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Los Juegos Olímpicos según Banksy

Iván de la Nuez

 

 

(*) Las imágenes se reproducen de la la web del artista (www.banksy.co.uk).

 

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Iván Pérez se cita con Tarantino

Iván de la Nuez

Iván Pérez, el gran waterpolista hispano-cubano, ha anunciado que se retira después de los Juegos Olímpicos de Londres. Pérez ha jugado con la selección cubana, con la española –dos veces campeón del mundo- y con media docena de clubes. Salvo una medalla olímpica, que saldrá a pelear en Londres este verano, lo ha conseguido todo en un deporte minoritario, tan sacrificado como mal pagado, al que ha dedicado nada menos que 32 años de su vida. Y eso en la posición más castigada (la de boya u hombre poste), allí donde se batalla con los rivales más fuertes físicamente, lo mismo en el ataque que en la defensa (algunos lo sitúan como el más consistente de todos los tiempos en ese puesto). Iván Pérez ha competido en tres décadas distintas –ha visto, por lo tanto, jubilarse a mitos como Tamas Farago o Manel Estiarte- y todavía sigue siendo imprescindible con 41 años. A esa edad, no hay nadie jugando a su nivel.

El waterpolo es un deporte noble y duro que no ha tenido suerte televisiva (de ahí buena parte de su desdicha económica). En plena era del apogeo de las cámaras, todavía no hay comparación entre ver un partido en la grada y verlo en el sofá (en caso de que lo trasmitan). Tampoco es que se trate de un deporte refrendado por el fervor del público, salvo en países como Hungría, Serbia o Croacia; tal vez Italia.

A esto hay que añadir el hecho de que arrastra una fama –injusta- de deporte violento, dado el excesivo contacto que le caracteriza. Los que así piensan, pueden hacer un ejercicio comparativo: ¿qué pasaría si en boxeo o ajedrez, por irnos a dos extremos, no viéramos la mitad de lo que ocurre en la contienda? A la vista de todos, Mike Tyson le arrancó un pedazo de oreja a Evander Hollyfield de un mordisco. Sin la adecuada vigilancia, no quiero ver lo que hubiera pasado por debajo de la mesa entre Karpov y Kaspárov durante sus tensas e infinitas partidas que sellaron el mayor encono deportivo del siglo XX.

Si las transmisiones televisivas siguen sin encontrarle el “punto” al waterpolo, tampoco es que el cine le haya dado muchas alegrías. Ni al waterpolo ni, en general, a las especialidades practicadas en piscina (natación, nado sincronizado, clavados). Es cierto que Mark Spitz o Greg Louganis han contado con filmes dedicados a sus vidas. Y es cierto también que las memorias de Estiarte (Todos mis hermanos) o Pedro García (Mañana lo dejo) son cualquier cosa menos los típicos libros complacientes de deportistas dedicados al autobombo.

Pero ni siquiera los deportistas acuáticos transformados más tarde en actores famosos han sido muy reivindicativos y sus personajes, más que recordarlo, han terminado evadiendo su pasado en la jaula de agua. Ahí tenemos a Johnny Weismüller, cinco veces campeón olímpico de natación –las mismas que Ian Thorpe, por ejemplo-, que fue además medalla de bronce como waterpolista con la selección de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de París (1924). Pronto Weismuller cambió la piscina por la selva, se alió con Chita en su particular “liberación” y murió creyéndose Tarzán, sin apenas memoria del múltiple campeón que había sido.

Si Weismüller fue el primer ser humano que bajó del minuto en los cien metros libres, Carlo Pedersoli fue el primero que consiguió tal hazaña en Italia; eso sí, casi treinta años más tarde. Pedersoli participó en varios juegos olímpicos y fue asimismo waterpolista del Settebello (y bronce, como Weismüller, en los Juegos Olímpicos), pero su nombre hoy no nos dice mucho a menos que sepamos que se trata del reconvertido Bud Spencer. Este barbudo orondo cambió la piscina por las praderas y certificó aquel Western “macarrón”, “repartiendo leña y carcajadas a partes iguales” (como reza una campaña reciente de sus vídeos), casi siempre acompañado por su díscolo partner, interpretado por Terence Hill.

