Entries from mayo 2011 ↓

La cifra

Iván de la Nuez

 


Marcador

Democraticemos la democracia / Hoy en Barcelona


Una avioneta hace su trayecto por todo el litoral de Barcelona mientras la gente vota.

El aparato despliega una tela:

Democraticemos la Democracia.

Un llamado a la calidad de la política. A que devolvamos a las palabras aquello que les ha sido secuestrado. A que lo político recupere su valor público. Su dignidad republicana.

Invocar a que “democraticemos la democracia” no implica ninguna propuesta mesiánica.

La frase tiene un parangón cualitativo con nuestras demandas cotidianas. Desde el hecho de que un café no sea una estafa hasta el sueño de que un libro no sea un “producto”.

Una línea en el cielo que nos recuerda que los ciudadanos no son clientes.

 

La protesta y el día después

Iván de la Nuez

 

Me acerco, en Barcelona, a una de las acampadas de la protesta y allí me encuentro a un viejo amigo de Berlín del Este; tirando fotos al borde de la vorágine. “Estoy haciendo lo mismo que en 1989”, me dice, “pero con menos entusiasmo”. “Y menos riesgos”, apostilla con sorna.

“Por ahí están mis hijos”. Él no deja de seguir con su cámara las evoluciones de la spanishrevolution. “Tanto luchar por el pluripartidismo y al final resulta que ellos no quieren ningún partido”.

Este fotógrafo berlinés no es el único caso de desconcierto ante las protestas (“¿hacia dónde van”?; “¿qué quieren?”; “¿a quién benfician?”). Tampoco es el único que echa mano de las comparaciones para dotarse de un sistema de referencias que le ayude a navegar por ellas con alguna seguridad. Así, en esa misma Barcelona los contraculturales de los setenta reivindican una continuidad con sus jornadas libertarias. Los madrileños recuerdan momentos de la movida. Viejos sindicalistas tiran aún más lejos de la cuerda del tiempo…

Todos adoctrinan, escuchan, discuten.

No faltan los que, por el contrario, persisten en leerlo todo desde una lógica electoral –más bien electoralista- y ven en este movimiento la mano del Enemigo. Puesto que expresa un descontento con el gobierno, los socialistas temen que favorezca, todavía más, la victoria de la derecha en las autonómicas y municipales de este domingo. Buena parte de esa derecha percibe el tinte rojo y, aunque su perspectiva de victoria electoral no se verá afectada a corto plazo, el hecho de que la corrupción sea uno de los detonantes de las marchas –The New York Times apuntaba en este sentido- puede acabar pasándole factura en las generales de 2012. Los independentistas, particularmente en Catalunya, también han sido sorprendidos: el impacto de la protesta en toda España tiene un aire más unificador que secesionista (sin olvidar que el punto de irradiación se expande desde Madrid, donde la contestación ha adquirido un contorno más sistemático). Los sindicatos, por la parte que les toca, han evidenciado su ridículo, después de un Primero de  Mayo tan aburrido y pactista como siempre (y con un poder de convocatoria escuálido en comparación con las actuales acampadas).

 

Pero, ¿qué significan, en positivo, estas protestas? En principio, el ejercicio de la política sin partido. Hasta ahí, nada que objetar: entender que no hay política al margen de los partidos es un criterio que no puedo llamar de otra manera que leninista.

Ahora bien, la importancia de este movimiento sólo podrá confirmarse si consigue transformar la denuncia en fuerza política: si los acampados de hoy se convierten en los candidatos de 2012. (Estamos tan aburridos de unas políticas sin alternativa como lo estamos de los alternativos sin política.)

Cualquier otra deriva, lo dejaría todo en una rave ideológica más, de esas que tanto abundan en Occidente. Con una fatalidad añadida: su expansión mediática podría terminar eclipsando la ola democrática árabe, lanzada -allí sí- a vida o muerte y sin la menor garantía por parte del Estado. Aunque sólo fuera por evitar esa paradoja, valdría la pena que las protestas de estos días no fueran otra cosa que el prólogo de una futura responsabilidad política cuyo primer capítulo tendrá que empezar a escribirse este lunes post-electoral.

Bin Laden, Fontcuberta, Ai Wei Wei: ausencia, exceso y petrificación de la imagen

Iván de la Nuez


 

En la semana que ha continuado la polémica sobre el cuerpo no visto de Osama Bin Laden, se ha certificado otra ausencia: la del artista chino Ai Wei Wei en sus próximas exposiciones en Londres. Parte de la opinión publicada habla de la necesidad del cuerpo vivo de Bin Laden para que este pudiera juzgarse. En el caso de Ai Wei Wei, se requiere su presencia, ante todo, para que este pueda ser defendido.

