Entries from septiembre 2012 ↓

Ensayo de una exposición

Iván de la Nuez

A su crisis, el mundo del arte suma los efectos de La Crisis; así mayúscula. Afronta la adversidad de los presupuestos menguantes y, además, la de las propuestas menguantes. Hay reducción de metros, pero también de crédito. Y un compás de espera muy parecido a la parálisis. Tan expandido como estuvo el arte hace solo una década ante todo lo que pasaba a su alrededor y tan contraído que parece, ahora, ante lo que le ocurre a sí mismo.

Son diversas las consecuencias del desconcierto. Frente a la drástica reducción de las exposiciones, los comisarios tienden a pasarse, con resultados muy dispares, a la escritura de libros. Y ante la reducción de proyectos de tesis, tiene lugar un desplazamiento en desbandada hacia el manoseo de las colecciones. De manera que todo aquello que antes constituía un plan B -si bien un recodo digno, interesante y necesario de este oficio- ha pasado a comportarse como una prioridad. Un “valor seguro” que se antepone a cualquier “apuesta de riesgo”, para hablar con la jerga de los tiempos.

En medio de esos males, muy señalados en España, y a contracorriente de ellos, navega Atlas portátil de América Latina. Este ensayo de Graciela Speranza interpela, a través del arte y de sus “ficciones errantes”, a un mosaico de obras que, en los últimos tiempos, han sido capaces de remover los cimientos de esa cartografía unitaria con la que se suele despachar a “América Latina”.

El libro nace de un ligero shock, provocado por el Atlas de George Didi-Huberman en el Museo Reina Sofía, y se deja leer como una repuesta fragmentaria a esa ambición de totalidad. Cosido con los mapas personales e intransferibles de Guillermo Kuitca, Francis Alys, Los Carpinteros, Alfredo Jaar, Santiago Sierra o Mario Bellatín, el ensayo de Speranza repara en la geopolítica y en el paseo cotidiano, en el mapa global y en el apunte personal, en el compromiso ideológico y al mismo tiempo en la ironía.

Si hubo un tiempo en que algunas exposiciones tenían la ambición de comportarse como libros –ensayos o relatos-, con Atlas portátil de América Latina se da el caso contrario; el de un libro que funciona como el proyecto de una exposición. El boceto de un display en el cual lo “portátil” no es una América invariable que vaga por el mundo, sino una América “maleable” que puede armarse o desarmarse en cualquier frontera.

No se trata, pues, de un souvenir sino de un puzzle.

En esa línea, cabe destacar el modo en que la autora intercala textos ajenos –Suely Rolnik, Antonio J. Ponte, Yuri Herrera, Roberto Bolaño- que remarcan, si cabe, esa condición de esbozo previo a “otra cosa” que está más allá del libro.

El tema abordado por Atlas portátil… es un vieja obstinación americana. Se remonta al mapa accidental de Colón y al mapa intencionado de Martín Fernández de Enciso, aquel cartógrafo que en pleno siglo XVI describió a su obra cumbre -la Summa Geografica– como un libro que trataba “largamente del arte de marear”. De esos tiempos en los que la geografía operaba como un arte, nos llegan estos ecos en los que el arte se permite la libertad de funcionar como una geografía.

Tales resonancias sacuden este libro sobrio y bien construido que tiene, sin embargo, un cierre brusco y casi desaprensivo. Un ensayo, cabe remarcarlo, que asume el riesgo de no limitarse a cubrir una clasificación genérica, y que desborda cualquier impedimento escolar para comportarse como el boceto de un mundo posible. Un mapa no sólo capaz de dibujar una realidad, sino también de producirla.

(*) Publicado en Babelia, El País, 29 de septiembre de 2012.

Marcador

Breaking Bad & Los Zafiros

Iván de la Nuez

Otra vuelta por La rumba siniestra. Música cubana y trama norteamericana, thriller y feeling. Benny Moré & Dexter. Esta vez, en Breaking Bad, tercera temporada. Y la advertencia de Los Zafiros: “He venido a decirte”.

