Entries from junio 2011 ↓

Fascismo y fotogenia

Iván de la Nuez

Desde el blog Lens, sitio de fotografía y audiovisuales de The New York Times, David W. Dunlap ha destapado la recuperación de una serie desconocida de fotografías de Hitler, las SS, o la campaña de Minsk. En su artículo, que lleva por título “Mysteries of a Nazi Photo Album”, Dunlap cuenta la “reaparición” de estos fotógrafos personales del Führer y de esas imágenes, desconocidas hasta esta semana por el público y los especialistas.

Así, regresan del pasado los nombres de Walter Frentz, Franz Krieger o Heinrich Hoffmann, entre los mas próximos y activos. Completan la nómina Benno Wündshammer, Arthur Grimm, Hugo Jäger o Franz Gayk…

Aunque no siempre con el mismo talento, todos ellos son a la fotografía lo que Leni Riefenstal al cine (de hecho Frentz fue discípulo y ayudante de la directora de El triunfo de la voluntad).

Y todos forman parte, a diferentes niveles, de un programa que combinó la fotografía de guerra y la propaganda, la documentación y la edulcoración, el objeto y el sujeto del Tercer Reich. (Estos fotógrafos eran una especie de Goebbels con cámara).

El álbum -propiedad de un ejecutivo en horas bajas y urgido de dinero: “he tenido conmigo una parte de la historia”- contiene piezas importantes para resolver el “puzzle” del inicio de la campaña en la Unión Soviética y ha sido rigurosamente contrastado con expertos antes de darlo a conocer. Entre ellos, Harriet Scharnberg, especialista en el modo en que los nazis fotografiaban a los judíos, quien identificó a Walter Frentz, uno de los más requeridos retratistas del fascismo.

Casi tan importante como las imágenes, es la relación entre fotografiado y fotógrafo. Por ejemplo, Hoffmann. El preferido y amigo personal de Hitler, llegó a presentarle a Eva Braun, que era empleada suya, al Führer. En su crónica de El País sobre este asunto, Jacinto Antón reconoce en Hitler a un hombre obsesionado por su imagen. Y tan necesitado de ser retratado como paranoico con los fotógrafos.

En la historia, ha habido dictaduras estatuarias y dictaduras fotográficas. Las estalinistas, por ejemplo, fueron eminentemente “escultóricas”. Aunque no siempre la ideología es definitoria sobre el soporte escogido por las tiranías para dejar su impronta en la posteridad. El también fascista Mussolini tenía adicción a las estatuas, mientras que Franco puede ser definido como un tirano ecuestre.

Un ejemplo contrario: Cuba. Desde sus comienzos revolucionarios (antes de que se hablara incluso del “régimen”), Fidel Castro pudo contar con una nutrida y bien cualificada tropa de lo que podríamos llamar fotógrafos de gesta: Enrique Meneses, Roberto Salas, Liborio Noval, Korda, Cartier Bresson, René Burri… No necesitó, como los países “hermanos” del Este, de estatuas gigantescas para expandir la imagen oficial. Para ese fin, la fotografía resultaba mucho más moderna y portátil. Además de contener una ventaja adicional: las estatuas -Stalin, Ceaucescu, Sadam Hussein- pueden derribarse; las fotografías, no.

(*) La primera imagen es de Heinrich Hoffmann (se ve a a Hitler en París, 1940, junto a Speer y Arno Breker, mientras Frentz filma). En la segunda, aparece el fotógrafo Franz Krieger. Las he tomado del reportaje de El País.

 

 

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“Tri-contentos” por Bertrand Russell

Iván de la Nuez

En estos días, Bertrand Russell ha regresado de ultratumba para alegrarnos la vida. Y lo ha hecho por partida doble. Primero, por la publicación de sus Ensayos Escépticos (RBA). Segundo, por la aparición de Logicomix (Sins Entido), un cómic protagonizado por el filósofo que había arrasado antes en Estados Unidos y Grecia. Si a esto le añadimos que el año pasado se reeditó su Autobiografía (Edhasa), entonces, como diría un expresidente del Barça, tenemos motivos para estar “tri-contentos”.

