Cuando lo prematuro llega tarde

Iván de la Nuez

Siempre ha estado atento este blog al arte del ensayo. También, de manera particular, al ensayo del arte (si es que estos dos mundos pueden disociarse). Es por eso que la publicación de No más mentiras, de David G. Torres, estaba destinada a celebrarse, aquí, como una buena noticia. Sobre todo si ese libro toca asuntos tan familiares (al menos para un servidor) como la relación entre arte y literatura, la inscripción de la primera persona en la construcción del ensayo o el socialismo de Paul Lafargue… Una triada que, sin duda, se basta a sí misma para alentar la curiosidad. Si a ello añadimos la larga trayectoria del autor y la ambición que proclama desde la portada, junto a la ilusión se intuye, además, el latido de una posible polémica, lo cual es siempre estimulante.

Esa esperanza, sin embargo, duró poco. Y si pareció sostenerse en la primera lectura, ya en una segunda incursión –hecha con intención crítica y despejado el atrezo- se desvaneció sin paliativos. Tanto por la inconsistencia intrínseca del texto, como por su incapacidad para cumplir lo que promete. (Es más, título y subtítulo pueden suscitar dos posibilidades de crítica).

“No más mentiras”; así de rotundo se expone este libro desde la primera frase que nos lanza. “Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro)”; así clama el subtítulo desde la misma cubierta. Una obra que acomete “la verdad en arte contemporáneo y la vigencia del relato”; así queda anunciado desde sus primeros pasos.

Verdad. Gran palabra esa.

Pero.. ¿qué verdad? Pues una verdad que, a lo largo y ancho del texto, siempre nos viene redireccionada. Desde Martí Manen o Chris Burden. Desde Ignasi Aballí o un coloquio en La Capella… Y desde la cascada de narraciones aleatorias a la que nos somete.

(Un libro es un relato: algo más que un zurcido de artículos, entradas de blog, recuerdos o reseñas que no consiguen armar el corpus que se le supone.)

Tratándose de su tema nuclear, es pertinente preguntarse sobre lo que el propio autor asume como verdad. ¿Acaso considera que es “consenso”, como Habermas? ¿Tal vez, siguiendo a Foucault, certifica que es “poder”? ¿Hay un recorrido de más largo alcance que lo lleve a Platón o Aristóteles? ¿Alguna conexión –favorable o desfavorable- con el Derrida de La verdad en pintura?

Nada de eso. Muletilla o argucia para ensaltar capítulos muy desiguales, la verdad en No más mentiras se queda atrapada en una magnitud coloquial que podríamos definir, más o menos, como “lo impepinable”.

A un ensayo –o a aquello que se presume como tal- hay que pedirle algo más.

Para empezar, una cierta coherencia con su predicamento. Resulta alarmante el modo en que aquí se esquiva olímpicamente algo, tan saludable en otros tiempos, como el estado de la cuestión con respecto a los temas tratados. ¿Escamoteo o ignorancia? ¿Usurpación o descuido? Cualquiera de estas causas, o todas juntas, serían carga suficiente para escorar un libro cuyo hundimiento se hace insalvable, para más lastre, porque su autor no siempre se percata de que lo anfibológico es enemigo mortal de lo anfibio.

Cuando hablo del estado de la cuestión, da lo mismo si David G. Torres sufre la ansiedad de las influencias o vive extasiado por ellas. Es igual que sienta el peso de los maestros del ensayo del arte –Huxley, Paz, Schama, Sontag, Davenport…- o que tenga por costumbre desentenderse del fardo de sus sombras. Se abone a Harold Bloom o a Jonathan Lethem, el temerario adanismo del que hace gala le impide salvar con garantías los desequilibrios de su discurso.

Lo anterior parece agudizarse en algunos ejemplos que aderezan No más mentiras. Si el de Lafargue con Marx –aunque también podría incluirse la repetición de la pregunta leninista “¿Qué hacer?”- destila una sensación de déjà vu, el de Bartleby y Vila-Matas resulta previsible. El primero, ya lo hemos visto. El segundo, lo vemos venir.

Quizá, el más asombroso es el que tiene como punto de partida un encuentro con el artista Ignasi Aballí en Reikiavik. Desde ese recuerdo, el autor explaya una extraña consideración según la cual, a partir de los cuarenta años, no vale la pena “leer ficción”. Una ficción que se entiende, claro está, como “mentira”.

¿La novela como daño colateral de la Midlife Crisis? Tremendo…

En cuanto al uso, siempre difícil, de la primera persona, tampoco sale muy bien parado del reto. En algunos casos resulta cursi. En otros, encontramos pasajes –permítaseme este robo a Cabrera Infante- que podrían, perfectamente, llevar la firma de Prosopopeye el marino.

Pocas veces un autor tan preocupado por La Verdad ha concebido un libro tan inverosímil –tan ufano de sus fuegos artificiales. Y pocas veces un crítico tan abanderado en la demanda de “relato” ha tenido tan poco que contar.

Verbigracia de todos estos naufragios, lo que prometía como una obra de madurez no es otra cosa que un libro prematuro.

(*) No más mentiras. Sobre algunos relatos de verdad en arte (y en literatura, cine y teatro), VI Premio Escritos sobre Arte, es una edición de la fundación Arte y Derecho (VEGAP) y Trama Editorial.