Entries from enero 2012 ↓

Pentagonía de Megaupload

Iván de la Nuez

  1. Que Internet es una revolución, resulta evidente no sólo por los cambios que ha producido, sino por dos de los pilares que más embiste: la propiedad y la autoridad (o la autoría).
  2. Que, en buena medida, lo que conocemos como propiedad intelectual ha sido primero apropiación a lo largo de la historia de la cultura, es más que visible si miramos las obras de Shakespeare o Marx, Picasso y Duchamp, Nabokov o Borges.
  3. Que las (improvisadas) medidas actuales premian la propiedad y castigan la apropiación, es fácil de constatar en el anacronismo legislativo de la Ley Sinde, SOPA o PIPA, que sustentan a la desesperada actuaciones represivas como la del FBI.
  4. Que Megaupload es un monstruo de dos cabezas, es obvio si comparamos la lógica de sus usuarios –que apuestan mayoritariamente por la cultura compartida- y la lógica de sus propietarios –que apelan a estilos más burdos de enriquecimiento y celebridad.
  5. Que la manipulación de la masa anónima por parte de estos líderes o gurús sigue siendo el problema irresuelto de cualquier revolución (y el lastre más evidente que las asemeja al antiguo régimen), puede constatarse en los nuevos movimientos sociales, que tal vez por eso mismo han renegado de los líderes.
Marcador

Julián Herbert sin anestesia

Iván de la Nuez

“Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio”. Este frontispicio de Joseph Joubert puede aplicarse, también, a las palabras terribles. Antes de usarlas, conviene crearles un espacio adecuado que las proteja de esa extendida convicción que considera que las historias tremendas se “explican solas”.

Julián Herbert -el poeta y el narrador, el músico y el performer– siempre ha “gozado” de un relato extremo que compartir. Pero siempre ha encontrado un hueco –un agujero negro cuando ha hecho falta- en el que colocar, en su justa medida, un estilo narrativo a la altura del desarraigo o la violencia, de la intemperie o la vida tóxica que han atravesado sus obras. Esquivando, desde una escritura certera y honesta, la sobredosis de énfasis; cualquier tentación de mecerse sobre la tragedia.

En Canción de tumba, el autor mexicano alcanza su punto más alto en esa batalla por conquistar un lenguaje apropiado para lidiar con el precipicio. El libro aborda, sin paliativos, la historia de una madre prostituta y un hijo a la deriva. Se sumerge en el prostíbulo y en el hospital, moteles y desahucios; dibuja sueños fallidos. A nuestro narrador le impulsa la redención y al mismo tiempo le ronda el suicidio.

Es como si Spider, el personaje de Patrick McGrath, practicara su delirio en la franja de la cordura. O como si aquel malogrado suicida de Thomas Bernhard se viera obligado a sobrevivir en la zona caliente de latitudes más broncas. Sin anestesia de ninguna índole; nada a mano con que cauterizar su circunstancia.

Herbert avanza en la tiniebla, persiguiendo, acaso, una secreta salvación para su madre –“sólo hay una. Y me tocó”, reza el exergo de Armando J. Guerra que abre la novela- y para sí mismo.

Por momentos, la madre cree que, en las luces de Cuba que pueden verse desde Yucatán, hay un mundo sin prostitutas ni pobres en el que ella hubiera podido redimirse. Y allá va el hijo a comprobarlo. Sólo que esto, como la mayoría de las fantasías de una prostituta en estado terminal, no es más que un fuego fatuo. Otro más dentro del continuo up and down mental de una mujer atormentada en proceso de extinción. Este zig-zag, por otra parte, es la reproducción de una existencia oscilante. De una ciudad a otra, de un hombre a otro hombre, de una a otra miseria. Y como esas luces de Yucatán que prometían una utopía al alcance de una hora de avión, no son más que espejismos de vidas posibles.