Que los filósofos hablen sobre cómics -o dibujos animados- ya no resulta extraño. De hecho, padecemos una verdadera fiebre por dedicar libros a las series televisivas. Ahí tenemos volúmenes corales como Los Simpsons y la filosofía o Los Superhéroes y la filosofía (Blackie Books); así como Teleshakespeare, de Jorge Carrión (Errata Naturae).

Si en su día Para leer al pato Donald (1972), de Dorfman y Mattelart, podía considerarse una excepción (los autores además concentraban su discurso en el desmontaje de la factoría Disney como avanzadilla del imperialismo), ahora las series son recibidas de manera diferente. A veces, incluso, con una euforia acrítica, muy alejada del desprecio que el intelectual tipo Sartre sentía por la televisión. Los criterios actuales están más próximos a Cabrera Infante o Carlos Monsiváis, para quienes el cine o la televisión forman parte, no ya de la cultura, sino de la vida misma.

Pero si no resulta extraño que los filósofos se ocupen de los cómics, sigue siendo excepcional que los cómics se ocupen de los filósofos. Me viene a la memoria una película tan fascinante como Waking Live, el animado hecho con técnica de rotoscopia, dirigido por Richard Linklater y protagonizado por Ethan Hawke. En este largometraje, varios jóvenes de un barrio de Estados Unidos hablan con el lenguaje de los filósofos, y crean una comunidad tan marginal como hipnótica al margen de la vida “real”.

En el caso de Logicomix, el protagonista Betrand Russell persigue -a través de la matemática- el tesoro de un lenguaje universal. No faltan aventuras de todo tipo ni el talante enamoradizo del filósofo. Tampoco su miedo a ser envenenado o broncas de taberna. Todo esto aliñado -advierte Xavi Ayen, cuya crónica en La Vanguardia me puso sobre la pista del libro- “con pasiones amorosas, abuelas posesivas, científicos chiflados”.

Logicomix es un trabajo a cuatro bandas en el que se han cruzado un matemático (Apostolos Doxiadis), un informático (Christos Papadimitriou), un dibujante (Alecos Papadatos) y Annie di Donna, colorista y productora.

Que el héroe sea un filósofo, y que la musa se encarne en la matemática, puede dar idea del reto de este libro dedicado al autor de Contra la religión o Elogio de la ociosidad. En Logicomix, Russell tiene que superar la educación de una abuela severa que respondía por el sobrenombre de “Lady John” o investigar, desde la infancia, el misterio que envuelve al destino trágico de sus padres. También debe poner a prueba su predicamento pacifista ante los exaltados o esquivar la acechanza de una locura que considera genética.

El Russell del cómic es el mismo que se subleva, en su obra y en su vida, contra el refrán cristiano acerca de la ociosidad como “madre de todos los vicios”. Y asimismo el que, aún considerándose un socialista “tan convencido como el más ardoroso marxista”, se niega rotundamente a asumir el bolchevismo como un “evangelio de la venganza proletaria”. O aquel que habla sobre la existencia de “una sobreabundancia de libros, de la misma manera que su calidad escasea”.

Ensayos escépticos se nos ofrece como un puente entre los sueños y las realidades, la lógica y la locura, los desatinos del patriotismo y los peligros de las guerras ideológicas. El libro apuesta por el sentido común, pero lo reconoce siempre bajo amenaza; bien sea externa o por causa de nuestros propios demonios. Un sentido común que llevó a Bertrand Russell a practicar el compromiso sin mesianismo, el escepticismo sin nihilismo, la bondad sin ingenuidad.

Hay, desde luego, ensayos que no son escépticos, pero es muy raro encontrar buenos ensayos que no estén atravesados por el escepticismo.

En en estos tiempos en los que florece el panfleto, tan cargados de títulos conminatorios –Indignaos! o Comprometeos!, por ejemplo-, nadar en las aguas de los Ensayos escépticos puede reconfortarnos. Como reconfortante sería para Russell reconocerse en la brega de Logicomix. Convertido en el héroe indiscutible de un cómic del siglo XXI.

 

19-J: clave sevillana

Iván de la Nuez

De cara a las manifestaciones del 19-J, encuentro dos carteles que tienen clave sevillana. El primero, un póster de Miguel Brieva que invita a la reflexión e invoca a la elección.

