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Impactos del 2011

Iván de la Nuez

El sitio digital Diario de Cuba me invita a una encuesta sobre lo que me ha parecido más relevante en la cultura durante el año 2011. Comparto con los lectores del blog mi respuesta. Más que listas, que no me gustan, prefiero mencionar algunos síntomas culturales que me han impactado últimamente. En particular, tres revivals que pueden dar una idea de lo que está buscando, para bien y para mal, un mundo que aparece agotado en sí mismo. Me refiero a la actualización de la revuelta (primavera árabe, 15-M, Occupy Wall Street); a la fascinación por la cultura bajo el comunismo, en general, y rusa en particular; y, por último, a la entronización del maximalismo como norte cultural y político de un retorno conservador.

En cualquier caso, no he salido indemne del choque con libros como Leviatán o la ballena, de Philip Hoare; las reediciones de Bertrand Russell; o Canción de tumba, de Julián Herbert. Tampoco de la imagen de la Tierra captada, gracias al satélite Goce, por la Agencia Europea del Espacio, al terremoto de Fukushima o al posible nacimiento de una isla en las Canarias.

Marcador

Nuestro hombre en Pyongyang

Iván de la Nuez

A través de la historia, los dictadores se han regalado todo tipo de caprichos. Lo mismo nombrar heredera del poder a una amante que cónsul a un caballo. De la orgía a la mesa, los tiranos han incorporado, en sí mismos, un compendio casi siempre extravagante de los pecados capitales decretados por la Iglesia (aunque a muchos sátrapas no le ha faltado el aval de cardenales y obispos).

Más insólito, si cabe, es que un dictador tuviera, entre sus antojos, ejercer como crítico de cine. Este fue el caso de Kim Jong Il, quien dio rienda suelta a esta pasión con resultados muy curiosos. Tiro de recuerdo y me veo hace más de veinte años —la fecha baila en mi memoria— en la Biblioteca Nacional José Martí, en Cuba, visitando una exposición de libros coreanos (coreanos del Norte). Eran ediciones de lujo, dedicadas a alabar la idea Juche o a glosar las virtudes incomparables de Kim Il Sung, también conocido como el Gran Líder. Según aquellos libros, que los cubanos hojeaban entre el estupor y la carcajada, en este mundo hostil había un paraíso y su capital se encontraba en Pyongyang.

En algunos de aquellos volúmenes comenzaba a descollar la figura del recientemente fallecido Kim Jong Il, hijo del también llamado Presidente Eterno. Y lo hacía como experto en cine. Debo decir que el Amado Crítico no se conformaba con ofrecernos sus conocimientos sobre el Séptimo Arte. Además de su función hermenéutica, acometía —como bonus track, digamos— un abanico de recomendaciones dedicadas a las distintas facetas del proceso cinematográfico. Para directores y guionistas, actores y editores. Para las niñas y las señoras. Su asesoría se desplazaba, con una convicción pasmosa, de la pose al encuadre, del libreto a la edición, de la cámara al protagonista. Kim Jong Il poseía la fórmula de un cine tan perfecto como el paraíso del cual nos daban noticia aquellos libros tan caros como absurdos.

Resulta, sin embargo, que el Amado Crítico era un hipócrita; un avezado consumidor de porno, películas de acción y de todo lo que El Enemigo, cinematográficamente hablando, dispusiera para que él (y sólo él) gozara sin remordimiento en medio del régimen más cerrado de la Guerra Fría.

Si el militarismo y la guerra representan la más evidente relación de Corea del Norte con Occidente, esas jornadas cinematográficas de Kim Jong Il constituyen —coñac aparte— una secreta vía de conexión entre ambos mundos. De manera que, en una futura historia sobre el deshielo de ese extremo régimen (si es que esto se produce alguna vez), Clint Eastwood o Rocco Siffredi ocuparán su lugar junto a la OTAN, la ONU, la UE y todas estas siglas encargadas de simular el regimiento del mundo.

Pero no han sido éstas las únicas conexiones. Si indagamos con algún cuidado, encontraremos una relación inversa, si bien muy esporádica, de Occidente hacia allí. En ese vínculo hay algo “cinematográfico”. Y es que son varios los artistas occidentales que no han podido sustraerse a la inmersión en un país que se comporta como un decorado gigantesco —con hospitales y fábricas montadas para el visitante—, sus dirigentes como actores  —pasados de histrionismo, todo sea dicho—, y sus súbditos como figurantes.

Ahí están los casos de fotógrafos como Andreas Gursky o Charlie Crane. O el documental concebido por Vice TV, en la línea de reportajes extremos a los que nos tienen acostumbrados tanto su revista como la cadena televisiva.

