Entries from octubre 2011 ↓

Apocalipsis con agenda

Iván de la Nuez

Es algo que se le supone a las personas organizadas; pero hasta las más desastrosas, suelen tener una agenda. Incluso, aquellos que califican como ultramodernos o atacados por la papirofobia, no se resisten a la clásica agenda de papel, esa que comienza a hacer su “agosto”, cada año, precisamente por estas fechas. Hace ya mucho tiempo que las agendas dejaron de ser calendarios neutros. Cada vez más, los doce meses que despliegan ante nosotros acaban por acercarnos un futuro en el que intervenimos y al mismo tiempo nos intercepta. Un futuro que pasa de ser entidad abstracta a elemento cotidiano. Los deberes y las citas, los aniversarios y las reuniones, por el mero hecho de estar apuntados, empiezan a comportarse como momentos reales que, aún sin haber “sucedido”, ya están alojados de alguna manera en nuestra experiencia.

En lo relativo a esta costumbre de datar el porvenir, el año que viene será especial, pues se supone que ocurrirá la profecía maya, cuyo calendario se detiene en 2012, y tendrá lugar el fin del mundo. (Si miramos las perspectivas de la economía —ese otro tipo de profecía capaz de mellar al optimista más bravo— está claro que no hace falta ser maya para saber que lo pasaremos bastante mal.)

En cualquier caso, ya circulan dos agendas apocalípticas de 2012 que se proponen organizar a conciencia nuestros últimos días sobre la tierra: The Last Calendar, editada por Cabinet Book, proyecto editorial asentado en Brooklyn; y la Agenda del fin del mundo, de la editorial barcelonesa Blackie Books.

Ilustrada por Bigert & Bergström, The Last Calendar planifica “el breve tiempo que nos queda”, así que va al grano y pasa de cumpleaños o días feriados para adentrarnos en distintos métodos de adivinación sobre el fin de los días, al mismo tiempo que reclama nuestra atención a fechas cruciales en la historia de las profecías: desde catástrofes naturales hasta retornos mesiánicos, pasando por posibles avalanchas de cometas sobre nuestro planeta…

Por lo que respecta a la Agenda del fin del mundo, que ya tengo conmigo, si el título resulta elocuente, su abarcador contenido —aderezado con algún aliño ibérico y un punto freak— no nos defraudará. Es una agenda, desde luego. Pero también un kit de supervivencia capaz de aconsejarnos sobre los pertrechos imprescindibles en caso de que nos tocara la suerte relativa de sobrevivir a la hecatombe.

Con concepto y desarrollo de Jonathan Millán y Sirag Nabih, La agenda del fin del mundo funciona, sobre todo, como un relato y un repaso de las profecías apocalípticas, donde no falta, entre otros asuntos, una clasificación de los monstruos diversos que han acompañado tales previsiones. Este calendario llega a ofrecernos un hipotético fin del mundo para cada semana —lo mismo por “megatsunami” que por “combustión espontánea”, por “colisión de hadrones” o por una audición global, a lo Manson, de la canción Helter Skelter.

Hacia el pasado, nos refresca —a partir de 2800 a.C.— las alertas de asirios y romanos, turcos o franceses. O de apocalípticos tan notables que van desde el utópico Campanella hasta el matemático John Napier. Hacia el futuro, despliega una lista de profecías cinematográficas que han abordado años, siglos y milenios posteriores a 2012.

Ambas nos avisan de que no basta con vivir el fin del mundo; es preciso, además, organizarlo: “agendar” el apocalipsis para transitar por él a conciencia, con una planificación tan perfecta como inútil.

 

Marcador

La revista Panenka

Iván de la Nuez

Me entero, por la columna de Sergi Pàmies en La Vanguardia, de la existencia de la revista Panenka, cuyo subtítulo deja las cosas claras: El fútbol que se lee.

Pinchen sobre el link de la revista y se ahorrarán mi “interpretación”. Les dejo, eso sí, su Manifiesto. ¡Cuántos nos suscribiríamos a una revista cultural con esa onda!

