Entries from junio 2012 ↓

MarxterCard

Iván de la Nuez

Los grandes hechos aparecen, “como si dijéramos”, dos veces en la historia; “una vez como tragedia y la otra como farsa”. Esta es la rotunda afirmación con la que Marx -enmendando la plana a Hegel desde ese amor-odio que siempre le profirió- abre fuego en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Después de “la tragedia” y “la farsa”, acaso podríamos añadir una tercera posibilidad: el momento en que los grandes acontecimientos suceden como “estética”. Bajo esa circunstancia que Lyotard describió como una “moralidad postmoderna” y en la que podemos contemplar nuestras peores catástrofes en un museo.

Esto último es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Guantánamo o con la Guerra Civil, temas convertidos en géneros artísticos o novelescos de obligada “revisión” por parte de autores de todo linaje. Y es también el caso del Comunismo –abordado desde distintas esquinas en este propio blog-, con un revival certificado, en los últimos años, por más de una decena de exposiciones, el enquistamiento de la Ostalgia (la nostalgia por el Este), o la fascinación de ese mundo sobre fotógrafos, novelistas y cineastas occidentales (con Hollywood a la cabeza).

La tragedia, la farsa, la estética…

Quizá haya campo, todavía, para una cuarta opción. Aquella en que esos grandes hechos retornan como negocio.

Esta es la que parece probar el banco Sparkasse, de Chemnitz -llamada Karl-Marx-Stadt lo que duró la RDA-, entidad que ha lanzado una tarjeta de crédito MasterCard con el rostro del fundador del socialismo. No está de más agregar que lo hace gracias a una votación online donde Marx ha resultado el “claro vencedor”.

Una leyenda española habla de un editor que, en tiempos de Franco, sugería que a los comunistas no había que matarlos, sino comprarlos. Marx ya está muerto y no puede ser comprado, pero sí puede ser convertido en fetiche. ¡Un “valor de cambio”!, diría de sí mismo. Con su cara barbada concediendo legitimidad al capital financiero.

Como un fantasma que, igual que el Comunismo anunciado en el Manifiesto, recorre de nuevo el mundo… Esta vez, eso sí, en un bolsillo cualquiera, un trozo de plástico dentro de la billetera.

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Rescatar y titular

Iván de la Nuez

El País: “Rescate a España”

El Mundo: “Rescate a la banca de hasta 100.000 millones sin condiciones al gobierno”

La Vanguardia: “España pide a Europa que rescate a su sistema financiero”

Público: “Rescate bancario”

ABC: “Rescate financiero”

La Razón: “Hemos pedido apoyo financiero para los bancos, no un rescate”

Libertad Digital: De Guindos niega que sea un recate: ‘Es un apoyo financiero'”

El Huffington Post: “Rescatados”

El Periódico de Catalunya: “Rescate a la española”

BBC (en español): “España pide un rescate, pero no aceptará exigencias macroeconómicas”

The New York Times: “Spain to Seek Europe’s Help in Rescuing Ailing Banks”

The Washington Post: Spain to seek bailout of banks from  euro zone”

(*) Estos titulares aparecieron justo después de la comparecencia del ministro de Economía, Luis de Guindos, ante la prensa.

Una idea de la justicia

Iván de la Nuez

(*) En la imagen, una bodega cubana. Agradezco el envío a Marta María Pérez Bravo. 

12 rounds en “El jardín colgante”

Iván de la Nuez

Uno. El Jardín colgante es una novela tan cínica e insana como los lados más inconfesables de la transición. Pero no es una novela sobre, sino un residuo de esta. Un residuo tóxico.

Dos. Los libros de Javier Calvo no tienen, ni buscan, solución. De ahí que no clasifiquen, aunque El jardín… o Corona de flores así lo parezcan, como “novelas problema”. Eso sí, ambas trazan, con la misma amoralidad, un mundo donde el muerto, el asesino, el detective y el móvil carecen de importancia. Lo único trascendente aquí, a nivel policíaco, es la oportunidad (su “circunstancia”).

Tres. Desde una mirada bárbara y extranjera, las novelas sobre la transición –un género español como lo fue la novela del dictador para los latinoamericanos- no parecen viajar en el tiempo para restaurar la verdad del pasado, sino para desvelar la mentira del presente.

