Entries from septiembre 2011 ↓

Houellebecq: arte y literatura, mapa y territorio

Iván de la Nuez

Hay una disyuntiva poderosa que puede explicar la diferencia entre la crítica de arte y la narrativa sobre el arte. Y es que, si bien la primera suele descansar en el currículum, la segunda necesita escarbar en la biografía. Una tiende a absolutizar los honores. La otra “vive”, por así decirlo, de un material más escabroso. El currículum —para cumplir sus objetivos— vela; la biografía, si es honesta, desnuda. Frente a la asepsia profesional del currículum, se levantan los vicios y obsesiones, vanidades y rencores, que pueblan esa novela del arte que no ha parado de crecer en los últimos años.

Esa disyuntiva ocupa —de muchas maneras— la última novela de Michel Houellebecq aunque no es, por supuesto, la única. Desde el mismo título —El mapa y el territorio— el libro va acopiando otras tensiones, como las que enfrentan la juventud y la vejez, el deseo y la realidad, la ciudad y el campo, la trascendencia y la muerte…

Estos temas ya eran perceptibles en Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales o incluso en sus ensayos y misceláneas. Pero por lo que respecta al arte contemporáneo como tema literario, El mapa y el territorio excava a conciencia un campo que ha conocido una verdadera “ampliación” en los últimos años.

Jed Martin ha alcanzado un éxito imprevisto —casi fortuito— con sus fotografías basadas en los paisajes de carretera de la Guía Michelin. Una vez fatigado este camino, decide experimentar un cambio absoluto. En un giro prácticamente anacrónico, regresa a la pintura y, en particular, al retrato. Pese a abandonar su fórmula, nada le impide reproducir su éxito. Tampoco la multiplicación de un vacío que le tienta, cada vez más, a descolgarse de todo lo que rodea a ese mundo.

Conviene anotar la constelación que rota alrededor del protagonista Martin: la amante rusa Olga y el padre moribundo, el galerista Franz y Michel Houellebecq —que aparece como personaje de su propia novela…

Tales personajes —en particular, artista y escritor— van dejando señales diversas que, en apariencia, son las que el Houellebecq narrador necesita dejar sobre sí mismo, su propio arte o una filosofía de vida, todo lo cual resultará sorprendente para más de un lector.

Así, se desgranan una curiosa reivindicación del socialismo utópico o el rechazo a Le Corbusier; la crítica a estrellas comerciales del arte —Jeff Koons y Damien Hirst— o el sueño de una arquitectura “humana”; la nostalgia por una vida bucólica y el fatigoso protocolo del éxito.

(Las encrucijadas de estas tramas parecen cuadros de un artista de retaguardia como Mark Tansey: una muestra abajo).

Si faltaba un clímax aún más intenso que el de la novela, lo tenemos en las noticias recientes que alertan sobre la desaparición de Houellebecq (tanto del mapa como del territorio). Se dice que no contesta al teléfono y que no se ha presentado en algunas ciudades donde tenía pactada la promoción de su libro. Se especula con la depresión y el secuestro. Con la desaparición voluntaria y hasta con la muerte. Con la mano propia y con el brazo de Al Qaeda.

Alguien lo ha visto corriendo por Nueva York…

Para cualquiera de estas posibilidades —deseemos que al final haya sucedido la menos terrible— la novela deja pistas que adquieren dimensión testamentaria. Algo de legado sobre la irresoluble contradicción de esta cultura hecha a la escala de unos mapas que sobrepasan a los territorios. Y unas vidas hechas a la escala de esos territorios.

Marcador

La rumba siniestra

Iván de la Nuez 

http://www.youtube.com/watch?v=Pu7eG_eD4Hg&feature=player_detailpage

Los adictos a la música cubana, celebran estos días el centenario de dos monstruos: Arsenio Rodríguez e Ignacio Villa. Uno fue conocido como el Ciego Maravilloso. El otro, como Bola de Nieve. Cualquier publicación cubana en la red –bajo cualquiera de sus tendencias ideológicas- muestra materiales diversos de esta reverencia.

Pero no es esta la causa que me ha llevado a pensar, recientemente, en esta música. Gracias al insomnio –y a su deriva cinéfilo-televisiva-, la citada música, la misma que se nos ha vendido (y hemos disfrutado) como el éxtasis de la felicidad y el desenfreno, se me ha aparecido como contrapunto siniestro de escenas macabras; algunas francamente terribles.

