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La cifra

Iván de la Nuez

 

 

 

  

 

 

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Eric Cantona y los nuevos ludditas

Iván de la Nuez

 

En 1905, Max Weber publicó La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Un siglo después –más los cinco años de bonus track que van de 2005 a 2010-, tanto el espíritu de nuestra época como la ética del trabajo discurren por las autopistas de la información. Si bien esto no es un dato absoluto, ni siquiera mayoritario (dos terceras partes del planeta ignoran lo que es conectarse), no es menos cierto que esas venas irrigan el imaginario de un mundo que amalgama lo real con lo virtual, el tiempo con la velocidad de conexión, el espacio con el ancho de banda, la pantalla con el horizonte…

Cuando el famoso libro de Weber cumplió su centenario, el sociólogo danés Pekka Himanen le rindió homenaje con la publicación de La ética del hacker. Un libro que adaptaba, y en algún caso traía por los pelos, las teorías weberianas al “espíritu de la era de la información” (según la definición de Manuel Castells). Escoltado por un prólogo de Linus Torvalds y un epílogo del propio Castells, Himanen entronizaba al hacker como figura nuclear de las nuevas formas de producción y comunicación de conocimiento. Para validar su apología, el autor se cuidó de remarcar las diferencias entre el hacker y el cracker –ese que destruye sistemas, quiebra cuentas bancarias, desmonta programas diversos: el que actúa “sin ética”-, presentándonos a su héroe como un pirata bueno, inmerso en una actividad “interesante, emocionante y gozosa”.

Las acciones de este pirata bondadoso estarían sujetas a siete factores indispensables –dinero; trabajo; optimización; flexibilidad; estabilidad; determinación y contabilidad de resultados-, mientras que su ética particular (la “nética” weberiana) estaría regida por unos principios invariables: pasión; libertad; valor social; accesibilidad; preocupación responsable y creatividad. Para alcanzar su nirvana internáutico, Himanen recomendaba apoyarse lo mismo en el Genésis que en el carácter civilizador del capitalismo. En la secuencia semanal inventada por Dios y en la pedagogía ejercida por Robinson Crusoe sobre Viernes.

Claro que Himanen, en ese manual del buen pirata que resulta su libro, acepta que los hackers casi nunca cumplen con los principios extrapolados de la moral protestante. Y claro que el autor reconoce asimismo que “hay vida más allá de la red”, si bien esos vestigios extra-tecnológicos apenas son meros apuntes, diminutas notas al pie, que relatan una antigua vitalidad ahora extinguida.

Ha pasado apenas un lustro desde La ética del hacker y buena parte de lo allí tratado nos suena casi tan remoto como El espíritu… de Weber. Basta con que recordemos, en estos cinco años de apoteosis conectiva, el desplazamiento del pc al teléfono como prueba de esta mutación ocurrida en un periodo tan breve.

Siempre conectados y expuestos, espiando y espiados.

Sujetos a un chip, somos más bien un sujeto-chip al que “por nuestro bien” –según la megafonía del metro, la ley anti-terrorista, el terrorismo sin ley, la protección de cualquier cosa- se nos diseña una vida circundada por esa multitud de cámaras que capturan, segundo a segundo, el archivo inabarcable de nuestro paso por el mundo.

 

No puede resultar extraño, entonces, el crecimiento paulatino de una tendencia a la desconexión: al desenchufe radical de nuestra cableada existencia. Una sintomatología que podemos percibir en el sueño de regresar a cierta escala humana y táctil o en la ilusión de una magnitud artesanal en los oficios. En la nostalgia por el slow food y en la añoranza de la hemeroteca. Un escritor tan actual como Kiko Amat abre un artículo en el que enaltece a The Chap con esta admonición: “Lo antiguo es mejor”. “Tweed contra Zara, vinilo contra MP3, cha-cha-chá contra house, Ealing contra el Hollywood actual: gana lo primero, admítanlo”. Aunque, como aclara el autor, no se prefieran esas cosas del pasado porque sean “antiguas” sino, precisamente, porque “son mejores”. Es su calidad, y no su antigüedad, lo que decanta su elección.