Cuatro. Ante esa transición a lo McLuhan –toda medio, toda mediación, toda mensaje- la única manera de redimir la República sería situándola en el porvenir. Más que de la arqueología, requiere del futurismo. ¿No fue eso, acaso, lo que intuyó Orwell, republicano y futurista él mismo?

Cinco. Aunque hay generaciones que no lo conciban, Barcelona ha sido, alguna vez, una ciudad sin “modelo”. Y si Corona de Flores desarrolla su argumento antes del Modelo Modernista, El jardín colgante despliega su trama, un siglo después, antes del Modelo Barcelona. Su autor, en cambio, ha escrito estos dos libros después que este último haya quebrado y quedara convertido en “marca”.

Seis. El jardín colgante no es (parafraseando a Isaac Rosa) otra “puta novela sobre la transición”, sino la constatación de su permanencia; su continuidad suspendida sobre nuestras cabezas. Por eso no es constatable en ella un ajuste de cuentas, sino una alerta. Un “yo lo advertí”, minutos antes de que el meteorito amenanzante que la cruza se desplome sobre el país y expanda su torrente de mierda.

Siete. Tiene razón Jordi Gracia cuando dice que los personajes de El jardín colgante parecen estereotipos. Pero, ¿hay algún detective de la literatura que no lo sea? ¿Se puede ser más ridículo que Holmes o Poirot? ¿Más sobreactuado que Sam Spade, incluso antes de que lo encarnara Bogart? ¿Cómo clasificar a un Pepe Carvalho que inicia su gesta afirmando, como si tal, “Yo maté a Kennedy”? ¿Qué decir de sus ayudantes –Watson o Biscuter-, sus secretarias y sus mujeres fatales?

Ocho. El Jardín colgante es una mezcla de Graham Greene (pero el de Nuestro hombre en La Habana, no otro) y algunas de las aventuras más disparatadas de César Aira. Despues, Mad Max y Blade Runner, Manuel de Pedrolo y Juan Eduardo Cirlot, Lovecraft y Spike Jonz, Juan Marsé y Francisco Casavella, Joan Colom y Eugeni Forcano, Conan Doyle y Stalker: es “la zona”. También un número completo de la revista Vice (si esta aceptara cambiar tema por relato).

Nueve. Risas enlatadas, los guiones de Roger Gual, los quince años de The Designers Republic, Coetzee, McGrath y Foster Wallace, El dios reflectante, Mundo maravilloso… A partir de ahí, la decisión de narrar, en Corona de flores, una época en la que no existía la televisión ni los cines ni el pop, aunque sí en abundancia los fantasmas famélicos del premodernismo. También la enseñanza de Dickens y una obsesión por convertir el folletín en follón.

Diez. Calvo lleva algún tiempo amenazando con un ensayo sobre Barcelona al que le está dando vueltas. ¿Un assaig al ast? Un assast. Pensándolo bien, esta no es una mala manera de definir, en catalán, un texto urbano del cual Corona de flores y El jardín colgante dejan traslucir algún derrotero. Un ensayo que, en todo caso, no debe ser visto como un cambio de disciplina, sino como la constatación de otra indisciplina literaria.

Once. Franco, como también Fidel Castro o cualquier otro recordista de la longevidad en el poder, no basó su dominación en la implantación del Orden, sino imperando en el Caos. Tal vez, por eso, la transición en España hizo de la fiesta (el alcalde Tierno Galván, sin ir más lejos) un referente “organizativo” de la democracia.

Doce. Ante la evidente crisis de esa democracia, El jardín colgante aporta una clave, y está en Aristides Lao, Melitón o Teo Barbosa, esos personajes… En realidad, ellos nunca tuvieron la encomienda de insertar formas democráticas en el cuerpo de la tiranía anterior, sino la estricta misión de diseminar su vileza en el nuevo mundo de la pluralidad.

(*) El jardín colgante, Seix Barral, ha ganado el Premio Biblioteca Breve 2012. 

La saqueada familia

 Iván de la Nuez

“Hermana-busca-hermano”. He aquí el argumento, simplificado, que recorre Señales que precederán al fin del mundo, novela del mexicano Yuri Herrera, publicada en 2010 por Periférica. “Hermano-busca-hermana”. He aquí la línea que dibuja Plegarias nocturnas, del colombiano Santiago Gamboa, recién editada por Mondadori. Son dos libros que le dan un vuelco latinoamericano a eso que Freud definió como “novela familiar”, concepto que no trataba directamente de un asunto literario, aunque tampoco lo esquivaba.