Ya había pensado alguna vez en esto, viendo como los hermanos Coen, David Lynch o Tarantino tiraban del tex-mex, la bossa nova o la salsa para acompañar algunas de sus escenas más inquietantes (cuando no directamente sádicas).

En cualquier caso, lo que me hizo corroborar esta tendencia fue un episodio de Dexter. Esa serie protagonizada por un asesino justiciero, especialista -¡en qué otra cosa iba a ser!-en sangre, que trabaja como forense para la policía de Miami. La escena que comparto arriba pertenece a la cuarta temporada y el que aparece conduciendo su Mustang descapotable es Trinity, un serial killer que, de manera periódica, y desde hace más de treinta años, mata de tres en tres (“curiosidad” que le hace ser identificado como el Asesino de la Trinidad).

La escena es previa a uno de los desenlaces más terribles de la serie: Después de un largo match con el protagonista, Trinity está feliz porque cree que ha escapado de Dexter; y Dexter, que al final conseguirá atraparlo, ignora que su enemigo ya le ha jodido la vida un poco antes de morir en sus manos.

Mientras Trinity se desplaza por Miami (veamos la secuencia de apenas un minuto que encabeza este post), lo que suena en la banda sonora es un estribillo de Benny Moré, también llamado el Bárbaro del Ritmo.

Todo apunta a que esta música “incidental” se ha escogido para acentuar la “cubanidad” de ese estado de la Florida. El estribillo, sin embargo, sugiere otra cosa, máxime si estamos al corriente de que el Asesino de la Trinidad abate, sobre todo, a mujeres.

“Todas las mujeres de la fiesta, tienen que bailar conmigo”. Eso clama, vanidosa, la voz del Benny que acompaña la sonrisa del criminal.

Visto lo visto, y oído lo oído, resulta obligado pensar que el responsable de la música sabe lo que está poniendo. Y que esa música es algo más que un “incidente” sonoro para dar paso a futuros desenlaces de una trama a la que le resulta imprescindible conectar la barbarie con el Bárbaro.

Cuando lo prematuro llega tarde

Iván de la Nuez

Siempre ha estado atento este blog al arte del ensayo. También, de manera particular, al ensayo del arte (si es que estos dos mundos pueden disociarse). Es por eso que la publicación de No más mentiras, de David G. Torres, estaba destinada a celebrarse, aquí, como una buena noticia. Sobre todo si ese libro toca asuntos tan familiares (al menos para un servidor) como la relación entre arte y literatura, la inscripción de la primera persona en la construcción del ensayo o el socialismo de Paul Lafargue… Una triada que, sin duda, se basta a sí misma para alentar la curiosidad. Si a ello añadimos la larga trayectoria del autor y la ambición que proclama desde la portada, junto a la ilusión se intuye, además, el latido de una posible polémica, lo cual es siempre estimulante.

Esa esperanza, sin embargo, duró poco. Y si pareció sostenerse en la primera lectura, ya en una segunda incursión –hecha con intención crítica y despejado el atrezo- se desvaneció sin paliativos. Tanto por la inconsistencia intrínseca del texto, como por su incapacidad para cumplir lo que promete. (Es más, título y subtítulo pueden suscitar dos posibilidades de crítica).

“No más mentiras”; así de rotundo se expone este libro desde la primera frase que nos lanza. “Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro)”; así clama el subtítulo desde la misma cubierta. Una obra que acomete “la verdad en arte contemporáneo y la vigencia del relato”; así queda anunciado desde sus primeros pasos.

Verdad. Gran palabra esa.

Pero.. ¿qué verdad? Pues una verdad que, a lo largo y ancho del texto, siempre nos viene redireccionada. Desde Martí Manen o Chris Burden. Desde Ignasi Aballí o un coloquio en La Capella… Y desde la cascada de narraciones aleatorias a la que nos somete.

(Un libro es un relato: algo más que un zurcido de artículos, entradas de blog, recuerdos o reseñas que no consiguen armar el corpus que se le supone.)

