Entries from abril 2011 ↓

Cuba: Generación “?”

Iván de la Nuez

“Puesto que era necesaria una revolución, las circunstancias designaron a la juventud para hacerla. Solo la juventud experimentaba suficiente cólera y angustia para emprenderla y tenía suficiente pureza para llevarla a cabo”.

Esto escribió Sartre. Fue en 1960. Fue en Cuba.

Medio siglo después, el asunto generacional se debate con intensidad, y parecidas esperanzas, en El Cairo, Barcelona, París, Túnez, Casablanca, Londres…

Si tiene lugar este debate, es porque en estas y otras plazas el elemento generacional ha irrumpido en la política de forma súbita e incontestable.

En los debates ha habido de todo: ancianos que espolean a jóvenes para que se subleven, veneración de las redes sociales, sublimaciones de la juventud hasta magnitudes románticas, paralelos entre la gentrificación y el destino de la industria juvenil del capitalismo, sospechas de neo-terrorismo, cambio de escala en la percepción de lo que es una revolución en el siglo XXI…

En ¡Indignaos!, Stéphane Hessel ha enaltecido la ira en la construcción de la política. En El éxtasis de las influencias, Jonathan Lethem ha reivindicado la copia en la creación de la cultura.

El caso es que hoy se teme a los jóvenes o se espera de ellos que nos traigan la redención. Se les trata de exaltar o se les intenta apaciguar. Pero lo que nadie niega, visto lo visto en estos meses, es su protagonismo y su posición medular en los cambios del mundo.

El recién finalizado Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba no lo ha entendido así. Y eso que (lo que queda de) sus líderes, en muchos casos no tenían ni treinta años cuando se apropiaron de un país y lo revolucionaron hasta el punto de trastocar todos sus valores.

Estos de ahora fueron aquellos que esperanzaron a Sartre hace medio siglo.

Y son ellos, los de ahora, los que han decidido que su “relevo” no está todavía preparado. Como si hubiera alguna generación verdadera que no fuera generación espontánea. Como si prescribir su “momento” no fuera una de las atribuciones más inútiles que se puedan tomar los viejos sobre los jóvenes.

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Un periodo de mandato

Iván de la Nuez

El pasado 30 de marzo, este blog cumplió cinco años. Sin duda, ha sido un blog personal, aunque no un dietario íntimo (“conocí a”, “almorcé con”, “estuve en”). Tampoco ha cumplido del todo una labor promocional: ha sido, sobre todo, un hobby y una herramienta para compartir o experimentar ideas y proyectos -cosas que podrían pensarse.

En los últimos meses, es obvio que ni siquiera ha ejercido, propiamente, como un blog. (Me he limitado a colgar textos que no clasifican necesariamente como post, entre otras cosas porque no se han concebido como tales).

Esta es una inercia que no merecen los lectores que nos han seguido durante este lustro. Me resulta obligatorio pedir disculpas por esta situación que se parece mucho a la desidia. Pero, más allá de mis dudas actuales sobre este formato, y como consecuencia de ellas, hay una razón de peso para explicar este impasse: estamos tratando de convertir este blog en “otra cosa”.

Agradezco muchísimo el intercambio de estos cinco años y espero que pronto compartamos un espacio diferente.

De momento, continuará tal cual hasta que tenga lugar su transformación.

En ningún caso cambiará de dirección ni dejará de estar alojado en Technologies To The people.

Esa…

Iván de la Nuez

Al mismo tiempo que se conmemoraba el cincuenta aniversario del primer viaje de un humano al cosmos, la Agencia Europea del Espacio (ESA) nos regalaba, gracias al satélite Goce, una imagen detallada de la tierra. No le faltan arrugas, accidentes, protuberancias… Todas causadas, se nos dice, por la gravedad. El geoide que habitamos parece un tubérculo, una pelota desinflada, o la cabeza cortada de un peluche. Muy diferente, en cualquier caso,  de aquel globo casi abstracto que hizo exclamar a Yuri Gagarin: “¡la tierra es azul!”.

