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Chitalu y los Afronautas

Iván de la Nuez

Según algunas leyendas ancestrales, los africanos también van al cielo después de la muerte. A veces directamente, sin calvario ni limbo, convertidos en pájaros o mariposas. En estos días se ha ventilado sin embargo una historia que nos confirma que los africanos, además del cielo, intentaron alcanzar el Cosmos. Que buscaron en vida, allá por los años sesenta, como los norteamericanos o los soviéticos, su propia Odisea del espacio.

El programa de una “cosmonáutica africana” surgió paralela a la independencia de Zambia, gracias a Edward Makuka Nkoloso. Este profesor imaginó en 1964 (y cinco años antes de que Neil Armstrong pisara la Luna) un proyecto para que África también se asomara a la estratosfera. El profesor Makuka soñaba con un cohete en el que viajarían doce astronautas y diez gatos. Por soñar, sonó incluso con la ayuda de la UNESCO (llegó a solicitar formalmente una financiación de 7 millones de libras) y con Zambia tuteándose con Estados Unidos y la Unión Soviética en el espacio sideral.

Hay proyectos fracasados porque no llegan a buen puerto. Este fracasó porque ni siquiera salió de puerto alguno.

Con toda la precariedad imaginable, y valiéndose de unos entrenamientos más que rudimentarios –una de las preparaciones consistía en tirar montaña abajo al futuro cosmonauta dentro de un barril-, al final el plan no sólo fracasó sino que, de tan descabellado, parecía condenado al olvido…

Hasta que Cristina de Middel, una fotógrafa decepcionada del periodismo, recuperó aquella aventura y, valiéndose de la ficción, consiguió imaginarle un colofón distinto a aquellos sueños africanos de tener “mañana la Luna”.

Nacida en Alicante, 1975, y residente en Londres, esta artista ha reconstruido las derivas de aquella Odisea africana mediante un libro con título inequívoco: Los afronautas.

En la línea de Sputnik, de Joan Fontcuberta, y con una estética que nos remite a la mezcla entre una versión tercermundista de la serie Lost y las ruinas de bases espaciales rusas, Los afronautas establece una parábola entre la soledad de un cosmonauta en el espacio y la soledad del continente africano. Al mismo tiempo, se niega a aceptar el encasillamiento al que este ha sido sometido. A fin de cuentas, el continente del que se alaban las mejores vistas de las estrellas en la noche ¿por qué no puede darse la oportunidad de viajar hasta ellas?

Curiosamente, la de los afronautas no ha sido la única recuperación de Zambia en estos días. Hay otra historia que también tiene su origen en 1964, año en que llega al poder Kenneth Kaunda (quien proclama más tarde la independencia). Pues bien, además del proyecto para alcanzar el espacio, en ese año 1964 echa a rodar la liga nacional de fútbol. Y es aquí donde entra Jerry Muchimba, un banquero de profesión que en sus ratos libres ha reconstruido –en bibliotecas, hemerotecas y archivos- la historia de la liga zambiana y, de paso, la de su mejor jugador: Godfrey Chitalu.

Este delantero marcó nada menos que 107 goles durante el año 1972, algo que Muchimba ha contabilizado después de un acucioso conteo avalado por sus investigaciones. Esos 107 goles superarían los 85 de Gerd “Torpedo” Müller y los que pueda marcar Leo Messi este año (va por 90 a falta de un partido).

Aunque se ha percibido una “conspiración madridista” contra Messi en el hecho de avalar la gesta de Chitalu, Muchimba se desmarca de este asunto y sostiene algo obvio: el récord no habla de la calidad de la competencia, sino de los goles marcados en un año natural por un jugador de cualquier liga (incluida la africana).

Los fanatismos, en cualquier caso, se han hecho desatado en Europa, sobre todo en España. Como si estuviéramos más predispuestos a admitir el viaje de los afronautas ficticios a las estrellas que a reconocer un afrogoleador de verdad entre ellas.

(*) Todas las imágenes forman parte del proyecto The Afronauts, de Cristina de Middel. Con esta obra, la autora es finalista del Premio Deutsche Börse de fotografía.

