Entries from septiembre 2010 ↓

La guerra laica

Iván de la Nuez

Terry Jones es un soldado de la Guerra Santa. Un pastor que se propone quemar el Corán y, verbigracia de la telecomunicación y del terrorismo, salta a la palestra global desde su congregación de Gainesville. Entonces, acapara noticias, recibe llamadas de alto rango, es objeto de sesudos análisis. Como protestante que es, Jones es estricto en el cumplimiento de su credo: elude las imágenes y va directo al texto. Bien para hacerlo cumplir, bien (si es ajeno o hereje) para hacerlo desaparecer.

Texto contra texto. La Palabra contra La Palabra. Biblia contra Corán.

Su explosión comunicativa dice, y mucho, de todo lo que rodea al terrorismo, que no es concebible sin su expansión mediática. Pero la guerra al terrorismo –en lo militar, en lo cultural, en lo político y en lo mediático- ha de librarse más allá de la Guerra Santa. Es un asunto del siglo XXI y no un viaje al momento seminal de los textos sagrados o de una ofensa primigenia. La baza principal de esta guerra descansa en su estatuto laico y no en la reproducción hasta el infinito de las Cruzadas. La laicidad le da ventaja a Occidente. La Santidad lo debilita y hace fuertes a los fundamentalistas.

Volvamos a Jones. Sea para aporrearlo o para perdonarlo, se habla de este misionero como un orate al que hay que encarcelar o, por el contrario, no darle mayor importancia. ¿Es Terry Jones un loco? No lo creo. Jones representa a una fracción de la población norteamericana cuyo horizonte bibliográfico se reduce al horizonte bíblico. Gente que desayuna, come y cena con los fundamentos. Jones es también un usufructuario de la libertad que le concede la Constitución de Estados Unidos. Un país en el que, por otra parte, el presidente jura su cargo sobre la Biblia.

Loco, lo que se dice loco, es un iluminado que ahora mismo, mientras amanece, se pasea por mi barrio gritando que él mismo es La Resurrección. “Yo soy el que ha vuelto”. Los pocos viandantes de estas horas, simplemente lo esquivan y siguen de largo. Alguno con la cruda de la noche anterior, otro con su inseparable Ipod; nadie escucha sus plegarias. Pero él (que se cree “Él”) continúa en lo suyo, con su barba de homeless, mientras golpea amenazante al semáforo. Lo hace con una de esas cadenas que llevan las tribus urbanas en el pantalón para defenderse de los otros. En un momento de su delirio, pasa de San Pedro y grita: “Alá”. (El pobre hombre es –en sí mismo- una alianza de civilizaciones).

No sale en la prensa, y su amenaza no hará que este mundo repare en el barrio. De hecho, cumple a rajatabla con la función principal de los iluminados; que es, precisamente, la de clamar en el desierto.

Marcador

El año del Bicentenario: ¿algún refugio cerca?

Iván de la Nuez

 

En cuanto alguien se dispone a hablar en nombre de América Latina, enciendo las alarmas y, si puedo, me pongo a resguardo. Sobre todo este año de festejos por el Bicentenario de la Independencia, en el que la exaltación se prevé como un requisito obligatorio en el orden del día de las conmemoraciones.

En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, es también el momento de ecualizar. De ponerle filtro a la retórica que acompaña el empeño. Con su abanico de coartadas, su ontología fuera de escala, y su dosis (o sobredosis) de mesianismo; esos elementos inflamables del combustible que ha alimentado a todo tipo de experimentos: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos (la Atlántida no suele andar muy lejos). Casi todos, por si fuera poco, pasados por el tamiz del populismo: estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

A la hora de tomar precauciones, guarecerse, ajustar sonido, los proyectos políticos no son los únicos a tener en cuenta. Los modelos culturales no se han quedado atrás a la hora de colocar los templos. El barroco y el boom, el modernismo y la antropofagia, el arielismo y Calibán, el postmodernismo y la utopía. No es cuestión de negar a ultranza los aportes –algunos formidables- de estas corrientes. (Incluso los clichés aportan lo suyo). Pero sí es momento de prevenir sobre el hecho, constatable, de que eso que entendemos por América Latina, en cualquiera de sus variantes, ha estado definido por un lenguaje eufemístico y una pretensión de unidad que muchas veces no ha hecho más que reproducir un ademán colonial.