Ramón Alcoberro es un profesor de otra generación. En su página pudimos leer, hace algún tiempo, un glosario de Máquina maldecida. Contribuciones para una historia del luddismo (de Frank E. Manuel, Kevin Robins y Frank Webster), con el título de “20 tesis sobre tecnoética”. En esas notas, no se distingue de manera sustancial a los primeros ludditas de los ludditas de hoy. El latiguillo de estas tesis –“ahora como entonces”- puede dar una idea de la persistencia de ese espíritu dos siglos después.

Por mi parte, conozco a una artista que, para desarrollar su trabajo, probó con éxito todas las formas de conexión que tenía a su alcance. Pues bien, ella ha acabado renegando y ahora se rige por un dictum privado que cumple a rajatabla: estar conectada es estar controlada. Su paranoia, si así puede llamársele, se volvió crítica cuando pasó de la pregunta por el qué (nos controla) a la pregunta por el quién (nos controla). Aunque no comparto muchos de sus temores, sí que he tomado nota de sus sospechas. También puedo dar fe de que jamás la he visto “fuera de onda” o poco informada. Es perfectamente funcional a la hora de hablar sobre cualquier tema; incluidos aquellos que se les supone a los usuarios más avezados de la red.

Ahora bien, si el luddismo contemporáneo fuera tan solo un movimiento regresivo -un escuadrón de cascarrabias que optan por la desconexión para regalarse unas horas de vida “natural”-, sería bastante sencilla su sistematización. (Con apuntarse a algún club retro ya tendrían suficiente). Pero el neo-luddismo no se limita a la tecnofobia -no encamina sus acciones, exclusivamente, a desahogar su Rage Against The Machine. Además, como han visto Kafka, Musil o Deleuze, las máquinas no son únicamente los ferrocarriles y los ordenadores, los tanques de guerra y los cohetes. Lo “maquínico” es algo que va más allá –o más acá– hasta insertarse en los cuerpos y los comportamientos.

Así pues, la cosa no va –como he leído en una reciente polémica de BLDGBLOG– de una bronca entre saxofonistas y guitarristas eléctricos. En buena medida, los neo-ludditas son disidentes de la tecnología y su diversidad es tal que dificulta cualquier generalismo. Hay neoludditas opuestos al orden jurídico, plantados entre las nuevas tecnologías y sus todavía escasos correlatos legales. Y hay ludditas sexuales, cuyo objetivo no es otro que “dar rienda suelta a las pasiones inmorales, en la cotidianidad, en nuestras intimidades.”

El luddismo de estos días incluye lo mismo a renegados de la tecnología que a defensores a ultranza de la intimidad. A militantes colectivistas y a hackers que la emprenden contra sistemas informáticos de todo tipo (desde bases militares hasta casas reales pasando por webs de personajes famosos). A defensores del artesanado y a neo-hippies. A aristócratas y a movimientos anti-sistema. A las teorías de Tiqqun y a las de Richard Sennet. A los seguidores del Creative Commons y a cualquier ermitaño del siglo XXI convencido del fracaso simultáneo de la colectividad y del individuo. A algunos músicos enchufados y a ellos mismos cuando nos endosan su inevitable unplugged

Los neoludditas, por lo general, emprenden acciones que se tensan entre las posibilidades que ofrecen las máquinas y las prohibiciones que nos depara el derecho. Entre la naturaleza expansiva del mercado y la necesidad restrictiva de las leyes.

En la blogosfera, por ejemplo, anidan al menos tres tipos de neoludditas: el hacker, que ataca directamente al blog; el anónimo, que desafía al autor; y el troll, que trastoca el sentido.