La “novela familiar” describía, simplificamos todavía más, el “extrañamiento” que el neurótico desarrollaba hacia sus padres, lo cual le generaba una mezcla de amor y repulsión, necesidad y tensión, enmarcada dentro de la misma circunstancia familiar. Las dos novelas citadas no parecen, sin embargo, referir una situación neurótica. Más bien apuntan a derivas “esquizoides” en las que un mismo personaje se ve multiplicado en circunstancias, países, traumas y violencias muy dispares.

Si Freud predicaba desde una zona gobernada por una cierta “irracionalidad” paterno-filial, Herrera o Gamboa (cada uno a su manera) narran desde un territorio colonizado por la racionalidad política. El primero se ocupaba de una familia abrumada por el exceso de presencias. Los segundos describen unas familias aquejadas por el exceso de ausencias.

En Señales.., por encomienda expresa de su madre, la joven Makina sale en busca de su hermano, que ha cruzado la frontera y del que han dejado de recibir noticias; cualquier “señal” de su vida o de su muerte. Así que no le queda otra que abandonar el inframundo (esa “pinche ciudad ladina”, “siempre a punto de reinstalarse en el sótano”) y dirigirse hacia el supermundo que representa el Norte. Makina empieza a tumbar fronteras: lingüísticas, geográficas, morales, políticas. Así, se topa con la vida ilegal y con la quiebra de los sueños, con solidaridades inesperadas y con la maldad extrema. Makina experimenta la explotación de los extraños y también la de sus iguales. Su Odisea al revés acarrea un aliento milenario y tiene, acaso, una clave en Irak.

En la Colombia de Uribe, del narcotráfico, los paramilitares, la guerrilla, tiene lugar la aventura que propone Gamboa. Juana huye -parafraseando a Virgilio Piñera- de la maldita circunstancia de la violencia por todas partes y es su hermano Manuel quien sale en su búsqueda. Manuel tira por la vía directa y acepta transportar droga a cambio de pagarse el viaje, un delito que, en Bangkok, donde lo atrapan, significa la pena de muerte. A partir de aquí, entran en juego lo mismo un cónsul humano al que la ginebra le visita temprano que una red de prostitución colombiana que llega a Japón, policías corruptos y un curioso “viaje por debajo” del mundo, un francés cínico y la sombra de las desapariciones. El libro comprime el mosaico colombiano y tiene una clave en Irán.

Aunque notables, estos no son los únicos ejemplos latinoamericanos de cómo la literatura o el arte interrogan este saqueo familiar. Julián Herbert y Maya Goded, Rodrigo Rey Rosa y Marcelo Brodsky, Luis Cruz Azaceta y Rita Indiana, por sólo mencionar unos pocos nombres, han hurgado en este desmantelamiento, tanto como en las políticas de todo tipo que lo han agudizado; con su abanico de coartadas, su grandilocuencia, y su sobredosis de mesianismo. Y aquí no se salva ningún experimento: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos. Casi siempre, pasados unos y otros por el tamiz del populismo, que es el estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

Conste que no hablo en nombre de la familia “de toda la vida”. El impacto ha sido demoledor en todas. Las tradicionales y las monoparentales. Las mestizas y las formadas por parejas homosexuales. Las que han apostado por la rotundidad genética o las que han escogido la adopción. Así que no se trata de una crítica moral, sino de un cuestionamiento político. Incluso geopolítico. Esta situación familiar está atravesada por magnitudes descomunales que la desbordan. Ninguno de estos proyectos puede sacar pecho y a ninguno le falta su cuota de desaparecidos. En fosas comunes y en el mar, en la frontera y en cualquier aeropuerto del mundo.

En este asunto, en fin, no se salva ni Dios. Miremos, sino, La Última Cena. Este también, como diría Freud, clasifica como un un cuadro familiar, en el que uno de los asistentes va a sentir el “extrañamiento del padre”. ¡Y qué padre! En esa cena cristiana, el gran desafío consiste en descubrir al traidor. En la cena de estos autores latinoamericanos, el reto no es otro que encontrar al ausente.

(*) Las imágenes corresponden, respectivamente, a obras de Luis Cruz Azaceta, Maya Goded y Marcelo Brodsky.

