Entries from noviembre 2012 ↓

Eugeni Forcano

Iván de la Nuez

A Eugeni Forcano (Canet de Mar, 1926) le han concedido, por fin, el Premio Nacional de Fotografía. Refrendado por Joan Perucho o Josep Pla en los sesenta, glosado más tarde por Josep Maria Espinás y Corredor-Matheos, y recuperado por Andrés Trapiello o Javier Pérez Andujar ya entrado este siglo, Forcano ha tenido una suerte menor con los museos y los popes de la fotografía, a los que les ha costado encajar una obra marcada por la singularidad.

Miembro de una generación fundamental de la fotografía catalana –Joan Colom nació en 1921 y Oriol Maspons en 1928-, Forcano avanzó en solitario por una Barcelona lateral y triste, como un Álvarez Bravo mediterráneo que se va cruzando con seres sin suerte.

Su inquietud, sin embargo, no quedó ahí. También le debemos una fotografía radicalmente distinta; experimental, abstracta y colorida, que no puedo llamar de otra forma que psicodélica. Esa dualidad, tal vez, dificultara su asimilación en el “mundo del arte”. Un misterio, en todo caso, que no es interesante descifrar a estas alturas.

En su apartamento, y a través de sus archivos, es posible encontrar una puerta hacia una Barcelona que ya no existe. Gracias a la generosidad de Eugeni Forcano, algunos tenemos el privilegio de caminar por ella.

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Ejercicios para un museo de mano

Iván de la Nuez

En breve, dedicaremos por aquí un apartado a proyectos de exposición que tienen, por así decirlo, vida propia. Es decir, pueden ser “leídos” o transitados, o visualizados, sin que necesariamente estén vinculados a una exposición física. Bien porque esta ya ha pasado, bien porque está por venir, bien porque, incluso, no es posible instalar su display.

Compartiremos, pues, planos, ensayos, guiones, memorias de los proyectos, tanto colectivos como individuales.

Entre los realizados: Cuba: La isla posible, Inundaciones, Ciudad (Sergio Belinchón), Soy la ciudad (Alexander Apóstol), Postcapital o De Facto (Joan Fontcuberta).

Ejercicios, en fin, para construir un museo de mano, como quien compila un libro u organiza su estudio.

(*) En la imagen: Museum, de Dan Perjovschi.

Fukuyama tuitea su nostalgia

Iván de la Nuez

Es una frase del pasado 9 de noviembre y Jorge Ferrer me llama la atención sobre ella. Un tweet de Francis Fukuyama, el hombre del fin de la historia, el hombre que nos anunció un largo aburrimiento, el hombre del último hombre.

Y está lanzada, ni más ni menos, desde el departamento de herramientas de Sears, tienda iconográfica donde las haya. Allí, en el Tool Department, Fukuyama ha escrito a sus casi 13.000 seguidores que “se ha sentido nostálgico”.

Herramientas, nostalgia, Sears…

La secuencia perfecta para que Fukuyama tenga un ramalazo ludita. Una añoranza por el tiempo del trabajo manual y por la realidad ídem. Un fogonazo de melancolía por el bricolage del domingo, antes de la barbacoa, tal vez ayudando a su padre a reparar algo en el porche.

El hombre para el cual, parafraseando la frase de Lennon sobre Elvis, antes del 89 “no existía nada”, se nos deja abatir ahora por el recuerdo de los tiempos en que, por existir, incluso existía la historia.

Abandonado a la “Eastalgia”, no es difícil percibirlo como el personaje de un cuadro de Neo Rauch -maestro de la Ostalgia- que deja correr la memoria hacia un tiempo en que el capitalismo tenía tintes bucólicos. Con sus batidos en Woolworth, el periódico volando hasta el portal y el litro de leche en la puerta.

El siguiente tweet de Fukuyama, lo colgó 5 días más tarde, algo nos explica de esa morriña. Es el enlace a un debate suyo con Jürgen Habermas sobre el futuro de Estados Unidos.

