Entries from enero 2011 ↓

Me lo dijo Chico

Iván de la Nuez


Entro en la versión digital de El País para ver cómo va el fútbol y me tropiezo con una entrevista de Jesús Ruíz Montilla a Chico Buarque. Hablan de música, literatura y balompié. Por fortuna, el periodista no lo acribilla a preguntas sobre Lula y la política. Le basta con una, y es esta:

¿Verdaderamente (Lula) ha acometido una transformación histórica?

Sí, su prioridad era sacar de la miseria al mayor número de gente posible. Eso continúa con Dilma Rousseff. La situación social de Brasil era una vergüenza, plagado de desigualdades con toda su riqueza. Pero los méritos vienen también de las bases de la política económica que emprendió Fernando Enrique Cardoso. Fue la clave sin la cual no se habría podido avanzar. Toda esta transformación se ha llevado a cabo con las reglas del capitalismo para crear una riqueza que debía ser distribuida. Algunos desde la izquierda pueden pensar que no fue lo suficientemente humanitario, pero nadie puede negar que ha sido lo más inteligente.

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La semana en una imagen: réquiem

Iván de la Nuez

Esta semana, varias noticias recibidas coinciden en una paradoja de estos tiempos: la obsolescencia creciente de la tecnología.  Una decrepitud que se debe menos a su caducidad que a su lógica de funcionamiento. No es su inutilidad la que saca a nuestros gadgets de circulación, sino una adictiva necesidad de recambio que proviene de las dinámicas del consumo.

Es de lo que habla, por ejemplo, Spin, la pieza del artista madrileño Daniel Canogar que encabeza esta columna. Una proyección realizada con 1000 cds, comprados a un euro en el rastro y que reactivan algo del contenido que los hizo útiles y hasta “modernos” en el pasado. O el próximo proyecto de los jóvenes artistas canarios Lena Peñate y Juan José Valencia para el Centro Atlántico de Arte Moderno, que se ocupan de cómo, en un momento dado, las imágenes -asumidas tantas veces como eternas- pueden desaparecer, modificarse y envejecer según los vaivenes del futuro que les ha tocado en suerte.

Pienso, asimismo, en el nuevo libro que Mercedes Cebrián presentaba en Madrid y Barcelona: La nueva taxidermia. Dos relatos largos que abundan en nuestra actitud con los recuerdos y los fetiches que los arman. Como taxidermistas de nuestra propia biografía, hemos acabado congelando momentos muertos, que dotamos sin embargo de una vida aparente. Lo mismo que esas fieras disecadas a las que se les da un brillo artificial en los ojos y una actitud de “movimiento” en el cuerpo para que parezcan, si cabe, menos muertas de lo que sabemos que están.

Todas estas obras desmenuzan nuestro conflicto como habitantes de eso que una vez se llamó “el futuro”. Ese tiempo actual en el que ya no sufrimos nostalgia por el pasado, sino por el presente mismo; que intentamos exprimir y  detener lo máximo posible con la ilusión de dinamitar su fugacidad. Nostalgias urbanas en las que -a través de un cd, un motor, una fiesta- desarrollamos nuestro propio “síndrome de Diógenes” y almacenamos unas excrecencias, acaso con la esperanza de que nuestros tozudos deshechos nos devuelvan algo de la utilidad que tuvieron y de la vida que nos proporcionaron.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba.

Tres requisitos del crítico

Iván de la Nuez

Un mundo, un discurso y la capacidad literaria para evidenciarlos.

Suspenso de la democracia

Iván de la Nuez

“Democracia en suspenso” es el título de una antología convocada por La Fabrique en Francia, y editada en España por la editorial Casus Belli. También podría ser el subtítulo de esta imagen de Barack Obama con Hu Jintao. En el libro, la democracia es puesta en duda por pensadores como Agamben, Badiou, Nancy, Ranciére y Zizek. En la foto de arriba, es puesta en duda por los presidentes de Estados Unidos y China. La superpotencia que parece declinar y la que no para de crecer. En la primera, el capitalismo todavía se viste con el traje de Montesquieu. En la segunda, el mercado a gran escala encaja sin grandes problemas en el uniforme del Partido Único.

