Picasso: supervivencias y superventas

Iván de la Nuez

En 1973, Octavio Paz reunió en Apariencia desnuda dos estudios sobre Marcel Duchamp. Entre las aristas abordadas en el libro, Paz no esquivó la comparación de Duchamp con Picasso, a los que consideraba como los dos artistas más importantes del siglo XX.

Uno por su exceso de obra; el otro, por su escasez de obras (que era obra en sí misma).

Con esta afirmación, el poeta mexicano abrió una vía inédita de interpretación y, al mismo tiempo, estableció un tabú. Desde entonces, resultaría complicado sortear la repetición de ese dilema. La dicotomía entre Marcel Duchamp, el artista recogido, y Pablo Ruiz Picasso, el artista exuberante: el abducido por el ajedrez y el fanático de los toros, el reflexivo y el instintivo, el martirizado por sus amores y el que martirizaba a los suyos.

Todavía hoy, ya metidos en el siglo XXI, persisten esas querellas acérrimas entre picassianos y duchampianos…

Por suerte, a este asunto le han salido puntos de resistencia. Cualquiera que visite el emplazamiento del Guernica en el Museo Reina Sofía de Madrid, descubrirá una consistente puesta en duda del Picasso fetichista o el genio por encima del mundo; percibido ahora dentro de un sistema de relaciones que explican la Guerra Civil. Y cualquiera que se acerque, en la próxima primavera, al Museo Picasso de Barcelona, podrá ensanchar su punto de vista en este sentido. En la que ha sido  anunciada como  exposición estrella del 2012, ese museo emplazará Economía: Picasso, un proyecto de Valentín Roma y Pedro G. Romero en el que nos confrontaremos, incluso, con un Picasso que dialogará con Duchamp para quebrar, tal vez de una vez y por todas, la frontera establecida en Apariencia desnuda.

Esta recuperación no está en el espíritu de Ciudad Picasso, la recién inaugurada exposición de Rogelio López Cuenca en la galería Juana de Aizpuru de Madrid. Nacido en 1959, y también malagueño (como el propio Picasso, Antonio Banderas o Chiquito de la Calzada), López Cuenca se centra en el intercambio entre Picasso y su ciudad natal. Según su propia intención, la exposición (que forma parte de un proyecto mayor con el título de Surviving Picasso) consiste en un ensayo visual acerca de un artista convertido en firma, y una firma convertida en marca (acaso la más rentable en la historia de la cultura moderna).

En esa cuerda, López Cuenca mete el dedo en la llaga de lo que él describe como la «malagueñización de Picasso y a la picassización de Málaga».

Asumiendo la omnipresencia de la marca, y la estética (de diseño o popular, de tienda de museo o de tenderete turístico, de casa de moda o de kiosco) surgida de esta, Rogelio López Cuenca lleva al paroxismo la idea de Octavio Paz sobre el artista de la desmesura: en Picasso hay exceso de obra y de fama, vida y dinero, mujeres y millones. Pero también de todos los artilugios imaginables que le han sobrevivido: tazas y camisetas, vestidos y coches, peluches y hasta esa firma líquida reconocible en cualquier rincón del mundo.

Si Dalí o Warhol no consideraban como un inconveniente el hecho de ser copiados (siempre y cuando ellos pudieran beneficiarse del esfuerzo de los otros por hacer obras que «pasaran» como suyas), a Picasso le ocurre algo diferente: ya no se trata de la copia de su estilo, sino de la copia de su persona.

Aunque concibió imágenes devenidas en iconos —Guernica—, Picasso protagoniza asimismo el viaje al revés: el de un icono devenido en imagen. Su vida exorbitante, la hiperproductividad, su obsesión por engendrar, su financiación del Partido Comunista, su relación con el dinero, su «hispanidad»…, todo eso hizo de Picasso un adjetivo: hay danza, toreo, música y, por supuesto, rostros «picassianos».

Sus imágenes suelen partir de la excepcionalidad —el enfrentamiento del hombre a una bestia, un bombardeo fascista, una mujer extraordinaria—, pero pasan más tarde por un enjuague popular que consigue fijarlas, dentro del imaginario colectivo, en una condición «familiar».

Según Ciudad Picasso, tratamos, además, con un ingente valor de la especulación inmobiliaria. Una más entre las mil posibilidades que, sin haber sido generadas por Picasso (bueno, no del todo), siempre acaban remitiéndonos a él.

 

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