Marcador

La guerra civil

Iván de la Nuez

Cada vez que ocurre una matanza como la de Connecticut, los muertos, como si ya no tuvieran suficiente con su dosis de plomo, son rematados por los eufemismos. Con ese maquillaje verbal empleado para no reconocer que allí y en Caracas-Irak-México-Liberia-Afganistán, estamos hablando de las bajas de una guerra expandida; blancos móviles o “daños colaterales” de una conflagración que insistimos en valorar desde su calificación delictiva, psiquiátrica o sociológica.

No hay causalidad infalible capaz de hilvanar la extensión de la muerte en nuestros días. Ocurre en la pobreza y en lugares con alta renta per cápita. Ocurre bajo el terrorismo y en una tranquila isla nórdica. Ocurre bajo el influjo del narcotráfico y bajo la influencia de los videojuegos más sofisticados. En gobiernos abonados al socialismo del Siglo XXI y en la, así llamada, primera democracia del mundo. En países cristianos y en países musulmanes…

La única regularidad la ponen los muertos.

Seguir pensando, a estas alturas, que esos muertos son víctimas de meras acciones de la delincuencia o del trastorno súbito de un chalado es algo frente a lo que deberíamos sublevarnos si no queremos avanzar en la complicidad.

La guerra civil de hoy se define, literalmente, como una guerra entre civiles.

Entremedio, vamos extendiendo la alfombra roja para que desfilen los dueños del cotarro. Ellos sí lo han entendido perfectamente; como también entienden que su oficio consiste en simular que son los protagonistas de esta contienda.

(*) Lo que suena es Civil Wars, de David Byrne.

Las listas. (Refrescando un post del pasado)

Iván de la Nuez

Ya empieza a amainar, pero llevamos varias semanas bajo una tormenta de listas. Dirimiendo los mejores libros y/o los más vendidos. Las mejores exposiciones y/o las más visitadas. Los premios de la lotería y los atletas del año (ojo, que aún no se ha votado el Balón de Oro). Esto sin olvidar las cifras del desempleo o las proporciones de las rebajas.

Vivimos sometidos a los listados (y los alistamientos). Hasta el punto de que resulta prácticamente imposible esquivar el imperativo de “listar” cualquier cosa o actividad del año que termina.

Cuando Robinson Crusoe se percató de que su estancia en la isla iba para largo, hizo una lista. Esa lista del naufrago -número uno (cómo no) en cualquier inventario que se respete en la materia- no documentaba enseres o deberes, sino la desgracia o la congratulación: lo que consideraba lamentable, dada su circunstancia, y lo que tenía que agradecer, a pesar de esta, a la Providencia. Desde entonces, los animales domésticos podemos ufanarnos de llevar dentro un Robinson cada vez que salimos al supermercado o la ferretería con nuestra hoja de ruta en el bolsillo.

Desde el código de Hammurabi, somos dados a configurar estos registros; da lo mismo que nos anime una empresa trascendente o un asunto baladí. El béisbol y el rock, tan amados por tantos, no se entienden del todo sin las listas.

La batalla entre listas electorales y listas negras definen, en buena medida, la gradación (o degradación) de la democracia. A los que han pasado por el ejército, el internado o la cárcel no le abandonan las pesadillas que reproducen, con distintas angustias, la fatídica hora del “pase de lista”.

En su ensayo ¿Qué es un autor?, Michel Foucault llegó a reivindicar las cuentas de lavandería de Nietzsche como “obra”. Y en el cuadro El número secreto de Velázquez, Salvador Dalí recreó La Meninas sustituyendo a los personajes por números. (Por cierto el 7, que aparece tres veces, representa, al mismo tiempo, a José Nieto, a Velázquez y al propio vestidor del lienzo). Una vitrina con 6.000 pastillas consiguió, en su momento, encaramar a Damien Hirst en la lista de artistas vivos más cotizados.

Las listas ordenan, en cualquier sentido de este verbo. Esto es: nos organizan y, asimismo, nos exigen cumplimiento.

