Entries from diciembre 2010 ↓

Leviatán o la ballena

Iván de la Nuez

Leviatán o la ballena tiene la monumentalidad, la ambición, el recorrido y alguna desproporción propia de los cetáceos cuya aventura persigue a través de océanos y siglos.
Philip Hoare, su autor, ha conseguido un libro inclasificable y magnético, debido a sus miedos y obsesiones, tanto como a su fascinación y sobrecogimiento.
Ahí está, en toda su expansión, la gigantesca criatura; anterior al hombre y a la que no pocos consideran que conseguirá sobrevivirlo. Nadando entre la Biblia y Perseo, Melville y John Donne, Thomas Hobbes y John Huston. Aplastando a Ray Bradbury, que adaptó febrilmente Moby Dick para el cine hasta acabar hundido por el “peso de Melville”. Ahí está, avanzando hacia Nathaniel Hawthorne, D.H. Lawrence, Turner, Orson Welles, un chiste colocado por Shakespeare en la boca de Hamlet…
El libro de Hoare es, en sí mismo, un cetáceo gigantesco que evoca la inmortalidad y la supervivencia, el misterio y la orfandad. Una ballena que es la isla primordial y el Estado moderno, la naturaleza y Manhattan…
Por las investigaciones de Hoare sabemos que la ballena está ligada directamente a la trata de esclavos y al abolicionismo. A fin de cuentas, en los siglos XVIII y XIX la caza de ballenas y la esclavitud coexistieron “como dos industrias transoceánicas”. Ambas “condenadas por cimentarse en una explotación insostenible de sus respectivos recursos cetáceos y humanos”. También conseguimos enterarnos que -además de Jacqueline- un muy distinto amor por las ballenas conectó las vidas de Kennedy y Onassis (no adelanto aquí más).
La caza de la ballena es transcultural: la practican desde los esquimales hasta los ingleses, desde los noruegos hasta los japoneses. Un oficio durísimo, de hombres solos, a menudo poblado por oblicuas tramas homoeróticas. Empresa que tiene asimismo una “cara B” femenina, en tierra firme; cargada de mujeres igualmente solas y avezadas en el uso de rudimentarios aunque efectivos consoladores, conocidos en los puertos balleneros del siglo XIX como “él-está-en-casa”.
Nada representa la vida, nos dice Philip Hoare, “en una escala tan descomunal” como estos “paradójicos animales”, cuya existencia se sitúa “más allá de lo normal”. Monstruos gregarios y solitarios, egoístas y altamente solidarios, pueden alcanzar una sexualidad tan divertidamente orgiástica en unos casos, como un imposible apareamiento en otros. Y si bien las ballenas son previas a la existencia del hombre, sólo las conocemos en profundidad desde fechas recientes. De hecho, vimos primero a un hombre pisar la luna que nadar a una ballena bajo el agua (lo que no se produjo hasta 1984).
Ballenas blancas y grises, azules y barbadas, cachalotes y enanas, jorobadas o nervales… No nos deben nada que no sea nuestra hostilidad. Ni siquiera obtuvo pasaje la ballena en el Arca de Noé, aunque se las arregló por su cuenta para sobrevivir al Diluvio universal.
Una vez leído y acabado, Leviatán y la ballena nos deja el mismo desasosiego que embargó a su autor cuando nadó junto a un ejemplar de estas proporciones. Al desaparecer de súbito ante nuestra vista, solo nos queda un vacío proporcional a su gigantesca presencia.