Tratándose de su tema nuclear, es pertinente preguntarse sobre lo que el propio autor asume como verdad. ¿Acaso considera que es “consenso”, como Habermas? ¿Tal vez, siguiendo a Foucault, certifica que es “poder”? ¿Hay un recorrido de más largo alcance que lo lleve a Platón o Aristóteles? ¿Alguna conexión –favorable o desfavorable- con el Derrida de La verdad en pintura?

Nada de eso. Muletilla o argucia para ensaltar capítulos muy desiguales, la verdad en No más mentiras se queda atrapada en una magnitud coloquial que podríamos definir, más o menos, como “lo impepinable”.

A un ensayo –o a aquello que se presume como tal- hay que pedirle algo más.

Para empezar, una cierta coherencia con su predicamento. Resulta alarmante el modo en que aquí se esquiva olímpicamente algo, tan saludable en otros tiempos, como el estado de la cuestión con respecto a los temas tratados. ¿Escamoteo o ignorancia? ¿Usurpación o descuido? Cualquiera de estas causas, o todas juntas, serían carga suficiente para escorar un libro cuyo hundimiento se hace insalvable, para más lastre, porque su autor no siempre se percata de que lo anfibológico es enemigo mortal de lo anfibio.

Cuando hablo del estado de la cuestión, da lo mismo si David G. Torres sufre la ansiedad de las influencias o vive extasiado por ellas. Es igual que sienta el peso de los maestros del ensayo del arte –Huxley, Paz, Schama, Sontag, Davenport…- o que tenga por costumbre desentenderse del fardo de sus sombras. Se abone a Harold Bloom o a Jonathan Lethem, el temerario adanismo del que hace gala le impide salvar con garantías los desequilibrios de su discurso.

Lo anterior parece agudizarse en algunos ejemplos que aderezan No más mentiras. Si el de Lafargue con Marx –aunque también podría incluirse la repetición de la pregunta leninista “¿Qué hacer?”- destila una sensación de déjà vu, el de Bartleby y Vila-Matas resulta previsible. El primero, ya lo hemos visto. El segundo, lo vemos venir.

Quizá, el más asombroso es el que tiene como punto de partida un encuentro con el artista Ignasi Aballí en Reikiavik. Desde ese recuerdo, el autor explaya una extraña consideración según la cual, a partir de los cuarenta años, no vale la pena “leer ficción”. Una ficción que se entiende, claro está, como “mentira”.

¿La novela como daño colateral de la Midlife Crisis? Tremendo…

En cuanto al uso, siempre difícil, de la primera persona, tampoco sale muy bien parado del reto. En algunos casos resulta cursi. En otros, encontramos pasajes –permítaseme este robo a Cabrera Infante- que podrían, perfectamente, llevar la firma de Prosopopeye el marino.

Pocas veces un autor tan preocupado por La Verdad ha concebido un libro tan inverosímil –tan ufano de sus fuegos artificiales. Y pocas veces un crítico tan abanderado en la demanda de “relato” ha tenido tan poco que contar.

Verbigracia de todos estos naufragios, lo que prometía como una obra de madurez no es otra cosa que un libro prematuro.

(*) No más mentiras. Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro), VI Premio Escritos sobre Arte, es una edición de la fundación Arte y Derecho (VEGAP) y Trama Editorial.

El 11-S y la propela de Calder

Iván de la Nuez



Esto fue un “calder”. Este amasijo tuvo, alguna vez, el estatus de una obra de arte. Con su título (Bent Propeller) y una firma inconfundible: Alexander Calder. En sus días –es una pieza de 1971-, tuvo incluso la gracia volátil que solía acompañar a las obras de este escultor de lo “etéreo”, que había marcado un paso propio en el camino abierto por Brancusi.

Este pedazo de chatarra tuvo su cotización y un emplazamiento de lujo. Durante años, adornó –perdón por el verbo pero esa era, exactamente, su función- la plaza del World Trade Center, justo hasta la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando los atentados terroristas devolvieron la graciosa e inocua escultura al mundo tosco de los escombros.

Entonces, se desplomó, con todo su peso, lo que había funcionado como representación de lo ligero. El  juego quedó convertido en tragedia, la cultura en “vestigio”, el arte en “prueba forense”.

Desde que Stockhausen dijo aquello de que los atentados del 11-S eran la obra de arte “mejor ejecutada jamás”, el ruido de la polémica sobre la frase apagó, quizá, el necesario debate sobre las obras “ejecutadas” esa mañana. Demolidas junto a tres mil humanos y junto a buena parte de lo que Occidente había dado de sí.