(*) En la imagen: Edward Hopper, Four Lane Road, 1956.

Autoayuda política

Iván de la Nuez

Empecemos por Stéphane Hessel, que hace un par de años publicó un libro breve y conminatorio: ¡Indignaos!. Era nonagenario, había nacido el mismo año de la revolución bolchevique y acarreaba una larga historia como combatiente de la resistencia francesa, superviviente de los campos de concentración y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

¡Indignaos!, publicado por Destino, se convirtió de inmediato en un best seller. No era un panfleto más, sino el panfleto que todo joven debía blandir frente al secuestro de la política por parte de los poderes financieros.

Cuando salió este libro, ya circulaban en España otros textos que enfrentaban el presente con imaginación, profundidad y, en caso de necesidad, vitriolo para aderezarlos. Es el caso de La Economía no existe, de Antonio Baños (2009) o Fin de ciclo, de Isidro López y Emmanuel Rodríguez (2010). El hecho de que estuvieran publicados por Ediciones del lince o Traficantes de sueños, demostraba no sólo un cambio de perspectiva generacional o conceptual, sino también un desplazamiento editorial . Sellos como Icária o Libros de la Catarata, Angle Editorial o Dibbuks, entre otros, intentaron marcar una diferencia que iba desde el precio de los ejemplares hasta el enfoque de los temas, pasando por el diseño y el formato de las presentaciones. Paradójicamente, ¡Indignaos! dinamitó esa tendencia editorial -todos los grandes grupos fueron a la caza de su Hessel- y funcionó asimismo como compuerta. Una vez abierta, la avalancha desbordó las librerías con incontables imitadores abonados al libro anti-sistema, el manifiesto de urgencia, el libelo de batalla… Si esto ocurría con las ediciones de papel, el revival del panfleto en Internet fue, literalmente, inabarcable.

Desde que Marx y Engels lanzaran en 1848 el Manifiesto Comunista, la madre de todos los panfletos, y medio siglo más tarde Zola esgrimiera el Yo acuso, este género con raíces en el libelo romano no había conocido una remoción tan brutal.

Para funcionar, el panfleto debe obedecer a unas claves. Se da por sentado que desvele una verdad oculta y que se lance contra el poder (aunque la figura del panfleto oficial tiene larga historia). Se sobrentiende que sea efectivo y hasta autoritario: ¡Uníos!-¡Reacciona!-¡Actúa!-¡Yo acuso!-¡Indignaos!-¡Comprometeos!

Más que responder a las dudas, sobre todo debe disiparlas.

El panfleto es a la política lo que la autoayuda a la psicología. Ofrece un oasis y una certidumbre. No hay buen panfleto que no resulte euforizante.

Aunque no le falten buenas intenciones, el panfleto es un terreno perfecto para los oportunistas. Y si bien es verdad que el género nos ha proporcionado alguna obra maestra, hurgando un poco nos percatamos de que las que califican como tal son, en realidad, textos travestidos. El contrato social es un panfleto disfrazado de ensayo como el Manifiesto Comunista es un ensayo disfrazado de panfleto.

La fiebre panfletaria ha conseguido modificar el criterio editorial del ensayo. Así que no pocos editores –con el “potencial de venta” y no la toma del Palacio de Invierno en su horizonte- se han lanzado en tromba por un género que le ofrece al lector una confirmación y no una perplejidad. A partir de ahí, las montañas de libros con esa autoayuda ideológica cuyo cóctel mezcla sin problemas a Paulo Coelho con la lucha de clases.

Que el Manifiesto Comunista siga siendo el panfleto más vendido, deja sin embargo en dificultades esa apuesta comercial. ¿Tanto remar para llegar al punto de partida?

Por el momento, el verdadero damnificado del apogeo del panfleto no ha sido el capitalismo, sino el ensayo: un texto armado con interrogantes tiene todas las de perder ante un texto que se parapeta entre signos de admiración. Las certezas venden más que las dudas; regla básica del panfleto y también, por cierto, del mercado contemporáneo.