A fin de cuentas, lo que entendemos por América Latina no deja de ser un relato, lo que no quiere decir que sea, necesariamente, una ficción. Desde el Mapa de Borges o La Mancha de Fuentes (ambos emplazados  sobre el territorio), ha primado un dibujo previo, un pre-juicio, donde el modelo ha fagocitado a lo real.

(Acaso ahí se encuentren los orígenes de tantas decepciones).

Bajo los embates de una guerra civil disfrazada de delito común, América Latina es también el enclave del principal legado de esos proyectos: la violencia. Desde ella, han brotado otros relatos menos asibles para los amantes de las teorías luminosas, pero desde los cuales podemos calibrar de otra manera el signo de este tiempo. Pienso así cuando leo las novelas de Yuri Herrera o Rodrigo Rey Rosa. Y en lo que entiendo como su distinción particular: conseguir que, bajo el territorio de La Mancha, asome, sin paliativos, la mancha del territorio.

Miguelín y el Maximalismo

Iván de la Nuez

 

Miguelín. Así se llama el gigantesco Bebé-Efigie del pabellón de España en la Feria de Shanghai. A primera vista, sorprende la distancia entre el diminutivo y el tamaño del muchacho. Cabe pensar, pues, que detrás de los deberes inherentes a todo tótem –reclamo, visibilidad, sorpresa, impacto, sobrecogimiento- se esconde una buena dosis de ironía. Miguelín está diseñado por la cineasta Isabel Coixet. Y aunque su creadora no hiciera explícita tal intención, el resultado, de cualquier manera, sí que es irónico.

Ahí tenemos a Miguelín: haciendo las delicias de sus diminutos admiradores, acompañando presidentes, arrancando alguna sonrisa de los empresarios, o animando a los turistas chinos para que viajen en masa a España.

Miguelín es como un Big Baby de Ron Mueck, pero robotizado. Una figura de Jenny Saville, pero interactiva -capaz de llorar, sorprenderse, reír.  

Este Gulliver de parvulario, de algún modo refleja la España absorbida por el modelo chino, ese que se va implantado a pasos de gigante (nunca mejor dicho) en el mundo. A estas alturas, no creo que alguien piense que este sea un modelo exclusivamente para chinos: sólo para sus (oblicuos) ojos.

Miguelín tiene la desproporción mórbida de la postguerra fría. Y es una señal de que ya hemos entrado, de lleno, en la Era del Maximalismo. Ésta en la cual lo enciclopédico es sustituido por lo ciclópeo.  

Patriot Act y grandes concentraciones bancarias. Partido Único y mercado indiscriminado. Fusión, en fin, de todo lo posible: desde colecciones de arte hasta firmas de coches. Desde empresas editoriales hasta espacios públicos. Todo, siempre que sea descomunal. Como en la reciente campaña de Iberdrola: “más grande, más lejos, más gente”.

Si el minimalismo se regía por el lema “menos es más”, el maximalismo terminará identificado con el “más es menos”.  Es lo que tiene la estandarización…

Bajo esa circunstancia, estremece constatar que Miguelín es más grande que su futuro.

Val del Omar

Iván de la Nuez

 

En la cultura, ninguna recuperación resulta (del todo) inútil. Incluso cuando obedecen a motivos espurios, algo suele quedar de esas arqueologías que nos devuelven a artistas, escritores o movimientos culturales ahora “revisitados”, “desempolvados” o “descubiertos”. A fin de cuentas, la cultura no deja de ser un columpio que oscila entre la voluntad de romper y la de recuperar.