Hay listas realmente curiosas; que van desde las señales de tráfico más extravagantes hasta las adicciones más increíbles. (Quien haya visto la serie Monk, podrá convenir que este maniático detective es, todo él, un compendio de fobias). A día de hoy, Facebook puede cumplimentar aquella obsesión de Roberto Carlos por tener un millón de amigos.

Es posible que algún crítico espere con euforia estas fechas para darse el gustazo de dictaminar. No es el caso del filósofo José Luis Pardo, que estalló recientemente en un artículo de El País, diario en el que lleva casi un cuarto de siglo valorando ensayos: “no hay cosa más tonta que una lista”. A Pardo le incomoda desde la cifra que suele solicitarse –“¿por qué siempre son diez?”-, hasta el contrasentido de ver a un crítico dedicado a semejante alineación: “lo esencial de la crítica es el análisis, la argumentación, a veces la ironía, siempre el matiz y hasta el tono y el timbre, mientras que quien pide una lista está pidiendo que cese toda argumentación y se deponga toda sutileza”. El artículo, quizá valga la pena mencionarlo, lleva por título Contra las listas.

Y, claro, estas también son fechas para aplicamos a las listas de buenos propósitos de cara al futuro que nos marca enero. Ahí entran gimnasios y dietas, eliminación de vicios y deudas, catálogos varios para en el buen obrar. Pero la vida es corta y la propensión al extravío es inmensa. Así que todo eso suele quedar en el escuálido guión de nuestros futuros “testamentos traicionados”.

(*) Publicado el 7 de enero, 2012

(*) En la imagen, El número secreto de Velázquez, de Salvador Dalí.

¿Dónde jugarán los niños?

Iván de la Nuez

Que no cunda el pánico: no tratará este post del disco homónimo de Maná. Tampoco de la corrección sarcástica, en femenino, de Molotov: ¿Dónde jugarán las niñas? Se trata, simplemente, de la lista dada a conocer por The Economist, con los mejores países para nacer el próximo año 2013. O los peores, si empezamos por el final. Los parámetros para la enumeración hablan de la geografía, la demografía, la política y la renta per cápita. También de seguridad, salud y confianza en las instituciones.

Leyendo la lista al derecho, vemos que Suiza obtiene el primer lugar, seguido de Australia, Noruega, Suecia y Dinamarca.

Exceptuando a Australia, queda claro que los niños más felices pasarán frío. Lo más probable es que sean mayoritariamente protestantes, blancos y nórdicos. ¿Qué hay nieve? También hay dinero para los abrigos. ¿Qué hay problemas de comunicación? No hay nada como una soledad confortable. ¿Aburrimiento y tristeza? El esquí o el vodka estarán a mano para paliarlos.

Los siguientes países de la lista son Singapur, Nueva Zelanda, Holanda, Canadá y Hong Kong… Y aquí la generalización se dificulta.

De las aclamadas potencias emergentes –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- no hay muy buenas noticias en la lista. Tampoco de los países latinoamericanos, encabezados por el puesto 23 que alcanza Chile.

Queda claro, también, que se va acabando aquello de que los niños vienen con un pan debajo del brazo. Si nace en Suiza, es posible que, con suerte, traiga un banco. Si nace en los Emiratos, disparados hasta el puesto 18, puede que un pozo de petróleo. En latitudes más broncas –Ucrania, Kenya o Nigeria-, el niño traerá colgando un Kalashnikov. Y en las más necesitadas, el muchacho vendrá con un cable bajo el sobaco. “Comerse un cable” es la traducción de la penuria según el argot de Cuba (país que aparece en el medio de la tabla compartiendo el puesto 40 con Argentina).

¿Y si naciera en Belén, como El Niño Aquél? Pues lo tendría complicado. En estos momentos, si un bebé viniera al mundo donde Jesús, comenzaría su infancia bajo el gobierno de la Autoridad Palestina, a 9 kilómetros de Jerusalén y fuertemente acordonado por el Ejército de Israel. Este país ocupa el lugar 20, mientras que Palestina no figura, de modo que ese niño fluctuaría, en la clasificación, entre el 20 y el infinito.

