Humanismo pop

Iván de la Nuez

En el principio no fue el verbo, sino un concierto…

Así, al menos, para Greil Marcus, a quien La Verdad le fue revelada una noche por los Sex Pistols en el Londres de finales de los setenta.

Y así para Kiko Amat, en quien tampoco se cumplió el dictum de Juan el pescador. Su revelación (o una de ellas) llegó una década más tarde, por mediación de un disco -“disco de curación”- y el mensajero (o uno de ellos) no fue otro que Mose Allison: “Muy especialmente su álbum Mose Alive!, y aún más especialmente `I´m smashed´, la primera canción de la cara A”.

Marcus explicó las consecuencias de su rito iniciático en una obra ya clásica: Rastros de carmín. Amat da cuenta de su estallido particular en Mil violines (Mondadori); un libro que es -entre otras cosas- una autobiografía en la que vida y música avanzan de manera indivisible.

(Amat reconoce asimismo “primeras comuniones” y algún “bautizo”, siempre vinculados a sus iluminaciones musicales: Mil violines está lleno de momentos “místicos”.)

No vamos a descubrir, a estas alturas, el largo viaje que discurre de la literatura al rock. A Aldous Huxley “regalándole” a Jim Morrison el nombre de su banda. A Dylan Thomas “prestándole” el suyo a un tal Robert Allen Zimmerman. O a los surrealistas invadiendo las letras de John Lennon. O al dadaísmo inaugurando la historia del punk…

(En Mil violines, Kiko Amat sigue esa estela cuando, por ejemplo, tira de Mark Twain para describirnos a Mose Allison como un “Tom Sawyer del jazz”).

Tampoco es cuestión de darnos ahora por enterados del itinerario contrario: el que transcurre de la música a la literatura. En los últimos tiempos, y dejando a un lado la pléyade de biografías de las estrellas –no autorizadas o amañadas, legítimas o sospechosas-, en España han aparecido distintos títulos que asumen la música, más que como un objeto en sí misma, como vehículo para desentrañar asuntos que van desde el cerebro hasta la cultura de masas pasando por los grandes problemas filosóficos de la historia. Como una pequeña muestra, Oliver Sacks y Musicofilia (Anagrama), José Luis Pardo y Esto no es música (Galaxia Gutenberg), Eugenio Trías y El canto de las sirenas (Destino)…

El caso es que, en la actualidad, resulta difícil pasar por alto las idas y vueltas de este bumerán, con sus impactos sucesivos en uno y otro mundo. Y algo, desde luego, se ha avanzado. Al punto de que nadie medianamente avispado puede obviar las canciones populares si quiere comprender el imaginario colectivo de la época franquista –sobre todo después que Vázquez Montalbán publicara Crónica sentimental de España. O esquivar al pop si intenta calibrar la verdadera magnitud de la transición –sobre todo después que Sabino Méndez publicara Corre, Rocker.

Todos estas obras confirman que los buenos libros de música abarcan, siempre, algo más que música.

Mil violines. Y otras crónicas sobre pop y humanos es, sin la menor duda, un libro portador de ese algo más. Y es, desde ese plus, que se deja leer al mismo tiempo como una crónica de la Barcelona post-olímpica y como un texto de formación; es una obstinada validación del “yo” y una memoria generacional; el catálogo de una colección de discos y un manual de supervivencia; una novela familiar y un ensayo sobre la voluntad.

Todo ello subordinado al modo radical en que el autor inscribe la primera persona en la construcción de su relato. Una primera persona que –aunque mantenga algún ribete chulesco- no se sitúa en el lugar de la vanidad sino en el de la incertidumbre. Como si Amat dejara muy claro que, cuando no se está llamado a escribir el Contrato social o el Manifiesto comunista, lo verdaderamente decente es hablar de, y sobre todo por, uno mismo.

Esta convicción fija todas y cada una de las resistencias culturales que sirven de motor a Mil violines. Así, en una época que proclama la disipación de cualquier frontera, Kiko Amat persiste en mantener los roles de siempre, en particular el del artista y el del fan, uno a cada lado de esta trama. Cuando se aplauden las bondades de lo interactivo, aquí se mantiene un espacio privilegiado para la fascinación hacia el que actúa. En tiempos del pop como muletilla para cualquier expansión, Mil violines se resiste a asumirlo como una mera contracción de lo popular

Todo eso, conviene advertirlo, desde una posición absolutamente visceral que lo mismo le permite imaginar una paliza (futbolística) de Blur a Oasis que despedirse con una lista razonada de sus canciones más odiadas (y que a mí, reconozco que después de reírme, me parece lo único obvio e indistinto de este libro).

Javier Calvo ha apuntado la línea directa de Kiko Amat con las narrativas de Francisco Casavella o Juan Marsé. Acto seguido -sin dejar de abundar en sus méritos varios- enfatiza que su autor es, sobre todo, “novelista”. No sé si estoy muy de acuerdo con este punto. Aunque aquí –y siguiendo el libro de estilo de Cruyff para el uso del refranero popular- lo más probable es que cada uno esté “arrimando la sardina a su ascua”. (Tampoco es que tenga demasiada importancia: al final todo quedará en el Barça).

Una última virtud de este libro radica en su valor pedagógico. Mil violines debería ser lectura obligada en los programas de estudio de los institutos. No encuentro un destino mejor para un libro que describe cómo la pasión deviene en conocimiento, cómo un hobby consigue cincelar el sentido de una vida. Y cómo, con las fobias y las filias, es posible construir una sabiduría del mundo y de las personas –“del pop y los humanos”- que consiga vacunar a los jóvenes contra una vida diseñada para estandarizarlos.

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