Más allá de la curiosidad morbosa que despierta una sociedad uniforme y escondida del mundo cuya documentación se presenta como un reto en sí misma, esta aproximación occidental a Corea del Norte obedece a otras claves. Ese país funciona, in extremis, como un laboratorio de la Guerra Fría y la amenaza nuclear, la Reunificación y el militarismo, el Apocalipsis y la Utopía.

Es el “corte geológico”, sin anestesia, de un pasado y presente que comparten, a su manera, alemanes y chinos, vietnamitas o cubanos.

Puede que algún día se filme, por allí, algo así como Nuestro hombre en Pyongyang. Acto seguido, los medios de Occidente (previa distribución de la película en nuestras cómodas salas adaptadas a 3D) darán por comenzada la transición norcoreana.

(*) La fotografía es de Andreas Gursky

 

Hitchens o la literatura del ensayo

Iván de la Nuez

Cristopher Hitchens, como no podía ser de otro modo, ha dado lugar, desde ayer, a muy inteligentes despedidas. Proeza extraordinaria de este autor: su agudeza no sólo le ha servido en vida, sino también “en muerte”. Para empezar: le ha salvado de que sus supervivientes tengamos que soportar una cascada de necrológicas ñoñas.

En esa línea, no me resisto a recomendar el artículo de Javier Rodríguez Marcos en El País: “Literatura de verdad”. Una necesaria llamada de atención sobre la literatura –La Literatura- del polemista fallecido.

Como si Montaigne o Marx, Foucault o Canetti, Davenport o Huxley, Weinberger o Ferlosio no hubieran estado a la altura de los novelistas de sus tiempos.

O como si no fuera constatable que, incluso, se les adelantaron. Tal es el caso de Octavio Paz o Fernando Ortiz –anteriores al boom latinoamericano, aunque no precursores (sus caminos se abrieron hacia otra perspectiva)-, cuyas escrituras contradicen la cacareada afirmación de que ese movimiento cambió “la literatura” en castellano. (Lo que cambió fue la novela).

Ya volveremos sobre este tema, siempre recurrente en este blog. Pero ahora es mejor leer este artículo que es, también, un acto de justicia. Con Hitchens y con el ensayo. Es decir: con la literatura.

El rehielo

Iván de la Nuez

Probablemente, no sea frente al pelotón de fusilamiento. Pero, muchos años después, algún niño de la Barcelona actual recordará el día que sus padres le llevaron a conocer el hielo. Y esa memoria se le presentará como un flash-back de la pista para patinar (o ver patinar) recién instalada en plena Plaza de Catalunya.

Bargelona. Así se llama este proyecto, que incorpora la palabra gel, “hielo” en catalán, en el nombre de la ciudad. Otra pirueta lingüística para incrementar la simpatía de lo que se conoce como “marca Barcelona”.

Si el deshielo aludió, en su momento, a una política de distensión para rebajar la bipolaridad de la guerra fría, ahora parece que entramos en una etapa de recongelación. En este tiempo maximalista que reniega de toda ambigüedad, cualquier flojera. Así que, ante unas políticas socialdemócratas calificadas de tibias, se levanta la política frapé de los conservadores.

Otro dato simbólico: la pista en cuestión se ha encaramado en el mismo sitio de las protestas recientes de indignados y el 15-M. Ahí se erigen, pues, los valores de la familia frente a los de la comuna, el ocio como contrapunto de la crítica, el pago sobre lo gratuito, la asepsia frente a la suciedad, la élite mejor que el tumulto…

El mundo feliz, en fin, frente al mundo irritado.

En el diario Público, la periodista Lucía Lijtmaer lo ha visto de este modo: “En el caso de Bargelona, que es como se ha bautizado a la mayor pista de hielo del sur de Europa, dice ser una celebración navideña a la anglosajona, con la carambola de fomentar el comercio, despolitizar la plaza y ocuparla, a su vez”.

Y mientras esto ocurre en Barcelona, al otro lado del Atlántico la revista Time -en dirección contraria a esta política gélida- acaba de elegir a los participantes en la protesta como “personaje del año” 2011 para su portada.  (Si el elegido hubiera sido un icono barcelonés como Leo Messi -que aparecía entre los candidatos para la cubierta de Time– en lugar de The protesters, las peticiones de hielo tal vez se hubieran multiplicado exponencialmente desde este lado.)

De cualquier manera, no sé qué puede ser más nocivo para los jóvenes de la contestación. Si la “licuación” del sujeto de la revuelta que nos propone Time –con hermoso retrato robot incorporado-, o la congelación del espacio público de la protesta que nos ofrece esta pista de hielo. Bien sea por su ornamento, bien sea por su lapidación, hay un destino irónico en ambas opciones.

