Esa…

Iván de la Nuez

Al mismo tiempo que se conmemoraba el cincuenta aniversario del primer viaje de un humano al cosmos, la Agencia Europea del Espacio (ESA) nos regalaba, gracias al satélite Goce, una imagen detallada de la tierra. No le faltan arrugas, accidentes, protuberancias… Todas causadas, se nos dice, por la gravedad. El geoide que habitamos parece un tubérculo, una pelota desinflada, o la cabeza cortada de un peluche. Muy diferente, en cualquier caso,  de aquel globo casi abstracto que hizo exclamar a Yuri Gagarin: “¡la tierra es azul!”.

Y es que, para describir la tierra en su real dimensión y color, no parece imprescindible colocar un hombre (o mujer) en la estratosfera; Goce consigue esto con una resolución infinitamente mayor, tal como acredita el reportaje de Alicia Rivera en El País, en el que se describe la nueva definición de esta tierra mal encabada. En realidad, lo más interesante de un astronauta no es el relato que pueda conseguir sobre “nosotros”, sino la propia narración de su salida al “más allá”. De esa experiencia ulterior que sólo puede proporcionar —mientras tanto no comiencen las tripulaciones de turistas millonarios— el hecho de pertenecer a uno de los oficios más exclusivos de cuantos han existido. Por desgracia, de todo esto los astronautas han dicho muy poco: alguna vaguedad, alguna frase con incógnita; una elocuencia contenida que no ha hecho más que incrementar la sospecha sobre la magnitud real de su viaje (Armstrong) o las causas verdaderas de su desaparición (Gagarin).

Quizá por eso la ficción ha sido tan recurrente a la hora de imaginar esta aventura. Recuerdo dos que la abordan desde el destino de los cosmonautas del otro lado del Telón de Acero, héroes que fueron tan propicios a la veneración como a la desaparición.

Con Ivan Istochnikov, Joan Fontcuberta se inventa un astronauta soviético al que —como si se tratara de “un pequeño Orfeo”— se propone rescatar de la razón de Estado. En Good Bye Lenin, la película de Wolfang Becker, un joven surgido de la Guerra Fría queda impactado al descubrir que el héroe de su infancia y astronauta del antiguo régimen, Stefan Walz, es ahora un taxista.

Ambos recuerdan a personajes reales: Yuri Gagarin y Sigmund Jähn. Y ambos tuvieron destinos distintos. El primero, desapareció en la infrahistoria de la Guerra Fría. El segundo, camina por la posthistoria como representante de la ESA. Esa Agencia Espacial Europea que estos días ha hecho circular la nueva imagen de la tierra.

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