La guerra civil

Iván de la Nuez

Cada vez que ocurre una matanza como la de Connecticut, los muertos, como si ya no tuvieran suficiente con su dosis de plomo, son rematados por los eufemismos. Con ese maquillaje verbal empleado para no reconocer que allí y en Caracas-Irak-México-Liberia-Afganistán, estamos hablando de las bajas de una guerra expandida; blancos móviles o “daños colaterales” de una conflagración que insistimos en valorar desde su calificación delictiva, psiquiátrica o sociológica.

No hay causalidad infalible capaz de hilvanar la extensión de la muerte en nuestros días. Ocurre en la pobreza y en lugares con alta renta per cápita. Ocurre bajo el terrorismo y en una tranquila isla nórdica. Ocurre bajo el influjo del narcotráfico y bajo la influencia de los videojuegos más sofisticados. En gobiernos abonados al socialismo del Siglo XXI y en la, así llamada, primera democracia del mundo. En países cristianos y en países musulmanes…

La única regularidad la ponen los muertos.

Seguir pensando, a estas alturas, que esos muertos son víctimas de meras acciones de la delincuencia o del trastorno súbito de un chalado es algo frente a lo que deberíamos sublevarnos si no queremos avanzar en la complicidad.

La guerra civil de hoy se define, literalmente, como una guerra entre civiles.

Entremedio, vamos extendiendo la alfombra roja para que desfilen los dueños del cotarro. Ellos sí lo han entendido perfectamente; como también entienden que su oficio consiste en simular que son los protagonistas de esta contienda.

(*) Lo que suena es Civil Wars, de David Byrne.

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