La saqueada familia

 Iván de la Nuez

“Hermana-busca-hermano”. He aquí el argumento, simplificado, que recorre Señales que precederán al fin del mundo, novela del mexicano Yuri Herrera, publicada en 2010 por Periférica. «Hermano-busca-hermana”. He aquí la línea que dibuja Plegarias nocturnas, del colombiano Santiago Gamboa, recién editada por Mondadori. Son dos libros que le dan un vuelco latinoamericano a eso que Freud definió como “novela familiar”, concepto que no trataba directamente de un asunto literario, aunque tampoco lo esquivaba.

La “novela familiar” describía, simplificamos todavía más, el “extrañamiento” que el neurótico desarrollaba hacia sus padres, lo cual le generaba una mezcla de amor y repulsión, necesidad y tensión, enmarcada dentro de la misma circunstancia familiar. Las dos novelas citadas no parecen, sin embargo, referir una situación neurótica. Más bien apuntan a derivas “esquizoides” en las que un mismo personaje se ve multiplicado en circunstancias, países, traumas y violencias muy dispares.

Si Freud predicaba desde una zona gobernada por una cierta “irracionalidad” paterno-filial, Herrera o Gamboa (cada uno a su manera) narran desde un territorio colonizado por la racionalidad política. El primero se ocupaba de una familia abrumada por el exceso de presencias. Los segundos describen unas familias aquejadas por el exceso de ausencias.

En Señales.., por encomienda expresa de su madre, la joven Makina sale en busca de su hermano, que ha cruzado la frontera y del que han dejado de recibir noticias; cualquier “señal” de su vida o de su muerte. Así que no le queda otra que abandonar el inframundo (esa “pinche ciudad ladina”, “siempre a punto de reinstalarse en el sótano”) y dirigirse hacia el supermundo que representa el Norte. Makina empieza a tumbar fronteras: lingüísticas, geográficas, morales, políticas. Así, se topa con la vida ilegal y con la quiebra de los sueños, con solidaridades inesperadas y con la maldad extrema. Makina experimenta la explotación de los extraños y también la de sus iguales. Su Odisea al revés acarrea un aliento milenario y tiene, acaso, una clave en Irak.

En la Colombia de Uribe, del narcotráfico, los paramilitares, la guerrilla, tiene lugar la aventura que propone Gamboa. Juana huye -parafraseando a Virgilio Piñera- de la maldita circunstancia de la violencia por todas partes y es su hermano Manuel quien sale en su búsqueda. Manuel tira por la vía directa y acepta transportar droga a cambio de pagarse el viaje, un delito que, en Bangkok, donde lo atrapan, significa la pena de muerte. A partir de aquí, entran en juego lo mismo un cónsul humano al que la ginebra le visita temprano que una red de prostitución colombiana que llega a Japón, policías corruptos y un curioso “viaje por debajo” del mundo, un francés cínico y la sombra de las desapariciones. El libro comprime el mosaico colombiano y tiene una clave en Irán.

Aunque notables, estos no son los únicos ejemplos latinoamericanos de cómo la literatura o el arte interrogan este saqueo familiar. Julián Herbert y Maya Goded, Rodrigo Rey Rosa y Marcelo Brodsky, Luis Cruz Azaceta y Rita Indiana, por sólo mencionar unos pocos nombres, han hurgado en este desmantelamiento, tanto como en las políticas de todo tipo que lo han agudizado; con su abanico de coartadas, su grandilocuencia, y su sobredosis de mesianismo. Y aquí no se salva ningún experimento: oligárquicos y liberales, marxistas y neoliberales, tiránicos y parlamentarios, guerrilleros y paramilitares, mitológicos o apocalípticos. Casi siempre, pasados unos y otros por el tamiz del populismo, que es el estilo idóneo para gobernar desde todas las ideologías (y desde la ausencia de toda ideología).

Conste que no hablo en nombre de la familia “de toda la vida”. El impacto ha sido demoledor en todas. Las tradicionales y las monoparentales. Las mestizas y las formadas por parejas homosexuales. Las que han apostado por la rotundidad genética o las que han escogido la adopción. Así que no se trata de una crítica moral, sino de un cuestionamiento político. Incluso geopolítico. Esta situación familiar está atravesada por magnitudes descomunales que la desbordan. Ninguno de estos proyectos puede sacar pecho y a ninguno le falta su cuota de desaparecidos. En fosas comunes y en el mar, en la frontera y en cualquier aeropuerto del mundo.

En este asunto, en fin, no se salva ni Dios. Miremos, sino, La Última Cena. Este también, como diría Freud, clasifica como un un cuadro familiar, en el que uno de los asistentes va a sentir el “extrañamiento del padre”. ¡Y qué padre! En esa cena cristiana, el gran desafío consiste en descubrir al traidor. En la cena de estos autores latinoamericanos, el reto no es otro que encontrar al ausente.

(*) Las imágenes corresponden, respectivamente, a obras de Luis Cruz Azaceta, Maya Goded y Marcelo Brodsky.

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