Hay una excepción que destroza la regla: Esther Williams. Esta estrella del nado sincronizado hizo una inteligente traslación de su deporte a Hollywood hasta conseguir, prácticamente, un género cinematográfico (el musical acuático), que alcanzó su clímax en Escuela de sirenas, con dirección musical de Xavier Cugat incluida.

En todo caso, y sin aproximarse ni de lejos a otros deportes con cinematografía propia (béisbol, boxeo, el mismo fútbol), el waterpolo ha dado lugar a dos películas notables, ambas con la política, el comunismo o la Guerra Fría en el horizonte. En Palombella Rossa, protagonizada y dirigida por Nani Moretti (que también fue waterpolista), se aborda el desplome del Partido Comunista, la deriva del Eurocomunismo o el destino incierto de la política italiana. Todo sucede dentro de una piscina durante un partido de waterpolo –con el tempo propio de esta disciplina- y plantea su desenlace en un penalti que, como el país, el jugador debe decidir si lo dirige hacia la izquierda o hacia la derecha. La película se estrenó en 1989, justo cuando se estaba viniendo abajo el Telón de Acero, lo cual supone un añadido que no debemos pasar por alto.

Si la película de Moretti plantea la incertidumbre sobre el futuro, Freedom´s Fury reproduce un partido que tuvo lugar en el pasado. Producido por Quentin Tarantino, y con dirección de Colin K. Gray y Megan Raney, este documental reconstruye meticulosamente el encuentro entre Hungría y la Unión Soviética en las Olimpiadas de Melbourne de 1956. Un match que tiene lugar al mismo tiempo que la invasión soviética y que adquirió tintes dramáticos (incluso sangrientos), como recuerda la famosa imagen de un Ervin Zador sangrante saliendo de la piscina después de un puñetazo soviético (y de dos goles anotados). Los húngaros se tomaron el match como una venganza y consiguieron ganarle a la URSS 4-0 en la semifinal (alcanzaron después el oro olímpico frente a Yugoslavia).

Iván Pérez se retirará mas de medio siglo después de aquella gesta y en su biografía no han faltado anécdotas para un “biopic”; con disputa política entre España y Cuba incluida, o la prohibición de participar en unos Juegos Olímpicos. A la espera de que alguien se anime a producirla –no hace falta que sea Tarantino-, queda la opción de seguirlo en Londres, última oportunidad para verlo en activo. Seguramente, no jugará con la regularidad de otros tiempos, pero será inevitable que acudan a él en los momentos complicados. Cada vez que salte a la piscina, la historia y la “geopolítica” del waterpolo entrarán también en el agua.

(*) En la imagen, tres goles de Ivan Pérez. La fuente: el impagable blog El cuervo, dedicado al waterpolo

Eufemocracia

Iván la Nuez

 

La democracia atraviesa un momento delicado y menguante. Parece ceñirse, casi de manera exclusiva, a las campañas electorales y a su consecuencia más inmediata: el voto. Y parece columpiarse, sin más, entre las promesas previas de esas campañas y las traiciones posteriores a ese voto.

De hecho, comienza a hablarse con cierta indulgencia de estados posdemocráticos. Sólo que, a pesar del prefijo, esta situación en la que nos vamos instalando no describe un estadio posterior de la democracia sino una situación lateral. No es que venga después, es que se ha “echado a un lado”. Sobrevive en una esquina donde ha pasado a ocupar, cada vez más, un lugar marginal de la política; no digamos ya de la economía.

Muchas veces estamos obligados a encontrarla o concedérnosla en otros sitios. Internet, por ejemplo. Un campo creciente para la denuncia, la exigencia de derechos o la puesta en marcha de iniciativas ciudadanas. Y también, como ha alertado Paul Virilio, un espacio propicio para los espejismos, donde tiene lugar la eclosión de esa “democracia emocional” en la que decimos y nos decimos de todo, pero arreglamos y nos arreglamos muy poco.

