Entries from febrero 2011 ↓

¿A quién se parecen las épocas?

Iván de la Nuez

En una frase conocida, Marx solía afirmar que “los hombres se parecen más a su época que a sus padres”. La frase intenta reafirmar el poder de la Historia sobre la voluntad, la “circunstancia” sobre la herencia, y ha sido un pilar de la izquierda a la hora de lidiar con el elemento generacional. Sin duda, vale la pena reparar en ella durante estos días, en los que el elemento juvenil ha pasado a primer plano en las revueltas del mundo árabe. La alta tasa de población joven ha venido acompañada, allí, por un grado proporcional de hartazgo. Tanto ante las largas tiranías establecidas en esos países como ante los reales o supuestos enemigos de estas; en particular, los fundamentalistas.

Los jóvenes tunecinos, egipcios, libios, han puesto sobre la mesa un tema prácticamente tabú —el de la demografía—, agarrado con pinzas desde los tiempos de Malthus.

Es en medio de todo esto, que aparece ¡Indignaos!, libro escrito por Stéphane Hessel y prologado en España por José Luis Sampedro (nacidos ambos en 1917, el mismo año que la revolución bolchevique trató de darle cuerpo a las ideas de Marx). El libro tiene todos los mimbres de un panfleto y su objetivo no es otro que estremecer a los jóvenes para conseguir que se muevan; que hagan “algo” ante una situación actual que el autor considera inaguantable. Hessel conmina a los jóvenes a la revuelta desde su larga experiencia revolucionaria y antifascista. Resulta curioso que, también, hay algo en su conducta de esevoyeurismo amparado en el Barely Legal de la pornografía: en esta obsesión de los mayores, según su manera de ver el mundo, por ver entrar a los jóvenes en acción.

En estos días, también he pensado en otra frase, distinta a la de Marx y sin duda más cínica, de Anthony Burgess. Decía algo así como que los conflictos generacionales eran “un invento de los viejos para joder a los jóvenes”.

No tengo muy claro si los jóvenes de Occidente que Hessel considera paralizados están en una fase anterior a la indignación o, simplemente, después de ella. Sea como fuere, la verdad es que su desidia se parece bastante a esta época. Vistos los acontecimientos de estos días, no cabe duda de que, al contrario de la frase inicial de este texto, las cosas, los gobiernos y los países cambian cuando las generaciones son capaces de conseguir que las épocas se parezcan a ellas.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

Marcador

Occidente y el genocidio de los otros

Iván de la Nuez

Cuando se habla de “los valores de Occidente”, suelo ponerme en guardia. Pasa que me considero rotundamente occidental pero, por ejemplo, soy pagano. Así que no acepto -como no lo acepta y lo explica Camille Paglia mejor que yo- una militancia occidental asentada en la tradición judeocristiana. De manera que, para evitar discusiones infinitas, entiendo que ser occidental sólo es posible desde el punto de vista laico. Y si hubiera una identidad “nuestra”, en ese sentido, no sería otra que la Democracia.

Pasa también que en Libia está ocurriendo un genocidio. Y ese genocidio –esa matanza de Gadafi contra los libios- es una vergüenza para lo que queda de Occidente.

Y para esos periódicos que ahora leo y cuya noticia es, primero que todo, la posible –“terrible”- avalancha de africanos hacia Europa que Libia taponaba a cambio de prebendas.

En el último mes, los árabes se han echado a la calle por un valor que se suponía exclusivamente occidental. No nos deben nada por lo que han hecho. Es probable que alcancen la democracia y, al mismo tiempo, nos sigan odiando por la sencilla razón de que nuestra estabilidad vale más que su libertad.

Usos y rusos del arte

Iván de la Nuez

Rusia ha sido el país invitado a la Feria de Arco en Madrid, y ese acontecimiento puede interpretarse como un paso más en el exorcismo de un viejo terror occidental. “¡Que vienen los rusos!” era una frase que agitaba, de manera cíclica, la amenaza de la barbarie desde el otro lado del telón de acero. Pero, como antes los bárbaros —”¡que vienen los bárbaros!”—, y ahora los chinos —”¡que vienen los chinos!”—, resulta que los rusos no vendrán hacia nosotros por la sencilla razón de que ya están aquí. Han llegado y ni se han comido a nuestros niños ni parece posible que, a estas alturas, puedan implantar el comunismo a escala planetaria.

De hecho, nadie ha visto, durante la Feria, que el personal glamuroso del mundo del arte saliera despavorido huyendo de ellos. Más bien, ha sido lo contrario. Ha habido carreras, sí, pero todas al encuentro de los promisorios mercados que hoy emergen en los territorios del Otro Lado.