Obama, a la espera de que la mezcla entre Coca Cola y Tiananmen produzca un cóctel llamado China Libre. Hu Jintao, aguardando por un tipo singular de Bloody Mary servido por una América totalitaria.

Postcomunismo y postliberalismo: cara a cara.

La foto dice más cosas. La fundamental, que para implantar el capitalismo no es necesaria la democracia. Ni para revalorizar el mercado del arte, recolonizar África, ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU… O que el crecimiento de China tal vez no se da “a pesar” de su orden tiránico, sino “gracias a él”.

En el libro citado, la democracia es percibida como una abstracción vacía, una “sombra chinesca” (qué bien funciona esto bajo la foto) o una oligarquía de partidos. También puede pensarse como una superstición de Occidente, un emblema despojado de soberanía o un pilates intelectual para gente con tiempo libre.

Es lo que aventuraban, hace una década, Kaplan o Fukuyama: aunque todos los países estén preparados para el capitalismo, no todos lo están para la democracia.

Que esa democracia está por repensar sin contemplaciones es algo que solo los manuales de liberalismo (que también tiene su Nikitín y su Rumiantsev) se niegan a aceptar. Que esta sea el destino final (y no el principio de cualquier cambio), es algo que ningún dogma socialista está en condiciones de sostener.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

El arte de apuntar

Iván de la Nuez

 

El arte de apuntar es una manifestación creciente de la política contemporánea. Ese dedo inquisidor que intimida y delata. El que traza el círculo de la diana, encierra el objetivo y dibuja el destinatario de las balas -todas esas cosas que parecían exclusivas del terrorismo-, va camino de convertirse en un estilo habitual de la cosa pública. No se trata ya de señalar al enemigo externo. Ahora, el boceto de la ejecución está destinado también a paisanos que comparten pasaporte y sistema político.

En España, por ejemplo, dibujar una diana y marcar el objetivo puede ser considerado un acto terrorista. Porque no hay que llamarse a engaño; en la secuencia patibularia de esta corriente, después del “¡Apunten!”, suele venir el “¡Fuego!”.

Es probable que el Tea Party o la ultraderecha norteamericana no sean jurídicamente culpables en el tiroteo de Arizona. Pero sí son políticamente responsables. (Robespierre no manejaba la guillotina, pero es él, y no el verdugo de turno, quien ocupa un lugar en la historia política de la decapitación).

Los cubanos sabemos algo del arte de apuntar. De hecho, Fidel Castro no puede entenderse sin el dedo y el micrófono. Esos símbolos revolucionarios que evidencian la exageración del gesto y la amplificación de la palabra. Los hay, incluso, que han alzado el dedo y perseguido con saña en su nombre y en su contra. Cambiando el dogma; pero no el ademán. (Cuánto hemos necesitado que esa generación se dejara, de vez en cuando, el dedo en el bolsillo y la lengua en la boca).

Tanto como asimilar que, en democracia, no se pone al adversario en la mirilla. Por ese camino, la aclamada muerte de la política no es más que un puente hacia la política de la muerte.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

La mancha del territorio / Revista RADAR

Iván de la Nuez

  

  

  

1. En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, enciendo las alarmas y, si es posible, me pongo a resguardo. En cuanto alguien se dispone a hablar –o actuar- en nombre de América Latina, es también el momento de ecualizar. De ponerle filtro a la retórica que acompaña el empeño. Con su abanico de coartadas, su ontología fuera de escala, y su dosis (o sobredosis) de mesianismo. Elementos inflamables, todos ellos, del combustible que ha alimentado a todo tipo de experimentos: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos (la Atlántida no suele andar muy lejos). Casi siempre, pasados unos y otros por el tamiz del populismo: estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

A la hora de tomar precauciones, guarecerse, ajustar sonido, los proyectos políticos no son los únicos a tener en cuenta. Los modelos culturales no han quedado rezagados a la hora de colocar los templos. El barroco y el boom, el modernismo y la antropofagia, Ariel y Calibán, el postmodernismo y la utopía. No es cuestión de negar a ultranza los aportes –algunos formidables- de estas corrientes. (Incluso los clichés del turismo cultural aportan lo suyo). Pero sí es momento de prevenir sobre el hecho, constatable, de que eso que entendemos por América Latina, en cualquiera de sus variantes, se ha cobijado en un lenguaje eufemístico y una pretensión de unidad que muchas veces no ha hecho otra cosa que reproducir el gesto colonial.

