El espectáculo de la democracia (reloaded)

Iván de la Nuez

 

En España acaba de comenzar la campaña electoral, así que conviene abrocharse los cinturones. Nunca está de más cualquier precaución ante unas promesas hechas desde el exceso de velocidad y con muy altas probabilidades de estrellarse al mínimo roce con la realidad. Dado el caso de que estas elecciones no tienen posibilidades objetivas de sorpresa, los políticos podrían hacer un gesto solidario y suspender los fastos opulentos de la contienda.

Una web, un programa, y a votar (o no votar). ¿A qué más?

Si la guerra era, en los tiempos de Clausewitz, la continuación de la política por otros medios, las campañas de hoy demuestran que la política es, en sí misma, el medio. Un canal adecuado para alcanzar todo lo demás: desde una posición económica hasta una estrategia artística.

Las campañas electorales representan una fábula que infantiliza la vida ciudadana, escrita con la más obvia de las prosas, y en la que no faltan ni el suspense intermedio ni la moraleja final.

Esta semana, en el suplemento Culturas, de La Vanguardia, Jorge Carrión diseccionaba, a propósito de este asunto, el modo en que el cine, la televisión o los cómics se aproximan “al gran fenómeno político de los sistemas democráticos”: las elecciones. Estirándose en el tiempo, desde Afrodita hasta Obama, Carrión recorre novelas de Norman Mailer o Gore Vidal, series televisivas como El ala oeste de la Casa Blanca o Shields, héroes de ficción que van desde Superman o Lex Luthor hasta el Capitán America o Thor. Tampoco olvida, en su abarcador reportaje, las performances electorales de personajes ajenos a la política que, sin embargo, se han presentado alguna vez a las contiendas desde unas candidaturas, digámoslo así, extravagantes, caso de Macedonio Fernández o Superbarrio. La clave española pasa por Miguel Delibes o Eduardo Mendoza, sin olvidar esa infinita serie televisiva que responde al título de Cuéntame.

Todo esto me ha hecho recordar, una vez más, el proyecto Spots electorales: El espectáculo de la democracia, que realizaron Fito Rodríguez y Jorge Luis Marzo en 2008. Un programa que era al mismo tiempo exposición, libro y recopilación de unas trescientas campañas políticas de televisión, realizadas en casi todo el mundo a partir de 1989. Asumidos por ambos como una especie de género de las artes visuales o un capítulo del media art, Rodríguez y Marzo sugieren que los spots son, para la democracia, lo mismo que la pintura del realismo socialista para el comunismo soviético o las películas de Leni Riefenstahl para el fascismo: una estrategia visual (y acrítica) para ensalzar la política (y los políticos).

Esto, desde luego, no quiere decir que un spot sea incapaz de alojar una crítica, lo que nunca aloja es una autocrítica. Todo su artillería se dirige a los adversarios, solazándose en el viejo consuelo de Sartre según el cual “el infierno son los otros”.

Si Marx dijo: “sigue la mercancía”, para entender el capitalismo, hoy es factible la siguiente receta: “sigue el spot“, para comprender la franja pueril de la política. Si un spot comercial miente de antemano porque su producto, cualquiera que sea (desde una lata de ketchup hasta un Mercedes), se construye desde una mentira económica, un spot electoral miente de antemano porque el suyo se construye desde una falsedad política. Todo lo máximo que llega a construir es un cierto tipo de realidad hipotética. Pero las realidades casi siempre hacen perder las elecciones, del mismo modo que la verdad casi nunca consigue ganarlas.

Marcador