En esas estamos cuando Joan Fontcuberta se ha decidido a publicar, en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, su “manifiesto post-fotográfico”. En él, va diseccionando los distintos usos de la fotografía y los gajes de un oficio, el de fotógrafo, que considera próximo a desaparecer. Aunque, curiosamente, no por su extinción sino por su proliferación.

La transformación de la fotografía en un hobby; y de la cámara en un apéndice prácticamente humano (incluso inhumano, ya hay mascotas que tiran fotos), ha generado una mutación sin precedentes en la fotografía y en las imágenes mediante las cuales hoy narramos el mundo.

“Probablemente”, abunda Fontcuberta, “hoy Alonso Quijano no enloquecería en las bibliotecas devorando novelas de caballería sino absorto frente a la pantalla calidoscópica del ordenador”.

Una de las piezas que Ai Wei Wei expondrá en la Lisson Gallery consigue sin embargo un quiebro en esa apoteosis de la fotografía. Cámara de vigilancia (así su título) está concebida como una escultura de mármol. Esa condición marmórea del objeto es todo un contraste con la debilidad del vigilado; la presencia pétrea de la escultura con la ausencia del artista. La cámara, aquí, ya no funciona como una prótesis de nuestro organismo, sino como objeto escultórico de veneración estética, un fetiche listo para el mercado de arte.

Que en este mundo atiborrado de imágenes se nos escamotee la foto final del terrorista no deja de ser una paradoja, como lo es el hecho de que ese mundo contemple —es un decir— como un evento lógico el secuestro del artista.

Un momento curioso en el que la catarata de imágenes acaba escondiendo las vidas y las muertes que se supone deberían narrar.

 

 

Tapices bajo la playa

Iván de la Nuez

uno

“Bajo los adoquines, está la playa”. Este dictum sostiene la certeza de que, en el subsuelo de la represión uniformada, se esconde una diversidad libertaria próxima a alcanzar la superficie y, aún más importante, transformarla.

La frase fue un pilar del Mayo francés.

En Fin de silencio, Carlos Garaicoa invierte el sentido de esa frase y de la utopía que la alienta. Los tapices y mensajes que componen este proyecto -jeroglíficos populares que hoy se leen como parábolas casi místicas; sortilegios antes inocuos, ahora amenazantes- habían permanecido escondidos bajo la arena uniforme (ideológica o turística, ideológica y turística) que se suele proyectar como el presente de la experiencia cubana.

dos

Garaicoa no desconoce los vasos comunicantes entre la revolución antillana y la revuelta francesa (ese mutuo trasiego de arena y adoquines que han sostenido tantas ilusiones en las últimas décadas). Con Sartre a la cabeza de la conexión y su proclamación de la “revolución sin ideología”: alejada -según aquel presente suyo de hace medio siglo- de la Unión Soviética y al mismo tiempo de Estados Unidos. En un pasaje de Huracán sobre el azúcar (el libro que dedicara a Cuba en 1960), el filósofo francés se permite incluso proponer a los intelectuales cubanos su singular receta para eludir ambos imperios:

-Sean afrancesados –así dijo.

No fue esta fórmula de Sartre un pilar de la revolución. Pero sí lo fue de la imagen de la revolución en predios occidentales. Desde entonces, Cuba como fantasía ideológica y última Tule de la resistencia al imperialismo; faro de los movimientos anticapitalistas y paisaje simbólico donde los occidentales pueden, una vez al año, practicar su versión tropical de la redención.

tres

A diferencia de las islas o ciudades imaginarias de Moro, Bacon, Campanella o Erasmo de Rotterdam, la izquierda intelectual encontró en Cuba una isla lejana pero real, un paraje exótico pero occidental, un líder autoritario pero carismático; semejante a aquel rey Utopo, fundador de ese mundo tenebroso y perfecto que fue Utopía.

cuatro

La utopía, precisamente, traza una línea continua en la obra de Carlos Garaicoa. Una utopía desbordada, eso sí, por el hecho, no siempre perceptible, de su obsolescencia. Por eso –a diferencia del clásico dictum francés- aquí, bajo la playa del paraíso (turístico y utópico, revolucionario y hedonista), se rescatan estos tapices que no invocan ninguna emancipación abstracta sino posibilidades concretas -formas “menores” de plantarse ante el mundo.

cinco

Carlos Garaicoa no sólo ha perseverado en constatar los resultados físicos de las utopías; también ha notificado las consecuencias demoledoras de sus sueños. Desde sus fotografías de las ruinas hasta sus maquetas, desde sus videos hasta sus instalaciones, de sus planos a sus textos, este ha sido el norte de una obra que ha desmontado, una por una, las supuestas verdades de los paraísos utópicos. Para ello, ha contrastado el “no hay tal lugar” de esos proyectos con el lugar, realmente existente, de sus ruinas. Unas ruinas transformadas en espacios rituales; o en un set preparado para una postal.