A fin de cuentas, “lo latinoamericano” no deja de ser un relato, lo que no quiere decir que sea, necesariamente, una ficción. Desde el Mapa de Borges o La Mancha de Fuentes (ambos emplazados  sobre el territorio), ha primado un dibujo previo, un pre-juicio, donde el modelo ha fagocitado a sus seguidores.

(Acaso ahí se encuentren los orígenes de tantas decepciones).

Ese rapto no ha sido una tarea exclusiva de los autóctonos. Es larga la historia de las “apropiaciones” externas, desde los tiempos de la Conquista hasta hoy mismo. En éstas, cuando ha mandado la prisa de, pongamos, algún curator desaprensivo, un crítico a la caza del exotismo, entonces el secuestro se ha convertido en un secuestro express

2. Así como hoy se habla del Bicentenario de la Independencia, resulta que, en 1992, el mundo iberoamericano discutía sobre otros fastos. Los del V Centenario de la Conquista y/o Colonización de América. Encuentro de las Dos Culturas. Doble Descubrimiento…

Otras las coartadas y otros los llamamientos. Otros eufemismos.

Sin embargo, gracias a la pulsión crítica desatada por aquella celebración -y a la incertidumbre de un universo en el que entonces se llegó a invocar el fin de la historia-, la posición de América Latina ante el mundo dejó de manifestarse como un match entre la reproducción acrítica y la confrontación hipercrítica.

Fue saludable el ejercicio de despachar las viejas tesis binarias. Aquellas que reafirmaban lo latinoamericano como una identidad por negación (“somos todo lo que nuestro enemigo no es”), portadoras del síntoma que Nelly Richard definió como “síndrome acomplejado de la periferia”; el mismo que Roberto Schwartz prefirió calificar como un “nacionalismo por sustracción”. Incluso frente a Estados Unidos y su histórica lista de desencuentros o invasiones, Latinoamérica dejó de comprenderse únicamente desde el diferendo Norte-Sur. Hoy nadie discute que la presencia latinoamericana al norte de El Paso constituye una reconquista cuyas consecuencias son todavía incalculables.

América Latina entró, así, con otro vigor en las polémicas acerca de la identidad y la modernidad. Tanto en su condición de extremo de la cultura occidental como en su situación excéntrica con respecto a esta. Tanto en su dimensión de revancha periférica como en su posibilidad utópica ante la racionalización extrema del mundo moderno. En el punto más alto de la euforia, más de uno llegó a presagiar el fin de la cultura occidental a causa de las irrupciones latinoamericanas: un Fukuyama puesto de cabeza (y con un taco en la mano).

No todo se reduce a los avatares de La Historia, El Pensamiento, la vida extraordinaria de los próceres. En la construcción de los paradigmas con los que cargamos, debemos tanto a esos grandes relatos como a los personajes de ficción, igualmente generadores de los modelos que tradicionalmente han hecho reconocible a América Latina. Ahí los tenemos. El durmiente que despierta junto al dinosaurio, de Augusto Monterroso, y la Beatriz Viterbo de Jorge Luis Borges. El patriarca de Gabriel García Márquez y el revolucionario Esteban, de Alejo Carpentier, en El siglo de las luces. Maqroll el gaviero, de Álvaro Mutis, o la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos. La Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde o el Pedro Navajas de Rubén Blades. La Mafalda de de Quino y el Fitzcarraldo de Werner Herzog.

En esos arquetipos, a veces devenidos en estereotipos, se ha concentrado el sueño y la fatalidad del continente. La confluencia de todos los mundos posibles y el anticipo de Internet. El inacabable caudillo de estos doscientos años y ese género narrativo tan latinoamericano: la novela del dictador. La ilusión y la desilusión por la revolución. Lo fugitivo y lo futurista. El mestizaje y la violencia. El emigrante lumpen y el iluminado europeo que busca la utopía en América, aunque no precisamente para salvarla -como suele afirmar-, sino para salvarse a sí mismo.