Dejando a un lado esta lista –una más entre todas las listas que proclaman algo cada día-, lo único cierto es que el 99% de los padres de este mundo seguirán teniendo a sus hijos en sus propios países. Y es cierto también que la mayoría de esos países ni son nórdicos, ni estables ni tienen instituciones confiables. Queda por ellos, pues, intentar alguna mejora en todo eso. O rendirse a la evidencia de que, cada vez más, estarán procreando futuros emigrantes.

El arquitecto comunista

Iván de la Nuez

Cuando Óscar Niemeyer pisó por primera vez la Unión Soviética, otros intelectuales de Occidente ya habían estado allí. Es el caso de John Reed, Saul Steinberg, George Orwell, John Steinbeck o Robert Capa. Todos ellos, después de una fascinación inicial, habían dado paso a las dudas, la decepción o el horror, proceso del que dejaron constancia. Niemeyer, en cambio, mantuvo incólume su apoyo, lo que le valió el Premio Lenin en 1963 y un epitafio de Fidel Castro con la certeza de que ambos, comandante y arquitecto, quedarían como “los últimos comunistas sobre el planeta”.

Sin la influencia de la revolución cubana, es imposible comprender el pensamiento político de Niemeyer. Y, paradójicamente, sin la estrategia de modernización que se expandió por América Latina para contrarrestarla -el desarrollismo de Kubitschek o la Alianza para el Progreso de Kennedy- es imposible entender su arquitectura.

Nacionalismo y revolución, Le Corbusier y el asalto a la ciudad por parte de los desclasados, teoría de la dependencia y teología de la liberación, exilio en París o implicación en Argelia… Todo eso confluye en una obra contradictoria que certificó el declive de la ciudad oligárquica y que, en lugar de construir la utopía, levantó Brasilia, megalópolis por excelencia del capitalismo latinoamericano.

La arquitectura de Niemeyer consiguió “curvar” esos contrasentidos, así como dotarlos de una sensualidad brasilera –de su naturaleza a sus mujeres- que supo expandir hasta Argel o Nueva York.

Poco amigo de los prefijos –ni excomunista ni poscomunista-, de Niemeyer podemos decir lo mismo que Habermas de Octavio Paz: fue un “compañero de viaje de la modernidad”. (Aunque eso no impidió que sus edificios alimentaran varias fantasías del cine posmodernista). Navegando siempre en la contradicción, al comunismo le opuso un carácter sibarita y el ego propio de una estrella (al estilo de Neruda, digamos). Al desarrollismo intentó dotarlo de carácter social. Al nacionalismo le opuso una idea universal de Brasil que anticipaba la apuesta global que más tarde consiguió otro comunista: Lula da Silva. Frente a la injerencia de Estados Unidos, creó su propia suite latinoamericana, conectado acaso con el Pérez Prado más sinfónico. Como hijo del movimiento antropófago brasileño, apostó por la mezcla, incluso la promiscuidad, si bien empaquetó su sensualismo con la sobriedad propia de un seguidor de Le Corbusier.

Pocos pueden ufanarse de haber sido condecorados por Nikita Kruschev y Hugo Chávez. Para eso es necesaria una longevidad y una militancia casi tan larga como la vida. Canceladas ambas, el hombre y el comunista han dejado a su arquitectura sola en la inmortalidad.

(*) Publicado en El Mundo, 7 de diciembre de 2012.

El Muro y la Cortina

Iván de la Nuez

Antes vivíamos bajo los designios del Telón de Acero. Ahora vivimos bajo los designios de las Cortinas de Humo.

El Sumo Tuitero

Iván de la Nuez

El día de la Guadalupe -12-12-12-, Benedicto XVI habrá alcanzado, como Dios, la ubicuidad. No se lo deberá al Cielo sino al Éter. Desde su flamante cuenta en Twitter (@Pontifex) podrá hablarle, en tiempo real, a un rebaño multitudinario. Hasta hoy, nadie ha predicado para unas magnitudes parecidas. Claro que también tendrá que exponerse al retuiteo, la coletilla o el escarnio; gajes todos de su nuevo oficio.

