Houellebecq: arte y literatura, mapa y territorio

Iván de la Nuez

Hay una disyuntiva poderosa que puede explicar la diferencia entre la crítica de arte y la narrativa sobre el arte. Y es que, si bien la primera suele descansar en el currículum, la segunda necesita escarbar en la biografía. Una tiende a absolutizar los honores. La otra “vive”, por así decirlo, de un material más escabroso. El currículum —para cumplir sus objetivos— vela; la biografía, si es honesta, desnuda. Frente a la asepsia profesional del currículum, se levantan los vicios y obsesiones, vanidades y rencores, que pueblan esa novela del arte que no ha parado de crecer en los últimos años.

Esa disyuntiva ocupa —de muchas maneras— la última novela de Michel Houellebecq aunque no es, por supuesto, la única. Desde el mismo título —El mapa y el territorio— el libro va acopiando otras tensiones, como las que enfrentan la juventud y la vejez, el deseo y la realidad, la ciudad y el campo, la trascendencia y la muerte…

Estos temas ya eran perceptibles en Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales o incluso en sus ensayos y misceláneas. Pero por lo que respecta al arte contemporáneo como tema literario, El mapa y el territorio excava a conciencia un campo que ha conocido una verdadera “ampliación” en los últimos años.

Jed Martin ha alcanzado un éxito imprevisto —casi fortuito— con sus fotografías basadas en los paisajes de carretera de la Guía Michelin. Una vez fatigado este camino, decide experimentar un cambio absoluto. En un giro prácticamente anacrónico, regresa a la pintura y, en particular, al retrato. Pese a abandonar su fórmula, nada le impide reproducir su éxito. Tampoco la multiplicación de un vacío que le tienta, cada vez más, a descolgarse de todo lo que rodea a ese mundo.

Conviene anotar la constelación que rota alrededor del protagonista Martin: la amante rusa Olga y el padre moribundo, el galerista Franz y Michel Houellebecq —que aparece como personaje de su propia novela…

Tales personajes —en particular, artista y escritor— van dejando señales diversas que, en apariencia, son las que el Houellebecq narrador necesita dejar sobre sí mismo, su propio arte o una filosofía de vida, todo lo cual resultará sorprendente para más de un lector.

Así, se desgranan una curiosa reivindicación del socialismo utópico o el rechazo a Le Corbusier; la crítica a estrellas comerciales del arte —Jeff Koons y Damien Hirst— o el sueño de una arquitectura “humana”; la nostalgia por una vida bucólica y el fatigoso protocolo del éxito.

(Las encrucijadas de estas tramas parecen cuadros de un artista de retaguardia como Mark Tansey: una muestra abajo).

Si faltaba un clímax aún más intenso que el de la novela, lo tenemos en las noticias recientes que alertan sobre la desaparición de Houellebecq (tanto del mapa como del territorio). Se dice que no contesta al teléfono y que no se ha presentado en algunas ciudades donde tenía pactada la promoción de su libro. Se especula con la depresión y el secuestro. Con la desaparición voluntaria y hasta con la muerte. Con la mano propia y con el brazo de Al Qaeda.

Alguien lo ha visto corriendo por Nueva York…

Para cualquiera de estas posibilidades —deseemos que al final haya sucedido la menos terrible— la novela deja pistas que adquieren dimensión testamentaria. Algo de legado sobre la irresoluble contradicción de esta cultura hecha a la escala de unos mapas que sobrepasan a los territorios. Y unas vidas hechas a la escala de esos territorios.