En todo caso, no es siempre recomendable percibir las cosas desde los anteojos de una vida libresca. Como decía Edward Said: “Aplicar literal­mente a la realidad lo que se ha aprendido en los libros es correr el riesgo de volverse loco o arruinarse.” Ni siquiera en esta Europa desde la que escribo, en la que la política no parece continuada por la guerra (Clausewitz), ni siquiera por la guerrilla (Che Guevara), sino por la estética.

3. Salgamos, momentáneamente, de aquí.

América Latina es, también, el enclave del principal legado que han dejado muchos de esos proyectos: la violencia. De ahí que convenga andarse con ojo a la hora de valorar sus estructuras estatales, económicas o políticas a la luz de teorías fáciles de asir. Pensemos, sino, en el llamado sector informal, que no es tan informal como expresa su nombre, como tampoco resulta tan formal el Estado al que se le opone.

El ejemplo del narcotráfico es elocuente. Este, como sabemos, se expande hasta la política, la cultura y la economía. Ya hablamos de una narcopolítica (asentamiento del tráfico en los estamentos institucionales), del narcoterror (momento en que la población, en teoría colateral, comienza a sufrir de manera central los embates de esa guerra) y la narcocultura (donde se inscriben las artes plásticas, la música y la literatura, por no hablar del considerable impacto en Hollywood).

Paramilitares y asentamientos urbanos sin categoría sociológica fácilmente asumible, migraciones invisibles y nuevas formas de nomadismo… A través de estas prácticas, se está redefiniendo hoy América Latina, sólo que a través de discursos que no aspiran al púlpito.

El name-dropping suele ser aburrido y falaz: oculta más de lo que dice. Obnubila bajo la pretensión de esclarecer. Así que mencionaré unos pocos nombres; en ningún caso aleatorios, sí intercambiables. Estoy pensando en las obras recientes de Rodrigo Rey Rosa, Teresa Margolles, Yuri Herrera, Carlos Garaicoa, Pedro Vizcaíno o José Antonio Hernández-Díez. Estos autores apelan a magnitudes descomunales que, sin embargo, consiguen filtrar  en historias menores, incluso únicas. Bandas juveniles y una falta de estructura del Estado. Colonialismo y postcolonialismo. La revolución y la contra. La violencia como fin per se… Lidian con el hecho urbano, y con las alcantarillas de la vida contemporánea. Con la represión y con la obsesión morbosa por las ruinas. Con los clichés sobre lo latinoamericano y, en consecuencia, con el parque temático al que han sido reducidas las Grandes Causas.

No proponen ni un “más allá literario” ni un “más acá metafórico” para invocar otras historias acaso más esclarecedoras. Y las abordan, si así puede decirse, desde una intensidad amoral que, sin embargo, entraña una ética.

En las novelas de Yuri, el lenguaje no siempre resulta comprensible para algún lector. Tampoco los documentos que en El material humano ayudarían a Rodrigo Rey Rosa a desentrañar la violencia. De hecho, estos rastros son difícilmente “traducibles” a otras culturas. Sin embargo, siendo incomprensibles, unos y otros no dejan de ser “legibles”, y esa es su grandeza.

A fin de cuentas, estamos hablando de artistas y escritores “de la guerra civil”. Sólo que, a diferencia de muchos autores españoles, esta guerra civil no está anclada en un lugar lejano de la historia. La guerra civil que sacude hoy América Latina –disfrazada muchas veces de delito común- es, también, una guerra entre civiles. 

4. En Postdata, Octavio Paz hablaba sobre el México sacrificial que subyacía bajo el México moderno. Era su metáfora de la pirámide. Y su manera de explicar la matanza de Tlatelolco, ese 68 del “más allá” que también conviene recordar.

A veces me pregunto si no estamos viviendo la era de la pirámide invertida. Y si la violencia sacrificial no habrá soterrado a nuestras pretensiones modernas, dejándolas, acaso, como una rémora, un incordio, a la experiencia límite de esa América Latina que queremos pensar, definir y, por qué no, mejorar.

Es, desde esa pirámide invertida, que brotan esos otros relatos de esos otros autores que iluminan mis preguntas, pero a base de negarse a emitir teorías luminosas. Autores que, bajo el territorio de La Mancha, consiguen que asome, sin paliativos, la mancha del territorio.