Marcador

Ciber-Foie en Barcelona

Iván de la Nuez

Esta tarde, Alfredo Triff presenta su libro Hígado al ensayo (ilustrado por Luis Soler) en el centro cívico Golferichs, Barcelona. Hígado… es el compendio de “60 recetas biliares”; y el resultante del traslado al papel del avatar de Triff como blogger. Con sus tachaduras y sus urgencias. Y, en general, con todo lo que carga, y se deja, la escritura apremiada de los blogs. Hace poco, otro blogger de Miami, Emilio Ichikawa, certificaba como inaceptable el hecho de que alguien corrigiera los textos una vez aparecidos en su bitácora, dado que lo efímero y lo contingente, a fin de cuentas, es precisamente lo que dotaba de sentido a la escritura que se desarrolla en este soporte.
Triff parece coincidir con esta máxima, hasta el punto de evidenciar, en los textos ahora impresos, las “marcas” de su anterior existencia en la red. Cabría, sin embargo, apuntar aquí una salvedad. Y es que Alfredo Triff ya hacía uso de un “lenguaje blogger” antes de que existiera la blogosfera. Quien quiera remitirse a libros suyos anteriores -como ¿Qué podemos hacer? o, sobre todo, Pulpa– podrá constatarlo. Quien escuche sus discos –21 Songs Broken At Once, Boleros Perdidos o Dadason– podrá comprenderlo. Quien navegue por las bitácoras que Triff alienta –Tumiamiblog y Miami Bourbaki– podrá compartirlo.
Si alguna vez el múltiple trabajo creativo de Triff se desarrollaba en círculos concéntricos -el del músico, el del profesor de filosofía, el del ensayista, el del crítico-, en estos momentos todo eso está marcado por una amalgama que hace indivisibles las fronteras de su obra.
Así las cosas, Hígado al ensayo (dada Editores) está a medio camino entre la Farmacia de Platón y una descarga cubana en algún tugurio que se niega a cerrar (aunque desde fuera parezca cerrado). Con un lenguaje peculiar, que nombra a los protagonistas y los acontecimientos “a su manera”, Triff desata un “idioma” que va de la “culología como arma crítica” al “susodicho” como arma tóxica. De la Raultroika a la Ch€miótica. Del “embargo de la discusión” al “chicharrón de poeta”. De la “arqui(escul)tura de Matta Clark” a la “erótica telemática”. De “las Dos Cubas” a los “Dos Castros” y de ahí a la “intuición segurosa del estilo”. Todo ello mediante la persistencia de una escritura de tradición inequívocamente “marielita” (Triff formó parte del éxodo del Mariel en 1980) con sus respectivas dosis de Bataille y de Arenas.
Tal vez el corazón, romántico como se le supone, sea el órgano que mejor representa la victoria (o la derrota). Pero el hígado es sin duda el que mejor representa la resistencia (los hay que merecen incluso un monumento). Estas “60 recetas biliares” corroboran esa lección de anatomía y construyen un libro que es, sobre todo, una saludable resistencia al lenguaje de la estandarización.

Tuyomasyo

Iván de la Nuez

El canal digital tuyomasyo acaba de cumplir su primer año. Se trata de un proyecto alentado por el artista plástico Jorge Mata, y nacido del proyecto editorial de Linkgua Ediciones, dirigida por el narrador Radamés Molina. En una entrevista reciente, en Diario de Cuba, Mata ha explicado en detalle los avatares de este proyecto.
Con sus tres canales –arte, música, literatura- tuyomasyo ha construido, en tiempo real, un registro de la cultura visual cubana que tiene lugar en cualquier frontera. Se trata del archivo del presente de una cultura en conflicto que, sin embargo, encuentra en este portal un ámbito de convivencia muy parecido a la democracia. tuyomasyo es, por así decirlo, un proyecto global cubano del siglo XXI y una herramienta concebida para organizar las aristas de una cultura dispersa. Con muchas horas, creatividad y sin protagonismos fatuos; con responsabilidad pero sin mesianismos, tuyomasyo es también un espacio de consulta para aquellos que quieran entender o escribir la historia futura de la cultura cubana. ¡Buen aniversario!