Bent Propeller original.jpg

La “pieza” que hoy compartimos, fue encontrada por el artista Francesc Torres en el Hangar 17, que acoge unos 2.500 objetos destruidos en los ataques terroristas aquel 11 de septiembre del que ahora se cumplen diez años. Convertidas en una serie fotográfica con el título de Memoria fragmentada, esas ruinas forman parte de una exposición simultánea que puede verse en el CCCB de Barcelona, el CentroCentro de Madrid, el Imperial War Museum de Londres y el International Center of Photography de Nueva York. De modo que, con este proyecto fotográfico, Francesc Torres añade su trabajo al conjunto de obras que, sobre ese día, han aportado creadores tan diferentes como Oliver Stone o Paul Virilio, Don Delillo o Paul Auster, Martin Amis o Thomas Ruff. (El colega Alexis Callado me sugiere que no olvide a Tony Oursler).

Debo advertir que, aunque forma parte de la exposición de Barcelona, Torres no fotografió el antiguo “calder” que encabeza este post (*). Ese objeto hipnótico que nos hace pensar en el destino del arte y en el latente regreso de la cultura a la tosquedad primaria del mundo. Que nos recuerda el horror y la advertencia recurrente de Paul Valery sobre la mortalidad de la civilización.

Desmantellant Calder.jpg

(*) La fotografía es de José Antonio Soria.

Postcapital Archives (1989-2001)

 Iván de la Nuez

La editorial Hatje Cantz acaba de publicar Postcapital Archives 1989-2001, de Daniel G. Andújar. Se trata del colofón de un  proyecto de largo recorrido (e implicaciones varias), centrado en la aproximación de este artista a la década -tan rica como crítica- que se desliza entre el desplome del Comunismo y el atentado a las Torre Gemelas. La edición recupera un archivo con 2.500 documentos y más de 500 imágenes, bases de datos abiertas y una instalación multimedia, un laboratorio interactivo y varios ensayos. Todo esto, configura un exhaustivo mosaico de la apoteosis global, desde un horizonte en el que no sólo se vislumbra el postcomunismo, sino también el postcapitalismo.

 

Es conocido que Daniel G. Andújar se resiste a crear nuevas imágenes en un mundo superpoblado por ellas. De ahí que su estrategia visual descanse en su localización en Internet, para después rescribirlas, si cabe esta expresión, transformando o acentuando el imaginario original en el que estaban alojadas.

 

El ensayo de Iris Dressler -“Postcapital y sus circunstancias”-, lleva a cabo un pormenorizado análisis de los conceptos y autores que ha arrastrado este proyecto durante estos años -con la secuencia de exposiciones, libros y piezas artísticas que generado así como la decena de ciudades en las que ha tenido lugar. Conviene asimismo detenerse en la cronología aportada por Valentín Roma. Desde ella, se abre un sistema de referencias con las múltiples conexiones –evidentes o imperceptibles- de Postcapital. Por la parte que me toca, contribuyo con el ensayo “Postcapital: El Muro, Las Torres, Guantánamo”.

 

Esta edición de Hatje Cantz hace justicia a un proyecto a la vez que lo enriquece. Y, sin obviar la constelación de sus “circunstancias”, le concede a la obra individual de Daniel G. Andújar un soporte editorial imprescindible para comprender la magnitud de su trabajo.

 

Humanismo pop

Iván de la Nuez

En el principio no fue el verbo, sino un concierto…

Así, al menos, para Greil Marcus, a quien La Verdad le fue revelada una noche por los Sex Pistols en el Londres de finales de los setenta.

Y así para Kiko Amat, en quien tampoco se cumplió el dictum de Juan el pescador. Su revelación (o una de ellas) llegó una década más tarde, por mediación de un disco -“disco de curación”- y el mensajero (o uno de ellos) no fue otro que Mose Allison: “Muy especialmente su álbum Mose Alive!, y aún más especialmente `I´m smashed´, la primera canción de la cara A”.

Marcus explicó las consecuencias de su rito iniciático en una obra ya clásica: Rastros de carmín. Amat da cuenta de su estallido particular en Mil violines (Mondadori); un libro que es -entre otras cosas- una autobiografía en la que vida y música avanzan de manera indivisible.