 

(*) Comparto aquí una versión reducida de mi ensayo aparecido en la revista RADAR, una publicación del MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León), editada a propósito de la exposición Modelos para armar, con artistas latinoamericanos de su colección. Sus editores Agustín Pérez Rubio-María Inés Rodríguez-Octavio Zaya, han tenido la amabilidad de invitarme a este número “0”. Los ensayos corresponden a Andrea Giunta, Nicolás Guagnini, Natalia Maljuf, Rosina Cazali, Ana María Duran Calisto, Raúl Cárdenas y un servidor. Los proyectos artísticos son de Fernanda Gomes, Pablo León de la Barra, Armando Andrade Tudela y Jhafis Quintero Gonzales.

Atrapado en un texto

Iván de la Nuez

Estoy atrapado en un texto sobre Manuel Saiz, un artista cuyo trabajo sigo con interés y del que, siempre que entro en contacto con su obra, salgo ganando algo. Su ficha biográfica indica que nació en Logroño, en 1961. Su itinerario vital descubre que su formación es tan londinense como española. Esa desubicación se multiplica a la hora de enfrentar los soportes e intenciones de sus piezas. Manuel Saiz es videoartista, idea proyectos curatoriales, realiza intervenciones estéticas sorpresivas, esculturas sociales o performances en las que el espectador termina involucrado. También ha publicado libros. De 101 excusas. Cómo se legitima el arte, ya hemos dado noticia aquí. A Colossal Blog, que acaba de llegar a las librerías, es el registro diario de alguien que pasa ocho meses en Roma sin ver, ni una sola vez, el Coliseo.

En un momento dado, un vídeo suyo arrastró consigo la polisemia de la palabra “Buffer”.

Rara vez repite un formato. Aunque hay dimensiones invariables, a lo largo de su trayectoria, que sostienen la permanencia de un mundo y un discurso.

Para un ensayista, esta obra es gratificante y a la vez incómoda. Genera un enriquecimiento y también la sospecha de no estar a la altura: intuyes lo que puede ofrecerte a ti, pero te queda la sensación de tener poco, o nada, que aportarle a ella. Son trabajos que tienen un relato complejo que, sin embargo, no puede calificarse como “narrativo”, en el sentido rudimentario o manoseado de este término. No son obras “sobre” este o aquel aspecto de las cosas. Son planos propiciatorios de tales aspectos y tales cosas. Bocetos capaces de precipitar realidades tangibles. Rituales sin tótems.

Saiz es un artista discreto y sólido. Sus proyectos, incluso aquellos marcados por la contingencia, están dotados de una indagación trascendente.

Estoy confrontando problemas con lo que voy escribiendo. Víctima, acaso, de una continua bifurcación entre el texto concreto que “tengo” que entregar y el texto a medio plazo que, en realidad, “quiero” escribir. Por el camino, me he auxiliado con escritos ajenos. Los de Elena Vozmediano y Javier González Panizo, por ejemplo. De la primera, me ha servido una crítica de la exposición Parallel Universes (2008). Del segundo, un texto sobre Public Display of Affection (2010) que se estira más allá de esa pieza concreta para reflexionar sobre el arte de la performance. (Ambos fueron expuestos en la Galería Moriarty, de Madrid).

Mi encomienda es muy concreta: debo ocuparme de ttzz (Tren Tiempo Zeit Zug), que resultó premiado y expuesto en Huesca, donde fui miembro del jurado, hace un año y medio. Entonces, no pude conocer a Manuel Saiz. Guardo, eso sí, muy gratos recuerdos del ambiente de trabajo; de la profesionalidad y calidez de los responsables del concurso. Son ejemplares.

Time Train no es otra cosa que el plan exhaustivo para la construcción de un tren circular europeo. Un tren que viajaría en el sentido de las manecillas del reloj, con sus correspondientes 12 paradas, y que sería en sí mismo un gigantesco reloj de Europa. Para la realización final de Time Train, Saiz ha hecho un arduo trabajo de campo que se puede seguir a través de este portal: www.ttzz.eu. (El vídeo del principio funciona como spot informativo del Time Train).

El Tren Tiempo atraviesa ciudades, túneles, lugares históricos, puentes.