Manifiesto de la revista Panenka

01.
A “Panenka” le gustan las historias de fútbol sin espacio en los medios mainstream: historias de seres humanos que ganan y pierden. Sobre todo, que pierden.
02.
“Panenka” quiere contar esas historias aunque sus protagonistas estén jugando en la liga turco-chipriota y no se depilen las cejas. De hecho, mejor si eran barbudos, jugaban en la Liga Soviética de 1977 y escuchaban vinilos de los Rolling clandestinamente.
03.
En “Panenka” nos apasiona la capacidad del fútbol para transportarnos a otros países y otras épocas. Sociedad, cultura y política botan al compás del balón.
04.
“Panenka” no colabora con la dictadura de la actualidad, la agenda manida y los temas obvios, repetidos y políticamente correctos.
05.
Sentimos una íntima y encendida pasión por el fútbol, pero dejaremos tranquilo al hincha que todos llevamos dentro a la hora de escribir. El periodismo de club, partido o empresa ya tiene su hueco en los kioscos. Pero no en ‘Panenka’.
06.
“Panenka” no se esfuerza en disimular los bostezos en las ruedas de prensa banales o ante cuestionarios respondidos con el piloto automático.
07.
“Panenka” no forma parte de ningún grupo mediático. No nació en un rascacielos después de que un grupo de ejecutivos detectara un “nicho de mercado”; es el fruto de las conversaciones de bar de algunos periodistas. Varios cientos de botellines de cerveza lo atestiguan.
08.
De hecho, en “Panenka” ni siquiera sabemos qué es un “nicho de mercado” pero suena fatal.
09.
Libertad absoluta: de firmas, de temas, de géneros periodísticos y de extensión. “Panenka” no entiende de limitaciones ni (auto) censuras.
10.
“Panenka” supone una modesta locura compartida por varias docenas de periodistas, escritores, ilustradores, fotógrafos e infografistas. También por algunos futbolistas y entrenadores. La locura de creer que el fútbol merece otro lenguaje y otra estética.
11.
“Panenka” es el póster que vigiló nuestra infancia desde la pared. El futbolista que queríamos ser en el patio. El gol que metíamos en sueños. “Panenka” es una utopía que nos devuelve al espejismo del fútbol puro.

Por las paredes

Iván de la Nuez

En los últimos días, desde situaciones y latitudes distintas, el graffiti ha acaparado noticias de todo tipo. Desde La Habana, por la detención, liberación y reaparición de El Sexto; un grafitero que generó incluso un movimiento de solidaridad en las redes cubanas. Desde Madrid, por la reciente publicación del libro de Mario Suárez Los nombres esenciales del arte urbano y del graffiti español (Lunwerg). Desde Londres, por el recrudecimiento de la guerra del Robbo Team contra Banksy (pared a pared, pintada sobre pintada). Desde Barcelona, por dos anuncios. Uno, el evento Open Walls, que este fin de semana ha reunido a Kognitif, Thomas Schmitt, Seleka o Marcus Willcocks. Otro, la preparación, para el próximo mes, de la retrospectiva del artista cubanoamericano Jorge Rodríguez Gerada.

El graffiti ha vuelto con fuerza. Y lo ha hecho tocando casi todas sus aristas y polémicas. Como incordio político o como campo de batalla. Como arte callejero en exclusiva (tal cual sostienen los “puristas”) o como discurso urbano que puede permitirse entrar en galerías, editoriales o museos. Como soporte de un debate legal sobre la apropiación de las ciudades por parte de los creadores o como “género” mutante; capaz de abrirse paso a través de internet sin perder por ello su dimensión urbana. Como arte colectivo o como gesta individual. Como sublimación extrema de la firma o como validación radical del anonimato.

Con antecedentes en el muralismo mexicano o el agitprop —y resonancias de la vanguardia rusa, el futurismo italiano o el cartelismo de la guerra civil española—, el graffiti arrastra, no obstante, una cierta lógica inversa a algunos de estos movimientos visuales. Si Diego Rivera, Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco se desplazaban de la firma a los muros —de la fama al espacio público—, los grafiteros más ilustres —desde Keith Haring o Jean-Michel-Basquiat hasta Banksy— han transitado del anonimato al “reconocimiento”; de la calle a la galería.

Y ya que he hablado de Cuba, posiblemente el primer grafitero, en un sentido más o menos moderno, de la isla haya sido Membrillo —”aquí estuvo Membrillo” era su estandarte y su eslogan en los años cincuenta—, sin olvidar los anónimos mensajes de intercambios sexuales en los baños públicos. Ya en los ochenta, Arte Calle le concedió una deriva punk y una connotación política de la que, en alguna medida, El Sexto puede considerarse heredero. (Su trabajo evoca también acciones puntuales del hoy olvidado Michel Fuentes o los citados Banksy y Rodríguez Gerada.)