Por el camino, el goteo persistente de una degradación física que, paradójicamente, desbroza el camino hacia una cierta reconstrucción sentimental. Y un racimo de asuntos irresueltos, ya crónicos en el trabajo literario de Herbert. El de los nombres, por ejemplo. Estos parecen esconderse o multiplicarse, chocar o eludirse, pero el autor no consigue, en ningún momento, fijarlos. Acaso porque la vida nómada que describe está llena, cómo no, de absurdos burocráticos y equívocos prosaicos.

Así que el autor termina abdicando de unificar los apelativos que le califican –el del pasaporte o el de la vida cotidiana, el que esgrimen las autoridades o el que pronuncia su hijo- y se lanza a conseguir, no una firma, sino una huella. Alguna marca no perecedera que le hable al mundo y al tiempo desde esta epopeya de bajo fondo donde la redención es la novela misma.

Como en Sin anestesia, la película de Andre Wajda, Canción de Tumba es, casi a pesar de las situaciones que relata, una historia acerca de la lealtad. Una pieza rotunda que condensa, si cabe, los libros y preocupaciones anteriores de Herbert (El nombre de esta casa, Cocaína). Y, la verdad, no se sabe que resulta más difícil: si apartarse de su lectura o reponerse de ella. Así de hipnótica y dura es esta novela protagonizada, y narrada, por un Sancho Panza del siglo XXI mexicano cuya misión consiste en testimoniar, y acompañar, el delirio hasta las últimas consecuencias.

(*) Publicado en Babelia, El País, 21 de enero, 2012. 

La cifra

Iván de la Nuez

(Esta va por David Carabén)

 

El futuro abandonado

Iván de la Nuez

 

Entre el futuro conquistado –según las utopías o el comunismo- y el futuro refutado -del punk a la posmodernidad-, estas imágenes de Joan Fontcuberta abren una “tercera vía”: la del futuro abandonado.

Esto es, al menos, lo primero que nos impacta de Pyramiden, un pueblo soviético empotrado en medio del ártico gracias a un programa de explotación económica entre Noruega y la Unión Soviética. Una grieta de la Guerra Fría en la isla de Svalbard que hizo posible este injerto comunista del que sus habitantes desertaron para dejar atrás el paisaje herrumbroso y un alfabeto extraño, la estética grandilocuente y los bustos de Lenin.

Los restos del comunismo han suscitado, en los últimos años, una fascinación en los creadores occidentales que ha terminado por convertirse en una especie de género artístico al que he llamado Eastern. Hoy el Comunismo opera al mismo tiempo como fantasía ideológica y como arqueología estética; aparece como un gigantesco parque temático de Occidente o como objeto de exhaustivos despliegues visuales. Desde los afiches laudatorios de Corea del Norte hasta el arte de la época leninista, hemos podido asistir a exposiciones como My Communism: Poster Exhibition (comisariada por Lux Xinghua) o Alexander Deineka (con curaduría de Manuel Fontán); a Dream Factory Comunism, al cuidado de Boris Groys, o La caballería roja. (Creación y poder en la Rusia soviética. 1917-1945), proyectada por Rosa Ferré.

Para los fotógrafos, el repertorio iconográfico que ofrece el antiguo Bloque Soviético ha resultado muy tentador. Las masas han seducido a Andreas Gursky o Charlie Crane, los archivos de la Stasi han intrigado a Dani y Geo Fuchs, las ruinas del Imperio Soviético han impulsado a Eric Lusito a emprender, cámara en mano, una travesía desde Moscú hasta Ulan Bator (y desde los refugios perdidos de la carrera nuclear hasta las estaciones desvencijadas de la carrera espacial).