Manuel Saiz ha calculado el itinerario y la velocidad. Los pasajeros y la tripulación. El peso en vacío, el peso de operación, el peso adherente. El coste y la potencia.

Según todas las pesquisas, el ttzz es posible, si bien su ejecución es del todo improbable. (Me he olvidado apuntar que el presupuesto se dispara hasta los 16 billones de Euros).

Regreso a mi ensayo, infinitamente más barato, y leo cosas como las que aquí comparto: “El Tren Tiempo ejerce una violencia sobre lo que consideramos contemporáneo y asimismo sobre lo que consideramos patrimonial”. “Está llamado a atravesar ciudades-museo y antiguos campos de concentración, espacios de dedicados a grandes eventos del arte contemporáneo (Venecia o Kassel) y plazas de alta tecnología”. Hay otros correlatos que tejen una red en la que quedan tan atrapados, como este texto, el arte y la historia, Europa y la tecnología, el fascismo y la democracia.

En otro apunte se establece un paralelo entre el “carácter circular de la Enciclopedia y el de este tren”. Y una paradoja “sobre la contradicción manifiesta entre la expansión que supone el viaje y la claustrofobia que implica el círculo”.

En algún pasaje, me da por sugerir que  Time Train es a Europa lo que Mistery Train fue a América. (Hablo de la canción que cantaba Elvis, pero sobre todo del libro de Greil Marcus al que dio título). En Time Train, la superstición de un continente; en Mistery Train, la ilusión de un país. Como si el ferrocarril representara para los europeos lo que el Mississippi para los americanos. Uno es todo espacio, otro es todo tiempo. Lo férreo y lo fluvial: otra anotación para la síntesis de una historia.

El Tren Tiempo es un viaje que irrumpe de manera abrupta en la naturaleza y en la cultura. Surca la historia por un lugar inesperado y tiene su origen en una “visión”, como la que llevó a Fitzcarraldo hasta el último puerto y que Werner Herzog definió como la “conquista de lo inútil”.

Vuelvo a mi atolladero y persisto. Macerando ese texto que no acaba de salir y que, al principio, imaginé tan redondo como el itinerario del Tren Tiempo y ahora mismo no es más que el boceto probable de un texto, de momento, imposible.

(*) 101 excusas y A Colossal Blog han sido publicados por decreatedBooks.

(*) Manuel Saiz acaba de presentar la continuación de otro proyecto en el Museu de l´Empordà, Figueres.

Sigue a sigueleyendo

Iván de la Nuez

Ya está en el éter SIGUELEYENDO. La necesitábamos.

Bienvenida y la mejor de las suertes.

Remontada y lastre de la izquierda

Iván de la Nuez

Leo, en el diario Público, edición de ayer domingo 9 de enero, una encuesta sobre lo que debe/puede ser la izquierda hoy –incluso tal vez mañana. Son “12 ideas para poder remontar” de otros tantos personajes pertenecientes a generaciones y experiencias también distintas (aunque la franja de edad va tirando a alta). La encuesta pone énfasis en España, si bien James K. Galbraith se explaya sobre Obama y Estados Unidos y Sami Näir se enfoca de manera sucinta en Europa. No faltan a esta cita nombres ilustres como Josep Fontana, Vincenç Navarro o Ludolfo Paramio, duchos todos en las sucesivas rectificaciones y zigzags que ha arrastrado el lado siniestro en las últimas décadas.

Me parece que ninguno ha vivido bajo un régimen del llamado Socialismo Real, así que ese espectro que hoy recorre Europa ni siquiera ha sido tenido en cuenta dentro de unas alternativas que, sin embargo, diagnostican la necesidad de “entender el mundo” y de “cambiar el relato”; de “tejer espacios de encuentro mestizo de todas las resistencias al neoliberalismo” y de “ofrecer un socialismo innovador y moderno”.

Todo ello, frente a un capitalismo que ya no puede presumir de aquel eslogan triangular de Libertad / Igualdad / Fraternidad. Un capitalismo que ha optado por el mercado en detrimento de la democracia. (Cualquier problema que tenga usted con la derecha o con la izquierda debe mirar, primero que todo, a China).