Además de lo ubicuo, tan propio de Dios, el Papa conocerá lo simultáneo, tan propio de Internet. Así que el rebaño podrá saltar, en la pantalla, del Papa a la Bolsa, a las ofertas de trabajo, a los resultados deportivos o la pornografía. Todo lo que los feligreses no pueden permitirse en la Plaza de San Pedro mientras el jefe del Estado Vaticano les habla desde su balcón.

El día que a Benedicto XVI le toque morir –esto es, cuando se proyecte sin escala del Éter al Paraíso-, la primera tarea del próximo Papa consistirá en teclear la fumata blanca. Lo hará desde un tuit multilingüe al que le sobrarán 128 caracteres: “Habemus Papa”.

Siempre que un hacker no se interponga.

Banda contra Banda

Iván de la Nuez

¿Contrarias?, ¿paralelas?, ¿coincidentes?, ¿distintas?, ¿similares? Compartimos aquí este duelo entre las bandas juveniles y las “art-gangs”. Una especie de videojuego povera All Those Gangs– que firman al alimón Ramón Williams y Pedro Vizcaíno.

Cultura y franquicia

Iván de la Nuez

Como ha sucedido en otros ámbitos, las franquicias se han abierto paso, cada vez más, en la cultura, donde han llegado para quedarse y, sobre todo, propagarse. A estas alturas, no puede hablarse del Louvre, la Sorbona o Berstelmann exclusivamente como un museo, una universidad o un sello editorial. Son además marcas globales que, es lo que tiene la cultura, cuentan con la ventaja añadida de disponer de un evangelio propio incorporado.

Pensemos en Barcelona. En el último mes, se ha desatado en esta ciudad una polémica por la futura implantación, en el mismo puerto, de una franquicia del Hermitage, la pinacoteca rusa que se ha mantenido desde los zares hasta Putin, pasando por la revolución bolchevique, Stalin, dos guerras mundiales o la caída del Comunismo. Un museo que ha conocido la expansión a Las Vegas, en tándem con el Guggenheim (un fracaso), o a Ámsterdam, esta vez sin fusionarse (y con cierto éxito).

Después de fracasada la apuesta por el mega-casino Eurovegas como panacea anti-crisis, la insistencia en otro monstruo parecido -Barcelona World- hace evidente el apego de las autoridades por las franquicias. La demostración de un estilo que, más allá de coartadas y eufemismos varios, privilegia la marca sobre el modelo de ciudad.

Aunque ascendente, el asunto no es nuevo. Hace veinte años, el sociólogo norteamericano George Ritzer dio a conocer La macdonalización de la sociedad, libro en el que alertaba sobre la colonización que la famosa cadena de hamburguesas iba imponiendo sobre otros campos en la organización social del capitalismo contemporáneo.

Mediante parámetros tales como el cálculo, la predicción, la eficacia o el control –importados desde la cadena de montaje inaugurada por Ford-, Ritzer dejó patente que el problema sobrepasaba a las delicias de la carne molida. Por distintas que fueran las ofertas –con sus toques mexicanos o asiáticos, con doble queso o veggies-, el universo McDonald´s se perpetuaba como una entidad estratégica que estandarizaba usos y costumbres de consumo.

(No hace falta decir que, como toda franquicia, también cobraba puntualmente sus royalties.)

Aunque las franquicias no tienen una vida demasiado larga dentro de la cultura capitalista, han conseguido marcar una “tradición” creciente que evoca a la base militar o el enclave turístico, el colonialismo o las cruzadas.

No es casual, pues, que un Emirato como Abu Dabi espere el desembarco del Louvre, La Sorbona o el Guggenheim a partir de este mismo año. Lo que sí resulta contradictorio es que ciudades o países, con un entramado cultural más complejo que el Emirato, se lancen a este tipo de aventuras que glorifican los valores inalterables (la colección museística fija, por ejemplo) por encima de aquellos más creativos y dinámicos. Y resulta más contradictorio, si cabe, en tiempos como los que estamos viviendo, en los que las instituciones locales están seriamente mermadas por la crisis. Teniendo garantizada, ya desde el mismo puerto, su dosis de cultura estándar, ¿pisarán los clientes de los cruceros los museos de la ciudad? ¿O es que un puerto, en este sentido, será distinto a un aeropuerto a la hora de manejarse con una oferta cultural cuya esencia descansa, precisamente, en la neutralidad?

