En las ruinas del futuro

Iván de la Nuez

Después de dedicar algunos años a recoger datos, elementos y esquirlas diversas sobre la fascinación de la cultura occidental por los antiguos países comunistas, no me ha sido difícil llegar a la siguiente conclusión: Así como ha existido el Western, a partir de 1989 es factible hablar de un género al que podríamos llamar Eastern. (A esto le he dado unas cuantas vueltas en el blog). Sobre todo, al comprobar que, lo que en el pasado funcionó como una curiosidad -entre ideológica y pintoresca- de gente como John Reed, Bertrand Russell, George Orwell o Saul Steinberg, ahora se percibe como una verdadera compulsión hacia lo que había permanecido, como un tabú, escondido al otro lado del Telón de Acero.

Un capítulo del Eastern lo cubre, cómo no, Hollywood. Y esa puerta abierta a una historia hipotética que transcurriría entre la cacería de brujas de la Guerra Fría y la actual devoción por las “promesas del Este”. Otro capítulo, obvio, es la Ostalgia (remembranza en clave bucólica del imperio desplomado). Un tercer capítulo lo podríamos enfocar hacia la publicidad (con su uso, por lo general frívolo, de estereotipos del Comunismo como reclamo publicitario para la economía de mercado). Un cuarto capítulo tiene que estar dedicado a la astronáutica comunista. Esa inverosímil, aunque comprobable, odisea espacial que ha seducido a artistas occidentales como Joan Fontcuberta (con su creación de Iván Istoichnikov, cosmonauta desaparecido por las intrigas siniestras de la política soviética); Wolfang Becker (a quien otro astronauta le sirve para crear un oasis en la tensión de Good Bye Lenin); o Steven Soderbergh (capaz de hacer un remake de Solaris, la mítica película de Andrei Tarkovski basada en la novela, no menos mítica, de Stanislaw Lem). Otra película, El cosmonauta —con “trama del este” incluida—, es el primer largometraje español realizado mediante elcrowdfunding, método cooperativo que colectiviza el papel del productor…

Al Eastern se incorpora, por méritos propios, el fotógrafo francés Eric Lusito (1967). Durante el verano, Lusito ha estado particularmente activo con un proyecto que ha llevado desde el festival de Arlés, Francia, en julio, hasta el de Kaunas, Lituania, donde puede verse hasta el próximo 11 de septiembre.

Se trata de una serie de largo recorrido, para la cual el fotógrafo ha tenido que desplazarse durante algún tiempo por los antiguos países comunistas: desde los pertenecientes a la antigua Unión Soviética hasta Mongolia o Alemania. El resultado, además de esta exposición itinerante, ha sido un libro cuyo título es suficientemente explícito: After the Wall. Traces of the Soviet Empire.

Superando la aburrida discusión entre fotografía “documental” y fotografía “artística”, Lusito nos transporta desde el colapsado futurismo de la carrera espacial del comunismo hasta las arcaicas antenas de un sistema de comunicación kazajo. De monedas (hoy sin cambio en ningún lugar) hasta pasaportes (hoy sin salida a ningún) de absoluta inutilidad, salvo como fetiches vintage. De las estatuas que todavía se mantienen en pie hasta los atisbos de un grafiti “constructivo” mongol. De los edificios sociales de urbanismo inexplicable hasta los restos de alambradas ya transgredidas, destrozada cualquier función original para impedir el desplazamiento. Desde el absurdo monumento a un camión Zil (?) hasta los vestigios de un refugio nuclear.

Imágenes congeladas de las ruinas de una epopeya hecha con una escala desmedida, estas fotos son al mismo tiempo un monumento a esa épica menor, cotidiana y de supervivencia, que desplegaron los humanos bajo el comunismo.

Reliquias de un mundo cuyos habitantes vivieron, también, fascinados por ese Otro Lado que hoy los engulle a la vez que los exhibe.

 

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