Entries from marzo 2011 ↓

Generación, ipod, plaza pública

Iván de la Nuez

Las manifestaciones recientes de El Cairo y Túnez, Casablanca o Trípoli, han conseguido situar a la plaza pública como el Ágora del cambio, el perímetro por excelencia de la protesta y, al mismo tiempo, de una nueva convivencia. En todos los casos, se ha hecho patente una dimensión generacional que ha sorprendido a muchos analistas: entre los dictadores árabes y al Qaeda había una opción de futuro que no había sido suficientemente atendida en las fórmulas al uso para explicar ese mundo.

A la vez que los jóvenes árabes se lanzaban a por la democracia en situaciones de alto riesgo para sus vidas, en el sur de España sus coetáneos se citaban para el primer Botellón multitudinario de la primavera. Con todos los artilugios de la telefonía móvil y haciendo uso del flashmob, parte de la ciudad quedaba convertida en algo que bien podríamos llamar Dipsópolis.

Uno y otro ejemplo han removido el debate generacional y la pregunta por el lugar de los jóvenes en la política. En España, han vuelto a sacar la cabeza desde el Marx de “los hombres se parecen más a su época que a sus padres”, hasta el Lennon de “hay que desconfiar de todo el que tenga más de cuarenta años”, pasando por el Ortega y Gasset que hablaba del hombre como una criatura histórica. Se han recordado asimismo mitos como la Generación del 98, la Generación Perdida, la Beat Generation, la Generación X, la Generación Y…

¿Qué es una generación? En Autobiografía sin vida, su libro más reciente, Félix de Azúa ofrece una inteligente respuesta. Para este escritor, una generación —en particular, la suya— es un grupo de gente que “canta la misma canción”.

Con la extensión masiva del ipod —cada cual lleva consigo su propia “banda sonora”—, esa seña de identidad de la generación de Azúa ya no parece repetible. La joven crítica Ingrid Guardiola, en un artículo con todas las señas de un manifiesto, ha diseccionado a la suya como una generación de sampleado y remix, multiplicidad y precariedad, incertidumbre y cierta actitud neo-romántica.

Una generación 2.0 que, ciertamente, no será recordada en el futuro por haber compartido la misma canción, sino por su manera de compartir, o no, la plaza pública.

(*) Publicado en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

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De Fukuyama a Fukushima

Iván de la Nuez

“Cuando me asalta el miedo invento una imagen”. La frase es de Goethe, y alumbra un capítulo de Ciudad pánico, libro que Paul Virilio dedica a la relación entre el terrorismo y la urbe. Podría decirse que Ciudad pánico es una obra complementaria a Lo que llega, exposición que este pensador dedicara al accidente en sus distintas variantes. Para Virilio, el atentado es un acto que imita los efectos del desastre natural. Diferentes en sus orígenes, ambos tienen en común ese resultado devastador, esa consternación ante el impacto, esa irrupción sorpresiva en la vida cotidiana. Atentado y catástrofe natural han dado lugar a una cultura del desastre que en Japón va de Godzilla hasta Akira, del cine de terror al manga, y que en Occidente reflejan artistas como Cristoph Draeger o Thomas Hirschhorn.

Ahora bien, al contrario que los teóricos de la conspiración, Virilio distingue entre un accidente y una acción intencionada. Entre los efectos de la naturaleza y los de la política. Por supuesto que las catástrofes tienen consecuencias políticas. Y claro que, por lo general —salvo excepciones como las del ex-canciller alemán Gerard Schröder, un político con suerte—, estas suelen ser fatales para los gobernantes. No podemos olvidar que la caída de un régimen tan cerrado como el comunista no puede explicarse al margen de Chernóbil, que dio paso a la perestroika, al derribo del Muro de Berlín y, a fin de cuentas, al fin de la historia. Desde esta teoría, Francis Fukuyama auguró, a principios de los noventa, un porvenir liberal; aburrido pero feliz. El Apocalipsis dulce de un Occidente triunfante que expandiría, All Over The World, su utopía sin revolución, el “mundo feliz” de un Huxley sin lisergia.

Fukuyama, de origen japonés y nacido en Chicago en 1952, es de algún modo hijo de la hecatombe nuclear de Hiroshima y Nagasaki. Como su obra es, de otro modo, hija de la catástrofe de Chernóbil. Dos desastres hacia el infinito de los que resulta imposible calibrar la duración de sus estragos.

De Fukuyama a Fukushima —la hecatombe de hoy—, hay un trayecto que confirma el fin de la historia como un imposible, al mismo tiempo que dibuja el fin del mundo como una posibilidad.