Un, dos, tres… ensayando

Iván de la Nuez

Non-fiction es la palabra anglosajona que intenta calificar a todo lo que no proviene de la narrativa y, por lo general, está más cerca del ensayo, incluso de la teoría. Esta definición en negativo, por lo general me ha resultado molesta. En ella –y sobre todo en las prácticas académicas que despliega- hay algo de esa vanidad admonitoria de quien está en posesión de La Verdad (de Toda la Verdad y Nada Más que la Verdad). Desde mi parcialísimo punto de vista, Non-fiction es status y parcela: acotación del campo en el campus. Una compuerta en el desbordamiento y, asimismo, stand de una feria en la que coinciden buena parte de la industria editorial, la academia universitaria y los suplementos culturales. Non-fiction es el muro contra el que, de vez en cuando, cualquier seguidor de Montaigne está obligado a chocar.
Tampoco es cuestión de concederle mayor heroísmo al asunto. Ni de pedir cuartel allí donde uno ni es bien recibido ni, digámoslo todo, califica para optar a medalla. A fin de cuentas, la clasificación de marras no es la más difícil de las barreras que enfrenta el ensayo. En mi caso, aunque muchas veces me ha resultado irritante, ni siquiera puedo decir que fuera el primer cabezazo –ni el más fuerte- de mi temprana e insistente vocación.
Tiro de recuerdo y puedo verme en el momento seminal de esta fricción. Estoy situado en la playa en que me crié, a unos 20 kilómetros de La Habana. Se llamaba, y aún se llama (y aún está allí, aunque no del todo en pie) Baracoa. Tiene el mismo nombre que la primera villa fundada por Diego Velázquez en el otro extremo de Cuba –y que el próximo agosto cumple medio milenio, por cierto-, aunque no debe ser confundida con esta. “Mi” Baracoa, entre otros avatares de su infrahistoria, una vez tuvo su orquesta: Los Hermanos Silva. La banda estaba integrada básicamente por pescadores u obreros textiles, y su apogeo, esto es un decir, podemos cifrarlo en las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. A Los Hermanos Silva le distinguían dos características: tocar borrachos y no saber parar (siempre había un redoble demás que obligaba a empezar otra vez el estribillo, lo que les convertía en involuntarios especialistas de “versiones largas”). Pero Los Hermanos Silva divertían a la gente y, sobre todo, se divertían ellos mismos con sus rocambolescas galas. Cuando el declive etílico era irreversible, se podía percibir tanto por la radicalización del caos armónico como por el hecho de que la orquesta atacaba, invariablemente, “Componte canallón”.
Al final, entre muertes y otros menesteres, la orquesta se disolvió y quedó apenas como un recuerdo que los viejos entonaban sobre sus buenos tiempos (que también incluían bailes con artistas “de verdad”: desde una estrella local como Yiyo Gómez hasta un monstruo de escala global como Benny Moré). A veces, los supervivientes improvisaban un trío o un cuarteto en algún portal (ese remanente fue lo que yo pude presenciar), pero lo que sonaba era tan estrambótico que tan solo su hit dipsómano era vagamente reconocible. Entre ellos, un personaje mal encarado y hosco llamado Linao. Este hombre jamás asimiló la vida posterior a 1959, al extremo de que la revolución, que lo cambió casi todo, no consiguió cambiarlo a él. Su inadaptación, una forma socarrona de protesta, incluía primero que todo su atuendo. Toda su ropa, incluidos los calzoncillos, era “de antes”. Aún lo veo, de blanco integral: bigote extrafino, pantalones de batahola, brillantina abundante, calzoncillo de boxeador a la vista y, por debajo de la camisa almidonada, una camiseta de ribetes dorados conocida como “guapita”. Todo rematado con una desproporcionada cadena de oro y su correspondiente medallón de la Caridad del Cobre a la altura del pecho. (Con su vestuario, Puff Daddy podría expandir hoy mismo una línea de moda “hiphopera” que arrasaría All Over The World.)