La posdemocracia califica ese momento en que la democracia, además, debe lidiar –y no siempre en igualdad de condiciones- con otras “cracias” pujantes que le ganan terreno y construyen los planos de la política actual.

Desde la “Cleptocracia” (poder organizado de robo y desfalco del Estado) hasta la “Petrocracia” (basada en el poder del petróleo). Desde la “Quirocracia” (el imperativo social, y enorme negocio, de la cirugía estética) hasta la Narcocracia (ese poder del narcotráfico que no puede circunscribirse a un asunto delictivo y abarca horizontes políticos e incluso geopolíticos). Desde la “Aristocracia” (mantenida todavía con todos sus privilegios en buena parte de Europa) hasta la “Ladrillocracia” (poder alcanzado por la especulación del suelo y sus respectivas burbujas inmobiliarias). Todo esto sin olvidar, en la red, el apogeo de la “Anonimocracia” (que va desde el acto de justicia o venganza de los que no tienen “nombre” hasta los trolls) o el declive de la “Meritocracia” (en otros tiempos reverenciada como medida de progreso en cualquier sociedad liberal).

Sé que muchos de estos términos no están aceptados por la Academia de la Lengua, aunque eso no quiere decir que no existan, crezcan y nos estrangulen sin necesidad de pasar por el diccionario. Académicas o no, estas y muchas otras “cracias” han conseguido escorar a la democracia en un rincón desde el que no podrá salir con facilidad.

En Europa –que hoy puede ser definida, por contracción, como el territorio del Euro-, las recientes intervenciones de Irlanda, Portugal, Grecia o España por parte de un organismo supranacional muy parecido a Alemania nos hablan de una estrategia dibujada para que esos Estados funcionen como la bisagra perfecta de su propio suicidio. Con medidas extremas tomadas fuera de toda consulta y en nombre de la “Bancocracia”, a la que sí hay que salvar a toda costa.

Estas intervenciones han resuelto de un plumazo el antiguo conflicto entre Estado y Mercado. Hasta hace muy poco, podíamos alistarnos en el Estado regulador (en la línea de Keynes) o en el Mercado des-regulador (a la manera de un Friedman). Ahora, se ha conseguido el punto de éxtasis perfecto de un Mercado que regula al Estado, asumiendo parte de sus funciones, para devorarlo más tarde. (Y aprovechando, de paso, todas y cada una de sus agencias, incluidas las represivas). Un Estado que ejerce como notario de su propia caída.

A esas ingerencias se les llama “rescate”, “medidas de cohesión” o, directamente, “salvaciones”. Como a Europa le llamamos “La Zona Euro”, nombre que parece un mix entre Tarkovsky y un capítulo de Lost. Frases todas por las que, en el futuro, tal vez esta sea conocida como la Era de la Eufemocracia.

(*) Este post está encabezado por un dibujo de Miguel Brieva

El deporte como catarsis

Iván de la Nuez

Se cuentan por centenares de miles los españoles que salieron a la calle, por toda la geografía del país, a celebrar el triunfo de la selección de fútbol en el Campeonato de Europa. Es probable que exista, pero a mí no me viene a la mente ningún líder europeo que esté en condiciones de desatar una movilización de esa magnitud.

Los que han acabado su mandato porque, abrasados por la crisis, sólo producen incredulidad. Y los que han estrenado cargo porque únicamente están generando incertidumbre.

Exactamente lo contrario que estos futbolistas, quienes en cuatro años se han ganado un crédito inobjetable acumulando dos campeonatos de Europa y uno del Mundo (hasta ahora algo no alcanzado por ningún equipo). Estos muchachos consiguieron que mucha gente se olvidara de la que está cayendo; por unos días, unas horas, unos minutos…

El acto de recibimiento en Madrid fue una celebración y, asimismo, una catarsis.

