La colección imaginaria

Iván de la Nuez

Mi colección de arte imaginado sigue creciendo. Y cuando hablo de arte me refiero a todo el sistema: atesoro obras y museos, artistas y curators, coleccionistas y críticos, que navegan por novelas y relatos de ficción que he seguido, reseñado y acumulado en los últimos quince años.

Hace poco comentábamos, por aquí, sobre Houellebecq y su reciente criatura Jed Martin. Pronto compartiremos a Michael Cunningham (Cuando cae la noche), Roberto Calasso (La Folie Baudelaire) o Steve Martin (An Object of Beauty), quienes amplían ese mundo con tramas cada vez más reales que las verdaderas. Y si no, al menos mucho más ricas que los recortes, los informes del sector, las miserias de las galerías o las fantasías políticas up to date sobre un ente privado que nos salvará de todas las desgracias públicas.

Esta última ilusión, perdóneseme la digresión, en el país y ciudad que yo vivo es infinitamente más irreal que el Baudelaire de Calasso que se cita con su madre en el museo del Louvre, o que la marchante Lacey Yeager, de Steve Martin, en sus aventuras neoyorquinas de las subastas, el boom de Chelsea, los atentados, la invasión asiática o los efectos de la crisis en el mercado del arte.

Recomendadas hoy, serán reseñadas en breve; siempre desde la estela de este arte que, cada día, da menos que hablar… pero mucho que escribir.

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