Un día, era la época en que abandonaba la adolescencia, se me ocurrió sacar ante el tal Linao la palabra mágica. Ensayo. Así que le pregunté dónde ensayaba la orquesta, a qué hora, cómo montaban el repertorio. Ante tales preguntas, todas inocentes, este hombre reaccionó con tal violencia que puso en peligro mi integridad física. Aplacados los ánimos, al fin consiguió mascullar la causa de su ira.
-La orquesta de Los Hermanos Silva no ensayaba nunca.
Aún no había escrito ningún ensayo y ya sabía que la mía podía ser una vocación ofensiva.
Años más tarde, vinieron otros desencuentros de mayor calado. Los he contado en una entrevista con Antonio J. Ponte, “Ensayar es ensanchar”, reproducida en este blog. No abundaré ahora sobre aquellos conflictos. Solo comentaré que, gracias a ellos, tuve un segundo aprendizaje: además de ofensivo, el ensayo podía ser “desviado”, según la norma enhiesta de los santos guardianes de los fundamentos estalinistas. Así que me fui con mis ensayos a otra parte, si bien mis problemas “cubanos” con la curvatura del ensayo no acabaron con los ortodoxos de la isla. Aquí “afuera”, aunque sin colocarme en la necesidad de emprender otro viaje, tampoco me faltó mi dosis de calvinismo tropical. Si Allá los textos podían ser “desviados”, resulta que Acá pueden ser acusados de “torcidos”. Tercer aprendizaje: según el patriotismo ensayístico, da igual la ideología que lo anime, para que un ensayo califique como cubano tiene que ser, ante todo, “recto”. (Un fiel representante del, clasifiquémoslo así, pensamiento-estaca). Y esto es así porque esos paisanos consideran que el ensayo tiene problemas ideológicos. Cuando en realidad el ensayo no tiene ningún problema ideológico: es, todo él, un problema ideológico.
Y en esas cuestiones tropicales estaba cuando Non-fiction entró –más bien, no entró- en mi vida…
Siempre quedará el estandarte infantil de que uno tampoco entró en Non-fiction. Siempre nos quedará Montaigne. Y el consuelo de que el inventor del ensayo moderno difícilmente encajaría en esta clasificación: ¿Cómo suprimir de la ficción a un hombre cuya ensayística está construida sobre la base de enlazar un relato con otro? Montaigne, que era Montaigne, estaría obligado a pulirse algunas de sus mejores frases para conseguir la bienvenida en el exclusivo club de Non-fiction. Ésta, por ejemplo:
-Ensayar es pintarse uno mismo.
Tal vez deba advertir que, como lector omnívoro, suelo deglutir bastante bibliografía asumida como Non-fiction. Hubo un tiempo en que, por otra parte, no tenía otro remedio, dado que hacía la crítica de ensayo para el suplemento cultural de un diario. Así que, quizá por saturación, mi consumo de este tipo de textos ha sido menguante. Eso no me ha quitado del todo la curiosidad hacia ese ámbito (hace muy poco, sin ir más lejos, Jorge Brioso se dio a la tarea de intentar reiniciarme en las corrientes contra el “ensayismo” de la actual academia norteamericana). Tampoco es que considere que todas las facultades de filosofía son un abrevadero de dinosaurios.
Pero sigo pensando el ensayo en su aserción teatral, como una aproximación previa e imperfecta a una realidad que no está constituida del todo. (No es todavía la función real). Los deportistas suelen recordar con emoción lo que eran capaces de hacer en un entrenamiento. Los Beatles, que eran los Beatles, se impusieron el deber de grabar todos sus ensayos.
Así, ensayar no es siquiera un oficio, ni es del todo un género literario. Hay mucho en él de actitud. Incluye el boceto, el borrador, el plano. El entrenamiento deportivo y el experimento en el laboratorio. Afinar el piano y afilar la navaja…