Claro que hoy no faltan asuntos escabrosos —el uranio, las mafias, el asesinato de periodistas—, pero nada de eso ha impedido una cierta “normalidad” en el recibimiento de esa Rusia que se avalancha sobre Occidente al ritmo de aquel himno tecnofascista de los Pet Shop Boys: Go West! Desde entonces —apenas dos décadas— el goteo continuo de la cultura rusa no ha dejado de incrementarse. En España, a la espera de la inauguración de la Casa Rusia prevista para este año en Barcelona, no resultan del todo extraños los nombres de Ilya Kabakov, Komar y Melamid, Oleg Dou, Borys Groys, el colectivo AES+F, Víctor Pelevin o Andreï Makine. Todos ellos con un discurso que está más allá del comunismo y, al mismo tiempo, del sueño vanguardista de quebrar la frontera entre el arte y la vida. Ahora, de una u otra manera, la nueva cultura rusa —como la occidental— está marcada, ante todo, por la agónica relación entre el arte y la supervivencia, que es la continuación de la vida por otros medios; acaso más precarios.

Ese arte ruso es también un resultado de la terapia de choque que Occidente diseñó para el advenimiento de la sociedad postcomunista. Veinte años después, y en plena euforia por la salvación de una feria menguante, el problema no es que vengan los rusos, sino la incertidumbre de donde irán a parar los occidentales.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”. En la imagen: AES+F, “Action Half Life: Episode 1, #6”, 2004.

Esperanzas y/o noticias

Iván de la Nuez

¿Qué esperamos de una noticia: que nos sorprenda o que nos satisfaga? Si queremos lo segundo, de lo que hablamos es, entonces, de una esperanza. Basta un kiosco de prensa, una pantalla, un rumor, para que nos lancemos en busca de su confirmación y pongamos en escena el ritual cotidiano de nuestro acto de fe. Cuando el destino, como suele pasar, no cumple con nuestras expectativas, pensamos, sin más, que la realidad “desobediente” se ha complotado para traicionarnos.

Cuando explotó la revuelta en el mundo árabe, pensé en esto y me vinieron dos anécdotas a la memoria. El primer recuerdo es de una conversación con unos músicos de rap de Marruecos. En un comentario, alguno afirmó, más o menos, lo siguiente: “los problemas que tenemos en Casablanca no son nada comparados con lo que están pasando nuestros colegas de Túnez: aquello está a punto de explotar”. El segundo recuerdo implica a John Le Carré y se remonta a 1999. Y a su reiterada pregunta sobre por qué aquellos que “tenían que saber” —periodistas, diplomáticos, espías, él mismo— no fueron capaces de prever, un día antes en pleno Berlín, el derribo del Muro.

Ahí están algunas fechas: 8 de noviembre de 1989, 10 de septiembre de 2001, 10 de marzo de 2004. ¿Qué dijeron, en su momento, los medios informativos sobre el día siguiente? Hoy es fácil comprobar que nada dijeron sobre el estallido inminente. Y constatar que los especialistas —arabistas y sinólogos, cubanólogos o diplomáticos, espías o periodistas—, hace tiempo que han cruzado la frontera y no están aquí o allí para seguir los hechos sino para alimentar el relato de una demanda.

Foucault dijo una vez que el problema del acontecimiento estaba, precisamente, en que este era incapaz de conocerse a sí mismo. Los hechos de los últimos días confirman que esto no es en modo alguno un problema. En esa ignorancia —que es la ignorancia de los que “saben”— puede que radique la garantía de su éxito.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”. (Escrito y entregado antes de que Mubarak huyera)

Protégeme de lo que twitteo

Iván de la Nuez

Hace un par de días, di un pequeño paso para el twitter, pero dos grandes pasos para mí. Primer paso, descubrir que Jenny Holzer está emitiendo, a través de este medio, el tipo de mensaje con el que se dio a conocer en los años ochenta. Segundo paso, seguir a @hereu2011 , alcalde de Barcelona, dispuesto a exponer, paso a paso, las evoluciones de su batalla por la reelección.

Vuelvo a Holzer y al recuerdo de aquellos anuncios –entonces nadie les llamaba “post”- con los que nos sorprendía en los años ochenta. En particular, aquel famoso y desasosegador “Protec Me From What I Want” que interrumpió un amanecer de Manhattan. Entonces, me gustó el mensaje y asumí que ella también tenía que gustarme. Me encantaba ser convocado a protegerla y, aún mejor, creía saber qué era lo que deseaba. Cualquier cosa peligrosa que necesitara ese anuncio, a esa escala, tenía que ser irrechazable.

