Arte y Party

Iván de la Nuez

El monólogo de Clint Eastwood fue, posiblemente, lo más sonado de la pasada Convención Republicana en Tampa, aunque no fue la única veleidad artística en la cita de la derecha norteamericana.

Allí hubo, también, sitio para la pintura.

Concretamente, para la obra de Jon McNaughton, un pintor mormón que, desde que se enfocó en ilustrar el imaginario del Tea Party –con empujón de la cadena FOX incluido-, ha visto como sus cuadros han pasado a cotizar por valor de 200.000 dólares, a la vez que la cola para hacerse con ellos no ha parado de crecer.

Los títulos de esas piezas no admiten lugar a la ambivalencia. Obamanation, The Forgotten Man One Nation Under Socialism -reproducidos en este post- reflejan los desvelos de este artista radicado en Utah y convertido en un fenómeno mediático, aunque no precisamente por sus dotes pictóricos. (El crítico Jerry Saltz no ha dudado en calificar esta pintura como “trasnochada” y “obvia”).

Más allá de esta opinión, lo cierto es que, con su academicismo de serie B y la puesta en práctica de una especie de “realismo mormón”, McNaughton ha conseguido un kitsch ideo-estético más próximo a los carteles norcoreanos que a la tradición realista –o hiperrealista- norteamericana. Como si a través de sus cuadros, el ideario del Tea Party quedara representado de forma muy parecida a la idea Juche según los pintores oficiales de Pyongyang.

Si los demócratas acostumbran a arroparse con estrellas del rock y del cine, pertrechados de soflamas progresistas que no por más “modernas” resultan menos trilladas, los republicanos parecen cómodos con esa pintura pre-diluviana (en su mensaje y en su forma). No hace falta decir que Obama aparece en ellas como un Mesías del Mal que está conduciendo a Estados Unidos hacia el Apocalipsis y el Socialismo.

Evidentemente, McNaughton no es Alexander Deineka ni Leni Riefenstahl. Tampoco es el producto de un sofisticado complot orquestado por la CIA, como el que lanzó o se aprovechó del expresionismo abstracto, con Jackson Pollock a la cabeza. Ni es, ya metidos en la actualidad, un John Currin, pintor de primera línea cuyo aliento conservador se basa en recuperar la vieja tradición pictórica de los grandes maestros para concederle un lugar en el presente. Jon McNaughton es un pintor de segunda que ha encontrado la aclamación entre una clientela ávida de confirmar su fe.

No es difícil suponer que McNaughton hubiera sido un artista del agrado de Jesse Helms. Cuesta, sin embargo, imaginar que neoconservadores del calado de un Daniel Bell, un Irving Kristol o un Hilton Kramer hubieran encontrado valiosa esta pintura a la hora de formalizar su propuesta de sociedad hace treinta años.

McNaughton es el ilustrador de un conservadurismo que reniega de los intelectuales, de la ambigüedad y de las dudas (esos virus culturales que corroen las naciones) y por eso mismo emerge como un artista de la fe, la certeza y los argumentos rectos (cualidades imprescindibles para salvarlas).

Marcador