Y fue -como el carnaval primigenio- el mundo al revés.

Así, un país que será rescatado de su hecatombe financiera, ha demostrado la máxima profesionalidad en algo (aunque fuera en eso que Vázquez Montalbán definió alguna vez como una religión en buscada de un Dios: el fútbol). Por un día, todo lo que era crítica en la prensa anglosajona (desde las playas hasta las siestas, de las políticas sociales a la picaresca) se convirtió en alabanza. El sapo parecía haberse transformado en príncipe.

La euforia alimentó la sobredosis de exaltación patriótica que suelen tener estos festejos y adquirió tintes políticos obvios. Como una especie de reivindicación del sur frente a un norte derrotado; acaso una venganza por los brincos descompuestos de la canciller alemana Ángela Merkel en el palco cuando Alemania vapuleaba a Grecia. No ha faltado la certeza de que el venerable entrenador, Vicente del Bosque, cumple los requisitos para ser un buen presidente –atildado pero honesto, discreto pero seguro- y, ya puestos a repartir cargos, hasta los jugadores fueron ensalzados, través de las redes, como ministros preferibles a los verdaderos.

Los locutores de televisión enfatizaban, en el triunfo español, la prueba de que las cosas se podían hacer bien y, en general, la victoria se vivió como un ejemplo fehaciente de los valores colectivos. España jugó, por encima de todo y de todos, como un “equipo”, todo lo contrario a un individualismo que hace aguas por todos lados (y que acaso sólo queda como paradigma del “sálvese quien pueda”).

No es la primera vez que el deporte funciona como catarsis política.

Mientras era invadida por los soviéticos en 1956, Hungría derrotó en las Olimpiadas de Melbourne a la URSS por un contundente 4-0 en waterpolo, una gesta recogida en Freedom´s Fury, documental producido por Tarantino (con dirección de Colin C. Gray y Megan Raney) que reconstruye aquel partido y sus “circunstancias”.

De las Olimpiadas de México 68 ha quedado la imagen de los atletas Tommie Smith y John Carlos con un guante negro cada uno alzando sus puños contra el racismo (acaso también a favor del Black Power). Esta crítica en el lugar inesperado –nada menos que en el podio de una final olímpica- sucedió apenas dos semanas después de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Fue el mismo año que los tanques soviéticos invadieron Praga y los jóvenes tomaron París con sus eslóganes de “Prohibido prohibir” o “La imaginación al poder”.

Desde entonces, es posible rastrear esas protestas “fuera de lugar”, donde la política aparece, por así decirlo, “en otra parte”. Alejada de sus templos habituales; de los congresos, los parlamentos, la partitocracia.

Si viajamos, por ejemplo, hasta la RDA de los años setenta, encontraremos a unos jóvenes hartos de la vida reglamentada por el Partido y vigilada por la Stasi. Su acción no contemplaba ni la inmolación ni la militancia; sino algo más sencillo y razonablemente más libre, aunque igual de temerario para las mentes cuadradas de la burocracia. Querían dedicarse al skate. Así que construyeron sus propias tablas para patinar. Unos artefactos rudimentarios que quedaban algo lejos del mercado incipiente que, por esas fechas, lanzaba este deporte callejero al otro lado del Muro que los separaba de Occidente. El recién estrenado documental de Marten Persiel, This ain’t California (2012), da cuenta de esta pequeña epopeya, dibujada fuera del trazado convencional que les marcaba la política que parametraba sus vidas.

En La Habana de comienzos de los años noventa, tuvo lugar una sorprendente performance. Su lema, El arte joven se dedica al béisbol, no puede decirse que fuera “político”; al menos no con la solemnidad que suele acompañar esta palabra, pero sí fue elocuente. Los artistas cambiaron sus cámaras y pinceles por los bates y los guantes. Y se “dedicaron al béisbol” como un acto de reprobación a la política cultural de ese momento en la isla (y con la que entendían que no había salida en el campo artístico).