Viendo sus twitters, podemos afirmar que ella –Ella- inventó el twitter.

Holzer tiene más de 26.000 seguidores. Ella no sigue a nadie.

Fue el mismo día que descubrí los twitters de Jenny Holzer que decidí seguir el del alcalde de Barcelona. Ninguna inquietud ni misterio: nada de lo que protegerle. Tan solo la curiosidad por ver, en tiempo real, el comportamiento de nuestro tenaz alcalde en plena campaña.

Jenny Holzer nunca me seguirá.

Ayer, un mensaje me informaba de que @hereu 2011 me seguía a mí en el twitter.

Los demasiados catálogos

Iván de la Nuez

En el mundo del arte, no es infrecuente toparse con algún crítico que acredite veinte años de carrera sin un solo libro publicado. Esta peculiaridad genera irritación en los colegas de literatura, cuyo estupor es compartido por los de música o cine; por no hablar de taurinos, deportivos y hasta gastronómicos…

Si bien ese crítico no siempre puede considerarse un “escritor” –hay alguno que persevera en el aporreo contumaz del lenguaje-, resulta que tampoco se le debe tratar como un “inédito”. Al contrario, su escritura puede ser incluso abundante: diseminada en una red de revistas, memorias de eventos, webs y otras ediciones casi siempre supeditadas al quehacer de los artistas o circunscritas a la órbita de estos.

Si hay una estrella de estas publicaciones, esa es sin duda el catálogo. No hay soporte más generoso, ni mejor anfitrión para tales escritos. El problema es que los catálogos –salvo alguna extravagante excepción- no son leídos más allá de la logia del arte. Y los pocos que se leen, tienen muy corta vida más allá del hecho concreto de una exposición. (Por eso los editores insisten, a la desesperada, en publicarlos junto a ésta; intentando arañar sus escasas ventas durante el tiempo que la exposición se mantiene “en activo”).

Las vicisitudes editoriales o literarias no son las únicas que los catálogos están obligados a sortear. Sus dimensiones –talla XL por lo general- no representan un problema menor, como tampoco su peso o la incomodidad para leerlos. Tal vez por esas razones, Pedro G. Romero (poco amigo de regalarnos lo que en otros tiempos se acostumbraba llamar un “catálogo en tiempo”) entiende este soporte, directamente, como una “escultura” –un objeto que te llevas a casa-, tal como lo definió en Archivo F.X.: la ciudad vacía; su exposición en la Fundación Tàpies (2006).

Desproporción, sobrepeso, dificultad de manipulación… El catálogo es al mundo del libro lo que los cetáceos al mundo marino. Una bestia desmesurada a la que, en un momento dado, gran parte de los mortales –y algunos inmortales- están obligados a acomodar o desechar.

Semejante disyuntiva torturó al crítico Jeffrey Swartz durante las pasadas Navidades. En consecuencia, urdió un plan para solventar ese asunto delicado que consiste en recuperar metros sin perder conocimiento. (Según qué catálogos y qué libros esto no es siempre una paradoja).

Dejando a un lado la piedad, cualquier contemplación lacrimógena, Swartz desplegó su estrategia descatalogadora a partir de una fría clasificación de los volúmenes que soltaría por la borda.

“Regalar”, “Tirar”, “Donar”, “Vender”…

En la escabechina, estaban llamados a caer por igual amigos y enemigos, desconocidos y famosos, ediciones de intención global y ejemplares de comarca. En un epígrafe -“Que nadie se ofenda”- intentaba, me temo que sin resultado, ser perdonado de antemano. Este crítico llegó al extremo de otorgar un premio a la persona más generosa en el expendio gratuito de estos cachalotes de papel cromado. (Quien quiera abundar en los pormenores de este jugoso post, puede pinchar aquí y no quedará defraudado).

La verdad es que, siempre y cuando exceptuemos a Onetti, este dilema ha martirizado a casi todo el mundo. Un caso ya paradigmático es el de Gabriel Zaid, quien dio cuenta de esa angustia en Los demasiados libros. Es obvio que me he apropiado de su título para encabezar este texto. Menos obvio es que también -¿también?- pensé en Too Many Girls, aquel musical en el que se dio a conocer Desi Arnaz allá por 1939, antes del apogeo de I Love Lucy, la famosa serie que protagonizó junto a Lucille Ball durante casi una década.