Y es que, para describir la tierra en su real dimensión y color, no parece imprescindible colocar un hombre (o mujer) en la estratosfera; Goce consigue esto con una resolución infinitamente mayor, tal como acredita el reportaje de Alicia Rivera en El País, en el que se describe la nueva definición de esta tierra mal encabada. En realidad, lo más interesante de un astronauta no es el relato que pueda conseguir sobre “nosotros”, sino la propia narración de su salida al “más allá”. De esa experiencia ulterior que sólo puede proporcionar —mientras tanto no comiencen las tripulaciones de turistas millonarios— el hecho de pertenecer a uno de los oficios más exclusivos de cuantos han existido. Por desgracia, de todo esto los astronautas han dicho muy poco: alguna vaguedad, alguna frase con incógnita; una elocuencia contenida que no ha hecho más que incrementar la sospecha sobre la magnitud real de su viaje (Armstrong) o las causas verdaderas de su desaparición (Gagarin).

Quizá por eso la ficción ha sido tan recurrente a la hora de imaginar esta aventura. Recuerdo dos que la abordan desde el destino de los cosmonautas del otro lado del Telón de Acero, héroes que fueron tan propicios a la veneración como a la desaparición.

Con Ivan Istochnikov, Joan Fontcuberta se inventa un astronauta soviético al que —como si se tratara de “un pequeño Orfeo”— se propone rescatar de la razón de Estado. En Good Bye Lenin, la película de Wolfang Becker, un joven surgido de la Guerra Fría queda impactado al descubrir que el héroe de su infancia y astronauta del antiguo régimen, Stefan Walz, es ahora un taxista.

Ambos recuerdan a personajes reales: Yuri Gagarin y Sigmund Jähn. Y ambos tuvieron destinos distintos. El primero, desapareció en la infrahistoria de la Guerra Fría. El segundo, camina por la posthistoria como representante de la ESA. Esa Agencia Espacial Europea que estos días ha hecho circular la nueva imagen de la tierra.

Transparencia en la granja

Iván de la Nuez

1984 es el año en el que transcurre la trama del libro más conocido de George Orwell. También el punto de partida de la Perestroika, esa especie de rebelión contra el destino que cifra Rebelión en la granja. El motor de aquel movimiento fue la “Glasnost” y puede decirse que, desde entonces, la pulsión por la transparencia del mundo no ha dejado de crecer. De la Perestroika a Wikileaks, los archivos y los museos, los laboratorios y la realización de una novela, cualquier cosa que podamos imaginar, han quedado a la vista. Vivimos un Gran Hermano expandido que nos permite, en tiempo real, ver matar y morir, degollar y parir.

Desde Google Earth una calle puede ser identificada con lujo de detalles. Cualquier estría de la Mona Lisa o el fragmento minúsculo de un cuadro de Rembrandt, están al alcance de un click. Los secretos parecen esfumarse y nuestros actos —el exabrupto y la orgía, la fiesta y el luto, la felicidad y la desgracia— quedan expuestos a la mirada de todos, verbigracia de los artilugios diversos que nos mantienen extasiados ante ese mundo al aire libre (es un decir) en el que a menudo la transparencia se convierte en exhibicionismo.

Es cierto que tuvieron que pasar siglos para que el fragmento tuviera carta de ciudadanía ante las largas series históricas y los grandes discursos. Pero también es verdad que muchas veces esta multiplicidad de detalles nos imposibilita una visión de conjunto. Abrumados con tantos elementos, a veces nos resulta imposible la construcción de un relato del mundo.

El hombre que echó a rodar la Perestroika acaba de cumplir ochenta años rodeado de estrellas. En Rusia, donde quedan todavía muchas tramas sin transparentar, es visto prácticamente como un performer; un artista ligeramente extravagante. No es allí un líder demasiado querido, pero puede ufanarse de haber hundido un imperio a base de dinamitar su opacidad.