Manuel Saiz y el círculo vicioso

Iván de la Nuez

12. TTZZ es el proyecto de un tren circular y su itinerario sigue el movimiento del reloj. Su desplazamiento no tiene lugar en el tiempo sino en la medida del tiempo. Su viaje da cuenta de Europa y, asimismo, consigue que nos “demos cuenta” de Europa. TTZZ (el Tren del Tiempo) atraviesa el arte y la tecnología, el fascismo y el conocimiento, la fábrica Phillips y Michel Foucault, la Documenta de Kassel y una plaza de Verona en la que Romeo y Julieta apenas tuvieron tiempo de apurar su aventura.

1. TTZZ es también una Máquina del Tiempo y nos involucra en la paradoja del “regreso al futuro”. Conviene alertar que se trata de una máquina devastadora que sólo puede avanzar ejerciendo la violencia: tanto contra lo que consideramos “contemporáneo” como contra aquello que consideramos “patrimonial”. Su misión consiste en horadar nuestras ciudades-museo, tan petrificadas en su pasado de esplendor como orgullosas de la presencia en ellas de la tecnología “punta” de este tiempo.

2. En su recorrido, el Tren del Tiempo evoca la Enciclopedia. Por mucho que trate de expandir su viaje, al final queda atrapado en la claustrofobia de un conocimiento circular que, en sus mejores momentos, nos remite al Ágora: implica la política y -¿por qué no?- la república. En otros, nos desvela una Europa que, cumplida su expansión, regresa ensimismada a las tareas propias de la exclusión. Alguna vez, el TTZZ se convierte en un tren antiguo y deja escuchar los chasquidos de la Europa que fue (ahora sólo concebible como arte o memoria). O como el nombre de un club de fútbol, un grupo de rock, una idea de la civilización…

3. Hay un reto en esta pieza cerrada (esta circunferencia). Y ese reto viene de lo que ha quedado fuera, de esas voces que desde el exterior tientan nuestra tranquilidad. El Tren del Tiempo le sirve a Manuel Saiz para explorar ese paisaje del otro lado. Para lidiar con un malestar hacia eso que seguimos considerando “arte”, o “artista”, o “contemporáneo”. Por eso Saiz ha necesitado “salir” del arte para escribir un libro o emplearse a fondo en un “blog colosal”. La fuga, aquí, consiste en la construcción de un tren posible, aunque irrealizable.

4. Todo círculo arrastra la fatalidad de ser, finalmente, un círculo vicioso. En el Tren del Tiempo Manuel Saiz parece rendirse a esta evidencia, cuando traslada al artista la pregunta que Klossowski –Nietzsche y el círculo vicioso– destinó al filósofo. ¿Es posible hoy esta figura? ¿Es necesaria?

5. Rosalind Krauss publicó, en 1979, La escultura en el campo expandido. Un ensayo que describía el salto del arte más allá de sus propios confines. El arte, ante un malestar que ya no podía resolver dentro de sus límites, no tenía otra opción que expandirse o morir. Sólo que ese estiramiento no presuponía -como sucede ahora con frecuencia- a un arte embelesado con la tecnología. Más bien, usaba la tecnología de entonces para mantener la escala humana.

6. La literatura tuvo, en su día, esta inquietud. Así al menos se explica en los escritores que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, sentaron las bases de la ficción moderna: Henry James y Robert Louis Stevenson, Balzac y Poe, Chéjov y Rilke, Chesterton y Wilde… A todos les fascinaba el status de los pintores de su época. Querían su reconocimiento y su esplendor. Desde entonces, la literatura no ha dejado de engullir el mundo de las artes visuales (el espectáculo y el cine, la televisión y el cabaret, la pintura y el vídeo) hasta el punto que hoy podemos escribir una historia del arte de ficción (sólo con artistas, obras y museos imaginados por escritores). De Paul Auster a Patrick Mc Grath, de Ignacio Vidal Folch a Roberto Bolaño, de César Aira a Don Delillo. Certeros ejemplos de que el principal malestar de la cultura contemporánea no proviene de lo que concebimos como ficción sino de aquello que se nos endosa como verdad.

7. Los proyectos de Manuel Saiz basculan en este viaje de ida y vuelta que tiene lugar entre el arte y la escritura. Sus piezas llegan a conformar (si se me permite este término) un arte de “retaguardia”. Como si aguardaran en una recámara de la que sólo pudieran salir por razones de “fuerza mayor”. Persuadidas, acaso, de que no es otra imagen visual –una más- lo que necesita el arte contemporáneo. El arte contempráneo, cualquier cosa que esto sea, está urgido –y mucho- de las palabras. Aquellas que, ante la sobredosis de imágenes que nos atribulan, sean capaces de consolidar un imaginario.