(*) Publicado en Babelia, El País, 10 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: Karl Marx, de Lázaro Saavedra.

Santiago Auserón y “El ritmo perdido”

Iván de la Nuez

Comienza la lectura de El ritmo perdido, libro que acaba de publicar Santiago Auserón en Península. Volveremos aquí, con los deberes hechos, para hablar de este ensayo cuyo subtítulo dice así: Sobre el influjo negro en la canción española.

Resulta cada vez más difícil encontrar a un artista, no digamos ya un ensayista, cuya búsqueda sea exactamente eso –zigzaguear a tientas- y no la confirmación de una tesis. Auserón es uno de ellos. Vale la pena irse a bucear con él. Es igual si encontramos cosas distintas. Es mejor.

“Hacerse político” para no “hacer política”

Iván de la Nuez

Para “hacerse político” es imprescindible estar en un partido. Y ese es, exactamente, el punto de partida para dejar de “hacer política”.

Crítica úrica

Iván de la Nuez

Siendo todavía joven, durante la Pascua de 1932, Sartre visitó la tumba de Chateaubriand en Bretaña. Una vez allí, le brindó un homenaje “canino” (como ha calificado Cristopher Domínguez Michael ese gesto) y se orinó sobre ella…

Se cuenta que Santiago Bernabeu, el presidente más famoso que ha tenido el Real Madrid, hizo un viaje relámpago a México con el único objetivo de visitar el cementerio y mearse en la tumba de un periodista enemigo al que le había hecho esta promesa…

El escritor chileno Eduardo Labarca visitó en Ginebra el lugar donde reposa Jorge Luis Borges y le dedicó una micción de “homenaje al maestro y repudio al ciudadano”. Dos objetivos cumplidos al precio de una sola meada…

Orinarse sobre los muertos es, en parte, transmitirles un poco de vida, aunque sólo sea por el hecho de compartir con ellos un fluido tan primario. También hay atropello en este acto: no porque algunos muertos sean inocentes, sino porque ya no pueden defenderse.

Desde Aquiles, emprendiéndola contra el cadáver de Héctor, hasta el escándalo reciente de los soldados norteamericanos orinando sobre los talibanes afganos abatidos o los enemigos de Gadafi vejando sus restos, se estira la vieja costumbre de llevar la guerra hasta un estatuto postmortem. Cuando la muerte no es suficiente, hay que dar paso al escarnio. No basta con matarte, encima hay que mancillarte.

Muchos dan por sentado que la historia del arte contemporáneo empezó con un urinario. Ese que Marcel Duchamp introdujo en la galería para concederle, así, la categoría de “obra”. Su ready made le valió a Octavio Paz para encumbrar a Duchamp junto a Picasso en lo más alto del arte del siglo XX. Desde entonces, mucho ha hablado la crítica del famoso urinario, aunque muy poco del contenido del recipiente. Una crítica muy poco úrica pese a estar motivada por un meadero (todo lo contrario a los textos, más abundantes, sobre la mierda de Manzoni por ejemplo).

Como si el arte de Marcel Duchamp no se hubiera caracterizado, y de manera muy acusada, por traspasar el objeto y exponer los contenidos. Y como si el suyo, en fin, no hubiera sido -otra vez Paz- “un puntapié contra la obra sentada sobre su pedestal de adjetivos”. Un chorro sonoro sobre los mausoleo del arte.

(*) En la imagen: Borges en San Ildefonso. Fotografía de Rogelio Cuéllar, México, DF. 1973.

El país y “El País”

Iván de la Nuez

Que el país está hecho una mierda lo sabe cualquiera. Basta con salir a la calle. Y que El País atraviese una crisis parecida a la del país es comprensible. Lo que resulta intolerable es que esa situación crítica de El País, que están padeciendo sus trabajadores (y sus lectores, dicho sea de paso), se deba a la copia de los peores estilos que han hundido al país.

Chiquito con Obama

Iván de la Nuez