Regreso ahora, sin las demasiadas (ni las pocas) niñas de mi ilustre paisano, a Gabriel Zaid. Y a ese libro suyo que recorre la agonía libresca de Lutero, Herodoto o Ítalo Calvino, así como los terrores de la industria editorial o las letanías de esos amigos que no se conforman con regalarnos sus libros, sino que además exigen –a veces cara a cara- nuestra opinión sobre ellos.

A medio camino entre un archivista y un coleccionista, el catalogador es, en buena medida, un “descatalogador”. Y esa función no se limita, exclusivamente, a arbitrar la caducidad de una u otra edición; o a certificar la imposibilidad de conservación de algún que otro ejemplar. Implica un posicionamiento frente a ese propio soporte en el presente y el futuro, tanto como –esto sea dicho con la mayor discreción posible- ante la propia memoria del arte.

¿Están, como todo lo demás, en crisis los catálogos? Los propios protagonistas de este soporte así parecen creerlo. Al punto de que, en los últimos años, entre curadores y artistas es constatable un fervor por hacer catálogos “que parezcan libros”. Tanto en formato como en una escondida voluntad de trascendencia, más allá de la vida efímera de las exposiciones.

A mí, sin embargo, no me parece tan evidente la hecatombe. Claro que el catálogo que solo funciona como bien suntuoso quedará condenado a ser el objeto que es; es decir, condenado a sí mismo. Pero también es cierto –si algo hemos aprendido de Aby Warburg, Jorge Blasco o Didi-Huberman- que los catálogos tienen ante sí infinitas posibilidades. Hoy, que podemos disfrutar de exposiciones y museos virtuales, es fácil intuir lo que los catálogos podrían dar de sí sin la necesidad de reservarle unos metros para su alojamiento. En esa onda expansiva, serían factibles catálogos pormenorizados de los procesos artísticos, catálogos que nos permitieran ver los proyectos en tiempo real, archivos interactivos de las imágenes, añadidos y notas al pie, capítulos enteros con la inclusión de las críticas a la exposición.

En esta época de crowdfunding u otras formas cool de la antigua –y muy artística- costumbre milenaria de pasar la gorra, ni siquiera la impresión representaría un problema. Esta podría ser a la carta, en diversas versiones, y en distintas escalas del pay per print. En cuanto a los catálogos viejos, además del “tirar”, “donar”, “vender” o “quemar” propuesto por Swartz, cabe la sencilla alternativa, antes de pasarlos por las armas, de pasarlos a PDF.

Llegado este punto, quizá sea el momento perfecto para los críticos semi-ágrafos con los que empezaba este texto. La oportunidad para emanciparse de su vida adosada y demostrar que un crítico fuera del catálogo no es siempre como un niño fuera del flotador. Ahora, estarían en condiciones de escuchar el silbido de un Wilde, un Michaux, una Sontag, un Barthes, un Rancière, un Bourriaud, un Azúa, convidándolos a iluminarnos con su propio relato. Esto, claro está, siempre que lo tengan. De lo contrario, o bien nos damos por vencidos, o bien decidimos esperarnos otros veinte años para ser iluminados, ¡al fin!, por esos discursos con vida propia. Hay paciencia.

La condición postcomunista / Actualizando a Groys

 Iván de la Nuez

Para aquellos que vivieron bajo el Comunismo, resulta frecuente encontrar a antiguos guardianes de la fe estalinista reconvertidos hoy en baluartes del Nuevo Dogma. A escritores que durante décadas dedicaron fervorosos libros a mariscales y milicianos, guardias rojos y proletarios, avanzar en la actualidad como celosos militantes del neoliberalismo. O a los Eltsin y Putin del viejo mundo -salidos de las entrañas del Politburó, el KGB, la Stasi-, aclamar al FMI como antes aplaudían, desde la unanimidad, las directrices del PCUS.  

Por suerte, hay también quienes han practicado su oposición en dos direcciones; y han sido capaces de sostener, en el Postcomunismo, la energía crítica con la que antes habían enfrentado al Antiguo Régimen. Tal es el caso de artistas e intelectuales como Ilya Kabakov y Boris Mikhailov, Frank Thiel o Dan Perjovski, Slavoj Zizek o Deirmantas Narkevicius. Todos alejados del oportunismo de la  conversión y, al mismo tiempo, de la tentación por la “Ostalgia”: esa melancolía tan extendida en el nuevo cine berlinés –Good Bye Lenin, La vida de los otros– como en el arte de Neo Rausch y la Escuela de Leipzig.