8. Esta es la ganancia que nos deja la obra de Manuel Saiz. Una ganancia difícil y poco confortable, conviene advertirlo, debido a la desubicación intencionada que sigue su trayectoria. Da igual que se trate de videoartes, proyectos curatoriales, intervenciones sorpresivas, esculturas sociales o performances en las que el espectador termina involucrado. Da igual que sean libros –como 101 excusas o A Colossal Blog-. Da igual que obedezcan al registro diario de alguien que pasa ocho meses en Roma sin ver, ni una sola vez, el Coliseo, indaguen en la polisemia de la palabra “Buffer”, o se propongan, con todo detalle, construir un tren circular para Europa.

9. Para un ensayista, esta obra es gratificante y a la vez incómoda. Genera un enriquecimiento y también la sospecha de no estar a la altura: intuyes lo que puede ofrecerte a ti, pero te queda la sensación de tener poco, o nada, que aportarle a ella. Son trabajos que tienen un relato complejo que, sin embargo, no puede calificarse como “narrativo” en el sentido rudimentario o manoseado de este término. No son obras “sobre” este o aquel aspecto de las cosas. Son planos propiciatorios de tales aspectos y tales cosas -bocetos capaces de precipitar realidades tangibles.

10. Los proyectos de Manuel Saiz están marcados por ese zigzag avistado por Blanchot en La literatura que vendrá. Unas veces “escritor” y entonces, como Ulises, se tapa los oídos ante las Sirenas (sobrevive para contarlo). Otras veces “artista” y entonces, como Ahab, se pierde tras la imagen de la Ballena.

11. El Tren del Tiempo es a Europa lo que Mistery Train fue a América. (la canción que cantaba Elvis o el libro de Greil Marcus al que dio título). En Time Train, la superstición de un continente; en Mistery Train, la ilusión de un país. Lo férreo y lo fluvial. Como si el ferrocarril representara para los europeos lo que el Mississippi para los americanos. El Tren del Tiempo surca la historia por un lugar inesperado. Tiene su origen en una “visión” similar a la que llevó a Fitzcarraldo hasta el último puerto y que Werner Herzog definió como la “conquista de lo inútil”. De hecho, el Tren del Tiempo no es un artefacto “útil”, pero es una obra necesaria.

(*) TTZZ Time Train, proyecto audiovisual de Manuel Saiz, se presenta el sábado, 29 de septiembre, en La Casa Encendida de Madrid. Este texto fue escrito para el catálogo de su versión expositiva, que inició su recorrido hace unos tres años en Huesca. En el blog compartí el proceso de escritura de este ensayo que ahora publico aquí completo. 

El punto ciego

Iván de la Nuez

Javier Cercas confiesa que le gustaría escribir un ensayo sobre la ambigüedad en literatura. Ese ensayo imaginado ya tiene, incluso, título en su mente: El punto ciego.

Su texto indagaría en ese ángulo que se esconde mientras tienen lugar los acontecimientos más obvios de la trama; esa “zona” que queda fuera del campo visual que abarca el retrovisor del lector, a veces también del autor.

Hablamos, entonces, de un ensayo “enfocado” en ese punto que puede cobijar la pregunta cuya respuesta debe ir construyendo, en ningún caso imponiendo, la propia novela. El tratamiento adecuado de ese punto ciego implica una responsabilidad literaria y al mismo tiempo ética. Es un antídoto contra el maniqueísmo y una apuesta por la complejidad del relato y de los personajes que lo arman.

Lo que Cercas aplica a la novela no es menos importante en otros ámbitos, como la política, la vida, la historia de la cultura… El día antes de la caída del Muro de Berlín, ni el cuerpo diplomático, ni los periodistas, ni los analistas, ni los numerosos espías surgidos del frío que tanto entusiasman a John le Carré fueron capaces de anticiparse a lo que iba a suceder. El día antes del atentado a las Torres Gemelas, tampoco. Y eso que Al Qaeda era un foco de vigilancia e infiltración de primera importancia para la CIA o el Mossad.