A falta de modelos culturales, se impone la apuesta por las marcas. Lo que no podemos emprender desde la política, lo dejamos de la mano de las finanzas. Y ante la imposibilidad de crear valores contemporáneos, nos agarramos a aquellos que parecen inamovibles (con su sobredosis de cultura “clásica” y largas colas garantizadas).

Cuando las ciudades se convierten en “marcas”, resulta difícil evitar que las marcas se resistan a la tentación de alcanzar, ellas mismas, alguna vez, la categoría que ostentan las ciudades.

(*) Publicado en el blog Tormenta de Ideas, El País, 28 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: Tom Sachs, Nutsy´s McDonald´s, 2001.

Problemas con la curva

Iván de la Nuez

Aunque su descalabro es grave, la primera víctima de las elecciones catalanas no ha sido el presidente Artur Mas sino la idea, extendida en los últimos tiempos, de que la tierra –en particular la de Catalunya- era plana.

“¡Segundos, fuera!”, decidieron los partidos dominantes, que llegaron a pedir votos prestados. “¡Se ha acabado la ambigüedad!”, clamaron los intelectuales orgánicos para dibujarnos el plano a cartabón de una política bipolar sin medias tintas. Y resulta, que al final, más que un Western a dirimir entre héroe y villano, hemos vivido uno de esos thrillers sorpresivos en los que resulta imprescindible esperar hasta el último minuto para que todas las piezas encajen. La sociedad catalana ha demostrado más aristas que la cuadratura de esa Guerra Fría Ibérica que se nos quiso vender. Aristas que han quedado demostradas en las urnas y, todavía mejor, formarán parte de un parlamento con siete fuerzas representadas y un abanico de posibilidades impensable un minuto antes de las elecciones.

La historia de este proceso no deja de  ser, por decirlo suavemente, irónica. Un presidente que goza de gran mayoría parlamentaria y, en consecuencia, de una gobernabilidad fuerte –no hay combinación probable mediante la que los demás partidos puedan moverle el sillón-, adelanta las elecciones con el objetivo de amortizar el desgaste de sus políticas de derecha, ganar dos años de legislatura y ampliar todavía más ese poder bajo el estandarte de la soberanía, algo que no figuraba en su programa. La sobredosis de mesianismo parecía bastarse para que crisis, desempleo, corrupción, endeudamiento y fractura social quedaran en segundo plano.

Una manifestación multitudinaria auguraba el cambio de época. Las encuestas avalaban la operación, y la prensa en pleno –desde la muy amiga hasta la muy enemiga- daba por hecho el éxito arrollador de la aventura. Todo fluía hasta que, de repente, con todo eso que parecía indiscutible, el president y su coalición se desplomaron estrepitosamente. Un batacazo que supone la pérdida de 12 escaños y doscientos mil votos, a la vez que compromete la viabilidad de su futuro político.

Mas creyó en el plan rectilíneo que le trazaron sus acólitos. Y así, como el personaje de Clint Eastwood en su recién estrenada película –Trouble with the curve, su título original-, perdió de vista el repertorio sinuoso de la pluralidad, tan presente en ese pueblo cuya voluntad se sintió llamado a encarnar, pero que sus asesores estaban obligados a desentrañarle.

El presidente llegó, incluso, a subestimar el hecho de que CIU, su propia formación, casi siempre ha sido una fuerza política oscilante. Más que a la verticalidad, sus victorias suelen deberse a la ubicuidad. Un pie en la socialdemocracia y otro en el socialcristianismo. Una vela encendida al Estado de Bienestar y otra al liberalismo. Tener voz en Europa y hacerse escuchar en Madrid. Representación de las esencias catalanas de “toda la vida” y al mismo tiempo premio al self-made-man producto de la feina ben feta… Sobre estas bases sentó Pujol el pujolismo ¿Las ha superado el tan aclamado post-pujolismo? ¿No será que, sobre este fracaso, flota el fantasma del regreso a aquel mundo anterior en el que mandaba la esencia y no la presencia, la herencia y no el mérito?