Una de dos

Iván de la Nuez

Esta frase de Raúl Castro es dramática.
-O rectificamos o nos hundimos.
El problema -y después de medio siglo en el poder Raúl Castro tiene que saberlo-, está en la paradoja que encierra su agónico imperativo. Es cierto que si el gobierno no rectifica, se hunde el país. Pero si rectifica en profundidad, se hunde el gobierno.

¿Corresponsales en extinción?

Iván de la Nuez

Timothy Garton Ash opinaba ayer, en El País, sobre “la muerte del corresponsal”. Su acta de defunción se asentaba en la comparación del momento actual con la época en que él mismo había ejercido como reportero, “inmediatamente después de que la OTAN invadiera (Kosovo) en 1999”. En esos días, el historiador británico pudo constatar sobre el terreno la proporción, impensable hoy, de un periodista cada 800 habitantes. Una magnitud lógica, por otra parte, si seguimos, con él, la máxima periodística que proclama: “Si hay sangre, tendrá titular”. Sangre y titulares, como sabemos, no faltaron en los Balcanes de la postguerra fría.
Garton Ash tuvo tiempo de sentir la grandeza de un oficio que había seducido a Evelyn Waugh o Alfred Hitchcock. Un oficio que, en cambio, el autor de El expediente o Historia del presente considera prácticamente liquidado. Una de las causas –aunque no la única- la encuentra en que actualmente solo los grandes grupos –BBC o The New York Times- pueden mantener su staff de corresponsales en condiciones por todo el mundo. Otra causa es, desde luego, tecnológica. Aceptado esto, Garton Ash sugiere que conservemos “lo que tenía de valioso” el oficio de corresponsal en el siglo XX y aprovechemos “las fantásticas nuevas oportunidades que no existían en la era del telégrafo y el télex”.
La verdad es que su preocupación ni es nueva ni ha dejado de crecer en la última década. Y la verdad es que tal prevención no ha sido asunto exclusivo del periodismo. Artistas, fotógrafos, escritores y editores han participado de ella en estos tiempos en los que la narración de los hechos va pareja a su construcción; el mundo de las noticias tiene ya tanto de descripción como de invención.
Leyendo a Garton Ash, recordé una conferencia de Rogelio López Cuenca, a propósito de su serie “El paraíso es de los extraños”. Su intervención se concentró en las imágenes que consumimos del mundo árabe y en cómo las agencias filtraban tanto las fotos como las situaciones en que aparecían los fotografiados. Resulta que, cada vez más, los corresponsales occidentales se ven imposibilitados para entrar al lugar de los acontecimientos –por su desconocimiento de la lengua, su evidente diferencia física, las prisas de las redacciones centrales, la hostilidad del territorio-, de manera que las fotos son hechas por los propios árabes. Al final, sin embargo, estas acaban siendo “seleccionadas” por las grandes agencias, de acuerdo a la idea preconcebida que tenemos aquí de ese mundo. Así, las imágenes comprobadas por el artista remitían invariablemente a tres actitudes: o bien los árabes estaban rezando, o bien estaban siendo castigados, o bien estaban enfurecidos.
Renzo Martens ofrece otro ejemplo de cómo la construcción de la realidad se practica hasta en las llamadas buenas causas. En Enjoy Poverty se descubre el énfasis que necesita un documental sobre el Congo para hacer más evidente la miseria africana.
(Una digresión: el control del énfasis es, para mí, lo que distingue a una obra artística o literaria de un panfleto.)
Volvamos al periodismo que “muere” y pensemos en Jayson Blair. Este mintió durante seis meses desde The New York Times; se inventó noticias, afirmó estar en lugares que jamás había pisado y dejó por los suelos la credibilidad del influyente periódico en el que ejercía como reportero. En la fotografía, ya estamos enterados de que el famoso soldado republicano, de Robert Capa, fue un posado. Antifotoperiodismo es el título de un proyecto que –con la influencia de Alan Sekula- ha desarrollado Carles Guerra en La Virreina para abordar estos temas…
Entre tantos ejemplos, ¿debemos dar por muerto al corresponsal y, con él, a la posibilidad de un periodismo que no derive en la ficción? Pese a su contrición, Garton Ash nos ofrece tres cualidades por las que deberíamos reivindicar la necesidad del reportero, y que podemos resumir en su capacidad como “testigo”, su habilidad para “descifrar” y su talento para “interpretar”.
Nada que objetar a esta esperanza. Aunque este no sea solamente un asunto de “medios”. No se trata del mismo corresponsal que ha cambiado el telégrafo por la blackberry o el teléfono móvil. También se ha modificado el propio periodista (que ha visto diseminada su propia condición). Así pues, lo que hoy “muere” no es El Corresponsal sino “aquél” corresponsal, que actuaba según las compulsiones y los paradigmas de otra era.