En esa disidencia doble, Boris Groys ocupa un espacio muy particular. Desde Obra de arte total Stalin (escrita casi por completo en la URSS) hasta Comunist Postcript, pasando por libros como Sobre lo nuevo o Bajo sospecha, Groys despliega una epopeya teórica que va dibujando la “condición postcomunista”, que se expande hasta el arte o un nuevo humanismo, los media o el declive del liberalismo visto como una consecuencia directa de la caída del Muro de Berlín.

Si nuestra izquierda no siguiera solazada en su particular Ostalgia “occidental”, tal vez podría reconocer en voz alta que lo mejor que ha podido sucederle es, precisamente, el derribo de aquel Muro que no sólo se cayó hacia el Este. Desde entonces, como apunta Groys, es posible hablar sin coartadas. Y ofrecer una alternativa de mundo sin la sombra tiránica de aquellos regímenes que habían hecho carne, y sangre, la idea comunista.

(*) Publicado en el diario Público, como cápsula de acompañamiento a una entrevista con Boris Groys. La foto -“Red”– es de Boris Mikhailov.

Estatuas, momias y otros enemigos contemporáneos

Iván de la Nuez

Estatuas y momias han protagonizado esta semana. En el derribo de un monumento franquista en Barcelona, en una votación por internet para decidir la sepultura definitiva de Lenin en Moscú, en esos voluntarios y militares unidos para custodiar las pirámides en el Egipto de la gran revuelta contra Mubarak…

Estemos o no de acuerdo en enterrar de una vez y por todas a Lenin, o echar por tierra una estatua consagrada a la victoria de Franco en Barcelona, lo cierto es que ambas acciones tienen un regusto anacrónico. Hasta el punto de que, entre los partidarios de hacerlos pasar a mejor vida, mucha gente se columpiaba entre un “¡Por fin!” y un “¿Ahora?”. Había también detractores de diverso calado. Franquistas y leninistas tardíos; o alguna gente que, como es mi caso, entiende que los países también están hechos de sangre y no es cuestión de camuflarla.

El “allí fue” y el “así éramos”, tan berlineses, puede tener más valor que diez cursos de historia.

Egipto es otra cosa, porque nos remite al presente del mundo y a sus muy curiosas paradojas. Primero porque allí, como en Túnez, se quiebra, como escribía Javier Valenzuela, ese clisé según el cual los árabes —como antes los latinos— son incompatibles con la democracia. Segundo, por la complicidad de un mundo occidental —particularmente Estados Unidos, Israel y Europa— que no ceja en la lógica de las Cruzadas. Tan obsesionados por combatir el terrorismo como incapacitados para compartir la democracia que pueda asomar en esa zona.

Mientras ese Occidente sostenía —con o sin disimulo— a un Mubarak hierático como las momias del pasado, este tuvo tiempo de reaccionar y revolverse. Así, como un Boris Karloff, una película de serie B o uno de esos monstruos de Preston & Child, regresó del “más allá” donde se le suponía un destino seguro para sembrar el caos y hacer correr la sangre. Para cerrar el círculo de una semana que empezó con la gente derribando una estatua en Barcelona y ha acabado, de momento, con una estatua intentando derribar a la gente en El Cairo.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

Nueve razones para leer a Boris Groys

Iván de la Nuez


Uno, porque comprende el malestar de la cultura como un mecanismo esencial de su funcionamiento y no como una situación pasajera que conocerá tiempos mejores. Dos, porque ha escrito una pieza única como Obra de arte total Stalin. Tres, porque, al contrario de la mayoría que bajó la cabeza dos veces, él ha practicado una disidencia por partida doble: tanto frente al Comunismo como al Capitalismo posterior que ganó la Guerra Fría. Cuatro, porque la complejidad de su enfoque sobre el arte no puede ser manipulada por el Ala Frívola del Cubo Blanco. Cinco, porque su amplio conocimiento de los contornos económicos y políticos de la cultura no lo lleva a una justificación sartreana sobre el lugar de los intelectuales en el desastre: nuestro infierno no son los otros. Seis, porque ha habitado una zona del futuro y tiene algo que contarnos sobre  ella. Siete, porque expande el pensamiento hacia otras posibilidades, sin caer en el cinismo neoliberal ni en la cursilería altermundista. Ocho, porque siendo un alemán formado en el Moscú soviético no practica la “Ostalgia”. Y nueve, porque resulta imprescindible zambullirse, a palo seco, en un pensamiento que no es posible transformar en slogan.

(*) Boris Groys conversará este sábado sobre economía del arte, dentro del festival URGENT!