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Arte contemporáneo

Iván de la Nuez

Hay libros escritos para el futuro. Hay algunos que, incluso, se plantan en el porvenir como si hubieran sido dispuestos por un contemporáneo de ese tiempo venidero. Ya son más escasos aquellos que, una vez instalados en “la literatura que vendrá”, son capaces de abrir un camino y marcarle un rumbo a esa fecha ulterior.

Cincuenta años después de su aparición, Composición nº 1, de Marc Saporta, cumple con esos requisitos. Sin olvidar que, con sólo mirar la fecha de su primera publicación, podría sonrojar a más de un escritor de la actualidad. Por lo que concierne a los lectores, el impacto no resulta menor: cada uno puede llegar a asumir que está frente a un libro escrito, exclusivamente, para él.

Más que  una pieza sobre el azar, Composición nº 1 (recuperado ahora por la editorial Capitán Swing) se comporta como un objeto “azaroso”, un juego de naipes que cada cual puede barajar, cortar o repartir como prefiera. A partir de ahí, estaremos en condiciones de construir una historia que siempre funciona como primera experiencia de lectura y como la primera composición de todas las posibles. Desde sus páginas sin numerar, Saporta nos permite evocar, como afirma Miguel Ángel Ramos en el prólogo, a Cortázar o a Lezama Lima. Al I Ching y a Juego de cartas, de Max Aub. A Italo Calvino y a Julián Ríos. También se podría hablar del Tractatus de Witgenstein, otra obra que requiere de los medios habilitados por épocas posteriores para completar su “composición” ideal.

Un detalle sobre el prólogo. Lo que dice es muy recomendable. Su ubicación en el ensamblaje del libro es, sin embargo, muy cuestionable. Un libro sin principio ni fin no parece propicio al alojamiento de un prólogo. Al menos no en el mismo soporte de la caja de sorpresas que configura esta obra.

Hay más. A diferencia, pongamos, de Rayuela, Composición nº 1 no nos deja ningún mapa para orientarnos en el territorio. Ni un solo manual de instrucciones para armar el rompecabezas que su trama nos plantea. Y eso que, bajo la cadencia aleatoria de sus pequeños movimientos, persevera un relato, una línea invariable que atraviesa el caos. Bien en ese plano cinematográfico a través del cual, “a ambos lados del coche, desfila la calle” o en una adolescente que se acaricia y gime. En el túnel al final de una catástrofe y en una lágrima que se le escapa a Helga. En una boca a la espera de un beso, como salido de un poema de John Donne, y en unos policías que juegan en sus ratos libres. En un accidente que deja entrever el Big Bang de toda la constelación y en Dagmar, que consigue pintar su sombra.

Ese cuadro es este libro y se llama, precisamente, Composición nº 1. Y este libro, como el cuadro, certifica la “soberanía de la sombra”. También se comporta como un manifiesto contra la literatura como oficio y una apuesta -seguimos en la lógica del juego- a favor de su función como antídoto contra la rutina.

Saporta ha sido definido como un adelantado de la llamada literatura expandida y esto es cierto, dado que utilizó mecanismos de otras artes para que su escritura fluyera. Pero al mismo tiempo es verdad que no se regodeó en una jerga audiovisual para subrayar que había “pasado el puente”.

Y aquí se hace inevitable un comentario. La literatura expandida, tal como la hemos entendido en España, si bien ha provocado una remoción en su punto de partida, ha sido particularmente inocua en el puerto de llegada. (La contundencia crítica generada en Departures contrasta con la indiferencia en Arrivals). Una posible explicación puede estar en el hecho de que los escritores han llegado a un mundo que lleva décadas practicando una narrativa de alto calibre desde soportes audiovisuales. Y que para modificarlo no basta con un book trailer o un ejercicio performático de Spoken Word. La “expansión”, nos guste o no, tendrá que confrontarse, por ejemplo, con las dualidades de Bill Viola o las historias simultáneas dispuestas por Doug Aitken. Con el ejercicio de reconstrucción que se permite Stan Douglas en Inconsolable Memories y el acto de construcción que acomete Pedro G. Romero en Las correspondencias.

Esto por no hablar de que, salvo casos excepcionales, las formas de gratificación a estas obras se mantienen en el mundo editorial convencional, a través de premios, revistas, suplementos, donde se han legitimado toda la vida los escritores (expandidos o no). Conviene recordar, por otra parte, que ese ámbito hacia el que se propaga la literatura está sumergido en su propia crisis y no parece que un incremento audiovisual sea, precisamente, lo que pueda paliarla, sino una restitución de la palabra, hoy deficitaria en esos predios.

Es hora de volver a Saporta. Y a su Composición nº. 1, armada con los riesgos propios del juego, como es el caso de las deudas, las apuestas y las trampas. Y por esos momentos en los que al jugador –al lector-, se le permite recuperarse para que recaiga más tarde con mayor estrépito.

Este libro es además -pero eso lo sabremos demasiado tarde-, una emboscada; urdida para que, de cualquier manera, perdamos la partida. Como dice el autor, o su sombra, o un avatar de Composición nº 1: “Al fin y al cabo, siempre ganan los crupiers”. En este caso, un crupier llamado Marc Saporta.

(*) Publicado en Babelia, El País, 28 de abril, 2012.