-Tú eliges. Ahora es el momento.

El segundo, una tela improvisada que puede estar en cualquier esquina. Conmina a la acción y al estremecimiento que esta pueda producir. (Sin abandonar un punto flamenco).

-Taconea y que el sistema tiemble

El no lugar no es la utopía

Iván de la Nuez

1. El no lugar no es la utopía… aunque haya lectores desaprensivos de Moro o Campanella que persistan en tal idea,  pasando  por  alto  que,  en  los  libros  utópicos,  la  redención  es  dudosa  (y la opresión abundante). Aquellas ciudades imaginadas, que ejercen su poder de imantación desde una esquina del mundo, no nos proponen la liberación, sino la perfección. Más que un proyecto hacia el bienestar del futuro, funcionan como un placebo al malestar del presente.

2. Cinco siglos después, los individuos enfrentan, en situación de vértigo, situaciones de incomodidad incluso más extendidas. Hoy basculamos entre el no lugar de la vida digital y el no lugar de la experiencia física del desplazamiento. Entre una asepsia virtual y una dolorosa  –olorosa-  traslación humana. Entre el ordenador y  la patera, se multiplican  las vías por  las que se desagua el mundo.  Entre  la  incomodidad  de  una  humanidad  derrotada  en  una  costa  y  la incomodidad que sobreviene cuando esta intenta resurgir en la otra orilla.

3. Más que utópicas, estas condiciones resultan “atópicas”.  Reflejan un malestar, digámoslo así, “alérgico”. No es ya la búsqueda afanosa de un territorio que no existe (el “no hay tal lugar” que traduce la utopía), sino la constatación concreta del espacio existente.  Las piezas de Hugo Orlandini oscilan entre esas incomodidades. Sin dejar de iluminar, ni un solo momento, la colisión abrupta que tiene lugar en sus extremos.

4. Poder y Hogar. Escapar y Borrar. Control y Ayuda… Los teclados del ordenador, las órdenes de las cuales disponemos, no son sólo el vehículo para la descripción literal del malestar (el Mal Estar). Constituyen,  per se, el relato mismo. Una hoja de ruta para avanzar por ese sin lugar. Orlandini amalgama lo táctil y lo virtual -la fuga y su narración- mediante un trabajo ritual. Su trabajo es obra y al mismo tiempo itinerario. Es invocación, pero también es mapa. Las distintas piezas de esta exposición son capítulos de un relato y, asimismo, vituallas para navegar (en cualquier sentido que hoy tenga esta palabra) el mundo.

5. En los orígenes de la era digital, la vida virtual (de Second Life  a  los  videojuegos)  imitaba a la “vida real” para modificarla y, a fin de cuentas, hacerla crecer.  Aquí, sin embargo, ocurre lo contrario: lo real es la continuación de nuestra virtualidad, pero desde una condición menguante. También hay que decir que lo que se pierde en el éter se gana en la calle. Lo que se nos escapa en ilusión lo recuperamos en peso (esos bancos de los parques “hechos de teclados”). Todo lo alcanzado en el presente compromete cualquier posibilidad futura.

6. Los juguetes de CLIC: modelos para armar la represión y también pruebas de una cierta “infantilización” de la vida contemporánea. Más que por su tragedia, el mundo de los juguetes se equipara al mundo de las migraciones por su puerilidad. Por esa segunda infancia del desplazado, obligado a aprender a hablar, a caminar, a comer o conducirse. “Juguetes del destino”, así se nombran aquí. Estas piezas son a veces gadgets, y a veces publicidad. En última instancia, nosotros no resolvemos el rompecabezas, somos las piezas que otros arman y desarman a su gusto (para su cabeza).

7. El sueño dorado del éxito suele quedarse en pugilato. Por eso el material de una capa dorada no es, aunque así lo parezca, el de los campeones de boxeo sino la sábana térmica que espera después de una travesía en el mar.