Joan Fontcuberta ha sido, sin lugar a dudas, un pionero del Eastern. Todo empezó hace más de una década y, como no podía ser de otra manera, se trató de una ficción política y a la vez fotográfica. Conocedor de esa idea extendida que le adjudica al estalinismo la invención del photoshop, Fontcuberta colgó sobre nosotros a Ivan Istoichnikov, el astronauta soviético que alcanzó a vislumbrar, desde la estratosfera, lo que sucedía a ambos lados del Telón de Acero. (Es sabido que el programa Cuarto milenio llegó a creerse esta historia como verdadera y le dedicó una edición, dando lugar a un sonado ridículo televisivo).

Como el skylab desaparecido en el cosmos, leit motiv de Wim Wenders a la hora de filmar A Soul of a Man, ni Istoichnikov ni su nave regresaron jamás a la Tierra. Entre otras cosas, porque este sujeto pulverizado por la post-historia no tenía donde hacerlo, habida cuenta de que su punto de partida había dejado de existir como país, como ideología y, sobre todo, como refugio del porvenir.

Aunque por momentos puedan parecer propias de un estudio fílmico o un set de televisión, estas imágenes de Pyramiden no han necesitado las más mínima manipulación para mostrarnos, tal cual, a ese pueblo fantasma. Allí no ha sido la realidad la que ha superado a la ficción sino, precisamente, la irrealidad “verdadera” de estos vestigios, evocadores de una epopeya construida a escala sobrehumana.

Iván Istoichnikov -ese “pequeño Orfeo rescatado de la razón de Estado”- ya tiene un paisaje donde aterrizar. Sólo que nadie lo estará esperando.

(*) Publicado hoy en el número 500 del suplemento Culturas, de La Vanguardia (16 de enero de 2012) dedicado al futuro. La edición ha contado con el discurso fotográfico de Martin Parr y Joan Fontcuberta.

Guantánamo y sus inútiles metáforas (bis)

Iván de la Nuez

(En el 10º aniversario de la prisión de Guantánamo, tal como la conocemos hoy, refresco este artículo publicado en El País hace dos años (17 de enero de 2009), cuando Barack Obama hablaba de su cierre inminente).

 

Guantánamo se ha convertido en un género artístico. También. Un vertedero real y al mismo tiempo metafórico por el que se precipitan, en escasos kilómetros cuadrados, los vestigios del comunismo y una Base Naval de Estados Unidos con todas las reminiscencias neocoloniales. El terrorismo islamista y las torturas de la democracia liberal. El premio Nobel de Literatura (que lo aloja en el discurso de Harold Pinter) y El León de Oro del Festival de cine de Berlín (que premia Camino a Guantánamo, de Michael Winterbottom y Mat Whitecross). El arte radical de Banksy (que lo coloca en una parodia de Dysney World con su instalación Big Thunder Mountain Railroad) y hasta el thriller de espías (El afgano, de Frederick Forsyth, El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman). Una artista española -Alicia Framis- ha llegado a sugerir que la cárcel de Guantánamo sea convertida en un museo.

Crítica y frivolidad, literatura e imagen, anidan en esa alcantarilla de la globalización.

Paradojas -y complicidades- de la cultura contemporánea: Al otro lado del mundo, en Abu Dhabi, se trabaja a marchas forzadas para acercar la cultura de Occidente a los musulmanes. Con una franquicia del Louvre prevista para 2012 en la isla de Saadiyat, financiada por los árabes y diseñada por Jean Nouvel. El Emirato construirá allí mismo otros museos: Guggenheim, marítimo, nacional… Hacia Oriente se desplazarán, pues, Goya y Picasso; quién sabe si un Jeff Koons, un Hermann Nitsch, un Damien Hirst.

En Guantánamo no ocurrirá nada parecido. Hacia esa zona del Caribe no viajarán Avicenas o Averroes, tampoco los esplendores de la poesía sufí. Mucho menos los artistas actuales que, contra viento y marea, han construido lo que Catherine David ha fijado como “representaciones árabes contemporáneas”. No hay, por allí, agasajo alguno que amortigüe el encontronazo. Sólo terroristas, cómplices de terroristas o inocentes sospechosos de serlo; siempre el Corán…

Alrededor, no faltan prisiones cubanas para cubanos, presos políticos incluidos, si bien esta cifra acostumbra a desaparecer en las fórmulas del arte global, acorralado entre su intención crítica y la patética posibilidad de quedar como avanzadilla evangelizadora de otros intereses menos espirituales.

