Imperio y Paella

Iván de la Nuez

Cuando los pueblos pierden su imperio, recuperan su alma. Esta idea (que cito de memoria) es de Gore Vidal y en ella la verdad está supeditada a la esperanza. Al consuelo de sacar algo positivo ante lo que el escritor asumía como el declive irreversible de Estados Unidos. (Al menos, de “sus” Estados Unidos). La frase, asimismo, estaba vinculada a su decisión de irse a vivir a Italia; al territorio de ese otro gran imperio que dominó medio mundo en los tiempos de César.

A diferencia de lo ventilado por Antoni Negri y Michael Hardt –para quienes la globalización emergía como la Era del Imperio-, Vidal, poco proclive al neo-leninismo pese a sus críticas a las políticas norteamericanas, parece entender nuestro tiempo como la Era del ex-Imperio. No comparto buena parte de los libros de Negri & Hardt, pero tampoco estoy muy seguro de que los imperios, una vez desplomados, se caractericen por la recuperación de su “alma”. Ni que las nostalgias por la ex colonias tenga algo que ver con el espíritu retornado a las ex-metrópolis.

¿Cómo se comporta un antiguo imperio?

El abanico de actitudes de los países que fueron imperios –británicos, franceses, japoneses- es, desde luego, variado. Y sus conductas culturales suelen bascular entre la la asimilación y el rechazo de los pueblos conquistados.

Lo que sí puede intuirse es que la construcción de los estereotipos y los clisés sobre los otros es una pauta importante de estos comportamientos. Quizá debido a la melancolía persistente por un mundo lejano que proporcionaba a la vez riqueza y poder, exotismo y servidumbre. Quizá porque el surgimiento del folclore, tal como lo conocemos hoy, no puede explicarse sin el romanticismo (en particular el alemán), pero tampoco sin la costumbre imperial de los dos últimos siglos de traducir los códigos culturales de los otros a un lenguaje “universal”.

He pensado todo esto al enfrentarme a la obra de Patricia Esquivias, una artista española que ha enfocado parte de su trabajo en el folclore “contemporáneo” de otro ex imperio, el español, a partir de la indagación en sus presupuestos turísticos. En las paellas y los toros, las playas y las islas, la sangría y los trajes.

¿Quién sería, hoy, el continuador de Felipe II, aquel monarca de un imperio donde no se ponía el sol? ¿Aznar, con su apuesta atlántica? ¿Zapatero, con la Alianza de las Civilizaciones? Ni uno ni otro. Para Esquivias, el gran continuador del imperio español no es otro que Julio Iglesias. Para empezar, Julio -hijo de otro Julio- es también “segundo”. Su nombre evoca a César y sus conquistas van de Filipinas a las Américas cubriendo una amplísima geografía. Como Felipe II, nuestro Julio de hoy también ha expandido su imperio hasta los lugares más recónditos (ha vendido millones de discos en distintos idiomas, incluido el chino). Como Ponce de León, Julio II parece haber encontrado en Florida la fuente de la eterna juventud y su mansión en Miami, según la “arquitectura comparada” de Patricia Esquivias, es una subliminal reproducción de El Escorial. Si Felipe II hacía apología del Oro, Julio hace publicidad del Sol (esa especie de oro celestial). No hay folclore sin conquista y Julio es, como indican sus proezas musicales y maritales, un Conquistador.

En fin, y como diria Clausewitz, Julio Iglesias es el máximo representante de “la continuación del Imperio por otros medios”. Un imperio basado, más que en la política, en el entertainment, el turismo, el estrellato de la música ligera y en los anales épicos del papel couché.

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