8. Hay, en la exposición de Hugo Orlandini, un momento para las catástrofes. Ese “algo” que rompe la vida apacible, casi perfecta (“utópica”  según  desde  donde  se  mire)  de  una  cotidianidad  a resguardo. En este caso, Orlandini parece seguir el imperativo de Goethe -“cuando me asalta el miedo invento una imagen”-  que  ilumina  un  capítulo  de Ciudad pánico, libro que Paul Virilio dedica a la relación entre el terrorismo y la urbe. En esa obra, el atentado es un acto que imita los efectos del desastre natural. Diferentes en sus orígenes, ambos tienen en común ese resultado devastador, esa consternación ante el impacto, esa irrupción sorpresiva en la vida cotidiana. Atentado y catástrofe natural han dado lugar a una cultura del desastre que recorre Godzilla y el manga, Christopher Draeger o Thomas Hirschhorn. Si el fin de la historia ha resultado un imposible, no hay nada que niegue el fin del mundo como posibilidad.

9. Y hay un momento para el neón. Es el momento de un cierto advertising. Y de un anacronismo manifiesto. El “Yo soy”, bajo el que se anuncia cualquier recién llegado, está diciendo, en realidad, “Yo fui”. En un anuncio en el que se mezcla lo curricular con lo publicitario, una cierta pornografía con el mercado de trabajo.

10. El no lugar no es la utopía. Bien, pero… ¿y el lugar? Una celda de Guantánamo cierra este proyecto. En el doble sentido de que lo “clausura” y a la vez lo “enclaustra”. Guantánamo como realidad y como metáfora extrema del espacio cerrado. 49 kilómetros cuadrados en los que se cruzan los vestigios del comunismo y una base naval de resonancias neocoloniales. El terrorismo islamista y las torturas de la democracia liberal. El premio Nobel de Literatura (que lo aloja en el discurso de Harold Pinter) y el León de Oro del Festival de cine de Berlín (que premia Camino a Guantánamo, de  Michael Winterbottom y Mat Whitecross). El arte radical de Banksy (que lo coloca en una parodia de Disney World con su instalación Big Thunder Mountain Railroad) y hasta el thriller de espías (El afgano, de Frederick Forsyth, El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman).  La palabra “Guantánamo”, hoy, no es más que el topónimo de una degradación bajo la que se designa el albergue de distintas cuarentenas geopolíticas. Y es también una prueba definitiva para saber si un creador es capaz de jugar sin las cartas marcadas.

11. Para Hugo Orlandini el no lugar no es la utopía. Que Guantánamo, precisamente, finalice su exposición, parece confirmarnos que el lugar… tampoco.

(*) Las piezas reproducidas forman parte de la exposición CTRL ALT HOME, de Hugo Orlandini, que puede verse en TK Galeria D´Art, Barcelona, hasta el próximo 9 de septiembre.

 

Lo que el arte (no) nombra

Iván de la Nuez

En su blog Todo lo veo negro, Valentín Roma ha publicado un recomendable post sobre la actual incapacidad del arte para producir epifanía –su manifiesta (¿o era Manifesta?) ineptitud para nombrar las cosas “como acontecimiento y como aparición, como desenlace y como convocatoria”.

Los vocabularios sagrados –observa Roma- han llegado a diluirse en la política, la burocracia o la economía, mundos estos en los que se reciclan castrados a conciencia –lejos de cualquier magnitud fundadora.

El arte no ha sido, ni mucho menos, ajeno a esta contaminación. Tal como está, “atraído por la imprecisión y por la ambigüedad”, al final ha quedado atrapado en un lenguaje al que le está negado nombrar lo innombrable.

-¿Se trata de un cambio de prioridades o de mera cobardía? ¿Mudó su substancia el arte o, simplemente, se naturalizó respecto a otras formas de conocimiento?.

Así se pregunta el autor.

-Es el peligro sin el peligro.

Y así parece responderle José Lezama Lima, con una de las maneras que utilizó para definir a las epifanías que no alcanzaban a serlo del todo.

Queda a la vista que el problema del arte ya no se encuentra, únicamente, en el hecho de no poder dotar a las cosas con un nombre que invoque una aparición en el horizonte. Su problema -aunque no el único- radica también en el desplazamiento instrumental de su vocabulario.

Así el proceso y el proyecto. Las estrategias y los modelos… En esta cuerda, lo que se nombra pertenece más al territorio de la exposición que al de la creación. Más que en el lenguaje del arte, parece concentrarse en su display.