Mientras otros insisten en vindicar a las utopías bajo su halo redentor, Garaicoa prefiere enfocarse, estrictamente, en su deterioro físico. Cuanto más se las coloca como paradigma de futuro, él lanza un aviso sobre sus maneras de secuestrar el presente. Donde muchos ven la libertad, Garaicoa ha detectado la represión.

seis

Así en Las joyas de la corona. Ocho “joyas” de la represión emplazadas bajo distintas culturas y sistemas políticos, pero todas garantes, por excelencia, del funcionamiento disciplinado de la experiencia urbana.

Ni la Ciudad del Sol, de Campanella; ni la espiral de Tatlin. Tampoco aquellas obras hechas para el porvenir por los futuristas italianos. Se trata, sin más, de ocho edificios donde se practica o diseña la represión y la tortura: el Estadio Nacional de Chile; el edificio del KGB, en la antigua Unión Soviética; el de la Stasi, en Alemania; la Base Naval de Guantánamo; el Pentágono, en Estados Unidos; la Escuela de Mecánica de la Armada, en Argentina; el DGI o Villa Marista, en La Habana…

Hablamos de maquetas plateadas, piezas de joyería. Y del horror como objeto de sublimación estética, susceptible de convertirse en arte, y acallado pertinentemente bajo un baño de plata.

siete

Si Las joyas de la corona se ocupaban de velar, Fin de silencio “desvela” (en cualquier sentido que tenga esta palabra). La estrategia, ahora, no consiste en nublar, con un baño de plata, las zonas más siniestras de la historia contemporánea.

Todo lo contrario.

En Fin de silencio, el rescate de las formas es, ante todo, el rescate de la palabra. El desenmascaramiento de la imagen es tan solo el primer paso para la recuperación del imaginario.

A base de barrer arena, se ha desmantelado el estandar. Ha sido sacudir la alfombra y han comenzado a aparecer los susurros, hasta ahora inaudibles, de otro tiempo y otra vida. Secretos que no estaban bajo la alfombra sino dibujados en ella. (Y sobre ella, una explanada de silice a la que había que someter a excavación; a una cierta arqueología).

ocho

Las alfombras de Fin de silencio parecen haber sufrido la acción de las aspiradoras de Mr. Wormold (aquellas que pusieron en jaque al mundo de la Guerra Fría en Nuestro hombre en La Habana). Con esas verdades tenues, tan aferradas a estos tapices –igual que el falso espía de Graham Greene a La Habana- “como al escenario de un de­sastre”.

 

 nueve

 Fin de silencio recupera un momento previo a nuestra experiencia actual. Un mundo en el que las ciudades (todavía) no se han convertido en parques temáticos. Ni las gestas políticas en “prácticas artísticas” para ser programadas en los museos. Los latidos que aquí se dejan notar tienen algo que decir sobre el arte contemporáneo (o lo que queda de esta ambigua definición) y su obsesión por encontrar –de Rusia a China, de Guantánamo a la futura Isla de los Museos en Abhu Dabi- nuevas cotas de vanidad convenientemente barnizadas con discursos altruistas.

 

diez

De ahí que estos tapices tangan un cierto sentido anacrónico. Más que al arte, evocan una artesanía; antigua y familiar, táctil y próxima. Más que a un discurso (bajo el cual han permanecido aplastados largos años) implican a una poética. Más que cubanos, resultan “cubistas”, dado que postulan la olvidada costumbre de la convivencia y la aceptación de todos los ángulos posibles.

Al sacarlos a la superficie, Carlos Garaicoa nos propone la solución de una encrucijada contemporánea, adaptable a cualquier lugar o circunstancia. Es difícil resistirse a vivir bajo la arena informe de la estandarización, pero podemos asirnos a nuestras propias palabras para resistir, con alguna dignidad, la pulsión por la indiferencia que rige nuestro tiempo.