En ambos casos, algo muy gordo se estaba gestando, pero la vida continuaba sin emitir señales significativas que alertaran de un cambio inminente en la historia y en las vidas; en el destino.

A la “anticipación” cultural tampoco le han faltado sus puntos ciegos. Eso es lo que expone de manera ejemplar Greil Marcus en Rastros de carmín. En ese itinerario que camina desde el dadaísmo hasta el punk, de Marcel Duchamp a los Sex Pistols, con su repertorio de apariciones no captadas, en su momento, por el espejo retrovisor de la Gran Historia de la Cultura.

Desde un “punto ciego” intentó construir George Bataille la segunda parte de su Suma ateológica, de la que nos quedan los fragmentos recogidos en un libro titulado –ni más ni menos- ¡La oscuridad no miente! En este libro (no apto “para los hombres cuya vida no es interiormente violenta”) avanzamos a tientas por un proyecto de “no-saber” que el autor ha dibujado para nosotros y para sí mismo.

Si tenemos en cuenta que se trata del mismo pensador que se detuvo en “la historia del ano” –al que se le suele llamar además “el tercer ojo”, acaso nuestro retrovisor-, podemos hacernos una cuenta de ese recorrido por lo que no se nombra ni se mira de frente y que es, también, el lugar donde suelen alojarse algunas de nuestras claves.

Volviendo al ensayo hipotético de Cercas, más que de lo invisible, El punto ciego trataría de lo imperceptible. Y más que ocultar una parte de la realidad, estaría escondiendo una parte de la verdad.

Ruinas de la antigüedad económica

Iván de la Nuez

En medio del crack (económico) del 29, Sergei Eisenstein se reunió con James Joyce en París. Su intención, más o menos oculta, era incorporar al autor del Ulises como guionista de su proyecto más ambicioso: filmar El Capital de Marx. Eisenstein vislumbraba esta película como la única aventura capaz de hacerle superar la “discordia entre el lenguaje de la lógica y el lenguaje de la imaginación”.

El proyecto nunca llegó a materializarse, y Eisenstein murió en 1948 sin la obra que, según él, estaba llamada a completar su ciclo creativo.

Casi ochenta años más tarde (2008), ya certificada la crisis actual, Alexander Kluge presentó Noticias de la antigüedad ideológica, una película de casi diez horas, distribuida en dvd por la editorial Surkhamp.

Bajo los efectos de esta debacle, Kluge consiguió realizar el sueño del director soviético, “filmar El Capital”, y de paso rendir homenaje a los tres implicados en el proyecto original: Eisenstein, Marx y Joyce.

Noticias… pone sobre el tapete esa verdad que se nos ha venido vendiendo acerca de la ideología. Esa que nos dice que no es una u otra ideología la que se ha quedado antigua, sino que la ideología, toda ella –¿todas ellas?- es una “antigüedad”, una pieza de museo y, en fin, una ruina.

Tal vez por eso mismo es que La Ruina Griega va sustituyendo a las ruinas griegas en el imaginario de Occidente. Una ruina que es todo presente, una erosión contemporánea que no necesita el paso de los siglos para alcanzar su estatus.

Estas devastaciones pueden llegar a convertirse en obras “que se hacen a sí mismas”–como le gustaba a Nietzsche que fueran las obras de arte.  No requieren, entonces, tanto de una “construcción” como de un registro. Demandan una arqueología antes que una estética.

Las fotografías con las que Ramón Williams lleva algunos años dando “noticia” de nuestra antigüedad económica arrastran algo de eso. Son una batida en el paisaje de este presente remoto por el que caminamos, instalados en el convencimiento de su normalidad.

(*) Las piezas de Ramón Williams: Anuncio político no pagado (2011); Palm and Rider (2012); White Out (2011); y Kingsway (2012).

Una colección “trans-iberiana”

Iván de la Nuez

Hoy, 18 de septiembre, se presenta en la librería La Marabunta, Madrid, Octavio Armand, singular poeta y ensayista cubano-neoyorquino-venezolano. Armand estará allí con dos libros: El ocho cubano y Octavio Armand contra sí mismo (una aproximación a su mundo de la mano de Johan Gotera). Ambos han aparecido en Efory Atocha ediciones, proyecto editorial de Santiago Alpízar.