Algo de toda esta historia se dejó ver en las celebraciones españolas por la Eurocopa, acaso la única buena noticia que ha vivido este país, a lo grande, en los últimos tiempos. (Los investigadores españoles implicados en el descubrimiento del bosón de Higgs no han provocado mucha algarabía).

Lo que pasa es que las fiestas, por desgracia, no pueden durar toda la vida: hay un momento en el que hay que recoger y regresar a casa, aunque sea a cuatro patas y en el peor estado. “Con la resaca a cuestas”, como cantaba Serrat, llega el momento en que el sueño de la igualdad se desvanece y la realidad entra por la ventana. Una aspirina, o dos, y cada cual vuelve a su estatus: el rico a su riqueza, el pobre a su pobreza, el cura a su misa y, aunque envuelto en la bandera, el banquero a la divisa. Intervenida, eso sí.

(*) Publicado originalmente en Club Dante, 6 de julio de 2012. En las imágenes: la selección española de fútbol celebrando el título en Madrid; el waterpolista húngaro Ervin Zàdor, héroe de la victoria contra la Unión Soviética en 1956 en el momento que tiene que abandonar el partido sangrando; y cartel del documental This ain’t California.

Los primeros artistas

Iván de la Nuez

 

Hay arte, hay artistas y hay, en un lugar aparte, un tipo llamado Werner Herzog. No es que esté, como suele decirse, más allá de la moda. Es que está más allá del tiempo. Sobrepasando, si cabe, los límites de la geografía o de la cultura, de la cronología o del lenguaje.

Si Kaspar Hauser, el salvaje que aparece de repente en el Nüremberg del siglo XIX, desafía los límites de la civilización, Fitzcarraldo derrumba los límites de la obsesión.

La aventura de Herzog, en todo caso, no tiene nada que ver con la búsqueda atlética de un récord (llegar primero, o más alto, o más lejos). Lo que le fascina es el abismo en sí. Su diario de la filmación de Fitzcarraldo lo explica desde el mismo título: Conquista de lo inútil. Este libro –editado por Blackie Books- ilumina una nueva perspectiva, tanto hacia la película como hacia el personaje: ese mosaico humano encarnado por Klaus Kinski, empecinado en llevar la ópera, con Caruso y todo, al paraje más recóndito de la selva. No hace falta decir que sin escatimar crueldades o esfuerzos, por más que algunos incluso parecieran absurdos. (Como atravesar una montaña con un barco de vapor).

Con una biografía tan extraña como la de sus personajes, Herzog acaba de estrenar en 3D, y con un retraso de dos años La cueva de los sueños olvidados. En una gruta tapiada por un desastre natural, tal vez una avalancha, tres espeleólogos descubrieron en Ardèche, en el sur de Francia, 1994, un conjunto de pinturas rupestres que no dejan lugar a dudas. Son las más antiguas de las que se ha tenido noticia, fueron realizadas hace más de 30.000 años y conservan, en un estado asombroso de nitidez, representaciones de mamuts, leones, caballos o rinocerontes.

En ese espacio seminal, Herzog tuvo el privilegio, no exento de los clásicos problemas de todo tipo que suelen confrontar sus filmaciones, de ser el elegido para mostrarnos el tesoro escondido de una época en la cual el planeta estaba poblado aún por Neandertales. Aunque, quienes pintaron las imágenes de esa cueva en Ardèche, estaban –según el director bávaro- más cerca de nosotros que de aquellos antepasados, hasta donde se sabe carentes de cultura. Para el cineasta, que siempre estuvo fascinado por el arte rupestre, lo que le deslumbró ahí abajo, en las cavernas, no es otra cosa que “arte moderno”. Sólo que un “arte moderno” portador de una esencia creativa capaz de traspasar las épocas.

En esta película, absolutamente hipnótica, regresamos al templo originario de la imaginación humana. Y es posible apreciar, siempre guiados por el director, lo mismo un “Picasso” que una anticipación de las figuraciones posteriores del dios Odín cuando vemos claramente un caballo de ocho patas. Su honor, insiste Herzog, ha consistido en hacernos partícipe de “una mirada vertical al alma humana”. Al interior de un tipo de artista que no por haber habitado un pasado remoto deja de ser “uno de los nuestros”.