El graffiti es, además, una conducta, más allá de donde acabe alojándose el resultado final de su propuesta. Así, Haring o Basquiat mantuvieron en sus vidas una turbulencia callejera que no menguó por más que hubieran sido admitidos, a regañadientes, en el main stream del arte. Los lienzos de Pedro Vizcaíno no abandonan ni la forma agresiva del tratamiento plástico ni los temas (“gangueros”, conflictos urbanos). Blu compagina con solvencia graffitis virtuales con acometidas en muros, paredes o aceras, sin debilitar en ningún caso su impacto en la modificación y puesta al día de la cultura urbana.

El graffiti nos conecta, en el hilo del tiempo, con la cultura rupestre y el hombre en la caverna. Un mundo remoto en el que el arte ni siquiera podía nombrarse así.

(*) En las imágenes: Jorge Rodríguez Gerada trabajando en dos de sus obras. La tercera es un mural del grupo Arte Calle en la Habana de finales de los ochenta.

Cultura y 15-M. Una encuesta

Iván de la Nuez

En su edición del pasado 19 de agosto, el diario Público dio a conocer un amplio reportaje sobre el impacto del 15-M en la cultura y en la futura política cultural española. El periodista Jesús Miguel Marcos lo acompañó con una encuesta en la que el filósofo Javier Gomá, el curator Rafael Doctor y este servidor respondíamos a las mismas preguntas. Estas tenían como punto de partida las propuestas elaboradas por la asamblea de cultura de Plaça de Catalunya. El reportaje salió publicado en la edición de papel, pero no en la digital, de modo que mucha gente no pudo verlo. Por sugerencia de algunos amigos, publico aquí mis respuestas de entonces.

1. ¿Qué valoración general haces de estas propuestas?

Mi valoración es muy positiva. La comisión demuestra conocimiento, saber hacer y una idea de lo público que va mas allá de lo meramente estatal. Me parecen propuestas bien pensadas, con argumentos sólidos, hechas por gente de largo recorrido en el ámbito cultural. Nada que ver con la imagen improvisada o desaprensiva que algunos han divulgado.

2. ¿Son reivindicaciones realizables, posibles?

Son reivindicaciones perfectamente realizables pero ahora mismo imposibles. La cultura era prácticamente el último reducto de la socialdemocracia y eso ha terminado. De hecho, el documento parece situarse en un horizonte en el que los recortes serían evitables pero la realidad es otra. Es sobre el desmantelamiento de lo público en el que se situará la cultura y no en la posibilidad de evitarlo. De manera que las instituciones públicas que continúen, tanto como las iniciativas privadas que se planteen lo público en un futuro inmediato, lo harán bajo un cierto hálito de resistencia a esta tendencia. También veremos aparecer un sistema cultural orgánico surgido de la privatización.

3. ¿Qué propuesta te parece especialmente necesaria o urgente y por qué?

Todas las que apunten a un estatuto jurídico: bien sea para derogar o para establecer leyes.

4. ¿En qué propuesta no estás de acuerdo?

Más que una propuesta concreta, me cruje una cierta atmósfera igualitaria. No todas las instituciones -sean privadas o públicas- son iguales. Como no todos los creadores son iguales. Afortunadamente, la cultura no es un western maniqueísta entre buenos y malos. Funciona también sobre la disensión, enfrentamientos muy arduos y vanidades extremas. Incluso en aquellos que pregonan las mejores causas. A veces sobre todo en ellos.

5. ¿Qué echas de menos en este documento?

Un énfasis mayor en la palabra talento.

 

(*) En la imagen: acciongrafika15m.blogspot.com

Weber o siesta

Iván de la Nuez

 

La reivindicación empezó por el director cinematográfico Jean-Luc Godard. Acto seguido, el artista Santiago Auserón recogió el guante e insistió sobre el tema. Más tarde, un artículo del filósofo Xavier Antich le dio otra vuelta de tuerca. Y, por si quedara alguna duda, Josep Massot abordó la cuestión en un largo reportaje publicado en La Vanguardia.

¿De qué estamos hablando?

