Transparencia en la granja

Iván de la Nuez

1984 es el año en el que transcurre la trama del libro más conocido de George Orwell. También el punto de partida de la Perestroika, esa especie de rebelión contra el destino que cifra Rebelión en la granja. El motor de aquel movimiento fue la “Glasnost” y puede decirse que, desde entonces, la pulsión por la transparencia del mundo no ha dejado de crecer. De la Perestroika a Wikileaks, los archivos y los museos, los laboratorios y la realización de una novela, cualquier cosa que podamos imaginar, han quedado a la vista. Vivimos un Gran Hermano expandido que nos permite, en tiempo real, ver matar y morir, degollar y parir.

Desde Google Earth una calle puede ser identificada con lujo de detalles. Cualquier estría de la Mona Lisa o el fragmento minúsculo de un cuadro de Rembrandt, están al alcance de un click. Los secretos parecen esfumarse y nuestros actos —el exabrupto y la orgía, la fiesta y el luto, la felicidad y la desgracia— quedan expuestos a la mirada de todos, verbigracia de los artilugios diversos que nos mantienen extasiados ante ese mundo al aire libre (es un decir) en el que a menudo la transparencia se convierte en exhibicionismo.

Es cierto que tuvieron que pasar siglos para que el fragmento tuviera carta de ciudadanía ante las largas series históricas y los grandes discursos. Pero también es verdad que muchas veces esta multiplicidad de detalles nos imposibilita una visión de conjunto. Abrumados con tantos elementos, a veces nos resulta imposible la construcción de un relato del mundo.

El hombre que echó a rodar la Perestroika acaba de cumplir ochenta años rodeado de estrellas. En Rusia, donde quedan todavía muchas tramas sin transparentar, es visto prácticamente como un performer; un artista ligeramente extravagante. No es allí un líder demasiado querido, pero puede ufanarse de haber hundido un imperio a base de dinamitar su opacidad.

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