Una vez superado el shock de enfrentarse a esas pinturas, el director alemán nos demuestra que pisar la luna o inventar Internet no son más que minúsculos capítulos de una línea continua. Tendida acaso por aquellos parientes que nos dejaron, en las grutas, una prueba consistente de su cercanía.

¿Qué hacer… con Lenin?

Iván de la Nuez

En los últimos veinte años, la polémica viene y va. ¿Qué hacer con el cuerpo de Lenin? ¿Enterrarlo o mantenerlo como reclamo de peregrinación en la Plaza Roja? No faltan las voces que proponen acabar de una vez y por todas con el ritual de visitar su momia, pero hasta ahora nadie se ha atrevido a tomar la decisión. Incluso el actual ministro de Cultura ruso, Vladimir Medinski, partidario de enterrarlo –“si el mausoleo estuviera en mi parcela”-, ha optado por una consulta popular, precedida, si hiciera falta, de un programa pedagógico. (El ministro Medinski está convencido de que hasta un 90% de la población llegaría a pensar como él si fuera “educada” en ese sentido).

El caso es que el Comunismo cayó hace veinte años, pero el cuerpo momificado del fundador de su primer Estado se resiste a hospedarse, para siempre, en un cementerio. Ni siquiera echando mano de lo que dicen fue su expreso deseo –descansar junto a su madre- se ha conseguido inclinar la balanza para desalojarlo de la Plaza Roja. La momia de Lenin sigue allí; no precisamente olvidada, si tenemos en cuenta las colas que persisten, bajo cualquier inclemencia climática, para ver fugazmente al fundador de un Estado y un país que ya ni siquiera existen como él los concibió (Rusia no es soviética ni comunista).

Si la relación de los pueblos con sus líderes (o dictadores, héroes, incluso Mesías) ha sido complicada mientras estos estaban vivos, la administración de sus restos ha sido tan o más problemática una vez que han muerto. Al mismo César fue prácticamente más sencillo asesinarlo que enterrarlo, algo que aprovechó perfectamente Marco Antonio, que usó el cuerpo del caudillo acuchillado como vehículo para su propia entronización.

No hay otro cuerpo más atribulado que el de Cristo. Primero, objeto de escarnio sin piedad. Después, receptor de la veneración más intensa de todos los tiempos, no sin antes haber desaparecido de su tumba para dejar colgando un misterio milenario.

Estos y otros cuerpos se han instalado en la mitología y aun servido como límites para marcar las épocas históricas. Giordano Bruno, ardiendo en la hoguera de la Inquisición, fue percibido siglos más tarde como una antorcha entre la oscuridad del Medioevo y el alumbramiento de la modernidad. Marat, El Amigo del Pueblo, fue descifrado por Peter Weiss como alguien que condensaba, en su interior, la experiencia jacobina de la Revolución: “tengo una muchedumbre tumultuosa dentro de mí”.

El Comunismo se aficionó a la tradición, bastante necrófila, del mausoleo para venerar -no siempre de cuerpo presente- a sus primeros jefes de Estado. No fueron todos –a Ceaucescu, por ejemplo, los rumanos no le dieron tiempo-, pero la petrificación de Lenin, Mao, Dimitrov o Ho Chi Minh, en países de culturas y creencias disímiles, testimonian una tendencia política “mortuoria”. Y acaso la fantasía de que estos prohombres apuntalarían, desde sus atalayas de mármol, la buena marcha del futuro.

Una vez desplomado ese futuro, ¿deben mantenerse esos mausoleos? El de Dimitrov fue fulminado en Bulgaria en 1990, apenas derribado el Muro de Berlín, mientras que el de Ho Chi Minh –Vietnam sigue gobernado por el Partido Comunista- se mantiene todavía junto al lema que lo preside: “socialismo para siempre”. No hace falta decir que el de Mao convive sin problemas en la Plaza de Tiananmen con el modelo de capitalismo de Partido Único implantado en China.