Comparado con el luddismo originario de principios del XIX –al que le cantó Lord Byron y cuya fantasía bucólica lo colocaba directamente en el romanticismo-, el neo-luddismo se sostiene hoy sobre bases que mezclan la prágmática y el vandalismo, el cinismo y la utopía. Por eso no resulta inusual que muchos terminen convirtiendo lo luddita en lúdico. Dado que el luddismo original se lanzaba contra lo sólido, el Manifiesto Comunista –capaz de afirmar aquello de “todo lo sólido se desvanece en el aire”, frase que dio título al extraordinario libro de Marshall Berman- puede ser leído como un luddismo relativamente tardío. Hoy, en estas sociedades que Zigmunt Bauman ha definido como “líquidas”, podría decirse que todo lo sólido se disuelve en la red.

En esas estamos, cuando aparece Eric Cantona y lanza un órdago contra lo más sólido del sistema: el dinero. (Qué curioso: en términos técnicos, el rocoso dinero suele recibir el nombre de líquido). Cantona, volvemos a él, fue un futbolista talentoso y tiene una exacerbada pulsión de liderazgo. Ganó fama y dinero en el Machester United y ha devenido en un agitador bastante parecido a los superhéroes populares (un Super Barrio, eso sí, en plan francés y sin máscara). Cantona tiene, por otra parte, la fórmula para la revolución perfecta.

Sin manifestaciones, sin tiros, sin sangre.

Así que propone que, el próximo 7 de diciembre, la gente acuda masivamente al banco y saque su dinero. Que extraiga, en fin, su liquidez: ese tipo de sangre. Si eso llegara a suceder –si las masas agobiadas por los bancos, tenidos como principales culpables de la crisis, obedecieran y sacaran sus ahorros-, el sistema “colapsaría de inmediato”. La acción hace gala de un tipo de luddismo, también creciente, que se lanza contra el capital. Y tiene un punto, sino de efectividad, sí de efectismo.

Aunque los he conocido peores, no tengo una estima excesiva por esto que Cantona llama “El  Sistema”. Y tal vez convenga, aquí, un minuto biográfico. Pese a mi educación marxista-leninista (o tal vez por efecto contrario a ella) nunca consideré que el Comunismo fuera infinito (algo hay publicado al respecto en mis primeros ensayitos). Así que, cuando fue derribado el Muro de Berlín, mis rudimentarias expectativas se vieron cumplidas en alguna medida. Una vez ocurrida la debacle del Otro Sistema, se lanzó la idea de un Capitalismo tan “inmortal” como el Comunismo que se había desplomado en Europa. Pues bien, desde el primer momento, me negué a comulgar con la idea de que el Capitalismo fuera un sistema eterno. (Y eso que conozco a algunos que han militado con furia en estas dos inmortalidades, columpiándose de una a otra secta, no importa que a su lado se vinieran abajo muros y torres, gobiernos y bancos).

De manera que contemplo como posibilidad el hecho de que este Sistema colapse a largo plazo. En la crisis actual hay algo parecido a su propio “Muro”. En cualquier caso, ni el Comunismo inventó al Estado (aunque lo llevara al paroxismo), ni el Capitalismo inventó al Mercado (aunque lo llevara a la apoteosis). El desplome del Sistema vendrá, sobre todo, por depauperación de la democracia: ya sólo puede defenderse dejando de serlo. Nunca es poca, al menos en este blog, la alerta sobre China, donde el dinero y la tiranía van de la mano en un tipo de sociedad hacia la que avanzamos peligrosamente y en la que Cantona, dicho sea de paso, ya estaría fusilado con su familia pagando la factura de las balas. ¿Las pagaría al Estado o a los bancos?

