Una historia rusa

Iván de la Nuez

“No es la Historia rusa; es simplemente una historia rusa”. Así describe John Steinbeck el libro del viaje que hiciera a la antigua Unión Soviética junto al fotógrafo Robert Capa en 1948. Steinbeck tenía el Pulitzer –aunque todavía le faltaban doce años para ganar el Nobel- y era uno de los más emblemáticos escritores de Estados Unidos (ya había publicado De ratones y hombres o Las viñas de la ira). Capa, por su parte, ya había retratado la Guerra Civil española (donde hizo algunas de las fotografías más conocidas del siglo XX) y acababa de fundar la agencia Magnum junto a Cartier-Bresson.

Sin embargo, en 1948 tanto el escritor como el fotógrafo se encontraban en un momento creativo algo bajo. Así que decidieron seguir el precepto de Humphrey Bogart –no hay problema en este mundo que no resuelva un whisky doble- y dirimieron su angustia “en el bar del Hotel Bedford en la calle 40 Este”. Ciertamente, no la licuaron bajo los efectos de un escocés sino de una Suissesse (o dos, o tres), y la consecuencia no fue otra que la decisión de emprender una aventura soviética y compartir reportaje –escrito y visual- en el New York Herald Tribune.

El Diario de Rusia, que así se llama el libro editado por Capitán Swing en español, reúne al completo los textos de Steinbeck (y unas 70 fotos de Capa).

Tanto el novelista como el fotógrafo se encontraban algo deprimidos con el periodismo del momento, “no tanto por las noticias como por su manejo”. Cansados, los dos, de los expertos en teletipos, compartían la añoranza de pisar el campo minado de los acontecimientos. A esas alturas, les importaba poco lo que todos manejaban: la maldad o la grandeza de Stalin; las decisiones del Soviet Supremo… Lo que querían era reportar, de primera mano, cómo eran los individuos soviéticos. “¿Cómo se viste la gente allí? ¿Qué sirven para cenar? ¿Hacen fiestas? ¿Qué comida hay? ¿Cómo hacen el amor y cómo mueren? ¿De qué hablan? ¿Bailan, y cantan, y juegan? ¿Van los niños al colegio?” Esa clase de cosas.

Y así se lanzaron a aquella aventura, persuadidos de “que debe de haber una vida privada de la gente rusa, sobre la cual no podemos leer porque nadie ha escrito sobre ella y nadie la ha fotografiado”.

Un fin loable, sin duda, aunque algo pasado de presunción, dado que no fueron ellos los primeros occidentales en eso de ventilar la “verdad oculta de Moscú”. Antes lo hicieron, por ejemplo, John Reed o George Orwell, lo que no quita que tanto Steinbeck como Capa, con su Diario de Rusia, puedan considerarse pioneros de ese género que he llamado “Eastern”, y que han compartido varios artistas, escritores e intelectuales de Occidente intrigados por lo que pasaba al otro lado del Telón de Acero. En el caso de la URSS, su aventura guarda semejanza con la del dibujante Saul Steinberg y anuncia la de personajes tan disímiles como los Beatles o Mohamed Ali.

Steinbeck y Capa se concentran, pues, en la vida cotidiana de la Unión Soviética. Una tarea poco promisoria, si recordamos que en 1948 nos encontramos en pleno estalinismo, el Gulag está en su apogeo y el control burocrático es tan absurdo como asfixiante. Así que el retrato humano que se proponen escribir y fotografiar no va a tocar –aunque se lo hubieran propuesto no lo hubieran conseguido- los puntos más críticos de la represión estalinista. Lo curioso es que, pese al celoso control de las autoridades, Diario de Rusia consigue entregarnos (unas veces explícitamente, otras por alusión) un reportaje de los usos y costumbres de los soviéticos y una buena traducción de esa vida a los occidentales.

Así las cosas, nos encontramos con georgianos, ucranianos y rusos, con fiestas y discusiones, con las inquietudes de esos hombres y mujeres sobre la vida en Occidente o la intriga de sus escritores acerca del futuro de la literatura norteamericana después de Hemingway o Faulkner. Por mediación de este libro sabemos de las penurias de la postguerra en Moscú o de los ardides de las muchachas para vestirse medianamente bien. De cómo los hombres iban de uniforme porque no tenían otra ropa mejor o de lo que bebían y comían. De una manera secundaria, aunque no poco importante, el libro funciona además para entender algo mejor la personalidad de Robert Capa.

Al final, fotógrafo y novelista saben que su relato “no satisfará ni a la izquierda eclesial ni a la derecha reaccionaria. La primera, dirá que es anti-ruso, y la segunda dirá que es pro-ruso”.

Diario de Rusia acopia pistas de un mundo en el que, por debajo de un georgiano exterminador y de su mostacho, la gente intentaba tener una familia y enamorarse, mientras se implicaba en la construcción de un futuro “definitivo” que se vino abajo en Berlín un 9 de noviembre de 1989.

Share