Es por eso que me llama la atención lo que hacen los escritores de la, así llamada, “literatura expandida” una vez que arriban a los mundos de la cultura visual. Porque lo cierto es que, si bien los debates en el campo de partida (la literatura) han sido abundantes, en lo que respecta al campo de llegada, en particular las artes visuales, el recibimiento ha sido evidentemente frío. Aquí han pasado más bien ignorados, acaso por su escasa capacidad para modificar ese ámbito. (A este asunto dedicaremos, en breve, un texto más largo).

Y es que, bien mirado, no es tanto otro performer, u otro videoartista, lo que más necesita hoy el arte. Lo que necesita, y con premura, es algo con lo que estos escritores “expandidos” podrían, quizá, iluminarlo: la palabra. Sobre todo si viene acompañada con la virtud perdida de nombrar las cosas.

(*) La pieza Untitled (Petit Palais), 1992, es de Félix González Torres

 

Este también es su retrato

Iván de la Nuez

Resulta difícil discutirle al retrato su protagonismo medular en la cultura contemporánea. Si ya Montaigne hablaba, en el siglo XVI, del ensayo como el acto de “pintarse uno mismo”, qué podemos decir de esta época en la que millones de imágenes –en su mayoría autorretratos- nos acechan desde Facebook, Flickr, Fotolog, MySpace, Twitpic y todas esas redes en las que el rostro aparece como vehículo de la obsesión por dejar una huella de nuestra épica cotidiana.

Retratar, al revés que en los tiempos de Montaigne, parece haberse convertido en el acto de “ensayarse uno mismo”

En esa línea, está Other Mirrors, proyecto que aborda “la configuración del retrato como motivo artístico” y que fue inaugurado en Barcelona como un puente entre los festivales Offf y Sònar, dedicados a las artes electrónicas, músicas avanzadas y cultura digital.

A través de las piezas de Joshua Davis, Aram Barthol, Daito Manabe o Ignore, se constata una fuerte tendencia a la consolidación de un retrato interactivo, que casi siempre distorsiona las caras o incluso puede apelar a la sorpresa con el objetivo de captar nuestra imagen en estado de shock y no como quisiéramos “salir en la foto”. Unas veces, la sombra no es otra cosa que “el píxel” de la vida. Otras, se crean gestualidades a partir de la tipología de los tipos de letras (itálicas, negritas, etc.). En alguna otra posibilidad, nuestros gritos se transforman en imágenes visuales de nuestras angustias.

Los autores de The Janus Machine (un colectivo que se ha unido para rendir homenaje a la dualidad del dios Jano) se permiten darle “movimiento” en directo al retrato, a partir del escáner de distintos perfiles del rostro. Mientras, el holandés Marnix de Nijs nos entrega, en Mirror Piece, retratos no del todo deseables, a base de un programa biométrico que establece nuestras semejanzas con personajes conocidos o criminales famosos.

Esta omnipresencia de la distorsión no es nueva en el arte del retrato: basta recordar a Picasso o Francis Bacon. Pero si, en un tiempo no lejano, este arte reflejó lo que nosotros podíamos hacer con la tecnología, hoy, por el contrario, nos ofrece un indicio de lo que la tecnología es capaz de hacer con nosotros.

(*) Las imágenes, de arriba a abajo: The Janus Machine, de Kyle McDonald, Zach Lieberman, Theo Watson y Daito Manabe. The Yelling Room, de Joshua Davis. Mirror Piece, de Marnix de Nijs

Jorge Semprún: un hombre que resumió el Siglo XX

Iván de la Nuez

Después de vivir varias y extraordinarias vidas, alguna que otra muerte, y más de un adiós, ha muerto Jorge Semprún (1923-2011). Este blog es alérgico a los obituarios. Permítaseme esta excepción, en recuerdo de un hombre que resumió el Siglo XX. De todo lo que le debemos a su biografía y a su obra, valga –y aquí vale- la redundancia.

 

 

Russian Red & “Cigarettes”

Iván de la Nuez

Me acabo de enterar, cosas de la red (sigueleyendo dando disgustos), de que Russian Red se autoproclama de derechas. No me considero de derechas (aunque hay opiniones). Tampoco fumo.  Pero…