(Amat reconoce asimismo “primeras comuniones” y algún “bautizo”, siempre vinculados a sus iluminaciones musicales: Mil violines está lleno de momentos “místicos”.)

No vamos a descubrir, a estas alturas, el largo viaje que discurre de la literatura al rock. A Aldous Huxley “regalándole” a Jim Morrison el nombre de su banda. A Dylan Thomas “prestándole” el suyo a un tal Robert Allen Zimmerman. O a los surrealistas invadiendo las letras de John Lennon. O al dadaísmo inaugurando la historia del punk…

(En Mil violines, Kiko Amat sigue esa estela cuando, por ejemplo, tira de Mark Twain para describirnos a Mose Allison como un “Tom Sawyer del jazz”).

Tampoco es cuestión de darnos ahora por enterados del itinerario contrario: el que transcurre de la música a la literatura. En los últimos tiempos, y dejando a un lado la pléyade de biografías de las estrellas –no autorizadas o amañadas, legítimas o sospechosas-, en España han aparecido distintos títulos que asumen la música, más que como un objeto en sí misma, como vehículo para desentrañar asuntos que van desde el cerebro hasta la cultura de masas pasando por los grandes problemas filosóficos de la historia. Como una pequeña muestra, Oliver Sacks y Musicofilia (Anagrama), José Luis Pardo y Esto no es música (Galaxia Gutenberg), Eugenio Trías y El canto de las sirenas (Destino)…

El caso es que, en la actualidad, resulta difícil pasar por alto las idas y vueltas de este bumerán, con sus impactos sucesivos en uno y otro mundo. Y algo, desde luego, se ha avanzado. Al punto de que nadie medianamente avispado puede obviar las canciones populares si quiere comprender el imaginario colectivo de la época franquista –sobre todo después que Vázquez Montalbán publicara Crónica sentimental de España. O esquivar al pop si intenta calibrar la verdadera magnitud de la transición –sobre todo después que Sabino Méndez publicara Corre, Rocker.

Todos estas obras confirman que los buenos libros de música abarcan, siempre, algo más que música.

Mil violines. Y otras crónicas sobre pop y humanos es, sin la menor duda, un libro portador de ese algo más. Y es, desde ese plus, que se deja leer al mismo tiempo como una crónica de la Barcelona post-olímpica y como un texto de formación; es una obstinada validación del “yo” y una memoria generacional; el catálogo de una colección de discos y un manual de supervivencia; una novela familiar y un ensayo sobre la voluntad.

Todo ello subordinado al modo radical en que el autor inscribe la primera persona en la construcción de su relato. Una primera persona que –aunque mantenga algún ribete chulesco- no se sitúa en el lugar de la vanidad sino en el de la incertidumbre. Como si Amat dejara muy claro que, cuando no se está llamado a escribir el Contrato social o el Manifiesto comunista, lo verdaderamente decente es hablar de, y sobre todo por, uno mismo.

Esta convicción fija todas y cada una de las resistencias culturales que sirven de motor a Mil violines. Así, en una época que proclama la disipación de cualquier frontera, Kiko Amat persiste en mantener los roles de siempre, en particular el del artista y el del fan, uno a cada lado de esta trama. Cuando se aplauden las bondades de lo interactivo, aquí se mantiene un espacio privilegiado para la fascinación hacia el que actúa. En tiempos del pop como muletilla para cualquier expansión, Mil violines se resiste a asumirlo como una mera contracción de lo popular

Todo eso, conviene advertirlo, desde una posición absolutamente visceral que lo mismo le permite imaginar una paliza (futbolística) de Blur a Oasis que despedirse con una lista razonada de sus canciones más odiadas (y que a mí, reconozco que después de reírme, me parece lo único obvio e indistinto de este libro).

Javier Calvo ha apuntado la línea directa de Kiko Amat con las narrativas de Francisco Casavella o Juan Marsé. Acto seguido -sin dejar de abundar en sus méritos varios- enfatiza que su autor es, sobre todo, “novelista”. No sé si estoy muy de acuerdo con este punto. Aunque aquí –y siguiendo el libro de estilo de Cruyff para el uso del refranero popular- lo más probable es que cada uno esté “arrimando la sardina a su ascua”. (Tampoco es que tenga demasiada importancia: al final todo quedará en el Barça).