El de José Val del Omar (1904-1982), resulta uno de los más reconfortantes regresos de estos últimos tiempos. Hace una semana, en un despliegue de dos páginas, la crónica de Josep Massot en La Vanguardia discurría así sobre el alcance de su retorno:

“(Val del Omar) Era una mezcla de san Juan de la Cruz y Philip K. Dick, tamizado por Teilhard de Chardin. Tenía seis años más que Lorca y uno menos que Altolaguirre, el más joven de la generación del 27, y sólo ahora la labor que empezó su hija María José y siguieron gente como Eugeni Bonet, Bufill, Huerga, Gubern, Portabella o Erice ha hecho olvidar su olvido.”

Massot pone otros ejemplos de este entusiasmo, como la inauguración del ciclo de cine experimental en el CCCB con la Trilogía elemental de España; o la gran exposición que le ha dedicado el centro José Guerrero, de Granada –Desbordamiento de Val del Omar-, la misma que recalará en el Reina Sofía este otoño.

Aunque importantes, no son estos los únicos empeños que han sostenido, contra viento y marea, la importancia del proyecto cultural y pedagógico de este amigo de Lorca que ya en su época había intrigado a Rubén Darío. Ahí están los trabajos pioneros de Manuel Jesús González Manrique o Gonzalo Sáenz de Buruaga. O los textos de Francisco Baena, Thomas Beard, Carmen Pardo, Nicole Brenez, Manuel Villegas López o Manuel Palacio en el catálogo de la exposición citada, cuya curaduría ha estado a cargo de Eugeni Bonet.

Unos y otros ofrecen una idea de la dimensión múltiple de este creador, en cuya estela son reconocibles artistas contemporáneos como Isidoro Valcárcel Medina, Antoni Muntadas, Pedro G. Romero o Javier Codesal.

Esta impronta ha llegado incluso hasta el rock. Si viajamos al año 1998, encontramos que Lagartija Nick publicó ese año un disco-homenaje con título inequívoco: Val del Omar. Vale la pena recordar que el disco anterior de esta banda granadina había sido Omega, ese monumento realizado con Enrique Morente.

En cualquier caso, lo que hoy quiero recomendar de Val del Omar son sus Escritos de técnica, poesía y mística, recopilación realizada por Javier Ortiz-Echagüe (co-edición de Ediciones de La Central con el Museo Reina Sofía y la Universidad de Navarra). Tanto la edición de Ortiz-Echagüe como el prólogo de Santos Zunzunegui consiguen iluminarnos sobre la muy diversa expansión de Val del Omar; una deriva vital e intelectual que va de la República a la transición, pasando por el franquismo. Ambos, con una acertada economía de su espacio en el libro, trazan líneas de lectura, diseccionan referencias y establecen una hoja de ruta para transitar por el programa cultural del más importante referente del audiovisual español en el siglo XX. Todo ello sin apabullar o adjudicarse un protagonismo desmesurado.  

Ahí está Val del Omar por sí mismo. El protagonista de las Misiones Pedagógicas, junto a Luis Cernuda, en la República y el que libra una batalla por devolver a la cultura su condición sustantiva, frente a su uso como adjetivación a partir de un momento de su época. El que se desvela por filmar no sólo lo que otros miran, sino, y más importante, cómo se produce la mirada y el que emprende una odisea personal ante a los funcionarios del franquismo para tratar de “alfabetizar” visualmente a los españoles. El mismo que, ya en la transición, al final de su vida, persistía en la democratización del hecho televisivo y el neologista que está obligado a crearse sus propios términos para explicitar su estrategia.

Val del Omar intentó compensar lo que le parecía una agónica paradoja española: la contradicción entre la horizontalidad moderna de la máquina y la verticalidad mediterránea del espíritu. Sólo que en lugar de abordarla desde un punto de vista pesimista, él se dedicó a amalgamar esa doble energía. Lo mismo en su filosofía que en sus inventos; en sus escritos y en sus películas  

Cuando se regresa a la lectura de Val del Omar, crece la sensación de estar ante un autor imprescindible y contemporáneo. Y eso se debe tanto a la dimensión visionaria de su proyecto como al estatuto menguante de nuestra época.