Sobre el de Lenin, la discusión ha vuelto en estos días. Se trata, entre otras cosas, del hombre que en 1902 publicó ¿Qué hacer?, libro que anticipa su idea sobre la revolución y al mismo tiempo sobre la teoría; que la emprende a la vez contra economistas y terroristas porque se amparan en la “espontaneidad” del pueblo, tanto como contra los socialdemócratas, que se “desentienden” del mismo.

Lenin parecía tener claro qué hacer con su antiguo país. La Rusia actual no tiene claro qué hacer con él.

La cifra

Iván de la Nuez

Salvando al soldado Kennedy

Iván de la Nuez

Stephen King, otrora Rey del Terror, acaba de publicar en español (Plaza & Janés) su monumental novela 22 / 11 / 63. El libro aborda, ni más ni menos, el viaje en el tiempo que emprende Jake Epping con el objetivo de evitar el asesinato de John F. Kennedy. Se trata de una Obra Maestra, así con mayúsculas. Al punto de que Rodrigo Fresán –irreductible lector del Rey King- la ha situado al nivel de sus mejores entregas: Carrie, El resplandor, La zona muerta. También le ha concedido valor a la solidez realista del libro, por más que aborde la posibilidad inverosímil del desplazamiento en el tiempo.

Vayamos a la historia que plantea la novela. Jake Epping es un profesor de inglés en un instituto, frecuenta una hamburguesería extrañamente barata para estos tiempos, y en ella conversa a menudo con el viejo propietario y cocinero Al Templeton. Jake se busca un dinero extra dando clases nocturnas para adultos. En uno de los exámenes, descubre la historia de un hombre cojo e insignificante, conserje de su instituto y objeto de burla continua de los estudiantes (le llaman “El sapo”). La historia escrita por Dunning revela el origen de sus problemas físicos, ocasionados en una terrible noche de 1958, en la que su padre asesinó a toda su familia a martillazos y lo dejó a él mismo seriamente lesionado. Su narración, plagada de errores ortográficos, conmueve de tal manera al profesor Jake, que este le da un sobresaliente y le invita a comer una hamburguesa donde Al Templeton. Este, por su parte, sufre un cáncer terminal y es guardián de un gran secreto, tanto como responsable de una gran misión. Sus días se acaban, así que ambos (secreto y misión) necesitan con urgencia un depositario. El secreto no es otro que el siguiente: desde el sótano de su cafetería es posible atravesar una puerta y acceder al pasado (concretamente al año 1958). La encomienda no es otra que viajar allí, aguantar hasta 1963, presentarse en Dallas, y evitar el magnicidio más famoso del sigo XX. El moribundo Al está convencido de que es imprescindible –para conseguir un mundo mejor que el de hoy- que Kennedy hubiera seguido con vida. Entre otras cosas, porque su supervivencia (repito las previsiones de Al) hubiera modificado la guerra de Vietnam, el asesinato de Luther King, el conflicto racial o la misma Guerra Fría.

El elegido, ya puede imaginarlo el lector, no es otro que el aburrido profesor Jake Epping, que tiene 35 años en 2011 y que pasará al “otro lado” con la identidad de George Amberson. El salto a lo que King llama La Era de Antaño tiene, desde luego, sus códigos, como es que cada vez que se atraviese el umbral del tiempo se rompe todo lo hecho o deshecho en el viaje al anterior. O que, al regresar, sólo han pasado dos minutos del presente, cualquiera sea el tiempo transcurrido en la otra época. Después de probar dos veces (entre otras cosas para arreglar la vida truncada del conserje lisiado) el profesor Epping emprende, por fin, la gran Odisea que le llevará a cambiar la historia de Estados Unidos y el mundo.

