 78 años, acaba de donar un patrimonio considerable al British Film Institute (BFI). La noticia -que saltó en la BBC hace una semana- habla de 60 cajas; con guiones originales, cartas, fotografías de rodajes y otros valiosos objetos, entre los que se encuentran tickets y facturas. Dice Lester –nacido en Pensilvania (1932) aunque aclimatado al cine británico- que las dona para “que todo el mundo pueda disfrutar de ellas”. Estamos hablando del director de A Hardest Night (1964) y Help (1965), las dos primeras películas de los Beatles. También de El Nack y cómo lograrlo (1965), una comedia surrealista con la que ganó en Cannes, protagonizada por Ray Brooks, con Jane Birkin, Charlotte Rampling o Michael Crawford; la música de Jonh Barry.

En los tiempos que corren, a algunos les ha parecido “rara” la generosidad de Lester; una rareza, en todo caso, a la altura de su carrera. Y es que Lester ha sido un director extraño e irregular, dado a aventuras divertidas, y al que siempre le gustó más Europa que Hollywood a la hora de filmar. Trabajó con Peter Sellers y Spike Miligan en la televisión, lo mismo que realizó películas de capa y espada o fue considerado uno de los fundadores del videoclip (un mérito que, por cierto, también han atribuido a Santiago Álvarez, por Now). Dirigió a Audrey Hepburn y Oliver Reed, Christopher Reeves y Sean Connery. Hizo versiones o secuelas de Superman, Los tres Mosqueteros o Robin & Marian

Mientras me documentaba para escribir Fantasía roja, dediqué varias horas al cine de Lester. Necesitaba situar su mundo alrededor de una película suya de 1979, titulada, precisamente, Cuba. Filmada en Motril y Cádiz, y protagonizada por Sean Connery, en ella también intervienen Brooke Adams o Héctor Elizondo. Cuba puede verse en la cuerda de films anteriores como Nuestro hombre en La Habana, de Carol Reed (1959) o Topaz, de Hitchcock (1969). Difícil negar su influencia en una cinta posterior como Havana, de Sidney Pollack (1990). (De hecho, esta cinta es prácticamente un remake de la película de Lester).

Pero bueno…, vamos a las primeras escenas que acompañan a los cré­ditos de Cuba: un cochazo «cola de pato» blanco entra en escena, una mú­sica de ribetes afrocubanos firmada por Patrick Williams, interior de un avión de la Compañía Cubana de Aviación, Sean Connery que se sirve un whisky, dos jóvenes revolucionarios que van a ser fusilados por los sol­dados de Batista… Y un error garrafal. En el subtítulo de la escena se lee: «La Ha­bana, 1959».

Lester, un cineasta interesante y rompedor, ni siquiera buscó un asesor que le alertara de que, en 1959, desde el mismo día primero de enero, aquella escena era imposible. Que, a partir de ahí, los jóvenes rebeldes como aquellos con los que ini­cia Cuba, o bien estaban muertos, o bien estaban en el poder. Y que, desde aquel día, sólo fusilarían los revolucionarios.

Pasemos de este despropósito, aunque sólo sea para entrar en otros.

El DC-6 aterriza finalmente en La Habana y Robert Dapes, el agente encarnado por Sean Connery, pronto establece contacto con la corrupción en el aeropuerto mismo, al tiempo que cae en la cuenta de que su misión no tiene muchas posibilidades. Desde el principio, actor y personaje parecen preguntarse: “¿Qué hace un chico como Bond en una empresa como ésta?”

Resulta inevitable que Dapes se zambulla en la vida nocturna de Cuba. En esa mezcla de represión y placer, de sexo con dictadura, que siempre ha sido uno de los grandes atractivos de ese país. Y empieza a sentirse el rey del mambo. De todas las escenas, muchas de ellas fallidas, de la película, se sal­van unas pocas, que son, sin embargo, insuperables, aunque sólo sea por lo delirantes que resultan. En una de ellas, el General Bello (Batista) tiene un cine particular en su mansión, donde se deleita viendo Drácula mientras que los norteamericanos tratan de disuadirle para que deje la isla y facilite las cosas.

Aunque Fidel Castro, el objetivo de Dapes, no aparece en la película, el primer guerrillero que aparece ya tiene la foto del es­pía británico y está al tanto de sus planes. Al mismo tiempo, el General Bello deja claras sus órdenes a un oficial de­cente e ingenuo, interpretado por un joven Héctor Elizondo: «Asegúrese de que Dapes acose y mate».

Nada de esto podría tirar adelante sin la aparición de una bella dama —como Beatrice, la inglesa de Nuestro hombre en La Ha­bana; como Juanita de Córdoba, la cubana de Topaz—, que en este caso tie­ne dos nombres: Señora Pulido para los cubanos, Alex para el servi­cio de inteligencia británico.

En medio del fragor de la batalla, como diría el periodismo an­tiguo, Sean Connery no abandona su traje cortado a medida, que apenas se arruga. Por su parte, el ejército cubano es infinitamente estúpido: en lugar de detener y sacar información, mata y se queda en la ignorancia. Aquí Les­ter parece anticiparnos a un personaje como Mr. Blond, el violento delincuente de Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino. O, tal vez, como el Mocha-orejas, despiadado sicario del narcotráfico mexicano. Se trata de un militar de Batista que corta los apéndices auditivos de sus vícti­mas para una especie de rosario particular, su collar de guerra lleno de orejas.

Lester, en cualquier caso, sabe pasar de la oreja cortada a un rebelde a la oreja enjoyada de la señora Pulido.

Y al problema del tiempo. Esa es, por ejemplo, la preocupación de Mr. Guttman, y así se lo expone a una cubana: «¿No os dais cuenta en Cuba de que time is money?». Y entonces aflora la sabiduría de la prostituta, que le responde: «Yo, sí».

Quizá esta película fue un tránsito de Connery para dejar 007. Y nada mejor que dejarlo con un remedo de 007 abandonado, eso sí, a los vaivenes del trópico.

«En Cuba a todo se le da un uso diferente al habitual», piensa uno de los personajes de la película. No olvidemos el lugar de los cubanos en la historia del tuning: el Cadillac con el motor soviético, el calcetín devenido cafetera que hizo las delicias de Benetton, la limusina construida con la unión de dos Ladas del comunismo…

«En Cuba a todo se le da un uso diferente al habitual…»

Esto  vale para los objetos y para las personas. Pensemos, si no, en el personaje de Robert Redford en Havana, que va a jugar y termina inmiscuyéndose. O en el per­sonaje de Connery en Cuba, al que le ocurre lo contrario: va a inmiscuirse y termina jugando.

Habrá que investigar el tesoro legado por Lester al BFI. Y constatar si hay allí material sobre su película Cuba. Aunque sólo fuera para engordar la colección de equívocos, fantasías y proyecciones que han alimentado el imaginario occidental sobre ese país en los últimos cincuenta años.

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