Ulises en cinco minutos

Iván de la Nuez

Hace algo más de una semana, Felix Baumgartner saltó desde la estratosfera y no empleó ni cinco minutos en regresar a la tierra tras recorrer más de 39 kilómetros. El saltador, que rompió la barrera del sonido, llegó a alcanzar una velocidad superior a los 1300 kilómetros por hora.

Una vuelta muy rápida, qué duda cabe.

Sobre todo si comparamos a Felix con Ulises, al que le tomó diez años regresar a Ítaca (más otros diez antes de decidirse a emprender el retorno). Ulises tuvo que lidiar con todo tipo de aventuras y guerras, así como otras tantas distracciones humanas y divinas que, dispuestas por Homero, salían a su encuentro con el objetivo de complicarle el viaje a casa.

Veintitantos siglos antes de Carlos Gardel, Ulises ya se había ocupado de desmentir la famosa afirmación de que “veinte años no es nada”.

Para Ulises, de Ítaca a Ítaca, veinte años fueron mucho; ¡fueron la Odisea!

De los diez años empleados por Ulises en volver a Ítaca a los cinco minutos que le bastaron a Felix Baumgartner para regresar a la tierra es posible hilvanar una historia del afán de retorno que ha atenazado, desde siempre, a muchos seres humanos. Una historia que puede alojarse en una sola jornada de Leopold Bloom por Dublín en ese otro Ulises, el de Joyce, o en la vuelta de José María Heredia a Cuba previa petición del perdón colonial. En el viaje de regreso a su Checoslovaquia natal de Irena, protagonista de La ignorancia, de Milan Kundera, o en Santiago, el antihéroe de Hemingway en El Viejo y el mar que trata por todos los medios de volver a la orilla con la prueba desguazada de su hazaña.

Regresos trágicos todos y, por decirlo de alguna manera, ficticios. En tales ausencias, el punto de partida se ha “movido” como se mueve la tierra bajo nuestros pasos. Veinte años o cinco minutos bastan para que el lugar al que retornamos haya dejado de existir.

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