(*) Texto escrito para la exposición Fin de silencio, de Carlos Garaicoa, que se inaugura mañana sábado en el centro de arte La Panera, Lleida.

Emergencia / Show Room

Iván de la Nuez

Hace un par de semanas, José Luis de Vicente publicaba en “El Cultural”, suplemento de El Mundo, el artículo “Speed Shows: galerías de quita y pon”. Allí, entre otras cosas, notificaba un revival del net.art tras su adaptación a la avalancha de medios (iphone, blackberry, etc.) que habían neutralizado sus posibilidades en los últimos años.
A partir del Speed Show organizado en Barcelona por Domenico Quaranta dentro del festival The Influencers, De Vicente glosaba las características de estas exposiciones “rápidas”. Desde su emplazamiento efímero hasta su organización, de sus variantes tecnológicas al lugar del público en ellas. (Todo ello sin dejar de apuntar a una previsible tendencia al alza en este tipo de acontecimientos).

Recordé este artículo en la inauguración de Emergencia Show Room, una exposición de cinco días que comenzó el pasado jueves y concluye hoy mismo.
Situada en el 8 Bis, un estudio de fotografía del Raval en Barcelona reconvertido en sala de exhibición, y organizada por Abi L. Enrech y Sheila Majuelos, en el proyecto participaron Hanamaro Chaki, Delphine Delas, Eduardo Infante, Jonathan Millán, Miguel Noguera, Gabriel Salvadó, Mariam Shambayati, Socatoba y Jaume Tutzó + Quitalomalo.
Los trabajos, muchas veces, representaban una especie de “cara B” en la obra de los artistas, y casi todos giraban alrededor del dibujo, “cositas de pequeño formato”, “ilustraciones y bocetos a medio camino entre el chiste y la reflexión, entre el punk y el pop, entre la violencia y el humor”; dicho con las palabras de sus organizadoras.
Emergencia / Show Room no sólo bebía de los Speed Shows, sino también de algunos usos del mundo de la moda. Su espíritu incluso era muy cercano (son vecinos) a la jornada organizada por sigueleyendo el pasado Día del libro.
Un proyecto en el que la obra expuesta tiene tanta importancia como la atmósfera generada por el evento. Y que nos deja flotando la convicción de que será repetido.



(*) Las piezas reproducidas corresponden a Miguel Noguera (Ser atropellado por un bar); y Mariam Shambayati (Live outside the Box).

Twitt-essays / pensamientos en miniatura

Iván de la Nuez

He comenzado a dejar caer unas frases desde el twitter (twitt-essays), pensamientos en miniatura relacionados con el ensayo y los ensayistas.

Aquí comparto las dos primeras:

Twitt-essay # 1:

Los seguidores de Negri han abandonado la secta y abrazado el Negroni.

Twitt-essay # 2:

Danto monta, monta Danto.

Cuando Osama encontró a McLuhan

Iván de la Nuez

 

Osama Bin Laden disfrutó, en su día, de una vida occidental. Su familia tuvo intereses en Hollywood y en el mercado inmobiliario de Estados Unidos (país al que más tarde declaró la Guerra Santa). Sus parientes estudiaron en universidades elitistas y laicas; él mismo sirvió a la CIA (organización occidental donde las haya). Su padre llegó a patrocinar a la escudería Williams, de Fórmula Uno, en la que han corrido mitos de este deporte como Alan Jones, Keke Rosberg, Nelson Piquet o Alain Prost. (El joven Osama llegó a “probar” el prototipo que dio el primer campeonato del mundo a la firma en 1979).

Bin Laden no era un hacinado de la Banlieu; ni el típico inmigrante de segunda generación que pega el salto hacia atrás en la integración (síntoma clásico en las comunidades inmigrantes de Europa). Ni siquiera es comparable a Unabomber, el terrorista occidental cuya biografía nos lleva a sospechar que, en una situación económica más ventajosa, habría canalizado su violencia practicando el Full Contact o afiliándose a algún Club de la Lucha.

Tampoco es un personaje de las Mil y una noches ni clamó por la destrucción de Occidente desde una alfombra voladora y armado con una cimitarra. Al contrario. Su cruzada no se entiende sin la utilización de muchos mecanismos que se suponen occidentales: el Mercado (la Bolsa y el petróleo); los avances tecnológicos (telefonía, aviación, internet, universidades elitistas); o el estilo manipulador de los medios de comunicación.