A partir de aquí, empieza una larga, detallada y accidentada trama en la que el protagonista busca a Oswald, el magnicida, con la firme decisión de eliminarlo. Más allá de esta búsqueda, fascinante por sí misma, lo mejor de la novela está en la recreación de esos años, con todas sus texturas y olores, sus automóviles y costumbres, su vestimenta y su música. Ahí está ese viaje al sur por carretera sin encontrar una sola cadena de comidas, salvo el reinado de Woolworth, ya en Dallas. Una época de segregación racial, por una parte, y en la que los tratos se cerraban con un apretón de manos, por la otra.

En más de una ocasión, Camille Paglia ha descrito a los cincuenta como una década hipócrita en la vida americana. Con esa foto familiar que ella consideraba tan propensa a la represión como al incesto. Stephen King no ignora ese doblez, pero su novela nos descubre otros matices que van desde el amor hasta la eclosión del baile. En La Era de Antaño, ciertamente, una pareja no casada debe disimular sus relaciones sexuales ante los vecinos, pero no se reprime a la hora de comerse por la mañana, después de la contienda sexual de la noche anterior, media docena de huevos con beicon. El sexo era aún un problema, el colesterol no. Tampoco la contaminación ambiental debida a las emanaciones de las fábricas o fumar compulsivamente en cualquier establecimiento.

Nuestro héroe, en todo caso, pasa apuros, se enamora, y pronto se convierte en un enigma, más bien un problema, para sus conocidos y amigos. Algo normal, si tenemos en cuenta que dice frases que no se usan (todavía), gana apuestas increíbles de béisbol o boxeo (sabe los resultados) o entona canciones de los Rolling Stones que son posteriores a los tiempos en que vive.

En cuanto al magnicidio que George Amberson (antes Jake Epping) debe evitar a toda costa, la apuesta de King es taxativa. No es que, tanto el personaje como el novelista, ignoren las distintas teorías de la conspiración alrededor del asesinato de Kennedy. Así el FBI o la KGB. Castro o el Anticastro. Los petroleros de Texas o los comunistas. La mafia o los republicanos. Ni los libros de Gerald Posner, Edward Jay Epstein o Thomas Mallon, todos ellos, entre muchos otras obras, documentos, entrevistas y filmaciones, consultados por el escritor y de los que da noticia en un epílogo tan instructivo como honesto.

Sin embargo, como concluyó Norman Mailer contra su propia idea inicial en Oswald: un misterio americano, King se decanta por la versión del hombre solitario y por aceptar las conclusiones de “la aburrida Comisión Warren”: Oswald actuó en solitario y no fue el cabeza de turco de una conspiración insondable. Lo que ocurre es que, como también dijo en su día Mailer, “a nuestra razón le es virtualmente imposible asimilar que un hombrecillo solitario derrumbe a un gigante en medio de sus limusinas, de sus legiones, de su muchedumbre, de su seguridad”.

Esta conclusión, discutible, convierte a la novela en un Western. Un duelo a muerte entre dos hombres comunes que, de repente, están llamados a encarnar al héroe americano y al villano americano.

No adelantaré el desenlace –los desenlaces- de este libro adictivo de 900 páginas. Como dice Stephen King, el pasado se protege, hace trampas. Es un lugar –esa Era de Antaño- donde gracias al efecto mariposa (atribuido aquí, curiosamente, a Ray Bradbury y no a la Teoría del Caos) los arreglos que se hacen en un sitio pueden descomponer una vida tranquila en otro.

Dejémoslo aquí. Stephen King ha vuelto a lo grande, y con bola extra, en esta pieza que, otra vez Rodrigo Fresán, tiene más de Lewis Carroll que de H.G. Welles. Más de Alicia en el País de las Maravillas que de “La Máquina del Tiempo”. En 22 / 11 / 63 es más bien el tiempo el que se comporta como una máquina. A veces divina, a veces diabólica, cuya función, por mucho que creamos saber del porvenir de los otros, consiste en ocultarnos el destino que nos espera a nosotros mismos.

(*) Publicado en Babelia, El País, 30 de junio, 2012.