Efory Atocha ediciones acaba de publicar, asimismo, a Sigfredo Ariel –Ahora mismo un puente-, Karelyn Buenaño –La condición del fuego-, Margarita Vélez Verbel –El libro de las destrucciones-, Adán Echevarría –La confusión creciente de la alcantarilla-, Odette Alonso –Bajo esa luna extraña– y Yoss –Mentiras cubanas.

Los escritores son cubanos, mexicanos, colombianos o venezolanos. En su mayoría, trashumantes reflejados en esa condición que me gusta definir como trans-ibérica.

Dejo aquí constancia de esta aventura editorial que parece correr al revés de los tiempos y, por eso mismo, a favor de la imaginación.

Una historia rusa

Iván de la Nuez

“No es la Historia rusa; es simplemente una historia rusa”. Así describe John Steinbeck el libro del viaje que hiciera a la antigua Unión Soviética junto al fotógrafo Robert Capa en 1948. Steinbeck tenía el Pulitzer –aunque todavía le faltaban doce años para ganar el Nobel- y era uno de los más emblemáticos escritores de Estados Unidos (ya había publicado De ratones y hombres o Las viñas de la ira). Capa, por su parte, ya había retratado la Guerra Civil española (donde hizo algunas de las fotografías más conocidas del siglo XX) y acababa de fundar la agencia Magnum junto a Cartier-Bresson.

Sin embargo, en 1948 tanto el escritor como el fotógrafo se encontraban en un momento creativo algo bajo. Así que decidieron seguir el precepto de Humphrey Bogart –no hay problema en este mundo que no resuelva un whisky doble- y dirimieron su angustia “en el bar del Hotel Bedford en la calle 40 Este”. Ciertamente, no la licuaron bajo los efectos de un escocés sino de una Suissesse (o dos, o tres), y la consecuencia no fue otra que la decisión de emprender una aventura soviética y compartir reportaje –escrito y visual- en el New York Herald Tribune.

El Diario de Rusia, que así se llama el libro editado por Capitán Swing en español, reúne al completo los textos de Steinbeck (y unas 70 fotos de Capa).

Tanto el novelista como el fotógrafo se encontraban algo deprimidos con el periodismo del momento, “no tanto por las noticias como por su manejo”. Cansados, los dos, de los expertos en teletipos, compartían la añoranza de pisar el campo minado de los acontecimientos. A esas alturas, les importaba poco lo que todos manejaban: la maldad o la grandeza de Stalin; las decisiones del Soviet Supremo… Lo que querían era reportar, de primera mano, cómo eran los individuos soviéticos. “¿Cómo se viste la gente allí? ¿Qué sirven para cenar? ¿Hacen fiestas? ¿Qué comida hay? ¿Cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿De qué hablan? ¿Bailan, y cantan, y juegan? ¿Van los niños al colegio?” Esa clase de cosas.

Y así se lanzaron a aquella aventura, persuadidos de “que debe de haber una vida privada de la gente rusa, sobre la cual no podemos leer porque nadie ha escrito sobre ella y nadie la ha fotografiado”.

Un fin loable, sin duda, aunque algo pasado de presunción, dado que no fueron ellos los primeros occidentales en eso de ventilar la “verdad oculta de Moscú”. Antes lo hicieron, por ejemplo, John Reed o George Orwell, lo que no quita que tanto Steinbeck como Capa, con su Diario de Rusia, puedan considerarse pioneros de ese género que he llamado “Eastern”, y que han compartido varios artistas, escritores e intelectuales de Occidente intrigados por lo que pasaba al otro lado del Telón de Acero. En el caso de la URSS, su aventura guarda semejanza con la del dibujante Saul Steinberg y anuncia la de personajes tan disímiles como los Beatles o Mohamed Ali.

Steinbeck y Capa se concentran, pues, en la vida cotidiana de la Unión Soviética. Una tarea poco promisoria, si recordamos que en 1948 nos encontramos en pleno estalinismo, el Gulag está en su apogeo y el control burocrático es tan absurdo como asfixiante. Así que el retrato humano que se proponen escribir y fotografiar no va a tocar –aunque se lo hubieran propuesto no lo hubieran conseguido- los puntos más críticos de la represión estalinista. Lo curioso es que, pese al celoso control de las autoridades, Diario de Rusia consigue entregarnos (unas veces explícitamente, otras por alusión) un reportaje de los usos y costumbres de los soviéticos y una buena traducción de esa vida a los occidentales.