Mi propuesta para la renovación de la izquierda –que nadie me ha preguntado, dicho sea de paso- está, precisamente, en asumir la experiencia que esta encuesta dejó soterrada. Pienso que en lugar de soslayar –en muchos casos defender- a los estados comunistas, la izquierda tendría que hacer justamente lo contrario e incorporar la energía crítica que desplegó la disidencia contra el Comunismo. Apropiarse, sin más, de ese otro eslogan triangular que se llevó el Muro y el Telón de Acero por delante: Solidaridad / Transparencia / Reconstrucción. (Solidarnosc / Glasnost / Perestroika).

Tengo la sospecha de que no lo hará y, también, que manteniéndose en las posiciones de siempre, con más o menos maquillaje, va a tener imposible articular tres, cuatro, “doce ideas para remontar”. El peso del Gulag siempre será más fuerte que los eufemismos.

La receta del abuelo: Los pronósticos

Iván de la Nuez

Después de un par de años con esta crisis estructural a cuestas, y sin perspectiva de que el nubarrón se despeje a corto plazo, no es difícil que muchos comiencen 2011 oteando las señales de alguna mejora en el desastre. Agarrados a un clavo ardiendo desde el que colgar un poco de esperanza. Consultando augurios, buscando respuestas en las cartas, leyendo los posos del café, aguardando la Letra del Año que elaboran, siempre por estas fechas, los sacerdotes que interpretan los signos de los orishas.
Por lo general, los practicantes de la fe a conciencia (los que no mercadean con la desgracia ajena) son los primeros que suelen poner coto a tales desenfrenos de esperanza y angustia a la vez. Ya en sus tiempos, Nuestro Abuelo del Ensayo –Michel de Montaigne, ¿quién si no?- tenía claro este asunto y alertaba sobre el valor real de las predicciones, persuadido como estaba de que los oráculos “mucho antes de la venida de Jesucristo habían empezado a perder crédito”.
Desde el “tripudio de los pájaros” hasta la parábola de su vuelo; desde la lectura de los relámpagos hasta las observación del “remolino de los ríos”.
-Los arúspices ven muchas cosas, los augures prevén muchas, muchas son anunciadas por los oráculos, muchas por los vaticinios, muchas por los sueños, muchas por los portentos.
Montaigne no desconoce estas y otras artes adivinatorias, combatidas no solo por el racionalismo (la religión dominante puede ser más contundente que la ciencia con las supersticiones o el paganismo), si bien pone su acento en lo poco práctico que puede resultar indagar en el porvenir. Esto es algo que ya había leído en Cicerón, del que se lleva esta frase en el bolsillo: “conocer el futuro carece de utilidad. Es miserable angustiarse sin provecho alguno”. Y aquí es evidente que el pragmatismo de Cicerón considera tan “miserable” la angustia como el hecho de que esta resulte poco provechosa. A estos “que entienden el lenguaje de las aves”, recoge ahora Cicerón de Pacuvio en La adivinación, “y que saben por el hígado ajeno más que por el propio, a mi juicio hay que oírlos más que escucharlos”.
En todo caso, no hay nada peor que los oídos sordos: Cicerón despreció los augurios y César los desoyó. Ambos cayeron…
-Yo preferiría con mucho –continúa ahora Montaigne, que tampoco escapa del todo a la preocupación por lo que vendrá-, regir mis asuntos por la suerte de los dados a hacerlo por tales sueños.
Más adelante, eso sí, reconoce que existe una relación proporcional entre la adivinación y los malos tiempos. “He observado con mis propios ojos que, en los momentos de confusión pública, los hombres, aturdidos por su fortuna, abrazan cualquier superstición”.
Si algo sabe uno a estas alturas, es que nadie escarmienta por ensayo ajeno. Así que no hay nada peor que aconsejar.
Crisis y primer día de año. Atendamos y oigamos a los augurios, si así lo queremos. Pero ecualicemos asimismo sus mensajes diversos. Tampoco olvidemos que este mundo está lleno de oráculos racionalistas que lo han llevado más de una vez a la catástrofe.
Feliz Año 2011 y, creamos o no, sea mucha o poca o ninguna nuestra fe, sigamos dudando; practicando ese pilates mental en el que nos sigue entrenando Nuestro Abuelo del Ensayo.