El riesgo de la estetización de los manifestantes ha radicado, históricamente, en el hecho constatable de que los movimientos sociales suelen acabar pareciéndose a la forma con la que se les representa. El riesgo de la congelación de la plaza pública estriba, por su parte, en el hecho de que las ciudades terminan pareciéndose a sus plazas.

Canción de tumba

Iván de la Nuez

Imaginemos a Spider, el personaje de Patrick McGrath; multiplicada su desgracia. A palo seco, sin locura, nada para cauterizar la circunstancia. A toda luz, el raciocinio entero.

Constatemos que aguanta, vive, cuenta. Al pie del cañón al pie del precipicio. Ni un solo instante de delirio. Multiplicamos por veinte y cien; por mil.

Entonces, podremos calcular Canción de tumba, de Julián Herbert. 

La cifra

Iván de la Nuez

El que se mueva no sale en el cuadro

Iván de la Nuez

“El que se mueva no sale en la foto”. Esta es una frase conocida de un líder del PSOE; el todavía incombustible Alfonso Guerra. Fue apenas un susurro, que dejó caer en medio de una instantánea colectiva del primer gobierno socialista de la democracia. Esa invocación a “no moverse” imponía la fijeza como un requisito para mantenerse en el poder. No era tiempo para disidencias o “críticas internas”, así que era preferible estarse quieto para permanecer; para estar en la pomada de las decisiones, quién sabe si también de la posteridad…

Y de cotos más mundanos, como altos cargos o ministerios.

Quizá esa frase no fue más que una broma a la que se ha dotado de un halo trascendente. El caso es que la recuerdo ahora, a la luz de un ejercicio curioso que ha tenido lugar en la cámara española, que esta semana ha celebrado el 33 aniversario de la Constitución (ratificada por referéndum popular el 6 de diciembre de 1978).

Resulta que, en medio de la era digital y en pleno apogeo de la fotografía, el Senado ha inaugurado, por fin, un encargo realizado en 2007 al artista Hernán Cortés Moreno para que pintara la “foto fija” de 34 personajes relevantes de la democracia española.

Cortés Moreno es gaditano, de 1953, y cultiva una pintura realista de reminiscencias clásicas con un propósito (o por lo menos un resultado) anacrónico. Capta personajes de este tiempo que parecen, eso sí, pintados en “otra época”. Ahí están, entre otros, sus retratos del filósofo Fernando Savater o del Rey Juan Carlos —la lista es larga.

La pieza de marras consiste en un políptico en el que aparecen desde Calvo Sotelo hasta Rodríguez Zapatero, pasando por Felipe González o José María Aznar. Y ante ella, queda claro que la frase de Guerra no tiene posibilidad de repetirse. Ahora, si acaso, alguno de estos honorables representantes se podrá permitir mascullar algo así como “el que se mueva no sale en el lienzo”.

La transición y la propia democracia española descansaron, a nivel visual, sobre una eclosión de lo fotográfico (es incontestable la explosión del fotoperiodismo después de la dictadura). Gracias a la fotografía, la democracia se vio, y se vivió, como una humanización de la imagen política: los cafés entre contrincantes, esos cigarros cómplices entre Adolfo Suárez y Felipe González, las dos cervezas de estos días entre Rajoy y Zapatero…

Todo ello ha actuado como contrapunto a la visualidad hierática del franquismo. Y, por eso mismo, no deja de llamar la atención la insistencia en la solemnidad de este tipo de pintura.

De una transición “fotográfica” hemos pasado a un periodo post-transicional que persevera en mirarse desde la grandeur, con evocación a lo napoleónico y al canon sacro del arte incluidos. El gran cuadro de los elegidos forma parte de esta época abocada al maximalismo, que clama por la vuelta al orden y a un mundo de certezas sin lugar para las ambigüedades. Una época, en fin, más conservadora. (El hecho de que haya sido encomendado bajo un mandato socialista resulta todavía más revelador sobre el signo de este tiempo.)

Se ha dicho, y con cierta razón, que el comunismo inventó el photoshop. Ahí están los ejemplos de ilustres “borrados” —León Trotsky o Carlos Franqui— para confirmarlo; perdidos ambos en un ejercicio de revelado algo puntilloso.

Con un cuadro de evocaciones neogóticas, las cosas, en cambio, perecen distintas. Así que Sus Señorías, una vez que ha sido presentada la pintura en sociedad, ya pueden moverse todo lo que quieran (y hasta saltar la cuerda, desmelenarse, bailar la conga). Ya están en el lienzo, que supone lo clásico y, sobre todo, lo imborrable.

O casi…

Por si las moscas, no deberían olvidar que el arte español siempre ha estado a tiempo, cuando ha sido imprescindible, de vestir a la maja desnuda.