Manuel Saiz y el círculo vicioso

Iván de la Nuez

12. TTZZ es el proyecto de un tren circular y su itinerario sigue el movimiento del reloj. Su desplazamiento no tiene lugar en el tiempo sino en la medida del tiempo. Su viaje da cuenta de Europa y, asimismo, consigue que nos “demos cuenta” de Europa. TTZZ (el Tren del Tiempo) atraviesa el arte y la tecnología, el fascismo y el conocimiento, la fábrica Phillips y Michel Foucault, la Documenta de Kassel y una plaza de Verona en la que Romeo y Julieta apenas tuvieron tiempo de apurar su aventura.

1. TTZZ es también una Máquina del Tiempo y nos involucra en la paradoja del “regreso al futuro”. Conviene alertar que se trata de una máquina devastadora que sólo puede avanzar ejerciendo la violencia: tanto contra lo que consideramos “contemporáneo” como contra aquello que consideramos “patrimonial”. Su misión consiste en horadar nuestras ciudades-museo, tan petrificadas en su pasado de esplendor como orgullosas de la presencia en ellas de la tecnología “punta” de este tiempo.

2. En su recorrido, el Tren del Tiempo evoca la Enciclopedia. Por mucho que trate de expandir su viaje, al final queda atrapado en la claustrofobia de un conocimiento circular que, en sus mejores momentos, nos remite al Ágora: implica la política y -¿por qué no?- la república. En otros, nos desvela una Europa que, cumplida su expansión, regresa ensimismada a las tareas propias de la exclusión. Alguna vez, el TTZZ se convierte en un tren antiguo y deja escuchar los chasquidos de la Europa que fue (ahora sólo concebible como arte o memoria). O como el nombre de un club de fútbol, un grupo de rock, una idea de la civilización…

3. Hay un reto en esta pieza cerrada (esta circunferencia). Y ese reto viene de lo que ha quedado fuera, de esas voces que desde el exterior tientan nuestra tranquilidad. El Tren del Tiempo le sirve a Manuel Saiz para explorar ese paisaje del otro lado. Para lidiar con un malestar hacia eso que seguimos considerando “arte”, o “artista”, o “contemporáneo”. Por eso Saiz ha necesitado “salir” del arte para escribir un libro o emplearse a fondo en un “blog colosal”. La fuga, aquí, consiste en la construcción de un tren posible, aunque irrealizable.

4. Todo círculo arrastra la fatalidad de ser, finalmente, un círculo vicioso. En el Tren del Tiempo Manuel Saiz parece rendirse a esta evidencia, cuando traslada al artista la pregunta que Klossowski –Nietzsche y el círculo vicioso– destinó al filósofo. ¿Es posible hoy esta figura? ¿Es necesaria?

5. Rosalind Krauss publicó, en 1979, La escultura en el campo expandido. Un ensayo que describía el salto del arte más allá de sus propios confines. El arte, ante un malestar que ya no podía resolver dentro de sus límites, no tenía otra opción que expandirse o morir. Sólo que ese estiramiento no presuponía -como sucede ahora con frecuencia- a un arte embelesado con la tecnología. Más bien, usaba la tecnología de entonces para mantener la escala humana.

6. La literatura tuvo, en su día, esta inquietud. Así al menos se explica en los escritores que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, sentaron las bases de la ficción moderna: Henry James y Robert Louis Stevenson, Balzac y Poe, Chéjov y Rilke, Chesterton y Wilde… A todos les fascinaba el status de los pintores de su época. Querían su reconocimiento y su esplendor. Desde entonces, la literatura no ha dejado de engullir el mundo de las artes visuales (el espectáculo y el cine, la televisión y el cabaret, la pintura y el vídeo) hasta el punto que hoy podemos escribir una historia del arte de ficción (sólo con artistas, obras y museos imaginados por escritores). De Paul Auster a Patrick Mc Grath, de Ignacio Vidal Folch a Roberto Bolaño, de César Aira a Don Delillo. Certeros ejemplos de que el principal malestar de la cultura contemporánea no proviene de lo que concebimos como ficción sino de aquello que se nos endosa como verdad.

7. Los proyectos de Manuel Saiz basculan en este viaje de ida y vuelta que tiene lugar entre el arte y la escritura. Sus piezas llegan a conformar (si se me permite este término) un arte de “retaguardia”. Como si aguardaran en una recámara de la que sólo pudieran salir por razones de “fuerza mayor”. Persuadidas, acaso, de que no es otra imagen visual –una más- lo que necesita el arte contemporáneo. El arte contempráneo, cualquier cosa que esto sea, está urgido –y mucho- de las palabras. Aquellas que, ante la sobredosis de imágenes que nos atribulan, sean capaces de consolidar un imaginario.

8. Esta es la ganancia que nos deja la obra de Manuel Saiz. Una ganancia difícil y poco confortable, conviene advertirlo, debido a la desubicación intencionada que sigue su trayectoria. Da igual que se trate de videoartes, proyectos curatoriales, intervenciones sorpresivas, esculturas sociales o performances en las que el espectador termina involucrado. Da igual que sean libros –como 101 excusas o A Colossal Blog-. Da igual que obedezcan al registro diario de alguien que pasa ocho meses en Roma sin ver, ni una sola vez, el Coliseo, indaguen en la polisemia de la palabra “Buffer”, o se propongan, con todo detalle, construir un tren circular para Europa.

9. Para un ensayista, esta obra es gratificante y a la vez incómoda. Genera un enriquecimiento y también la sospecha de no estar a la altura: intuyes lo que puede ofrecerte a ti, pero te queda la sensación de tener poco, o nada, que aportarle a ella. Son trabajos que tienen un relato complejo que, sin embargo, no puede calificarse como “narrativo” en el sentido rudimentario o manoseado de este término. No son obras “sobre” este o aquel aspecto de las cosas. Son planos propiciatorios de tales aspectos y tales cosas -bocetos capaces de precipitar realidades tangibles.

10. Los proyectos de Manuel Saiz están marcados por ese zigzag avistado por Blanchot en La literatura que vendrá. Unas veces “escritor” y entonces, como Ulises, se tapa los oídos ante las Sirenas (sobrevive para contarlo). Otras veces “artista” y entonces, como Ahab, se pierde tras la imagen de la Ballena.

11. El Tren del Tiempo es a Europa lo que Mistery Train fue a América. (la canción que cantaba Elvis o el libro de Greil Marcus al que dio título). En Time Train, la superstición de un continente; en Mistery Train, la ilusión de un país. Lo férreo y lo fluvial. Como si el ferrocarril representara para los europeos lo que el Mississippi para los americanos. El Tren del Tiempo surca la historia por un lugar inesperado. Tiene su origen en una “visión” similar a la que llevó a Fitzcarraldo hasta el último puerto y que Werner Herzog definió como la “conquista de lo inútil”. De hecho, el Tren del Tiempo no es un artefacto “útil”, pero es una obra necesaria.

(*) TTZZ Time Train, proyecto audiovisual de Manuel Saiz, se presenta el sábado, 29 de septiembre, en La Casa Encendida de Madrid. Este texto fue escrito para el catálogo de su versión expositiva, que inició su recorrido hace unos tres años en Huesca. En el blog compartí el proceso de escritura de este ensayo que ahora publico aquí completo. 

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