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Orwell, tú puedes

Iván de la Nuez

Hollywood adaptará 1984, la novela que George Orwell publicó en 1949. No vamos a descubrir, a estas alturas, que se trata de una de las obras más corrosivas que se hayan escrito jamás contra un régimen totalitario. En principio, fue una parábola sobre el estalinismo, pero el tiempo y el mundo la han convertido en mucho más que eso. Así que 1984 no sólo ha sobrevivido a su creador –que murió de tuberculosis en 1950-, sino también al mismísimo Stalin (que se fue en 1954). Desde entonces, la influencia de este libro no ha menguado ni un ápice; hasta el punto de que hoy se deja leer, perfectamente, como una pieza contemporánea acerca de la vigilancia, el poder de las nuevas tecnologías sobre los individuos y el totalitarismo, siempre al acecho a la vuelta de la esquina. En 2012, 1984 es un salvavidas con manual de supervivencia incorporado.

Y ahí es donde aparece Hollywood con lo que será la cuarta adaptación de la novela. Anteriormente, 1984 había sido llevada a la pantalla por los directores Rudolf Cartier (1954), Michael Anderson (1956) y Michael Radford (1984), producción que contó con las actuaciones de John Hurt o Richard Burton y la música de Eurythmics.

Lo que asusta de la próxima versión es, primero, el tándem -producción de Brian Grazer; dirección de Ron Howard- y, segundo, su querencia literaria: últimamente habían adaptado El código Da Vinci y Ángeles y demonios, las dos novelas superventas de Dan Brown.

¿Será esta próxima versión de 1984 criptonita suficiente como para pulverizar la novela? Es el momento de empezar a apostar.

Imperio y Paella

Iván de la Nuez

Cuando los pueblos pierden su imperio, recuperan su alma. Esta idea (que cito de memoria) es de Gore Vidal y en ella la verdad está supeditada a la esperanza. Al consuelo de sacar algo positivo ante lo que el escritor asumía como el declive irreversible de Estados Unidos. (Al menos, de “sus” Estados Unidos). La frase, asimismo, estaba vinculada a su decisión de irse a vivir a Italia; al territorio de ese otro gran imperio que dominó medio mundo en los tiempos de César.

A diferencia de lo ventilado por Antoni Negri y Michael Hardt –para quienes la globalización emergía como la Era del Imperio-, Vidal, poco proclive al neo-leninismo pese a sus críticas a las políticas norteamericanas, parece entender nuestro tiempo como la Era del ex-Imperio. No comparto buena parte de los libros de Negri & Hardt, pero tampoco estoy muy seguro de que los imperios, una vez desplomados, se caractericen por la recuperación de su “alma”. Ni que las nostalgias por la ex colonias tenga algo que ver con el espíritu retornado a las ex-metrópolis.

¿Cómo se comporta un antiguo imperio?

El abanico de actitudes de los países que fueron imperios –británicos, franceses, japoneses- es, desde luego, variado. Y sus conductas culturales suelen bascular entre la la asimilación y el rechazo de los pueblos conquistados.

Lo que sí puede intuirse es que la construcción de los estereotipos y los clisés sobre los otros es una pauta importante de estos comportamientos. Quizá debido a la melancolía persistente por un mundo lejano que proporcionaba a la vez riqueza y poder, exotismo y servidumbre. Quizá porque el surgimiento del folclore, tal como lo conocemos hoy, no puede explicarse sin el romanticismo (en particular el alemán), pero tampoco sin la costumbre imperial de los dos últimos siglos de traducir los códigos culturales de los otros a un lenguaje “universal”.

He pensado todo esto al enfrentarme a la obra de Patricia Esquivias, una artista española que ha enfocado parte de su trabajo en el folclore “contemporáneo” de otro ex imperio, el español, a partir de la indagación en sus presupuestos turísticos. En las paellas y los toros, las playas y las islas, la sangría y los trajes.

¿Quién sería, hoy, el continuador de Felipe II, aquel monarca de un imperio donde no se ponía el sol? ¿Aznar, con su apuesta atlántica? ¿Zapatero, con la Alianza de las Civilizaciones? Ni uno ni otro. Para Esquivias, el gran continuador del imperio español no es otro que Julio Iglesias. Para empezar, Julio -hijo de otro Julio- es también “segundo”. Su nombre evoca a César y sus conquistas van de Filipinas a las Américas cubriendo una amplísima geografía. Como Felipe II, nuestro Julio de hoy también ha expandido su imperio hasta los lugares más recónditos (ha vendido millones de discos en distintos idiomas, incluido el chino). Como Ponce de León, Julio II parece haber encontrado en Florida la fuente de la eterna juventud y su mansión en Miami, según la “arquitectura comparada” de Patricia Esquivias, es una subliminal reproducción de El Escorial. Si Felipe II hacía apología del Oro, Julio hace publicidad del Sol (esa especie de oro celestial). No hay folclore sin conquista y Julio es, como indican sus proezas musicales y maritales, un Conquistador.

En fin, y como diria Clausewitz, Julio Iglesias es el máximo representante de “la continuación del Imperio por otros medios”. Un imperio basado, más que en la política, en el entertainment, el turismo, el estrellato de la música ligera y en los anales épicos del papel couché.