Una última virtud de este libro radica en su valor pedagógico. Mil violines debería ser lectura obligada en los programas de estudio de los institutos. No encuentro un destino mejor para un libro que describe cómo la pasión deviene en conocimiento, cómo un hobby consigue cincelar el sentido de una vida. Y cómo, con las fobias y las filias, es posible construir una sabiduría del mundo y de las personas –“del pop y los humanos”- que consiga vacunar a los jóvenes contra una vida diseñada para estandarizarlos.

En las ruinas del futuro

Iván de la Nuez

Después de dedicar algunos años a recoger datos, elementos y esquirlas diversas sobre la fascinación de la cultura occidental por los antiguos países comunistas, no me ha sido difícil llegar a la siguiente conclusión: Así como ha existido el Western, a partir de 1989 es factible hablar de un género al que podríamos llamar Eastern. (A esto le he dado unas cuantas vueltas en el blog). Sobre todo, al comprobar que, lo que en el pasado funcionó como una curiosidad -entre ideológica y pintoresca- de gente como John Reed, Bertrand Russell, George Orwell o Saul Steinberg, ahora se percibe como una verdadera compulsión hacia lo que había permanecido, como un tabú, escondido al otro lado del Telón de Acero.

Un capítulo del Eastern lo cubre, cómo no, Hollywood. Y esa puerta abierta a una historia hipotética que transcurriría entre la cacería de brujas de la Guerra Fría y la actual devoción por las “promesas del Este”. Otro capítulo, obvio, es la Ostalgia (remembranza en clave bucólica del imperio desplomado). Un tercer capítulo lo podríamos enfocar hacia la publicidad (con su uso, por lo general frívolo, de estereotipos del Comunismo como reclamo publicitario para la economía de mercado). Un cuarto capítulo tiene que estar dedicado a la astronáutica comunista. Esa inverosímil, aunque comprobable, odisea espacial que ha seducido a artistas occidentales como Joan Fontcuberta (con su creación de Iván Istoichnikov, cosmonauta desaparecido por las intrigas siniestras de la política soviética); Wolfang Becker (a quien otro astronauta le sirve para crear un oasis en la tensión de Good Bye Lenin); o Steven Soderbergh (capaz de hacer un remake de Solaris, la mítica película de Andrei Tarkovski basada en la novela, no menos mítica, de Stanislaw Lem). Otra película, El cosmonauta —con “trama del este” incluida—, es el primer largometraje español realizado mediante elcrowdfunding, método cooperativo que colectiviza el papel del productor…

Al Eastern se incorpora, por méritos propios, el fotógrafo francés Eric Lusito (1967). Durante el verano, Lusito ha estado particularmente activo con un proyecto que ha llevado desde el festival de Arlés, Francia, en julio, hasta el de Kaunas, Lituania, donde puede verse hasta el próximo 11 de septiembre.

Se trata de una serie de largo recorrido, para la cual el fotógrafo ha tenido que desplazarse durante algún tiempo por los antiguos países comunistas: desde los pertenecientes a la antigua Unión Soviética hasta Mongolia o Alemania. El resultado, además de esta exposición itinerante, ha sido un libro cuyo título es suficientemente explícito: After the Wall. Traces of the Soviet Empire.

Superando la aburrida discusión entre fotografía “documental” y fotografía “artística”, Lusito nos transporta desde el colapsado futurismo de la carrera espacial del comunismo hasta las arcaicas antenas de un sistema de comunicación kazajo. De monedas (hoy sin cambio en ningún lugar) hasta pasaportes (hoy sin salida a ningún) de absoluta inutilidad, salvo como fetiches vintage. De las estatuas que todavía se mantienen en pie hasta los atisbos de un grafiti “constructivo” mongol. De los edificios sociales de urbanismo inexplicable hasta los restos de alambradas ya transgredidas, destrozada cualquier función original para impedir el desplazamiento. Desde el absurdo monumento a un camión Zil (?) hasta los vestigios de un refugio nuclear.

Imágenes congeladas de las ruinas de una epopeya hecha con una escala desmedida, estas fotos son al mismo tiempo un monumento a esa épica menor, cotidiana y de supervivencia, que desplegaron los humanos bajo el comunismo.

Reliquias de un mundo cuyos habitantes vivieron, también, fascinados por ese Otro Lado que hoy los engulle a la vez que los exhibe.