Pues, de algo así como el mundo al revés. De la deuda que tiene Occidente, el presente, la civilización toda, con Grecia.

Estos recordatorios no sobran. Sobre todo en estos días, en los que ese país mediterráneo –la “cuna de la civilización occidental”- es tratado como un Estado paria, portador de la peste que hará crujir el modelo económico que compacta Europa, diana favorita de ese eje franco-alemán que se reedita cada cierto tiempo para imponer las normas.

Escuchando o leyendo al cineasta, el músico, el filósofo o el periodista, podemos imaginar algunas preguntas. ¿Cuantas “SGAE” harían falta para gestionar los derechos de autor que tendríamos que pagar a los griegos por haber inventado la lógica? ¿Cuántos conceptos –grandes y pequeños, trascendentales o cotidianos- manejamos diariamente gracias a ellos? ¿Quién debe más a quién?

De todo esto da cuenta el reportaje de Massot, que aborda, desde la Antigüedad, “lo que Europa debe a Atenas”. Empezando por el mismo término en disputa -“Economía”-, que hoy lo gobierna todo; y terminando por “Democracia”, que hoy parece difuminarse, el repertorio de deudas que tenemos con los griegos es casi infinito.

Antich, por ejemplo, se extiende sobre una frase cotidiana legada por Aristóteles: por lo tanto. “Usamos este término millones de veces cuando tomamos nuestras decisiones más importantes. ¿Es hora de que empecemos a pagar por ello? Cada vez que usemos la expresión por lo tanto pagaremos diez euros a Grecia, y así la crisis se acabará en un día y los griegos no tendrán que vender el Partenón a los alemanes”.

Es obvio que estos autores conocen con diversa profundidad la historia de la filosofía. Y sé que no les resulta ajena la alerta de Foucault sobre el peligro de remitir cualquier problema a la virtud luminosa de su origen en lugar de tratarlo “en el juego de su instancia”. No es la voz de Platón la que se deja escuchar en las políticas corruptas de Papandreu. Ni Aristóteles ilumina –no del todo- la codicia de su tocayo Onassis. Tampoco Goethe resplandece en Merkel ni Voltaire en Zarkozy.

Dicho esto, me parece que lo expuesto por unos y otros no está lejos de nuestra crítica actualidad, ni asentado exclusivamente en algún trono de la mitología.

Así, Santiago Auserón ha puesto sobre la mesa la desconexión palpable entre el norte y el sur, entre lo anglosajón y lo mediterráneo, entre la cultura del deber y la cultura del placer. Esas dos velocidades marcan el destino de una Europa que se construyó entre la posibilidad de una moneda única y la imposibilidad de una forma única de asumir la vida. La siesta y el espíritu protestante, lo pagano y lo sagrado, Weber y beber han sido, a la larga, elementos más difíciles de cotejar que la alianza de las civilizaciones. El “choque” estaba aquí mismo, en la propia Europa. En el mismo corazón de Occidente.

(*) En la imagen, interior del museo de Pérgamo, en Berlín.

Bienvenidos al club: una respuesta a Sami Nair

Iván de la Nuez

He leído, con perplejidad, el artículo de Sami Nair “Izquierda latinoamericana y revolución árabe”, donde el autor la emprende contra sus correligionarios del otro lado del Atlántico que han renegado de la primavera árabe. Una visión que le parece “desoladora”, además de considerar que está basada en “errores muy graves”.

Los argumentos latinoamericanos para negar esos movimientos populares van desde la negación de su carácter revolucionario hasta la crítica a su conducta violenta. Desde considerarlos proimperialistas, dada la presencia de la OTAN en algún caso, hasta definirlos como ingenuos.

El autor del artículo, además, no sólo se expresa en su nombre, sino que hace extensivo el disgusto a otros intelectuales de la izquierda europea, como Ignacio Ramonet, Santiago Alba Rico o Bernard Cassen.

Me gustaría recordarle al estimado Sami Nair, que lo que a él le parece nuevo –sean críticas “constructivas” o directamente calumnias-, no es otra cosa que el viejo repertorio que algunos de esos intelectuales europeos, ”asombrados” hoy, ha utilizado contra la izquierda latinoamericana que, en su momento, puso bajo sospecha a sus Gadafis tropicales.