(*) Publicado en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”

Don Carnal vs Don Virtual

Iván de la Nuez


Esta semana, el carnaval llegó a su fin en distintas latitudes. No hay confín, por remoto que sea, que no celebre estas fiestas, cuya geografía enlaza a Tenerife con Río, a Sydney con New Orleans, El Callao con Cádiz, a Sitges con Venecia…

Sin el carnaval, quizá tendrían menos esplendor las obras de Mozart y Rabelais, Vinicius de Moraes y Fernando Ortiz, Mijaíl Bajtin y Benítez Rojo, David Byrne y Chico Buarque, Isak Dinesen y Pío Baroja. Severo Sarduy o Alejo Carpentier se sirvieron de la liturgia y la trastienda carnavalesca para descifrar incógnitas culturales en las que estaban inmersos. Del barroco al postmodernismo, de las fiestas de pueblo a la pantalla global, no ha habido época o estilo, ni escuela ni género, que se haya resistido al influjo del carnaval y lo adaptara a cualquier circunstancia.

En estas fiestas se han urdido revoluciones futuras (como fue el caso del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba) y se han reivindicado revoluciones pasadas (esa insólita carroza con un Che Guevara ficticio acompañado por su hija real en Brasil).

El carnaval lo ha aguantado todo y todo lo ha arrollado: la caza de brujas y Torquemada; Carlos I y Felipe II; el rubor de las oligarquías y la dictadura del proletariado.

No hay régimen que no disponga, para su sostenimiento, de distintas válvulas de escape. El carnaval, históricamente, ha sido una de ellas. Como el mundo al revés que también es, a través de sus jornadas los esclavos han imaginado la libertad, los pacatos han probado el desenfreno, los castos la orgía, los hombres su feminidad, los feos han sido bellos y los pobres ricos. Una vez, un grupo de periodistas preguntó al Rei Momo por qué, si salían de las favelas, sus carrozas aludían tanto al oro y la riqueza. El Rei Momo fue lacónico: “La miseria sólo le interesa a los intelectuales, a los pobres nos encanta el lujo”.

El carnaval mantiene el pulso pagano ante una tradición sagrada y ahí, donde la carne vale, se da la paradoja de que, disfrazados, conseguimos quitarnos nuestras máscaras.

El carnaval ha resistido incluso, y con buena salud, la Era de Internet con sus vidas virtuales o esos carnavales programados a la carta para disfrutar solos y en casa.

Las imágenes de estos días son pruebas concluyentes de que, aún en un mundo gobernado crecientemente por Don Virtual, Don Carnal se mantiene, de momento, incólume.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.

Con Dior y con el Diablo

Iván de la Nuez

Los insultos de John Galliano han sido aireados por la televisión y no admiten contemplaciones. Como en cascada, la estrella de la moda protagoniza una secuencia en la que, dando rienda suelta a sus fobias y filias, empieza con insultos antisemitas, prosigue con un “I Love Hitler” y acaba invocando las cámaras de gas.

Por todo ello, o al menos por su publicitación, Galliano fue cesado en su trabajo al mismo tiempo que varias divas del cine o la pasarela se rasgaban sus vestiduras –de Dior, todo sea dicho.

¿Son de verdad sorprendentes estas declaraciones?

Veamos. El catálogo de la moda es amplio en el uso de medallas de guerra, vestidos marciales, evocaciones a Mao, Al Qaeda o Mussolini, homogeneización de un concepto de belleza fijo, encumbramiento del reino de la cirugía plástica, esclavitud del cuerpo, dictadura de la báscula, sometimiento tenaz de cualquier arruga o la más mínima protuberancia que descoloque el estándar… Todos estos elementos son consustanciales a la moda contemporánea y a la idea que tenemos de ella a la altura de este siglo XXI.

Así que -aunque desagradable, cavernario y extremo-, el incidente de Galliano puede leerse como el resultado de una cierta coherencia con tales características cuando estas alcanzan el grado del paroxismo (pongo cursivas para generalistas de gatillo fácil).

La tiranía de la estética, o una estética tiránica, ha campado a sus anchas en esos divismos autoritarios con los que hemos identificado, poco a poco, a ese mundo en el que una franja no poco importante del creador-espectador-consumidor-usuario-cliente puede terminar sometido por los dictados de una indisimulada pulsión por la raza, la medida, la talla o la nariz perfecta.

Fascinación y fascismo, como han visto Giorgio Agamben o Don Delillo, están conectados por algo más que su raíz semántica.

Reitero que no generalizo. Incluso dentro de sus más incurables adictos, estas situaciones no tienen que desembocar en el antisemitismo flagrante que las imágenes y palabras del modisto nos han dejado esta semana. Pero tampoco es cuestión de perder la visión global de un mundo donde la esclavización del cuerpo ha alcanzado las mentes y la obsesión por la imagen ha colonizado los imaginarios.

(*) Publicado originalmente en Diario de Cuba, en la columna “La semana en una imagen”.