La verdad a tientas

Iván de la Nuez

Me entero, por Rafael Rojas, que La oscuridad no miente, de George Bataille, ha sido reeditada. Se trata de la misma impresión de Taurus, 2002, con traducción y cuidado editorial de Ignacio Díaz de la Serna. Entonces, escribí esta reseña -en el suplemento Libros, de El Periódico de Catalunya-, que aquí recupero.

El efecto Bataille dura ya medio siglo. Su onda expansiva, que todavía no cesa, alcanza la singular idea de Maurice Blanchot sobre el comunismo y la arqueología de Michel Foucault, la estética de la desaparición de Paul Virilio y el nihilismo cínico de Jean Baudrillard, el erotismo y la biblioteca, el placer y el dolor, la felicidad y la violencia. Si quisiéramos intuir lo que somos, lo que podemos ser, lo que jamás seremos, algo de eso está cifrado en la obra de George Bataille, frente a quien la primera pregunta no sería qué puede enseñarnos sino, justamente, cómo podemos leerlo. En su epílogo a La oscuridad no miente, el traductor y responsable de la edición, Ignacio Díaz de la Serna, ofrece una clave fundamental: a Bataille, lo importante no es comprenderlo, sino ser capaz de soportarlo. Aceptado esto, se está mejor preparado para lidiar con La oscuridad no miente, selección de fragmentos y apuntes destinados a ser la segunda parte de la Suma ateológica, obra que no fue concluida nunca. Aquí, Bataille da continuidad a su filosofía, interrogando la zona productiva de la violencia, la razón, la muerte y, en general, el sentido de la experiencia, la cual él mismo entendió como el acto de vivir en el límite de lo posible.
Este libro forma parte de ese abismo, desde el que nos precipitamos a tientas del suicidio al insomnio, de la muerte a la crueldad, del saber al juego, del ateísmo a Dios. Especialmente importante es seguir su proyecto del «no-saber», a través del cual se da cuenta del significado de la muerte («la muerte nada enseña»), la revuelta («el problema esencial de la revuelta es liberar al hombre del compromiso del esclavo»), o la risa («ese efecto de trastorno íntimo, de sorpresa sofocante»).
La oscuridad no miente es un libro tramposo que, a la vez, tiene la honestidad de avisarnos sobre ese particular: «Este libro no se dirige a los hombres cuya vida no es interiormente violenta». Hombre, él mismo, de interiores violentos, de varias vidas y de diversos registros, autor de obras cardinales como Historia del ojo, La literatura y el mal y El erotismo, en los textos que arman La oscuridad no miente Bataille nos hace avanzar a oscuras, con la única ayuda de esos relámpagos efímeros que logran que nombremos la verdad. Son pocos los hombres -Sade, Nietzsche, Kafka- que alcanzan a ser, en sí mismos, enigmas de toda una cultura. Bataille es, sin duda, uno de esos enigmas.

Preferiría no actualizarlo

Iván de la Nuez

 

 

 

Hay cosas que, como la famosa frase del Bartebly de Melville, uno preferiría no hacer. Actualizar el post de ayer, por ejemplo.  Hablábamos de la clausura de dos centros de arte: el Centro Guerrero, en Granada, y el Museo Chillida-Leku, en Hernani.