Siete mares por un mambo

Iván de la Nuez

No ha provocado muchos llantos, pero entierros no le están faltando. La posmodernidad huele a mortaja. En Londres, el Victoria & Albert Museum ya le ha dedicado una retrospectiva con fechas de nacimiento y muerte incluidas (1970-1990). En Madrid, el Museo Reina Sofía –De la revuelta a la posmodernidad. 1968-1982– le ha reservado un epígrafe en la historia del arte español, en el que se intuye como un capítulo superado. La exposición británica enfatiza su impacto estilístico; algo curioso para una corriente que intentó demoler el estilo. El Reina Sofía escarba en su arista política; algo sorprendente para una tendencia que ha sido acusada de apolítica.

Glenn Adamson y Jane Pavitt proponen un recorrido que no mira más allá del primer mundo. La lectura de Manuel Borja Villel, Rosario Peiró y Jesús Carrillo atisba en España una posmodernidad periférica; algo plausible en un país donde, a menudo, un posmoderno no es más que un espécimen degradado de la modernidad: un “modernillo”.

En esa cuerda, quizá sea el momento de romper una lanza por esa posmodernidad de los demás. Esos que no la lloran hoy como tampoco lo hicieron ayer con la aireada hecatombe del proyecto moderno. Entre otras cosas, porque el posmodernismo ofreció, en la periferia, un poco de oxígeno a la hora de lidiar entre los determinismos poscoloniales y las opresiones locales. Operó, por así decirlo, como un experimento de democracia cultural en lugares donde la democracia política era precaria o lejana. Y si bien es cierto que, con la posmodernidad, La Cultura creyó perder mucho en Occidente, también es verdad que, por esos territorios, las culturas creyeron que habían ganado algo.

De eso se trató, a fin de cuentas, esa posmodernidad de los otros. Lo mismo en Latinoamérica que en la India. En Asia y en los países del Bloque Comunista.

Desde Chile, Nelly Richard proclamó que había llegado el momento de “la crisis del original y la revancha de la copia”. Desde Nigeria, Wole Soyinka dictaminó la “tigritud” y los críticos indios –Spivak, Bhabha, Kapur- invadieron en tromba la academia anglosajona con un desparpajo inédito hasta entonces. En La isla que se repite, Antonio Benítez Rojo se valió de la teoría del caos para remover los estudios antillanos y dinamitar, de paso, los imperturbables criterios binarios que habían atenazado las encrucijadas caribeñas: Norte o Sur, Centro o Periferia, Próspero o Calibán, Patria o Muerte…

Roger Bartra, por su parte, se valió de la deconstrucción para dejar a la vista las redes imaginarias del nacionalismo mexicano en La jaula de la melancolía. Todavía hubo espacio, incluso, para establecer un negociado con la utopía (Aníbal Quijano) o echar un ancla que evitara el naufragio de las identidades (Geeta Kapur).

Esto no quiere decir que hablemos de la panacea. La posmodernidad, en la periferia, fue también pose y complicidad con un mercado necesitado de refuerzos pintorescos. Fue copia de la copia y, en alguna medida, concomitancia imperialista (caso de la política cultural ejecutada por la operación Cóndor en el Cono Sur).

El mismo Bartra se inventó un vocablo, “desmodernidad”, para definir el asunto en esa geografía. Lo hizo desde una intencionada traducción, con ligero disparate incluido, de la palabra “dismothernism”. Como diciéndonos que, antes de reparar en Derrida, era conveniente que nos detuviéramos en el “desmadre”.

Otra traducción, en este caso de Rita Indiana, avanza en esa estrategia. Indiana, que escribe novelas y canta merengues “electrónicos”, tiene su propia versión de Sweet Dreams, el himno de Eurythmics. Esa canción sobre el desasosiego sin respuesta en la que, All Over the World and the Seven Seas, every body está buscando algo. Cantada por ella, esta pieza es inequívocamente antillana. Arrastra la diáspora de África, los boat people, el exilio, todas las formas de desarraigo contenidas en las islas. Sólo necesita un diminuto cambio al final de la letra para hablar de la apropiación, de la invasión abrupta de las periferias, o de esa tragicómica circunstancia de tanto remar para dar con uno mismo. Ese momento que invoca el mundo al revés y en el que, a través del mundo y los siete mares, todo el mundo está buscando mambo.

(*) Publicado en Babelia, El País, 2 de junio, 2012. En el vídeo, Rita Indiana y su versión de Sweet Dreams.

Lorenzo García Vega (1926-2012)

Iván de la Nuez

(*) Fotografía de Pedro Portal