Así las cosas, nos encontramos con georgianos, ucranianos y rusos, con fiestas y discusiones, con las inquietudes de esos hombres y mujeres sobre la vida en Occidente o la intriga de sus escritores acerca del futuro de la literatura norteamericana después de Hemingway o Faulkner. Por mediación de este libro sabemos de las penurias de la postguerra en Moscú o de los ardides de las muchachas para vestirse medianamente bien. De cómo los hombres iban de uniforme porque no tenían otra ropa mejor o de lo que bebían y comían. De una manera secundaria, aunque no poco importante, el libro funciona además para entender algo mejor la personalidad de Robert Capa.

Al final, fotógrafo y novelista saben que su relato “no satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera, dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso”.

Diario de Rusia acopia pistas de un mundo en el que, por debajo de un georgiano exterminador y de su mostacho, la gente intentaba tener una familia y enamorarse, mientras se implicaba en la construcción de un futuro “definitivo” que se vino abajo en Berlín un 9 de noviembre de 1989.

Política

Iván de la Nuez

La política ya no consistirá en El Arte de Lo Posible sino en El Arte de Lo Soportable.

Arte y Party

Iván de la Nuez

El monólogo de Clint Eastwood fue, posiblemente, lo más sonado de la pasada Convención Republicana en Tampa, aunque no fue la única veleidad artística en la cita de la derecha norteamericana.

Allí hubo, también, sitio para la pintura.

Concretamente, para la obra de Jon McNaughton, un pintor mormón que, desde que se enfocó en ilustrar el imaginario del Tea Party –con empujón de la cadena FOX incluido-, ha visto como sus cuadros han pasado a cotizar por valor de 200.000 dólares, a la vez que la cola para hacerse con ellos no ha parado de crecer.

Los títulos de esas piezas no admiten lugar a la ambivalencia. Obamanation, The Forgotten Man One Nation Under Socialism -reproducidos en este post- reflejan los desvelos de este artista radicado en Utah y convertido en un fenómeno mediático, aunque no precisamente por sus dotes pictóricos. (El crítico Jerry Saltz no ha dudado en calificar esta pintura como “trasnochada” y “obvia”).

Más allá de esta opinión, lo cierto es que, con su academicismo de serie B y la puesta en práctica de una especie de “realismo mormón”, McNaughton ha conseguido un kitsch ideo-estético más próximo a los carteles norcoreanos que a la tradición realista –o hiperrealista- norteamericana. Como si a través de sus cuadros, el ideario del Tea Party quedara representado de forma muy parecida a la idea Juche según los pintores oficiales de Pyongyang.

Si los demócratas acostumbran a arroparse con estrellas del rock y del cine, pertrechados de soflamas progresistas que no por más “modernas” resultan menos trilladas, los republicanos parecen cómodos con esa pintura pre-diluviana (en su mensaje y en su forma). No hace falta decir que Obama aparece en ellas como un Mesías del Mal que está conduciendo a Estados Unidos hacia el Apocalipsis y el Socialismo.

Evidentemente, McNaughton no es Alexander Deineka ni Leni Riefenstahl. Tampoco es el producto de un sofisticado complot orquestado por la CIA, como el que lanzó o se aprovechó del expresionismo abstracto, con Jackson Pollock a la cabeza. Ni es, ya metidos en la actualidad, un John Currin, pintor de primera línea cuyo aliento conservador se basa en recuperar la vieja tradición pictórica de los grandes maestros para concederle un lugar en el presente. Jon McNaughton es un pintor de segunda que ha encontrado la aclamación entre una clientela ávida de confirmar su fe.

No es difícil suponer que McNaughton hubiera sido un artista del agrado de Jesse Helms. Cuesta, sin embargo, imaginar que neoconservadores del calado de un Daniel Bell, un Irving Kristol o un Hilton Kramer hubieran encontrado valiosa esta pintura a la hora de formalizar su propuesta de sociedad hace treinta años.

McNaughton es el ilustrador de un conservadurismo que reniega de los intelectuales, de la ambigüedad y de las dudas (esos virus culturales que corroen las naciones) y por eso mismo emerge como un artista de la fe, la certeza y los argumentos rectos (cualidades imprescindibles para salvarlas).