Buena parte de estos creadores lo ignora olímpicamente, pero a Guantánamo no le ha faltado pulsión global. Un astronauta guantanamero llegó a plantarse en la estratosfera durante los años de la Guerra Fría. Aunque quizá el punto más alto de su globalización -si esto es posible comparado con mirar la tierra desde el Cosmos- tiene que ver con la música, y con esa pieza que hoy se repite hasta en los campos de fútbol: la Guantanamera. Más allá de Cuba, la hizo famosa Pete Seeger -quien, de paso, se benefició durante un tiempo de su copyright (izquierda y colonialismo no siempre resultan antagónicos)-, y ha sido repetida por todo tipo de intérpretes y estilos musicales. Tito Puente y Los Lobos, José Feliciano y Julio Iglesias, Los Olimareños y Celia Cruz, Pérez Prado y Joan Baez, The Weavers y Yellowman, Nana Mouskouri y Wyclef Jean…

Resulta que mientras más se escribe, se filma, se instala o se pinta sobre Guantánamo, más inútiles resultan las metáforas para entender cualquier cosa. Para saber, por ejemplo, algo de su historia como villa colonial o provincia comunista. La palabra “Guantánamo”, hoy, no es más que el topónimo de una degradación: base militar neocolonial, centro de retención de haitianos, cubanos o kosovares (según el conflicto del momento), cárcel donde se practica la tortura fuera del estado de derecho. Décadas como albergue de distintas cuarentenas geopolíticas. Es curiosa, por otra parte, la contención conque ha sido tratado este asunto por parte del gobierno cubano, que no acostumbra a dejar pasar oportunidad para la diatriba con Estados Unidos. Tal vez no hay, aquí, misterio alguno. La presencia misma de la Base es un contrapeso idóneo para el régimen socialista, la parte maldita capaz de probar -a lo grande- que en democracia también se violan los derechos humanos.

Barack Obama ha anunciado su primera medida: cerrará la cárcel de Guantánamo. Sería todo un detalle que, de paso, echara el cerrojo al Eje del Mal, ese alistamiento bautizado por su predecesor que comprime -junto a las censuras locales- a los intelectuales más interesantes de esa reserva planetaria de países parias. Creadores que se resisten a compartir semejante bipolaridad y se niegan a jugar con las cartas marcadas. Obama tiene al alcance, todavía, una tercera iniciativa: cerrar la Base Naval y devolverla a Cuba. Este sería un comienzo notable para simplificar la ecuación de este multiorgasmo de la ignominia. Al contrario de algunas tiranías o movimientos terroristas, que suelen ser perdonados por el pasado -por alguna injusticia seminal-, la democracia sólo es juzgada, y condenada, por el presente. El precio que se paga por ella es alto o no es nada. Un presidente con orígenes africanos, una biografía transcultural, y entre cuyos nombres figura el de Hussein, tiene en sus manos adelantar ese momento de la “página en blanco”, el “grado cero” para reiniciar la historia. Cualquier figura efectiva capaz de imaginar la última -y ojalá que útil- metáfora en Guantánamo.

(*) En la imagen, Bay Prisoner, de Banksy

Las listas. (Refrescando un post de principios de año)

Iván de la Nuez

Ya empieza a amainar, pero llevamos varias semanas bajo una tormenta de listas. Dirimiendo los mejores libros y/o los más vendidos. Las mejores exposiciones y/o las más visitadas. Los premios de la lotería y los atletas del año (ojo, que aún no se ha votado el Balón de Oro). Esto sin olvidar las cifras del desempleo o las proporciones de las rebajas.