El caso es que CIU se manejaba con más soltura en la diversificación del repertorio que en el recurso extremo. Para ganar, volvamos a Eastwood y al béisbol, siempre le había ido mejor apelando a la bola con efecto que a la bola extra.

Abandonar todo eso y estrellarse fue lo mismo. Llamarle “aventura” al proceso soberanista y perder votantes conservadores, ídem. Para colmo, el presidente de la Generalitat lanzó un proceso en el que no sólo se ha perjudicado a sí mismo, sino que ha acabado mejorando a sus rivales.

Sólo hay una excepción a este desatino: los socialistas, que a la figura del político aferrado al poder han añadido la figura del político aferrado a la oposición. El PSC continúa precipitándose hacia un agujero negro desde un viaje en el que perder votos, ahora mismo, es un desastre menor comparado con la pérdida de imaginario y de un terreno político propio. Si lo suyo es España, el PP representa esa opción con mayor rotundidad y con el soporte de su gobierno en Madrid, mientras que Ciutadans lo hace con más frescura y los resultados le perfilan una línea ascendente. Y si lo suyo es la izquierda, por ese flanco, precisamente, le van adelantando, tanto los poscomunistas de ICV como Esquerra Republicana. Por no mencionar la renovación radical que ofrece la Candidatura de Unidad Popular (CUP), una organización que se estrena con tres escaños y dejará oír la voz de los indignados, con todo desparpajo, en el nuevo Parlament.

Mientras Artur Mas se concentraba en “hacer geografía”, aplicado al trazado de las fronteras y posibilidades del nuevo Estado, se nos decía que además estaba “haciendo historia”. Ahora tendrá que postergar esas escalas mayores en aras de la matemática; o del sudoku, como describen algunos analistas su tarea inmediata de armar un gobierno estable que pueda lidiar con la crisis.

El declive de CIU y PSC demuestra algo más. Y es que el gran perdedor de estas elecciones ha sido el stablishment político catalán. Un sistema en el que el pacto político parece ir por un lado y el contrato social, por otro. A la luz de los hechos, ya ni siquiera es imposible predecir que lo ocurrido a los socialistas termine por traspasarse a los nacionalistas. Y no porque sus discursos y aspiraciones hayan desaparecido de la sociedad; es que la renovación de esos discursos y esas aspiraciones está siendo acometida por otras fuerzas.

Otro varapalo es el que se han llevado los medios de comunicación. Estos, en su mayoría, prefirieron protagonizar la batalla política antes que descifrarla, optaron por el aplauso o la demolición antes que por la crítica, se entregaron a sus intereses –y a la práctica del wishful thinking– antes que a la problematización de los mismos.

Palmeros y enemigos dieron por buena la destrucción de la curva, así como los conversos dieron por buena su deconstrucción. Y en esas estaban cuando, de sopetón, la política les sorprendió mientras se dedicaban a jugar a la política.

Estas elecciones han tirado por la borda, además, los complejos que quedaban en la política catalana. ¿Referéndum?, ¿España?, ¿Independencia? ¿Por qué no? Todas las posibilidades están abiertas y todas las opciones son legítimas. Pero tendrán que ser laicas (no mesiánicas), electivas y poner, de antemano, la verdad de los programas sobre la mesa (si es sobre el papel, mejor, todo sea dicho). Se ha acabado el tiempo de cuidar las palabras “para no debilitar” al proyecto político; de avanzar a hurtadillas “para no perjudicar la estrategia”, de estipular gradaciones de catalanes, españoles o cualquier híbrido que elija pertenecer a esta ciudadanía. Y ese contrato social, a priori, incumbe a la política social y a la lingüística, a la económica y a la sanitaria, a la sexual y a la territorial, a la familiar y a la cultural.

Vistos los resultados, llegan los primeros terrores. Así que no faltan voces lamentando la dificultad de salir adelante con tanta complejidad en la representación parlamentaria. Debido a ella, nos dicen, ha perdido la “gobernabilidad”. Será precisamente por eso que ha ganado la democracia.

(*) Publicado en El País, 30 de noviembre, 2012.

(*) En la imagen: gráfico con el resultado de las elecciones catalanas.