Dicho todo lo anterior, queda claro que no voy a seguir una iniciativa como la del 7 de diciembre. En primer lugar, por un ligero detalle: no tengo dinero (o, más bien, lo que yo tengo no es “dinero”). Así que lo único que podría hacer el próximo día 7 –como la mayoría- sería devolverle a los bancos aquello que nos han dado en hipoteca. Según el plan Cantona, los que tienen dinero, sacarían su dinero. Pero los que no lo tienen, no tendrían otra que sacarse a sí mismos de donde viven, colapsando ellos mismos mientras oxigenan, de paso, al Sistema. (¿No habíamos quedado en que era siniestro?) El plan de Cantona supone la generosidad de los ricos y el suicidio de los que no lo son. Yo, la verdad, me planteo la ecuación exactamente al revés. Estoy dispuesto a ser generoso con mis cosas el día que los ricos se suiciden con las suyas.

No está demás apuntar un último prejuicio. Invariablemente, apago el chip y ejerzo mi minúsculo luddismo cuando oigo a un millonario invocar la revolución.

¿Qué fue de Jorge Sanz?

Iván de la Nuez

 

 

 

Hoy, viernes 12, Canal Plus estrena una miniserie de seis capítulos: ¿Qué fue de Jorge Sanz? Está dirigido por David Trueba (guión suyo y del propio Sanz) y el pasado lunes tuvo lugar un pre-estreno en la sala Arteria (antiguo Studio 54), de Barcelona. Allí, vimos dos episodios: “Orzuelo” y “Banda sonora”.

Se trata de un ¿documental? en el que Jorge Sanz “actúa” de Jorge Sanz. Una serie a la que no le falta ficción y en la que, sin embargo, todo es verdad. Que indaga en el declive de Sanz y en el ocaso de una carrera a la que no le faltó ni el éxito ni la precocidad. (Algunos todavía recuerdan a aquel niño de Conan el Bárbaro, película que debió convertirlo en algo parecido a un Christian Bale castizo).

El éxito es un territorio perfecto para el caos. El problema surge cuando a la gente que lo alcanza se le suele pedir que lo convierta en Orden (con mayúsculas). Como si fuera la norma y no la excepción, lo cotidiano y no lo extraordinario.

En el caso que nos ocupa, el actor expande su experiencia caótica hasta el punto de que no consigue lidiar ni con el éxito ni con el fracaso. No sabe qué hacer con la precocidad; menos aún con la experiencia.

Tratándose de un Peter Pan, no resulta desmesurado –aunque sí hilarante- su paralelo entre las chucherías infantiles y las drogas “adultas”. “Tú tienes que controlar a las chuches” –le recomienda a su hijo-, “ellas no te controlan a ti”.

Sin tremendismos, pero sin concesiones, David Trueba nos hace reflexionar sobre el modo en que el éxito se convierte en caos. Y en cómo ese caos se transforma en una posibilidad creativa. (La redención aquí no entra en la ecuación: después de Tarantino con Travolta eso es un territorio baldío).

Esta serie pone en entredicho el propio estatus de serie. Este actor, en un mundo tan vanidoso, se ríe de sí mismo. En su apariencia sencilla, esta es una comedia sobre el éxito y una tragedia sobre el fracaso. O al revés. ¿Qué hacer con la precocidad? ¿Qué hacemos con la experiencia?

Mientras más hilarante, mas trágico resulta el asunto. Una vez que empezamos a compadecernos, pasamos rápidamente a la carcajada o, en el mejor de los casos, a un chasquido de la lengua: “este tipo no tiene arreglo”.

¿Qué fue de Baby Jane?, Porca Miseria, ¿Cómo ser John Malkovich?, El show de Truman y otras tantas vienen a la mente cuando vemos ¿Qué fue de Jorge Sanz? Mucho más próxima, aunque menos conocida: JCVD, la película en la que Jean-Claude Van Damme se redime haciendo de sí mismo contra sí mismo…

Y, claro, ahí está I´m still here, el falso documental de Casey Affleck sobre Joaquim Phoenix.

En un plan sencillo e ibérico, David Trueba marca una diferencia. Affleck habla de alguien que ha conseguido timar al mundo del espectáculo. ¿Qué fue de Jorge Sanz? habla de alguien que, aunque no lo consiga casi nunca, sabe que lo más importante es no dejarse timar por ese mundo.