Vivimos sometidos a los listados (y los alistamientos). Hasta el punto de que resulta prácticamente imposible esquivar el imperativo de “listar” cualquier cosa o actividad del año que termina.

Cuando Robinson Crusoe se percató de que su estancia en la isla iba para largo, hizo una lista. Esa lista del naufrago -número uno (cómo no) en cualquier inventario que se respete en la materia- no documentaba enseres o deberes, sino la desgracia o la congratulación: lo que consideraba lamentable, dada su circunstancia, y lo que tenía que agradecer, a pesar de esta, a la Providencia. Desde entonces, los animales domésticos podemos ufanarnos de llevar dentro un Robinson cada vez que salimos al supermercado o la ferretería con nuestra hoja de ruta en el bolsillo.

Desde el código de Hammurabi, somos dados a configurar estos registros; da lo mismo que nos anime una empresa trascendente o un asunto baladí. El béisbol y el rock, tan amados por tantos, no se entienden del todo sin las listas.

La batalla entre listas electorales y listas negras definen, en buena medida, la gradación (o degradación) de la democracia. A los que han pasado por el ejército, el internado o la cárcel no le abandonan las pesadillas que reproducen, con distintas angustias, la fatídica hora del “pase de lista”.

En su ensayo ¿Qué es un autor?, Michel Foucault llegó a reivindicar las cuentas de lavandería de Nietzsche como “obra”. Y en el cuadro El número secreto de Velázquez, Salvador Dalí recreó La Meninas sustituyendo a los personajes por números. (Por cierto el 7, que aparece tres veces, representa, al mismo tiempo, a José Nieto, a Velázquez y al propio vestidor del lienzo). Una vitrina con 6.000 pastillas consiguió, en su momento, encaramar a Damien Hirst en la lista de artistas vivos más cotizados.

Las listas ordenan, en cualquier sentido de este verbo. Esto es: nos organizan y, asimismo, nos exigen cumplimiento.

Hay listas realmente curiosas; que van desde las señales de tráfico más extravagantes hasta las adicciones más increíbles. (Quien haya visto la serie Monk, podrá convenir que este maniático detective es, todo él, un compendio de fobias). A día de hoy, Facebook puede cumplimentar aquella obsesión de Roberto Carlos por tener un millón de amigos.

Es posible que algún crítico espere con euforia estas fechas para darse el gustazo de dictaminar. No es el caso del filósofo José Luis Pardo, que estalló recientemente en un artículo de El País, diario en el que lleva casi un cuarto de siglo valorando ensayos: “no hay cosa más tonta que una lista”. A Pardo le incomoda desde la cifra que suele solicitarse –“¿por qué siempre son diez?”-, hasta el contrasentido de ver a un crítico dedicado a semejante alineación: “lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza”. El artículo, quizá valga la pena mencionarlo, lleva por título Contra las listas.

Y, claro, estas también son fechas para aplicamos a las listas de buenos propósitos de cara al futuro que nos marca enero. Ahí entran gimnasios y dietas, eliminación de vicios y deudas, catálogos varios para en el buen obrar. Pero la vida es corta y la propensión al extravío es inmensa. Así que todo eso suele quedar en el escuálido guión de nuestros futuros “testamentos traicionados”.

(*) En la imagen, El número secreto de Velázquez, de Salvador Dalí.

Los críticos no sirven para nada

Iván de la Nuez

“Los críticos no sirven para nada”. La frase está en el titular de una entrevista con el cineasta David Fincher.

Hagamos la traslación de esta letanía a otros oficios. Digamos, por ejemplo, que “los taxistas no sirven para nada”. Ya veremos colapsado el buzón de “Cartas al director” de los diarios.

Imaginemos la frase aplicada a los médicos, los maestros, los basureros…¡los artistas! Revuelo seguro.