“Gusanos”, “proimperialistas”, “agentes de la CIA” y, por supuesto, el despojo de cualquier pertenencia a la izquierda. Así habló una parte de esa izquierda europea que hoy ha recibido la misma medicina que en su día repartió a espuertas. ¡Bienvenidos al club!

(*) Publicado en El País, en la sección “Cartas al director”. La imagen es una pieza de Rogelio López Cuenca.

Venir del frío

Iván de la Nuez

Cada cierto tiempo, y de forma creciente, cualquier medio comunicación -papel, digital, oral- nos repite aquello de alguien que vino, o viene, del frío.

“Vienen del frío” escritores islandeses y artistas bálticos, un fotógrafo escandinavo y la novela negra sueca, cineastas finlandeses y poetas noruegos.

El arenque y el bacalao suelen tener, por allí, su punto de partida.

No descubro el agua ¡tibia! si recuerdo que la expresión tiene su origen –ignorado con frecuencia- en la novela de John Le Carré El espía que surgió del frío (1963, con versión cinematográfica de Martin Ritt dos años más tarde).

Tampoco descubro nada nuevo si apunto que ese espía del título no aludía, precisamente, a la temperatura o el estado del tiempo (por más que el protagonista se moviera en un clima invernal). Lo que certificaba Le Carré era un devenir desde otro “hielo”: el de la Guerra Fría. Con su mundo bipolar y su crisis de los misiles, su Muro de Berlín y su Comunismo, su OTAN y su Pacto de Varsovia. Un hielo que abarcaba tanto los climas invernales de la taigá como los calores caribeños (Cuba); sin olvidar la humedad de la selva indochina (Vietnam).

Hoy la expresión, como la misma Guerra Fría, ha perdido su sentido original y ha continuado por otros medios. Liberada de su carga simbólica, la metáfora geopolítica ha mutado en descripción meteorológica.

Las variaciones congas

Iván de la Nuez

Finalmente, Tintín en el Congo, se sentará ante los tribunales en Bruselas. Su demandante, el congolés Bienvenu Mbutu Mondondo, considera que el famoso cómic del dibujante belga Georges Remi (Hergé) es una apología del colonialismo y un insulto a los negros. En consecuencia, exige que se prohíba la distribución de esta obra o que circule únicamente si va acompañada de una nota de denuncia sobre la ignominia que arrastran sus páginas.

Con todo a punto para el estreno, también en Bélgica, del animado de Spielberg Las aventuras de Tintín, está claro que la demanda, más allá de las razones esgrimidas por la acusación, contará con una publicidad extraordinaria.

La película de Spielberg y el cómic de Hergé forman parte de las variaciones congas; que es como prefiero nombrar a la constelación de obras y obsesiones occidentales que, desde los tiempos coloniales, han girado en torno al Congo.

En las variaciones congas gravitan El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y Apocalipsis Now, de Francis Ford Coppola (en realidad una versión de la anterior). El Diario del Congo, del Che Guevara, y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. El llevado y traído Tintín y una exposición multimedia de Jorge Luis Marzo y Marc Roig. Un guión de Orson Welles y el tan incómodo como lúcido documental Enjoy Poverty, de Renzo Martins.

Esta constelación de obras, en algún caso también acciones, nos dicen, además, que el Congo es más que el Congo. Todo lo que concierne a esta plantación de las tinieblas, termina por desbordarla y se transforma en materia global. Un compendio de extremos que cruza colonialismo y negritud, independencia y guerra fría, guerrillas antimperialistas y dictaduras postcoloniales, tráfico de armas y niños soldados, sincretismos expandidos y compasiones equívocas. Flotando sobre todo eso, la atracción del hombre blanco hacia sus propios abismos (convenientemente disimulados, eso sí, bajo el interés por El Otro).

Desde el Congo, Conrad vislumbra el horror y Che Guevara admite el fracaso…

Pero regresemos, “río arriba”, al principio de este texto. ¿Es Tintín en el Congo racista? Sí. ¿Es colonialista? También. ¿Descalifica a los negros? Absolutamente. ¿Debe prohibirse su circulación? No.

Por esa lógica, deberíamos demoler los edificios de Gaudí (construidos con los beneficios de la trata de esclavos), o incluso prohibir el catolicismo o el castellano en América Latina. Puestos en la labor, de paso tendríamos que hundir el Caribe.