Pues bien, nada más colgarlo, desde Valencia me comunicaron que la Sala Parpalló -inaugurada en 1980- también cierra su espacio. Su programación pasará a alojarse en el Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MUVIM).

Comienzan a caer centros de arte. (O esto le puede pasar a cualquiera)

Iván de la Nuez

El Centro José Guerrero acaba de morir en Granada y -pese a que esta debacle coincide con la crisis- en distintos foros ha quedado claro que entre sus causas destacan, y en primer orden, la arbitrariedad administrativa o la falta de ideas sobre la política cultural. La situación, sin aparente vuelta atrás, ha dejado un crudo enfrentamiento entre la familia Guerrero y la directora del centro Yolanda Romero, por una parte, y los jefes políticos por la otra.

Esta no es la única noticia en esta línea: en Guipúzcoa, el Museo Chillida-Leku, espacio dedicado en Hernani a la obra del escultor vasco, ha decretado su cierre. Aunque es obvio aquí el elemento presupuestario, el origen tampoco lo encontraremos exclusivamente en la crisis: el tema arrastra hace tiempo su repertorio de tensiones entre la familia y las autoridades. De momento, ya está sobre la mesa una ERE con la perspectiva de que 20 trabajadores se vayan a la calle.

En casi todos los medios se ha prestado atención al final de estos dos espacios –en El País Borja Hermoso titulaba su crónica “Réquiem por dos museos muertos”- y, de paso, se ha encendido la alarma sobre otros centros o museos “de autor”. Tal es el caso de las fundaciones Tàpies o Miró, en Barcelona, o el Museo Oteiza en Navarra.

Cuando el tema era aún materia de encendidas discusiones, alguien de Granada maldecía la situación del Guerrero, y de su propia ciudad, con esta pregunta: “¿se imaginan ustedes que en Barcelona permitan el cierre de la Fundación Tàpies, o en El País Vasco lleguen a cerrar algún día el Chillida Leku?”

Pues bien, en este último caso, la respuesta es “Sí”. Y no solo ha sido posible imaginarlo, sino también vivirlo.

Me lo dijo Lennon

Iván de la Nuez

    

 

 

Desde temprano, la radio no para de pasar canciones de John Lennon. Entre ellas, “Nobody Told Me”. El tema apareció tras su muerte y no había sido incluida en Double Fantasy, el disco en el que estaba trabajando cuando fue tiroteado por David Chapman hace hoy treinta años. Es una canción irónica sobre las paradojas que entrañan las causas y los esfuerzos; los planes y sus resultados. He asociado esta letra –y no me pregunten por qué- al vano denuedo que pone alguna gente en ser artista o a la dosis de cinismo que hay que llevar en los bolsillos. Al destino de las causas e  incluso al llamado “asunto cubano”, letanía cotidiana de un pueblo en el que el ritmo es inversamente proporcional al movimiento.

Aquí dejo la letra, inaugurando de paso una nueva categoría -“Me lo dijo…”- en el blog. El que quiera y pueda, que la disfrute y repase, como homenaje, otros temas del maestro.

 

 

Nobody Told Me

Everybody’s talking and no one says a word
Everybody’s making love and no one really cares
There’s Nazis in the bathroom just below the stairs
Always something happening and nothing going on
There’s always something cooking and nothing in the pot
They’re starving back in China so finish what you got

Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Strange days indeed — strange days indeed

Everybody’s runnin’ and no one makes a move
Everyone’s a winner and nothing left to lose
There’s a little yellow idol to the north of Katmandu
Everybody’s flying and no one leaves the ground
Everybody’s crying and no one makes a sound
There’s a place for us in the movies you just gotta lay around

Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Strange days indeed — most peculiar, mama

Everybody’s smoking and no one’s getting high
Everybody’s flying and never touch the sky
There’s a UFO over New York and I ain’t too surprised

Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Nobody told me there’d be days like these
Strange days indeed — most peculiar, mama