La frase, por cierto, se aplica mucho a los políticos: “no sirven para nada”. Pero estos, junto a los líderes de opinión, tienen tribuna diaria para defender el valor de la política o de su regeneración. (Y eso que cada vez más es oficio y no servicio, profesión y no dedicación).

Desplacemos ahora el foco y vayamos a las discapacidades. Supongamos que se dice lo mismo de cojos y ciegos, sordos o amnésicos.

O entremos en las identidades o razas: negros y asiáticos, latinos y judíos; pasados todos por el tamiz de inutilidad.

“Los críticos no sirven para nada”, dice este director de películas, dicho sea de paso, muy estimables y muy estimadas por la crítica inservible.

¿Y que dicen los críticos? Nada. O casi nada, “que no es lo mismo, pero es igual”. Esta profesión está tan acostumbrada a la ridiculización y el ninguneo que esta frase no sólo no la ofende, sino que le resulta imperceptible.

Encajar es lo suyo, lo que no es del todo una mala virtud, considerando que hablamos de un trabajo que mide la capacidad para encajar que tienen los otros.

Un cuento de Navidad

Iván de la Nuez


Nuestro hermano Alex celebró su mayoría de edad en la Navidad de 1984. En realidad, llevaba días celebrándola con sus amigos. (Tres, para ser exactos).

El día 31 apareció, perjudicado y espeso. Pero aún así cenó, hizo chistes, siguió bebiendo. (Balanceando la cruda que había acumulado en su peregrinación lisérgica).

Antes de las campanadas, practicó su deporte favorito: burlarse de todo lo que apareciera en la televisión española. No le fue difícil arremeter contra locutores y vestuarios, escenografías y bigotes. Con Miguel Bosé, Hombres G y Olé Olé  se aplicó con crueldad. Justo en el momento de las doce campanadas, Alex entró en coma; “un choque etílico”, nos dijo el médico.

Así que, a sus 18 años, se quedó definitivamente dormido.

No vio la democracia posterior ni la deriva trágica de sus amigos; dipsómanos precoces. Se ahorró atentados y guerras, el nacimiento de sus sobrinos y la muerte de los abuelos. Esquivó, en fin, eso que conocemos como “la vida”.

Técnicamente, sin embargo, no murió. Así que su cuerpo –“es extraño, pero sus órganos están perfectos”, insiste el médico no se sabe con qué intenciones, si es que alguna intención tiene- ha recibido durante estas tres décadas los cuidados de la fisioterapia.

Alex es, asimismo, el protagonista de un ritual todavía más siniestro que el de ser mantenido con “vida”. Cada Navidad, nuestra madre lo saca del hospital, lo viste y lo coloca en el mismo sofá para que “disfrute”, de cuerpo presente, una celebración de la que su mente se despidió para siempre hace mucho tiempo.

Ayer no hubo excepción para recibir el año 2012 (el último según profecías diversas). Con la televisión comandando la fiesta (para conservar la liturgia lo más parecido posible al día del apagón de Alex) y el terror manifiesto de algún miembro nuevo de la familia, obligado a compartir con un casi-muerto el jolgorio. Con la preparación meticulosa de las doce uvas per capita (también las de Alex) y con los cantantes, presentadores y grupos que aparecían en la pantalla sometidos a escarnio.

Este año, como siempre, nadie en la familia ganó la lotería y la vida ha repartido algún que otro golpe en materia de muerte, enfermedad, merma económica. Pero nada de eso importó porque vivimos el Milagro.

Alex despertó. Tosió, lo primero. Miró la televisión, lo segundo. (En ese momento del 31 de diciembre de 2012, transmitían a Hombres G cantando al alimón con Miguel Bosé).

“¿Y a estos por qué los han maquillado de viejos?”, preguntó Alex. Acto seguido, intentó incorporarse, mascullando un “las uvas y salgo pitando”.

(*) En la imagen: Santa Claus, de Andy Warhol, 1981.