El terrorista más buscado de todos los tiempos era, hasta esta semana, un retrato robot de las disparidades de una era global en cuyo origen participó. (En aquel Afganistán donde también empezó el derrumbe del Imperio Soviético). Una prueba de las pocas fronteras que tiene el dinero y los muchos muros que alzan las mentalidades. Cuando se estudie esta zona de su vida, tal vez encontremos más claves para entender a este millonario sobre el que ¿pesan? miles de muertos, la mayoría musulmanes.

Decía Marshall McLuhan aquello de que “el medio es el mensaje”. Desde el principio, el terrorismo no ha sido otra cosa que la sublimación absoluta de los medios (y de los media). Osama Bin Laden murió dentro de esa lógica que llevó hasta el paroxismo y con la que llegó a contaminar, incluso modificar, los usos políticos de un mundo que se propuso destruir y, afortunadamente, le ha sobrevivido.

 

Un mensaje el domingo

Iván de la Nuez




Ocurrió el pasado domingo, 1 de mayo, en la costa del Levante.
Una avioneta despegó a las 10 de la mañana de Los Martínez del Puerto, Murcia, y terminó su trayecto en Benidorm, a las 11.45.  Por toda esa franja del litoral, el aparato desplegó una de esas telas que usualmente exhiben anuncios personales o spots publicitarios; campañas políticas o invitaciones festivas.
Esta vez, el mensaje era otro. Y la gente vio removida su paz o furor dominical –era el Día de la Madre en España y el Día de los Trabajadores al mismo tiempo- por una frase que ha sido el emblema de Technologies To The People durante dos décadas.
-Democraticemos la Democracia.
Se trata de una pieza de Daniel G. Andújar: A vuelo de pájaro. La continuación, “por otros medios”, de una serie de acciones mediante las cuales, en la última década, este artista se ha avanzado a la expansión del wi-fi (ofreciendo conexión gratuita a Internet en un radio de 5 kilómetros en el barrio del Raval de Barcelona) o ha creado talleres para que los adolescentes se construyeran su propio teléfono móvil. Ha cubierto con pósters los muros de Santiago de Chile o ha compartido una amplísima biblioteca de filosofía en el proyecto Postcapital (en Barcelona, Pekín, Estambul, Seul, Montreal, Stuttgart, Venecia…)
La pancarta aérea del domingo resultó sorprendentemente visible. Casi tanto como lo opaca que resulta la política aludida en su mensaje.

A vuelo de pájaro! (http://localizacion.org)

Trajes y ultrajes

Iván de la Nuez


Muamar el Gadafi no nos dejará nada parecido a Las mil y una noches: su legado se limitará al Libro verde (esa “prueba de que estamos gobernados por un loco”, como dijo un joven activista libio). Tampoco parece entrar en sus planes obsequiarnos con su fuga, por eso se ha dedicado a incrementar el baño de sangre con el fin de mantenerse en el poder.

Lo que sí pretende dejarnos es su atuendo. Esos 3400 trajes que su Ministerio de Cultura ha propuesto al Museo Metropolitano de Nueva York y que han inspirado incluso —así lo afirma el ministro— hasta al mismo Michael Jackson.

Mientras se esperaba por la respuesta del Met a una posible exposición destinada al “vestuario Gadafi”, Inglaterra vivía (con el correspondiente furor en las casas de apuestas) el delirio sobre el traje de Kate Middleton, en esa boda seguida en directo por unas 2000 millones de personas. (El color del sombrero de la reina no se quedó atrás a la hora de avivar las apuestas.)

En España, por la parte que le toca, unos trajes han traído ocupadísima a la política y la justicia durante el último año…

De Simmel a Lipovetski el mundo de la moda ha ocupado, desde hace más de un siglo, un lugar en la sociología. De Balenciaga a Armani ha entrado hace tiempo en los museos. Pero si hasta hace poco las exposiciones estaban protagonizadas por los diseñadores, ahora parece importar mucho más el usuario de la vestimenta; una importancia avalada, ante todo, por la influencia que emana de su poder y, también, por la magnitud de su extravagancia.

Así pues, democracia o tiranía, monarquía o república, quedan como polémicas secundarias ante el impacto del fasto y los fuegos artificiales del que participan, un día sí y otro también, esos implicados en la política; supuestos cancerberos de la cosa pública.

Cualquier otro debate resulta menor tratándose de estos protagonistas de la sociedad del espectáculo que, en sus tiempos libres, se dedican unas veces a gobernar y otras incluso a matar.