Ya lo dijo Walter Benjamin en una frase que no parece mejorable: “No hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”

En esa línea, más que prohibir, aquí lo importante es, sobre todo, recordar. Lo que no puede redimir una querella en el juzgado tal vez lo haga una interpelación en el discurso. Y eso, precisamente, es lo que han venido haciendo durante décadas algunos autores africanos desde el otro lado. Su obra constituye, en sí misma, ese prólogo redentor que pide el demandante Mbutu Mondondo. Ahí están los nombres de Chinua Achebe o Lomomba Emongo, Simon Njami o Donato Ndongo –Bidyogo. O publicaciones como la Revue Noir o la pionera Okiki

En defensa de Tintín se dice, con razón, que Hergé no hizo otra cosa que hablar con el lenguaje de su época. Estos autores africanos suelen hablar con el lenguaje de la nuestra.

Dylan

Iván de la Nuez

Esto del Nobel me importa poco. Pero, como cada año, me hago la idea de que se lo dan a Bob Dylan.

Modelo chino

Iván de la Nuez

 

El hombre más rico de China —Liang Wengen su nombre— ha ingresado en el Partido Comunista. Todo indica que es solo un primer paso para integrar el próximo año el Comité Central, que opera allí como un club exclusivo de 300 poderosos. El multimillonario en cuestión —un magnate de equipos para la construcción con fortuna valorada en 7.500 millones de euros— no ha hecho más que confirmar aquella consigna lanzada por Den Xiaoping: “enriquecerse es glorioso”.

Ya habíamos visto a Yao Ming, jugador de la NBA, convertido en Héroe del Trabajo. Y hemos sabido del furor con que los marchantes occidentales —del Mundo Libre, según una extendida y ridícula frase— se lanzaban a poner galerías en el país asiático, con un ritmo tan frenético como la multiplicación de sus ingresos.

Hemos visto asimismo a nuestros muy occidentales gobiernos —los líderes del Mundo Libre, no lo olvidemos— pasar de puntillas por las violaciones de derechos humanos en China, en un complicado malabar que busca sacar tajada económica sin herir la susceptibilidad política.

Si bien en China muchos comunistas han devenido millonarios, la prensa de estos días nos explicaba que el señor Wengen había recorrido el camino inverso: ahora, un potentado y convencido liberal, curtido por completo en el sector privado, optaba por convertirse en militante del partido.

Que un comunista quiera hacerse millonario es de lo más comprensible, pero que un millonario quiera convertirse en comunista es algo más extraño. Cierto es que ha habido casos en la historia; como el de esos aristócratas sacudidos por un ataque de filantropía o de culpa (acaso atormentados por el peso de una fortuna que consideran espuria).

Pero mucho me temo que, en el caso de este chino, lidiamos con un convencimiento algo más vulgar. Con la certeza inapelable de que el “sistema”, el “aparato” o la “nomenclatura” se han convertido en los templos idóneos para repartir y conseguir influencia y riqueza.

En la geopolítica de las últimas décadas, el mismo Boris Yeltsin pasó —en muy poco tiempo— de miembro del politburó a fervoroso defensor del FMI y de la terapia de choque en Rusia. (La presencia del antiguo KGB en las más altas instancias del capitalismo ruso es motivo de estudios y libros diversos).

En la escala cotidiana de nuestras miserias menores -nuestros minúsculos canallas-, cualquiera que haya vivido el Comunismo ha visto a los más altos intransigentes de antaño saltar la cerca y medrar con intransigencia similar en su nuevo mundo, blandiendo ideas totalmente contrarias a las que habían defendido un año, un mes, una semana, un día antes…

Cualquiera que haya vivido el Comunismo habrá tenido que esquivar o soportar, en algún momento de su vida, la acusación de “diversionismo ideológico”. Se era “diversionista” —también se usaba “desviado” o “torcido” o “débil”— por ideas o actitudes que casi siempre iban aparejadas a algún tipo de perversión capitalista: consumismo, avidez por lo superfluo, lecturas peligrosas, imitación de las formas de consumo del enemigo…

En esta nueva mezcla de represión con mercado —que sitúa a la democracia en “otra parte”, generalmente lejos— pronto veremos un nuevo tipo de “desviación ideológica”. Muchos serán expulsados del partido comunista por la falta -gravísima- de criticar a los ricos o -más grave todavía- de atreverse a defender a los trabajadores.

(*) En la imagen: Marble Arm, de Ai Wei Wei.