El 11-S y la propela de Calder

Iván de la Nuez



Esto fue un “calder”. Este amasijo tuvo, alguna vez, el estatus de una obra de arte. Con su título (Bent Propeller) y una firma inconfundible: Alexander Calder. En sus días –es una pieza de 1971-, tuvo incluso la gracia volátil que solía acompañar a las obras de este escultor de lo “etéreo”, que había marcado un paso propio en el camino abierto por Brancusi.

Este pedazo de chatarra tuvo su cotización y un emplazamiento de lujo. Durante años, adornó –perdón por el verbo pero esa era, exactamente, su función- la plaza del World Trade Center, justo hasta la mañana del 11 de septiembre de 2001, cuando los atentados terroristas devolvieron la graciosa e inocua escultura al mundo tosco de los escombros.

Entonces, se desplomó, con todo su peso, lo que había funcionado como representación de lo ligero. El  juego quedó convertido en tragedia, la cultura en “vestigio”, el arte en “prueba forense”.

Desde que Stockhausen dijo aquello de que los atentados del 11-S eran la obra de arte “mejor ejecutada jamás”, el ruido de la polémica sobre la frase apagó, quizá, el necesario debate sobre las obras “ejecutadas” esa mañana. Demolidas junto a tres mil humanos y junto a buena parte de lo que Occidente había dado de sí.

Bent Propeller original.jpg

La “pieza” que hoy compartimos, fue encontrada por el artista Francesc Torres en el Hangar 17, que acoge unos 2.500 objetos destruidos en los ataques terroristas aquel 11 de septiembre del que ahora se cumplen diez años. Convertidas en una serie fotográfica con el título de Memoria fragmentada, esas ruinas forman parte de una exposición simultánea que puede verse en el CCCB de Barcelona, el CentroCentro de Madrid, el Imperial War Museum de Londres y el International Center of Photography de Nueva York. De modo que, con este proyecto fotográfico, Francesc Torres añade su trabajo al conjunto de obras que, sobre ese día, han aportado creadores tan diferentes como Oliver Stone o Paul Virilio, Don Delillo o Paul Auster, Martin Amis o Thomas Ruff. (El colega Alexis Callado me sugiere que no olvide a Tony Oursler).

Debo advertir que, aunque forma parte de la exposición de Barcelona, Torres no fotografió el antiguo “calder” que encabeza este post (*). Ese objeto hipnótico que nos hace pensar en el destino del arte y en el latente regreso de la cultura a la tosquedad primaria del mundo. Que nos recuerda el horror y la advertencia recurrente de Paul Valery sobre la mortalidad de la civilización.

Desmantellant Calder.jpg

(*) La fotografía es de José Antonio Soria.